CAMILLE #2
—Yo también te quiero, ¿sabes? —digo, y noto cómo se me quiebra la voz, cargada de una emoción que rara vez dejo asomar—. Siempre te he querido. Incluso cuando no podía decirlo.
—Lo SÉ. Pero nunca lo DICES —me agarra las manos y aprieta tan fuerte que noto el temblor de sus dedos—. Y ahora lo estás diciendo. Sobre él. En voz alta, donde cualquiera podría oírte. Donde todo el maldito club podría oírte.
Echo un vistazo a Elias, que se ha dado cuenta del revuelo (ha visto las lágrimas de Eliza y mi cara colorada) y viene hacia nosotras con la preocupación escrita en todo el cuerpo.
—Quiero decir, tampoco es para tanto...
—Claro que es para tanto. Es lo más importante del mundo —Eliza se limpia los ojos con la mano libre y se corre el rímel por el pómulo—.
Estás dejando que la gente te vea, Camille.
La verdadera tú, no la versión que crees que quieren ver.
¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo deseando esto para ti?
¿Cuántos años te he visto esconderte detrás de muros?
No sé qué decir. Nunca se me ha dado bien recibir este tipo de sinceridad emocional tan descarnada: me entran ganas de escurrir el bulto, de bromear, de refugiarme en el sarcasmo y el humor ácido hasta que pase el momento de vulnerabilidad y podamos volver a terreno seguro.
Pero estoy intentando cambiar. Intentando ser auténtica, aunque me aterrorice.
—Estoy en ello —digo en voz baja, mirándola a los ojos—. No es fácil. De hecho, es jodidamente aterrador.
—Lo sé —Eliza me atrae hacia ella en un abrazo feroz, tan fuerte que podría romperme las costillas—. Sé que no es fácil. Pero lo estás haciendo igualmente, y estoy tan jodidamente orgullosa de ti que podría explotar.
Por encima de su hombro, veo a Elias acercarse, con la frente arrugada de preocupación.
—¿Todo bien por aquí?
—Todo bien —dice Eliza, soltándome y dedicándole una sonrisa llorosa—. Es que me están dando ataques de emoción. Ignórame.
—Anotado —nos mira a las dos, claramente confundido pero con la sensatez de no pedir explicaciones—. ¿Me la puedo llevar? Necesito a alguien que me dé la razón con lo del carburador.
—No sé nada de carburadores —digo, agradecida por el cambio de tema.
—Exacto. Por eso me darás la razón sin hacer preguntas incómodas.
Me río, y sienta bien. Fácil. Natural como nunca antes lo había sido nada en mi vida.
—Venga, id —dice Eliza, espantándonos con aspavientos—. Sed asquerosamente felices juntos. Ya me recuperaré, en cuanto deje de llorar como una tonta.
Nos alejamos de la barra, pero no voy lejos. Me detengo cerca de las ventanas que dan al aparcamiento, contemplando la oscura noche de Nevada que se despliega infinita ante nosotros, con el calor del club y de su gente a mi espalda.
—¿De qué iba eso? —pregunta Elias en voz baja, tan bajo que solo yo puedo oírlo.
—Le dije que te quería. Le afectó. Mucho, por lo visto.
—Ah. —Asiente como si eso lo explicara todo, como si las lágrimas de Eliza le resultaran perfectamente lógicas—. El hito de la declaración pública. Muy importante en el manual de la amistad.
—¿Lo es?
—¿Según Eliza? Por lo visto. —Me gira para que lo mire, con las manos posadas en mi cintura con naturalidad—. Que conste que estoy a favor de las declaraciones públicas. Por si te lo estabas preguntando.
—Lo tendré en cuenta y ya te diré.
—Haz eso.
Pero él sonríe, y yo sonrío, y en algún momento de las últimas seis semanas —entre el primer beso y ahora— esto se ha vuelto normal. Nosotros, juntos, en público, sin escondernos de nadie ni fingir que somos algo que no somos.
Un movimiento me llama la atención: alguien al otro lado de la sala, en el rincón donde yo solía esconderme. Kira, de pie con los brazos cruzados, la barbilla en alto, fulminando con la mirada a Barrett Halloran como si no le sacara treinta centímetros y no fuera infinitamente más aterrador.
Nunca había visto a nadie plantarle cara a Barrett.
El vicepresidente del club parece tallado en hielo: frío, estratégico, inaccesible.
Hasta los hermanos andan con pies de plomo a su alrededor.
Pero Kira hace justo lo contrario. Está discutiendo con él, la voz baja pero intensa, todo su lenguaje corporal irradiando cero miedo.
La expresión de Barrett es su máscara habitual de indiferencia controlada. Pero mientras observo, algo cruza fugaz por su rostro. Sorpresa, quizás. O interés. O algo más oscuro: algo que parece casi hambre, sofocado de inmediato.
Kira dice algo que le tensa la mandíbula. Luego gira sobre sus talones y se aleja, con la espalda recta y el paso tranquilo.
Barrett la observa marcharse. Su mirada la sigue por toda la sala, sin apartarse ni un instante, incluso cuando ella se une a Esmerelda junto a la cocina.
