Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Yusuf no esperó. Avanzó dos pasos cortos con el alfanje en guardia alta y lanzó un tajo descendente hacia la clavícula, un golpe de arriba abajo con el peso del brazo entero y la rotación de la cadera detrás, un corte diseñado para partir el hueso si conecta y abrir la guardia si no.

Rodrigo alzó la espada cruzada sobre la cabeza, los brazos en arco, y recibió el impacto en el tercio medio de la hoja.

El choque le bajó por las muñecas hasta los codos y de los codos hasta los hombros, las botas se le hundieron en el polvo de los sillares cuando la fuerza del golpe buscó el suelo a través de sus piernas.

El alfanje resbaló por la hoja recta con un aullido de metal que levantó una chispa pálida entre los dos filos, y Rodrigo aprovechó la inercia del arma para empujar hacia fuera, abriendo el espacio que necesitaba.

Contraatacó bajo, hacia el muslo adelantado.

Yusuf bajó la guardia con una velocidad impropia de las horas que llevaba peleando y desvió la punta con el filo curvo del alfanje, pero la hoja castellana encontró carne antes de que la curva terminara de llevarla fuera de línea.

Rodrigo sintió la resistencia breve del tejido bajo la malla de la pierna, el mordisco corto del acero en el muslo, luego la hoja salió limpia.

No era profundo. Era lo suficiente para que la pierna izquierda de Yusuf dudara en el siguiente paso, un instante apenas, la duda de la pierna que acaba de sentir el hierro.

Yusuf inclinó la cabeza hacia la pierna. La tela oscura de los zaragüelles empezaba a brillar a la altura del muslo con la humedad inconfundible de la sangre fresca. Volvió a mirar a Rodrigo.

Esbozó una ligera sonrisa y no añadió palabra. Sobraba. Recolocó el pie trasero, ajustó la distancia y no cedió terreno. Ahora los dos sangraban.

Rodrigo retrocedió medio paso, pasó la espada a la mano izquierda sin que la hoja temblara en el cambio y con la derecha descolgó el arcabuz de la espalda.

Yusuf comprendió al instante la intención.

No retrocedió. Se detuvo y lo miró con los ojos fijos, la decisión ya tomada, esperando ver si el otro tomaba la misma.

—Eso no es duelo honroso —dijo Yusuf.

—No estamos en torneo —respondió Rodrigo—. Estamos en guerra.

Apoyó el cañón contra el pecho del adversario.

La boca del arma presionaba el tejido de la cota a la altura del esternón, y Rodrigo notó a través de la culata la vibración del corazón del otro, rápida, firme, constante.

Aquel hombre no iba a gastar sus últimos segundos con miedo.

La mecha ardía a pocos dedos de la cazoleta, y el calor de ella llegaba hasta los dedos de Rodrigo en el guardamonte.

A esa distancia el disparo no dejaría herida reconocible. Abriría un boquete del tamaño de un puño al salir por la espalda y el hombre detrás de aquellos ojos dejaría de existir sin que el eco del disparo terminara de rebotar entre las piedras del adarve.

Los ojos de Yusuf sostenían los suyos sin súplica y sin miedo. Estaba pensando, no rezando. Y Rodrigo reconoció en aquella mirada algo que llevaba veinte años buscando en los ojos de los hombres a los que había matado y que no había encontrado en ninguno. La ausencia total de rendición.

Rodrigo no disparó.

El dedo estaba en el gatillo. La mecha a medio dedo de la cazoleta. El ángulo era perfecto, el disparo imposible de errar. Y el dedo no se movió. No fue compasión. Fue cálculo viejo, de los que el oficio enseña sin palabras. Aquel hombre valía más vivo que muerto.

«No este».

La vacilación duró lo justo.

Yusuf lanzó con la mano libre un puñado de ceniza recogida del parapeto, un movimiento tan rápido y tan pequeño que no había manera de anticiparlo.

