CAMILLE
SEIS SEMANAS DESPUÉS
Todavía tengo mi apartamento.
No sé muy bien por qué me aferro a él. El contrato vence en dos meses, y apenas habré pasado cuatro noches allí desde que Elias y yo empezamos a estar juntos.
Mi cepillo de dientes está en su casa. Mi taza de café favorita.
La manta suave que conservo desde la universidad.
Un cajón pasó a ser tres, y tres pasaron a ser la mitad del armario, y en algún momento su pequeña casa de alquiler en Iron Creek se convirtió en más hogar de lo que el apartamento de Reno había sido nunca.
Pero sigo pagando el alquiler. Sigo pasándome cada pocos días para asegurarme de que las tuberías no se hayan congelado ni el techo se haya hundido. Mantengo esa vía de escape abierta, por si acaso.
Los viejos hábitos nunca mueren. Algunos ni siquiera lo intentan: simplemente se vuelven más silenciosos.
—Piensas demasiado fuerte —dice Elias, con su aliento cálido contra mi oído—. Te oigo desde el otro lado de la sala.
Estamos en la sede del club para lo que Kieran llama una «reunión familiar»: básicamente una excusa para que todos beban, metan ruido y finjan que no son un grupo de peligrosos forajidos que se pasan el día lidiando con disputas territoriales y comercio interestatal de dudosa legalidad.
La sala principal está abarrotada de hermanos y sus familias, el aire cargado de risas y del olor de la comida de Esmerelda.
Me recuesto contra el pecho de Elias, sintiendo su calidez sólida mientras sus brazos me envuelven por detrás, firmes y seguros.
—No estoy pensando. Estoy observando.
—Estás dándole vueltas a algo.
—Yo no le doy vueltas a nada.
—Claro que sí. Se te forma ese pequeño surco justo entre las cejas, y tu boca hace eso... se te tensan las comisuras como si estuvieras intentando resolver un rompecabezas al que le faltan piezas.
—Mi boca no hace nada de eso.
—Sí que lo hace. Y es adorable.
Le doy un codazo en las costillas, suave pero certero, aunque no puedo evitar sonreír. En algún momento, sonreír se convirtió en mi reacción natural cuando estoy con él, en lugar del mecanismo de defensa cuidadosamente construido que solía ser con todos los demás.
Al otro lado de la sala, Eliza me pilla mirándola y me dedica una sonrisa radiante.
Está acurrucada bajo el brazo de Harlan, rebosante de una felicidad que todavía me sorprende a veces.
Mi mejor amiga, enamorada de un tatuador orco que la mira como si fuera la octava maravilla.
Hace un año, habría dicho que aquello era un desastre anunciado. Ahora simplemente lo llamo martes.
—Venga —digo, zafándome de los brazos de Elias—. Debería ir a socializar antes de que Eliza me acuse de esconderme en los rincones.
—Te encanta esconderte en los rincones.
—Soy una escondedora de rincones reformada.
—Claro que sí.
Pero me deja ir, y su mano se desliza por mi brazo en una caricia que ya es instintiva.
Me abro paso por la sala: saludo a Stellan con la cabeza, esquivo el efusivo saludo de Marco y acepto de Kira un vaso de algo color ámbar con un gesto de agradecimiento.
La sede del club me resulta familiar ahora de un modo que no lo era hace seis semanas: sé qué sofá tiene el muelle roto, qué rincón tiene mejor ventilación, a qué hermanos puedo acercarme y a cuáles conviene darles espacio.
Pertenezco aquí. El pensamiento todavía me pilla desprevenida a veces, apareciendo en momentos inesperados como este: nítido, claro, innegable. Pertenezco a un lugar. Con gente. En un espacio que me acoge.
—Ahí estás —dice Eliza, envolviéndome en un abrazo que huele a su perfume de jazmín y al tenue humo de cigarrillo que impregna a todos en la sede—. Empezaba a pensar que te habías escaqueado y me habías dejado aquí sola.
—Me tenía secuestrada el hermano favorito de tu novio —digo, separándome con una sonrisa—. Tiene opiniones muy firmes sobre el espacio personal. En concreto, que el mío debería incluirle a él.
—Harlan no tiene un hermano favorito.
—El hermano favorito de Harlan es él mismo —dice Harlan con sequedad, sin levantar siquiera la vista del móvil—. Los demás están clasificados según su utilidad actual y lo reciente que sea la última vez que me cabrearon.
—¿Ves? —señalo hacia él con el vaso—. Por eso me escondo en los rincones. Pura supervivencia.
—Ven a por comida antes de que se acabe. Esme ha hecho empanadas y están desapareciendo más rápido que el sentido común de Marco.
Eliza se ríe, esa risa luminosa que siempre me hace sonreír, y enlaza su brazo con el mío con naturalidad.
Nos dirigimos a la cocina y vuelvo a sorprenderme de lo natural que resulta todo esto.
Hace un año, mi vida social se reducía a eventos de trabajo que me daban pavor y algún café esporádico con Eliza.
Ahora ceno en casa de Roman y Margot una vez por semana.
Kira me manda mensajes sobre realities espantosos.
Esmerelda me envía recetas que cree que debería probar, aunque mis dotes culinarias empiezan y acaban en la pasta.