—Eso va a ser interesante —murmuro.
—¿El qué? —Elias sigue mi mirada y sonríe—. Ah. Sí. Barrett lleva semanas raro con ella. No lo admitirá, claro. Pero me he fijado.
—Kira no parece su tipo.
—Kira no parece el tipo de nadie. Esa es su gracia.
—Elias se encoge de hombros—. Pero Barrett no para de buscar excusas para estar en la misma habitación que ella.
Y ella no para de plantarle cara cuando él hace su número de rey del hielo.
Es como ver a dos fuerzas inamovibles intentando intimidarse mutuamente.
—Suena absolutamente agotador.
—Suena dolorosamente familiar. —Me dedica esa sonrisa torcida que antes me sacaba de quicio—. ¿Te acuerdas de cuando me odiabas?
—Nunca te odié.
—Me odiabas a muerte. Me mirabas como si fuera un bicho especialmente molesto que no conseguías aplastar. —Su sonrisa se ensancha—. Me llamaste «agotador» la primera noche que nos conocimos. Me acuerdo del tono exacto.
—Eras agotador. Sigues siéndolo.
—Y sin embargo. —Hace un gesto señalándonos a los dos, y su expresión se suaviza hasta volverse casi tierna—. Aquí estamos.
Aquí estamos. Juntos, contra todo pronóstico. La mujer que nunca dejaba entrar a nadie y el hombre que actuaba para todos. Dos desastres que aprendieron a ser desastres juntos.
—Oye —dice Elias, bajando la voz a ese registro grave que me acelera el pulso—. Te quiero.
Las palabras todavía me impactan como un golpe físico cada vez que las pronuncia. No doloroso, solo abrumadoramente intenso, como una ola que rompe sobre mi cabeza. Como si mi corazón aún no estuviera acostumbrado al peso de estar lleno, a la extraña sensación de hacer sitio para alguien más.
—Yo también te quiero —digo. Y esta vez no lo susurro como una confesión. No me escudo tras la evasión ni el sarcasmo. Lo digo con claridad, con honestidad, lo bastante alto para que cualquiera que esté cerca pueda oírlo si quiere.
A Elias se le ilumina toda la cara como si le hubiera dado algo de valor incalculable.
—¿Sí?
—No lo hagas raro.
—Demasiado tarde. Demasiado tarde para eso. —Me atrae hacia él, con una mano que se desliza hasta la parte baja de mi espalda, y me besa allí mismo, en medio del club, a plena vista de todos.
Se lo permito. Le devuelvo el beso sin dudar, con las manos aferradas a su camisa, el corazón martilleándome en las costillas con tanta fuerza que seguramente puede sentirlo. Que miren. Que todos vean lo que somos el uno para el otro. Se acabó esconder lo que importa.
Cuando por fin nos separamos, veo a Kieran observándonos desde el otro lado de la sala. El presidente de la Hermandad Ironfang, que una vez me dijo que era familia, quisiera yo el título o no. Levanta el vaso en nuestra dirección: un gesto pequeño, casi imperceptible.
Asiento en respuesta, un reconocimiento silencioso que pasa entre nosotros como una promesa tácita.
—Vamos —dice Elias, entrelazando sus dedos con los míos con la soltura de quien sabe que ya no voy a apartarme—. Vámonos a casa.
Casa. Su casa en las afueras del pueblo, con mi cajón que poco a poco se convirtió en medio armario, y luego en casi toda la cómoda. El lugar donde me despierto cada mañana junto a alguien que se quedó, que sigue aquí, incluso cuando le doy todas las razones para no estarlo.
Todavía tengo mi apartamento en Reno, ese estudio diminuto con el grifo que gotea y el vecino que toca el bajo a las tres de la madrugada. Sigo pagando el alquiler de una vía de escape que no pienso usar, manteniendo la red de seguridad tendida bajo mis pies aunque no tenga intención de caer.
Pero mientras salimos a la fría noche de Nevada, con el aire del desierto nítido y limpio llenándome los pulmones, mientras Elias me pasa un casco y me ayuda a subir a su moto con esas manos cuidadosas que saben exactamente cómo tocarme, mientras le rodeo la cintura con los brazos y siento el motor cobrar vida rugiendo bajo nosotros, me doy cuenta de algo.
Ya no busco salidas. No trazo rutas de escape en mi cabeza ni dejo los zapatos junto a la puerta.
No me preparo para el impacto, para el momento inevitable en que todo se desmorone.
No espero a que se vaya, a que se aburra, a que por fin me cale y decida que no merezco el esfuerzo, porque por fin creo, hasta la médula de los huesos, que no lo hará.
Me quedo. Por primera vez en toda mi vida, elijo quedarme, echar raíces, dejar que me encuentren.
Y él también.
El desierto se extiende ante nosotros bajo un cielo cuajado de estrellas, oscuro, infinito, hermoso, lleno de posibilidades que nunca me permití imaginar, caminos que nunca creí tener el valor de recorrer.
Me inclino hacia él, aprieto el pecho contra su espalda, me aferro con fuerza y dejo que me lleve a casa.