Robada por los forajidos (La Hermandad Ironfang MC nº 3) CAMILLE
32%

CAMILLE

Despierto en la oscuridad, y por un momento, no sé dónde estoy.

La cabeza me martillea, un latido sordo detrás de los ojos que hace que la tenue luz parezca cuchillos.

Tengo la boca con sabor a cobre y a algo químico, y las muñecas me arden con un dolor agudo y preciso que no tiene sentido hasta que intento mover las manos y me doy cuenta de que están atadas a mi espalda.

Bridas. Plástico que me muerde la piel. Estoy sentada en una silla, los tobillos atados a las patas, los brazos retorcidos hacia atrás en un ángulo que va a doler mucho más antes de que esto termine.

Los recuerdos vuelven en fragmentos. La calle. La furgoneta. Tres orcos, una aguja y la cara del de la cicatriz, que me sonreía mientras el mundo se oscurecía.

Bloodtusk. Me secuestraron.

El pánico me araña la garganta, caliente e inmediato, y tengo que apretar la mandíbula para no gritar. Gritar no ayudará. Gritar solo les hará saber que estoy despierta, y necesito un minuto. Necesito pensar. Necesito averiguar dónde estoy y cómo voy a salir.

Me obligo a respirar. Inhalar por la nariz, exhalar por la boca, como me enseñó Delia cuando estaba aprendiendo a encajar un golpe sin inmutarme. El corazón me golpea contra las costillas, pero el pánico retrocede, solo un poco. Lo suficiente para poder mirar alrededor.

Estoy en una habitación. Pequeña, tal vez de tres por cuatro metros, con paredes de hormigón de aspecto industrial.

El suelo también es de hormigón, frío incluso a través de los zapatos.

Hay un catre contra una pared, solo el colchón, sin sábanas.

Un cubo en la esquina en el que me niego a pensar.

Una bombilla pelada cuelga del techo, proyectando la luz justa para que las sombras parezcan amenazadoras.

Una puerta de metal, cerrada. Una ventana en lo alto de la pared opuesta al catre, demasiado pequeña para pasar por ella aunque pudiera alcanzarla. A través del cristal sucio veo cielo gris. Por la mañana, quizá. O a media tarde. No tengo ni idea de cuánto tiempo llevo inconsciente.

Luego me golpea el olor: polvo, óxido y aceite de máquina viejo, con algo podrido debajo.

Algo muerto en las paredes. Ratas, probablemente.

Solo pensarlo me pone la piel de gallina, pero lo registro mentalmente.

Espacio industrial, abandonado, lo bastante aislado como para que nadie se haya ocupado de las alimañas.

Oigo viento en alguna parte, silbando por los huecos de la estructura. Pasos debajo de mí, pesados y pausados. Estoy en el segundo piso, entonces. Y hay guardias.

Pruebo las bridas, retorciendo las muñecas para medir cuánto ceden. No mucho. El plástico se me clava en la piel, y ya noto cómo se me forma la carne viva. Pero las bridas no son esposas. No son irrompibles. Si encuentro algo afilado, o un punto de apoyo...

La puerta se abre.

Me quedo quieta, con el corazón en la garganta. El de la cicatriz llena el umbral, sus hombros enormes bloquean la luz de lo que haya detrás. Varro, creo. Así lo llamó uno de los otros. El que disfruta con esto.

Es aún más feo a la luz del día, si se puede llamar luz del día al débil resplandor de una bombilla pelada.

Piel gris verdosa oscura moteada de cicatrices viejas, colmillos que atrapan la luz, uno de ellos astillado e irregular.

La cicatriz de quemadura en el antebrazo parece intencionada, como si alguien lo hubiera sujetado contra una llama a propósito.

Y tiene los ojos pálidos y vacíos, los ojos de algo que disfruta viendo sufrir.

—La humana está despierta. —Su voz es un gruñido grave, casi complacido—. Bien. Me estaba aburriendo.

No digo nada. Tengo la lengua pastosa, torpe, los efectos de lo que me inyectaran aún me nublan los pensamientos. Pero el cerebro me funciona, catalogando detalles mientras el miedo me corre por las venas. Está solo. La puerta sigue abierta detrás de él. Los guardias están abajo.

