Robada por los forajidos (La Hermandad Ironfang MC nº 3) CAMILLE
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CAMILLE

Nunca me había subido a una moto.

Es absurdo centrarme en eso, con todo lo que acaba de pasar, pero mi cerebro se aferra a la novedad como a un salvavidas.

La vibración del motor bajo mi cuerpo, la ráfaga de aire frío en la cara, cómo el desierto se abre a nuestro alrededor en la penumbra del alba.

Siempre he sido de coches: aire acondicionado, cinturones de seguridad, esa sensación de estar separada del mundo.

Esto es todo lo contrario. Estoy expuesta, vulnerable, aferrada a Elias como si fuera lo único que me impide hacerme pedazos.

Quizás lo sea.

Tengo los brazos rodeándole la cintura, la mejilla apoyada en su espalda.

Noto el calor de su cuerpo a través de la chaqueta, el ritmo constante de su respiración, la tensión ocasional de sus músculos cuando ajusta el agarre o mira los espejos.

Es sólido. Real. Está vivo. Y en algún lugar de la maraña de mis pensamientos, ese hecho sigue aflorando como una burbuja que se niega a hundirse.

Vino a buscarme. De verdad vino a buscarme.

La autopista se extiende ante nosotros, vacía en la luz grisácea del alba. Stellan va delante, su corpachón encorvado sobre la moto, y los dos prospectos —Marco y Finn, creo— van detrás. Un convoy de cuatro que avanza deprisa, alejándonos del almacén que todavía puedo oler en mi piel.

Debería estar pensando en lo que acaba de pasar. La huida, la pelea, cómo Elias tiró a Varro al suelo con una brutalidad que no sabía que tenía. Debería estar procesándolo, catalogándolo, levantando de nuevo los muros ahora que ha pasado el peligro inmediato.

En cambio, me fijo en cómo su mano vuelve una y otra vez a posarse sobre la mía, solo un segundo, antes de regresar al manillar. Comprobando. Asegurándose de que sigo aquí.

Aprieto el agarre. Él se echa hacia atrás, apenas un poco, como dándose por enterado.

El viaje dura una eternidad y un instante a la vez.

El desierto da paso a matorrales, luego a las afueras de un pueblo que reconozco: Iron Creek, donde está el apartamento de Harlan, donde Eliza me espera.

Se me encoge el pecho al pensar en ella.

Debe de estar aterrorizada. Debe de haber pasado días sin saber si estaba viva o muerta.

No vamos al apartamento de Harlan. Vamos al complejo.

Las puertas se abren a nuestro paso, y de repente estamos dentro, rodeados de edificios y motos y orcos que salen en tropel de la sede como si fuéramos héroes de vuelta a casa.

Quizás lo somos. Veo caras que reconozco de la fiesta: el rostro impasible de Barrett, los rasgos oscuros de Roman, el pelo canoso de Kieran.

Y allí, abriéndose paso entre la multitud con lágrimas corriéndole por las mejillas, está Eliza.

—¡Camille!

Viene corriendo hacia nosotros antes de que Elias haya parado la moto. Apenas me da tiempo a pasar la pierna por encima antes de que se estrelle contra mí y me envuelva con los brazos tan fuerte que mis costillas magulladas gritan de protesta.

—Estás viva. Dios mío, estás viva. Pensé... no sabía si... —Solloza contra mi hombro, el cuerpo entero temblándole, y la sostengo como puedo con las manos entumecidas de agarrarme a la cintura de Elias.

—Estoy bien —le digo con la voz ronca y desgarrada de tanto gritar, aunque no estoy del todo segura de que sea verdad. Me duelen las costillas con cada respiración, y tengo un pitido persistente en los oídos que no desaparece—. Salí. Estoy aquí. Eso es lo que importa.

—Estaba tan asustada —sus palabras salen en tropel, frenéticas y temblorosas—. No sabíamos dónde estabas, y las horas seguían pasando, y luego Elias dijo que tenía una pista, algo concreto, y todos se fueron, y no pude hacer nada más que sentarme aquí y esperar e imaginar lo peor...

—Eliza —la voz de Harlan corta su espiral, serena y firme como la piedra. Aparece de repente a su lado, y su mano enorme se posa en el hombro de Eliza con suave presión para apartarla—. Déjala respirar, cariño. Está herida. Dale algo de espacio.

Me suelta a regañadientes, retrocediendo lo justo para mirarme bien la cara.

Su expresión se desmorona por completo cuando asimila todo el daño: los moretones que florecen en el pómulo, la hinchazón alrededor del ojo, el labio partido, toda la evidencia visible de lo que Varro y sus hombres me hicieron en ese sótano.

—Estoy bien —repito, forzando algo parecido a una sonrisa aunque me tire del corte en la boca—. Le rompí la nariz. A Varro. Se la partí.

Se ríe, una risa húmeda y rota, al borde de la histeria.

—Claro que sí. Joder, claro que sí.

Entonces la multitud se cierra, y todo se convierte en un borrón de manos y voces y preguntas que no tengo energía para responder.

Alguien me revisa las costillas, presionando suavemente a lo largo de los huesos, y hago una mueca.

Alguien más me venda las muñecas, limpiando la piel en carne viva donde las bridas se clavaron.

