ELIAS
Ella sigue aquí.
Cada mañana, durante los últimos tres días, me he despertado aterrorizado ante la idea de que se haya ido.
Es irracional, lo sé. Me ha dicho que se queda, me lo ha demostrado, lo ha probado de cien pequeñas formas que a estas alturas deberían haber acallado el miedo.
Pero en algún lugar profundo de mi pecho, en esa parte de mí que vio a mi padre marcharse y no volver jamás, hay una voz que susurra: ella también se irá. Al final, todo el mundo se va.
Y cada mañana, abro los ojos y ahí está ella.
Hoy está acurrucada contra mi costado, con un brazo sobre mi pecho, el cabello hecho una maraña oscura en mi almohada.
La luz de la mañana ilumina la curva de su mejilla, el aleteo de sus pestañas, ese leve ceño fruncido que se le forma cuando sueña con algo complicado.
No sé con qué sueña. Quizá algún día se lo pregunte.
Quizá tengamos suficientes días por delante para que llegue a conocer todos sus secretos, todas sus señales, todas esas pequeñas cosas que la convierten en quien es.
El pensamiento no me asusta como me habría asustado hace un mes. Hace un mes, el para siempre era un concepto en el que no creía. Algo que les pasaba a otros: a Kieran y sus décadas de dedicación, a Roman y Margot con su serena certeza, a Harlan y Eliza construyendo algo nuevo. No a mí. Nunca a mí.
Pero tumbado aquí, viendo respirar a Camille, siento el para siempre asentarse en mis huesos.
No como una promesa que temo hacer, sino como una verdad de la que no puedo escapar.
Esta mujer, esta mujer aterradora, maravillosa y obstinada que vio más allá de todas mis gilipolleces y aun así se quedó, lo es todo para mí.
La única que quiero. La única que querré en la vida.
Solo necesito averiguar cómo decírselo sin sonar como una tarjeta de felicitación.
Se mueve, el ceño se le frunce más y luego se relaja mientras emerge hacia la vigilia. Abre los ojos con un parpadeo y por un momento parece confundida, como si no supiera dónde está. Entonces su mirada se posa en mí y sonríe: una sonrisa pequeña y somnolienta que me provoca un dolor en el pecho.
—Me estás mirando fijamente —murmura, con la voz aún ronca de sueño.
—Te estoy admirando. Hay una diferencia.
—¿La hay? —Arquea una ceja, claramente escéptica.
—Mirar fijamente es inquietante. Admirar es romántico.
—Estoy bastante segura de que ambas cosas son inquietantes cuando la persona está dormida y no sabe que la están observando.
—Estás despierta ahora, así que no pasa nada.
—Solo porque podía sentir cómo me taladrabas con la mirada.
Me río, una risa suelta y relajada, y la atraigo hacia mí hasta que no queda espacio entre nosotros.
—No puedo evitarlo. Eres muy... mirable. Admirable. Merecedora de observación prolongada. El término que sea con tal de que no pidas una orden de alejamiento.
Pone los ojos en blanco, pero sigue sonriendo con esa sonrisa suave e íntima, y no se aparta. En cambio, se acomoda más contra mí, la cabeza encuentra su sitio en mi pecho como si perteneciera allí, y sus dedos trazan dibujos perezosos en mi piel que me dificultan pensar con claridad.
—¿Qué hora es? —pregunta después de un momento.
—¿Importa?
—Probablemente debería volver a Reno en algún momento. Pasarme por mi apartamento. Asegurarme de que el ayuntamiento no lo ha declarado en ruinas por abandono, o de que mi casero no se lo ha alquilado a otro.
Las palabras me golpean más fuerte de lo que deberían. Racionalmente, sé que no se va. Está hablando de pasarse por su apartamento, no de volver a vivir allí. Pero esa voz en mi pecho, la asustada, la que ha estado esperando este momento exacto, susurra: ¿ves? Ya está planeando su huida.
—Oye. —Camille se incorpora a mi lado, apoyándose en un codo para mirarme bien. El cabello le cae sobre el hombro y tiene un pequeño pliegue entre las cejas—. ¿Qué es esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa cara. La que pones cuando estás pensando algo que no quieres decir en voz alta. Cuando estás en otro lugar por completo.
Debería desviar la conversación. Hacer una broma sobre mi atractivo o convertir esto en algo ligero e intrascendente.
Refugiarme de nuevo tras la armadura que me ha protegido durante quince años, el escudo que he perfeccionado hasta convertirlo en una segunda naturaleza.
Eso es lo que habría hecho hace un mes. Hace una semana, incluso. Demonios, quizá ayer.
Pero ahora estoy intentando ser diferente. Intentando ser auténtico con ella, aunque cada instinto me grite que me proteja.
—Necesito decirte algo —le digo, con la voz más baja de lo que pretendía.
—Normalmente lo haces.
—Esto es serio.
Su expresión cambia de inmediato: la calidez burlona de sus ojos da paso a una atención cuidadosa y concentrada. Se incorpora un poco más.
—De acuerdo.
Me incorporo, y ella me imita; las sábanas se arremolinan en torno a su cintura. Mi camiseta, la que me robó ayer y se niega a devolver, le cuelga de un hombro, y nunca me ha parecido más hermosa. Ni más aterradora. Porque lo que estoy a punto de decir es el mayor riesgo que he corrido en mi vida.