Nada de eso me ayuda cuando estoy atada a una silla.

Varro se acerca más, y tengo que contener el impulso de echarme hacia atrás. Está disfrutando de mi miedo. Lo veo en la ligera curva de su boca, en cómo se le ensanchan las fosas nasales como si lo estuviera respirando.

—¿Nada que decir? —Ladea la cabeza, estudiándome como a un insecto que no sabe si aplastar—. Tu boca funcionaba bien anoche. Tenías mucho que decir entonces.

—Observador. —La palabra me sale áspera, con la garganta en carne viva—. Deberías ser detective.

Su mano se mueve más rápido de lo que puedo seguir. El revés me alcanza en la cara y me hace girar la cabeza con la fuerza suficiente para que la silla se tambalee. El dolor me estalla en la mejilla, agudo e inmediato, y saboreo sangre donde los dientes me cortaron el interior del labio.

—Vas a querer vigilar esa boca. —Sigue tranquilo, complacido—. Se supone que no debo dañarte demasiado, pero los accidentes ocurren.

Escupo sangre en el suelo de hormigón. Probablemente sea un error, pero no puedo evitarlo.

—Y tú vas a querer vigilar tu espalda. Cuando mis amigos vengan a por mí...

—Si. —Se inclina, acercando la cara a la mía.

Le huele el aliento a carne y a algo agrio—.

Si tus amigos vienen a por ti. Ahora mismo, eres moneda de cambio.

Los Ironfang se han puesto demasiado cómodos con los humanos, dejándolos entrar en sus negocios, sus camas, sus hogares. Es hora de que aprendan lo que cuesta.

—Vendrán.

—Tal vez. —Se endereza, mirándome desde arriba con algo parecido a lástima—. O tal vez decidan que una mujer humana no merece que mueran por ella. Al fin y al cabo, no eres una de ellos. Solo eres una mascota que tiene cerca la novia de su tatuadorcillo.

Las palabras me duelen más de lo que quisiera. Porque no se equivoca, ¿verdad? No soy Ironfang. No soy la mujer de Harlan. Solo soy Camille, la amiga de lengua afilada que se niega a admitir que está sola. ¿Por qué iba nadie a arriesgar su vida por mí?

«Nadie viene», susurra la voz en mi cabeza. «Nadie viene nunca. Siempre has tenido que salvarte a ti misma».

Lo reprimo. Lo reprimo todo, el miedo y la duda y el recuerdo del armario vacío de mi padre, cómo aprendí a los siete años que no puedes contar con que nadie se quede. Esto no va de si vendrán a por mí. Va de si puedo salvarme a mí misma.

—Vas a arrepentirte de esto —digo, y la voz me sale más firme de lo que me siento—. No sé cómo, y no sé cuándo, pero vas a arrepentirte de haberme puesto las manos encima.

Varro se ríe. Es un sonido feo, húmedo y satisfecho.

—Me gustas, humana. Tienes fuego. La mayoría lloran a estas alturas. —Se dirige hacia la puerta y se detiene en el umbral—. Vendré a verte más tarde. Intenta dormir un poco. Vas a necesitar las fuerzas.

La puerta se cierra tras él. Oigo el chasquido de la cerradura y luego sus pasos alejándose, pesados sobre lo que suenan como escaleras metálicas.

Estoy sola.

El silencio me invade, me presiona los oídos, y por un momento me permito sentirlo. El terror, la impotencia, la horrible vulnerabilidad de estar atada a una silla en un lugar que nadie conoce, a merced de gente que no me considera humana.

Quiero llorar. Quiero gritar. Quiero que alguien irrumpa por esa puerta y me diga que todo va a salir bien, que no estoy sola, que no tengo que ser la fuerte por una maldita vez en mi vida.

Pero así no funcionan las cosas. Nunca han funcionado así.

Así que respiro. Cuento hasta diez, luego hasta veinte, luego hasta cincuenta. Dejo que el miedo me recorra y se vaya, lo reconozco y lo aparto. Y entonces empiezo a pensar.

Bridas, no esposas. Baratas, fáciles de conseguir, pero se pueden romper si sabes cómo.