Tengo gente. En plural. Varias personas que me conocen de verdad —a la auténtica yo, con todas mis ansiedades y mi tendencia a darle mil vueltas a todo— y que aun así han decidido que les caigo bien.
—Estás poniendo la cara otra vez —dice Eliza, dándome un golpecito con el hombro.
—¿Qué cara?
—La de «no puedo creer que esta sea mi vida». Esa expresión medio aturdida con la que miras alrededor como esperando que alguien te diga que todo ha sido un error.
Sonríe.
—Últimamente la pones mucho. Por lo menos una vez cada vez que quedamos.
—De verdad que no puedo creer que esta sea mi vida —admito, recorriendo con la mirada el espacio abarrotado, absorbiendo la camaradería natural, las risas, la calidez.
—¿No puedes creer en plan bueno o en plan malo? —Me observa con atención y su expresión se suaviza con comprensión.
Me paro a pensar en la pregunta. Hace seis semanas, estaba encerrada en un almacén, esperando un rescate que quizá no llegara nunca. Seis semanas antes, estaba sola en mi apartamento, convencida de que la soledad era seguridad y la independencia lo era todo.
Ahora estoy en la cocina de un club de moteros forajidos, comiendo empanadas con mi mejor amiga, esperando a que mi novio orco termine de discutir sobre modificaciones de motor con sus hermanos.
—Bueno —digo por fin—. Definitivamente bueno.
La sonrisa de Eliza podría iluminar toda una manzana.
Comemos, hablamos y reímos, y finalmente Elias me encuentra de nuevo, me rodea la cintura con el brazo como si fuera lo más natural del mundo. Y quizá lo sea. Quizá así es mi vida ahora: rodeada de gente, amada por alguien que me ve, parte de algo más grande que yo misma.
—Oye —dice Elias, y me da un beso en la sien—. Te quiero.
Las palabras suenan despreocupadas. Fáciles. Como si las hubiera dicho cien veces, porque así es. Cada mañana y cada noche y una docena de veces a lo largo del día, como si quisiera compensar todos los años en que ninguno de los dos supo cómo decirlo.
Debería responderle igual. Sé que debería. Las palabras están ahí mismo, alojadas en mi pecho, esperando a que las pronuncie.
Pero las viejas costumbres no se pierden fácilmente, y decir «te quiero» en voz alta todavía me resulta como saltar desde un acantilado.
—Lo sé —digo, y me apoyo en él.
No insiste. Nunca lo hace. Simplemente me abraza más fuerte y se pone a hablar con Harlan sobre no sé qué sistema de escape personalizado, y yo me quedo ahí, el desastre humano con más suerte del planeta.
Eliza me pilla la mirada desde el otro lado de la sala. Su expresión dice te veo ahí, emocionalmente estreñida, y ya hablaremos de esto más tarde.
Pongo los ojos en blanco. Ella sonríe.
Más tarde, cuando la fiesta ha ido apagándose y la mayoría se ha repartido en corrillos, me encuentro junto a la barra con Eliza, viendo cómo la sala se sume en una calma acogedora.
—Eres feliz —dice. No es una pregunta.
—Soy algo —admito—. No estoy segura de que «feliz» sea la palabra correcta. Es más como... paz. Como si por fin hubiera dejado de esperar la siguiente catástrofe.
—Eso me suena a felicidad.
Quizá lo sea. Quizá así es la felicidad cuando te has pasado la vida esperando el golpe: no fuegos artificiales ni grandes gestos, sino momentos tranquilos con gente que importa. La ausencia de miedo. La presencia de esperanza.
Al otro lado de la sala, Elias se ríe de algo que ha dicho Stellan.
Se le transforma toda la cara cuando se ríe: desaparece la pose, solo queda alegría genuina.
Todavía lo pillo escurriéndose a veces, refugiándose en las bromas cuando las cosas se ponen demasiado intensas.
Pero ahora también se da cuenta él solo.
Se para a mitad de chiste y dice lo que realmente quiere decir. Estamos en ello. Los dos.
—Lo quiero —digo, y las palabras se me escapan antes de que mi cerebro haya decidido soltarlas.
Eliza se queda completamente inmóvil a mi lado, la copa de vino suspendida a medio camino de los labios.
—¿Qué? —pregunto, de pronto muy pendiente de su reacción, un cosquilleo de incomodidad subiéndome por la espalda—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
—No pasa nada —le sale la voz rara, cargada de una emoción que no logro descifrar del todo—. No pasa nada en absoluto. De verdad.
Me giro para mirarla bien, y es entonces cuando veo las lágrimas: lágrimas de verdad cayéndole por la cara en regueros, aunque su boca se curva en la sonrisa más amplia y genuina que le he visto en toda la noche.
—Eliza, pero qué demonios... —empiezo, con todas las alarmas saltando en mi cabeza.
—Llevo AÑOS esperando a que quisieras a alguien en voz alta —dice, entre risas y sollozos—.
Diez años que somos amigas, y puedo contar con los dedos de una mano las veces que has dicho esas palabras.
Querías a tu abuela, y nunca lo dijiste.
Querías a tu hermano, y nunca lo dijiste.
Me querías a MÍ, y tuve que adivinarlo porque habrías preferido morirte antes que admitir que tenías sentimientos.