El polvo cegó a Rodrigo de golpe, la ceniza caliente metiéndose bajo los párpados con ese escozor que no es dolor sino la ausencia total de visión, y en el mismo instante Yusuf se dejó caer hacia el interior de la torre contigua y desapareció por una abertura lateral.

Rodrigo maldijo y se limpió los ojos con el dorso de la mano, parpadeando contra el ardor. Cuando recuperó la visión, el combate sobre la muralla había terminado. Los otros defensores yacían muertos o habían huido.

La mejilla seguía sangrando. Se la tocó con los dedos. El corte era limpio, de filo que sabe lo que hace. Llevaría cicatriz. Tenía sitio.

Jaime se apoyaba en la maza, jadeando. Hernando apretaba los dientes mientras se vendaba el antebrazo abrasado con un trozo de su propia camisa.

La noche les concedió entonces un paréntesis.

Duraba lo que va de un muerto al siguiente, suficiente para que volvieran el hambre y el frío que llevaban horas ignorando.

El viento en lo alto traía ceniza en suspensión y el olor metálico de la sangre que se enfría, y los hombres se dejaron caer donde estaban sin buscar mejor sitio, porque no había mejor sitio y porque las piernas habían decidido sin consultar que ya era suficiente por ahora.

Fue Jaime quien habló primero, y lo hizo sacando del zurrón un mendrugo de pan negro como habría sacado un clavo o una cuña.

Lo partió en seis trozos sobre el manto sin anuncio ni ceremonia, con las manos que acababan de romper un hueso y que ahora dividían el pan con la misma economía de siempre, sin que una cosa tuviera nada que ver con la otra.

Empujó el trozo más grande hacia Miguel con el dorso de la mano.

Miguel lo miró.

—No tengo hambre —dijo.

—Mentira —respondió Jaime.

Miguel cogió el trozo. Lo sostuvo un momento antes de llevárselo a la boca. Luego masticó. El pan era duro y sabía a humo y a la sal del zurrón de cuero, y era lo mejor que había comido en horas.

—¿Siempre es así? —preguntó Miguel.

Jaime no preguntó qué quería decir con eso, porque era evidente.

—No siempre. —Masticó—. A veces es peor.

—¿Y se acostumbra uno? —preguntó Miguel.

—Si te acostumbras, malo.

Hernando terminó de atarse la venda con los dientes y la mano derecha, apretando el nudo con un tirón seco que le arrancó un siseo entre los labios.

Solo entonces cogió su trozo de pan. Lo masticó despacio, el brazo izquierdo apoyado sobre la rodilla con la rigidez del miembro que había dejado de ser de confianza.

Le temblaban los dedos de la mano izquierda.

Cuando tragó, miró el brazo con el mismo desapego con que habría mirado una herramienta mellada.

—En Loja perdí un dedo —dijo—. Esta vez solo es la piel. Voy mejorando.

—A ese ritmo —respondió Rodrigo—, en la próxima campaña te rozarán el pelo y pedirás recompensa.

Hernando soltó una carcajada corta, seca como un ladrillo partido, y no dijo más. Lo justo para que la tensión del grupo cediera un poco.

Mateo comió el suyo en dos mordiscos sin dejar de vigilar la escalera por donde habían subido, porque Mateo no dejaba de vigilar nada, ni siquiera cuando comía, ni siquiera cuando dormía. Por eso seguía vivo. Por eso tenía esa cara.

Diego no se había movido del parapeto. Tenía los ojos fijos en la torre por donde el nazarí había desaparecido.

Jaime empujó un trozo de pan hacia el borde del sillar donde Diego apoyaba la bota.

Este lo cogió sin mirar, se lo guardó en el jubón y siguió con los ojos en la oscuridad.

Comería cuando decidiera que ya no había nada que ver, y no antes.

Rodrigo los observó sin intervenir. Jaime se había quedado con el trozo más pequeño, el que sobraba después de repartir los demás. Lo hacía sin decirlo. Sin esperar que nadie lo notara.