He visto vídeos, leído artículos, prestado atención cuando Delia mencionaba consejos de autodefensa que no tenían nada que ver con dar puñetazos.

Hay formas de romper las bridas. Solo necesito encontrar el punto de apoyo adecuado.

Pruebo las ataduras de nuevo, con más cuidado esta vez.

Tengo las muñecas a la espalda, sujetas al travesaño de la silla.

La silla es de madera, vieja, y cuando me muevo, la siento crujir.

No es resistente. Si consigo balancearla con suficiente fuerza, estrellarla contra la pared o el suelo, podría romper la madera y liberar las manos.

Pero ahora no. No mientras puedan estar escuchando. Necesito esperar hasta conocer la rotación de los guardias, hasta tener un momento en que no me interrumpan.

La ventana es demasiado pequeña y demasiado alta, pero me dice algo.

Estoy en el segundo piso de un edificio industrial, seguramente un viejo almacén o una fábrica.

Si consigo salir de esta habitación, tiene que haber escaleras en alguna parte.

Salidas de incendios. Rutas de emergencia.

Los guardias están abajo, lo que significa que el segundo piso podría tener menos vigilancia.

O podría significar que confían en que no puedo escapar sin pasar por ellos.

Pienso en los pasos que oí. Dos pares, quizá tres. Un sistema de rotación. Vendrán a comprobar cómo estoy periódicamente, lo que significa que tendré oportunidades. Solo necesito estar lista cuando vengan.

Me palpita la cara donde Varro me golpeó.

Me arden las muñecas por las bridas. La cabeza todavía me late por la droga que usaron, un dolor sordo que dificulta la concentración más de lo que debería.

Catalogo las lesiones, evalúo el daño: nada grave, nada que me impida correr si tuviera la oportunidad.

Si. Esa es la palabra que no deja de resonar. Si vienen a buscarme. Si puedo escapar. Si sobrevivo lo suficiente para intentarlo.

Pienso en Eliza, en lo asustada que debe de estar ahora mismo.

Habrá encontrado la sangre en la acera, mis llaves tiradas como huesos abandonados.

Habrá llamado a Harlan, al club, se habrá hundido en ese pánico que la he visto combatir desde que Margot desapareció.

Y esta vez es culpa mía. Esta vez soy yo la que se quedó hasta tarde, la que caminó tres manzanas sola en la oscuridad, la que fue atrapada por estar conectada a su mundo.

Pienso en Margot, que sabe lo que es ser perseguida por alguien que quiere poseerte.

Pienso en el club, en los hermanos que me han aceptado en su mundo aunque no he hecho más que burlarme de ellos desde fuera.

Y pienso en Elias. Su estúpida sonrisa. Sus mensajes incesantes. Cómo me miró en el estudio de tatuajes, como si fuera algo raro y precioso en lugar de otra mujer más llena de barreras.

No le respondí anoche. Iba a hacerlo. Estaba tumbada en la cama de casa de Eliza, mirando su mensaje, y pensaba contestar con algo cortante e ingenioso que en realidad era solo una excusa para seguir hablando.

Ahora puede que no tenga la oportunidad nunca.

No. Aparto el pensamiento con algo parecido a la violencia. No. No voy a morir aquí. No voy a desaparecer en algún sótano de Bloodtusk como un cuento con moraleja. Sobreviví a que mi padre se largara. Sobreviví a que mi madre se desconectara. Sobreviví haciendo de madre cuando todavía era una niña.

Sobreviviré a esto.

Empiezo a balancear la silla, probando su estabilidad, buscando puntos débiles. La madera gime, prometedora. Las bridas se me clavan en las muñecas, y las dejo. El dolor es solo información. El dolor significa que sigo viva.

Aguanta, me digo. Solo aguanta. Piensa. Sobrevive.

Y en algún lugar, en una parte de mi cerebro que no quiero reconocer, otra voz susurra: «Viene. No sabes cómo lo sabes, pero lo sabes. Elias viene».

Le digo a esa voz que se calle. No puedo permitirme esperar un rescate. La esperanza es un lujo que no me puedo permitir.

Pero la voz no escucha. Y en el fondo, yo tampoco.