Me aparece agua en la mano, luego comida que no consigo obligarme a comer.

Durante todo ese tiempo, soy consciente de Elias.

Está apartado de la multitud, cerca de la puerta de la sede, observando. No se adelanta, no intenta atribuirse el mérito ni meterse en el reencuentro. Solo observa, con el rostro indescifrable, los nudillos todavía ensangrentados de la pelea con Varro.

Nuestras miradas se cruzan desde el otro lado de la sala. Algo pasa entre nosotros: reconocimiento, quizás, o el recuerdo compartido de lo que acabamos de sobrevivir. Entonces alguien se interpone entre nosotros, tapándome la vista, y cuando se aparta, él ya no está.

La siguiente hora es una neblina. Me ponen en un sofá.

Eliza se sienta a mi lado, cogiéndome la mano, contándome todo lo que pasó mientras estuve fuera.

La búsqueda frenética, el club movilizándose, Elias presentando su información con una concentración y competencia que sorprendieron a todos.

Kieran aprobando la misión de rescate. Las horas de espera mientras el equipo estaba en acción.

—Él lo dirigió todo —dice Eliza, con la voz teñida de algo parecido al asombro—. Elias. Lo planeó todo, encontró la ubicación, insistió en ser el primero en entrar. Harlan dice que nunca lo había visto así. Concentrado. Serio. Como si fuera otra persona.

Pienso en el hombre que irrumpió por esa puerta, salpicado de sangre y feroz, con los ojos delatando el terror que su sonrisa intentaba ocultar. Eso no fue una actuación. Eso fue real.

—¿Dónde está? —pregunto, y la pregunta se me escapa antes de poder tragármela, antes de poder pensarlo mejor y evitar revelar que he estado recorriendo la sala con la mirada buscándolo.

Eliza arquea las cejas y una expresión cómplice le cruza el rostro.

—Se fue hace unos veinte minutos. Dijo algo de que necesitaba aire, pero Harlan le dijo que te diera espacio. Que te dejara procesar sin estar él rondando.

—Oh. —La sílaba cae plana, hueca por algo que me niego a analizar.

—¿Quieres que lo busque? —Me observa con atención, leyendo las microexpresiones que no logro controlar del todo.

—No. —La palabra sale demasiado rápido, demasiado cortante, delatando la mentira en el mismo instante en que la pronuncio—. No, estoy bien. Solo estoy... cansada. Agotada, en realidad. Ha sido una noche muy larga.

No parece convencida, pero no insiste. Esa es una de las cosas que adoro de ella: sabe cuándo dejar las cosas como están, cuándo insistir solo conseguiría que me refugiara aún más tras mis muros.

Solo que ahora mismo mis muros parecen de papel. Todo lo que he estado conteniendo empuja contra ellos, y no sé cuánto más resistirán.

El médico me declara maltrecha pero no rota. Dos costillas fisuradas, cortes y moretones menores, deshidratación y agotamiento que el sueño y los líquidos solucionarán. Es un orco mayor, delicado a pesar de su tamaño, y me trata como si fuera de cristal.

—Tienes suerte —dice, vendándome las muñecas con cuidado y precisión—. Un par de días más sin agua y esta conversación sería muy distinta.

Suerte. No me siento afortunada. Me siento vacía, en carne viva, como si alguien me hubiera restregado por dentro con un cepillo de alambre hasta dejar solo nervios expuestos.

El daño físico resulta casi decepcionante por lo manejable que es. Quería que fuera peor, en cierto modo. Quería pruebas de que lo que pasé importaba, de que el terror, el dolor y los días pensando que iba a morir habían dejado una marca visible para el mundo.

Pero el trauma no funciona así. Las peores heridas son las que nadie puede ver.

—Deberías descansar —dice Eliza, apretándome la mano—. Hay una habitación arriba que puedes usar. Sábanas limpias, baño privado. Margot trajo ropa que debería quedarte bien.

—Vale.

Me ayuda a levantarme y atravesamos juntas el club.

La multitud se ha dispersado, la mayoría de los hermanos se han marchado ahora que ha pasado la crisis, pero aún siento sus ojos clavados en mí.

La humana a la que secuestraron. La humana a la que rescataron.

Me pregunto qué ven cuando me miran: ¿una víctima, una carga, o algo completamente distinto?

La habitación de arriba es pequeña pero limpia, con una cama pegada a la pared y una ventana que da al complejo. Eliza arregla las sábanas, me trae agua, promete venir a verme en unas horas. Me abraza de nuevo antes de irse, con más suavidad esta vez, cuidando de no hacerme daño en las costillas.

—Te quiero —dice, con la voz quebrada—. Lo sabes, ¿verdad? Te quiero, y estaba tan asustada, y me alegro tanto de que estés bien.

Las palabras me golpean en algún lugar del pecho. Conozco a Eliza desde hace diez años, y nunca hemos sido de esas amigas que dicen esas cosas en voz alta. Siempre se entendía, se daba por hecho, estaba presente en los gestos más que en las palabras.

—Yo también te quiero —le digo, y lo digo de verdad—. Ahora ve a dejar que Harlan te mime. Sé que lleva esperando un buen rato.

Suelta una risa llorosa y temblorosa, y por fin se va.

Cuando la puerta se cierra tras ella, me siento en el borde de la cama y me miro las manos.