—Voy a meter la pata —digo. Las palabras salen despacio, cada una deliberada—.
Voy a hacer bromas en el momento equivocado y a fingir cuando debería ser sincero.
Voy a decir algo estúpido delante de mis hermanos y te vas a preguntar por qué me diste una oportunidad.
Así soy yo. He pasado quince años levantando muros a base de encanto y evasivas, y no puedo derribarlos de la noche a la mañana.
—Lo sé.
—Pero también voy a estar ahí. Cada día. Incluso cuando sea difícil. Incluso cuando intentes alejarme.
Le tomo las manos, sintiendo el calor de su piel, el ligero temblor que me dice que no está tan tranquila como aparenta.
—No me voy a ir, Camille. Sé que es difícil de creer. Sé que todos en tu vida se han ido, de una forma u otra, y sé que mi historial no inspira precisamente confianza. Pero esa es la parte de mí que es real. Estar ahí. Quedarme. Todo lo demás es solo ruido.
Se queda callada un buen rato. Sus ojos escudriñan los míos, buscando la trampa, las segundas intenciones, la actuación detrás de las palabras. Dejo que mire. Ya no tengo nada que ocultar.
—Mi padre se fue cuando yo tenía siete años —dice finalmente—.
Desde entonces, llevo esperando que todos se vayan.
Se ha convertido en una especie de... expectativa de fondo.
Una premisa que gobierna todo lo que hago.
Acércate, pero no demasiado. Encariñate, pero no demasiado.
Ten siempre una estrategia de salida. Prepárate siempre para el momento inevitable en que crucen esa puerta.
—Lo sé.
—Mi madre se desconectó después de aquello. Estaba allí físicamente, pero ausente en todo lo que importaba. Y mi hermano... —hace una pausa, traga saliva—. Tyler se escapó a Portland en cuanto cumplió dieciocho. No puedo culparlo. Pero aun así fue como si me abandonara. Todo fue como un abandono.
Le aprieto las manos con más fuerza, para que sienta que estoy aquí. —Lo siento.
—No lo sientas. Solo... entiende. Esto es lo que soy.
Esto es lo que hay —me mira a los ojos, y hay algo feroz en su mirada—.
Vas a tener que demostrármelo. Una y otra vez.
Incluso cuando me ponga imposible. Incluso cuando te aleje porque tengo miedo.
Incluso cuando cada instinto me grite que huya antes de que puedas irte tú primero.
—Puedo hacerlo.
—¿Durante cuánto tiempo?
Le sostengo la mirada, dejando que lo vea todo: el miedo, la esperanza, la certeza absoluta que ha echado raíces en mi pecho.
Pienso en mi padre, en la actuación que lo mató.
Pienso en mi madre, que se fue porque no pudo soportar el dolor.
Pienso en todos los años que pasé siendo encantador en lugar de sincero, esquivando en lugar de conectar, protegiéndome de aquello que más deseaba.
Se acabó todo eso: se acabaron las evasivas calculadas, el encanto ensayado, las excusas suaves que me han protegido durante tanto tiempo. Se acabó ser cualquier otra persona que no sea exactamente quien soy, con todos mis defectos, mis miedos y mi esperanza desesperada.
—Para siempre me parece bien.
Me mira fijamente, con expresión indescifrable.
El silencio se extiende entre nosotros como un aliento contenido, y por un momento aterrador pienso que me he equivocado por completo, que he ido demasiado lejos, que he dicho demasiado, que la he asustado con el peso abrumador de lo que le estoy ofreciendo.
Con la magnitud de la promesa implícita en esa única palabra.
Entonces, lentamente, sonríe. No es la sonrisa cautelosa que conozco tan bien, la que despliega como armadura para mantener al mundo a distancia. No es la expresión ensayada que pone cuando va con cuidado, cuando se protege. Es algo más suave. Algo vulnerable. Algo real.
—Eso es lo más cursi que me has dicho en la vida.
—Lo sé —noto que estoy sonriendo a pesar de la tensión que aún me recorre el cuerpo, mientras el alivio me inunda en una oleada cálida—. Pero lo dije en serio.
—Lo sé —se inclina hacia mí, me toma el rostro con ambas manos con una ternura que me hace doler el pecho—. Lo sé, y eso es exactamente lo que me aterroriza.
—¿Que te quieran?
—Que me quiera alguien que lo dice en serio. Alguien que de verdad podría quedarse —sus pulgares me acarician los pómulos con suavidad—. Nunca he tenido eso. No sé cómo confiar en ello.
—Pues lo descubrimos juntos —giro la cabeza y le beso la palma—. Los dos somos un desastre en esto. Los dos estamos aterrados por cosas diferentes. Pero prefiero estar aterrado contigo que a salvo con cualquier otra.
—Dios —se ríe, pero tiene los ojos brillantes—. ¿Cuándo se te empezó a dar tan bien esto?
—No se me da bien. Es solo que por fin estoy siendo sincero.
—Viene a ser lo mismo, por lo visto.
Entonces me besa, suave y lento, como si sellara una promesa. La atraigo hacia mí, hundo las manos en su pelo, el corazón me late contra las costillas. Esto es real. Ella es real. Y se queda.