Robada por los forajidos (La Hermandad Ironfang MC nº 3) CAMILLE #3
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CAMILLE #3

No sé qué decir. No se me da bien esto, la vulnerabilidad, acompañar a alguien en su dolor. Pero algo en su voz, la ternura bajo la bravuconería, me hace querer intentarlo.

—Hoy habría sido su cumpleaños —añade, casi como si no pudiera contenerse—. Cincuenta y dos. Kieran va a llevar a algunos de los chicos a la cresta donde esparcimos sus cenizas. Tengo que ir después de esto.

—Lo siento —digo, y por una vez no suena a frase hecha. Suena de verdad.

Me mira a los ojos y hay un destello de sorpresa, como si no esperara sinceridad. Como si estuviera tan acostumbrado a que la gente lo compadeciera o lo ignorara que la empatía genuina lo pillara desprevenido.

—Gracias —dice—. La mayoría de la gente solo hace eso de ladear la cabeza. Ya sabes, la cara de «oh, qué triste» que en realidad no significa nada.

—Conozco esa cara. La odio.

—¿Sí? —me observa con renovado interés, con curiosidad—. ¿Tú también has perdido a alguien?

La pregunta me alcanza más de lo que esperaba.

Pienso en mi padre, vivito y coleando en Phoenix con su nueva familia, perdido para mí de otra manera.

Pienso en mi madre, presente pero ausente, perdida en su propio dolor durante años.

Pienso en todas las formas en que puedes perder a alguien sin que muera.

—Algo así —digo, lo cual no es una respuesta y a la vez es lo más sincero que le he dicho.

Asiente, despacio, comprensivo, y no insiste. En ese momento, algo sucede entre nosotros, un reconocimiento de heridas compartidas que no necesita explicación. Es incómodo. Es inesperado. Me dan ganas de salir corriendo y también de quedarme justo donde estoy.

Eliza elige ese momento para reaparecer, con Harlan siguiéndola como una sombra muy grande y muy silenciosa. Nos mira a uno y a otro, consciente de que algo ha cambiado, y su expresión se suaviza de una manera que me hace querer negarlo todo.

—¿Listo para terminar? —le pregunta Harlan a Elias, y el momento se rompe.

—Sí.

Elias se levanta y rota los hombros como si se sacudiera el peso de nuestra conversación. La sonrisa reaparece, pero no es tan afilada como antes.

—El deber llama. Lugares a los que ir, padres muertos que conmemorar.

Lo dice con ligereza, como dice todo, pero percibo el filo áspero que esconde. Y cuando pasa junto a mí hacia el estudio, su mano me roza el hombro, solo un segundo.

—Nos vemos por ahí, Brennan.

No respondo. Estoy demasiado ocupada intentando entender por qué ese roce breve, apenas perceptible, parece atravesar el fino algodón de mi camisa como si quemara, para instalarse en mi piel como una marca que no se borrará, como algo que seguiré sintiendo horas después de que él se haya ido.

Eliza espera hasta que él no puede oírnos, hasta que la puerta del estudio se ha cerrado tras él y Harlan, antes de volverse hacia mí con una expresión que combina a partes iguales suficiencia y genuina simpatía.

—Estabas hablando con él.

—Coincidimos en el mismo espacio al mismo tiempo. Surgieron palabras.

—Estabas hablando con él de cosas reales. Cosas de verdad. Se notaba por el lenguaje corporal, por cómo estabais ahí sentados, tan tensos y cautelosos el uno con el otro.

—Estás completamente loca.

—Soy observadora.

Me coge del brazo y me guía hacia la puerta.

—Vamos. Tienes pinta de necesitar más café, y necesito que admitas que estás tal vez, posiblemente, ligeramente interesada en Elias Locke.

—No pienso admitir tal cosa.

—Entonces puedes seguir mintiéndote a ti misma.

Abre la puerta y la campanilla suena sobre nuestras cabezas.

—Pero que lo sepas: cuando habla de su padre, no habla con nadie. Ni siquiera con Harlan, normalmente. ¿Que se haya abierto contigo? Eso significa algo.

No tengo respuesta para eso. Ni para nada de esto: el dolor en mi pecho, el calor donde su mano me tocó el hombro, cómo sigo viendo pena bajo su sonrisa y quiero entenderla.

No estoy interesada en Elias Locke. No lo estoy. Es ruidoso, presumido, exactamente el tipo de hombre que he pasado toda mi vida evitando: el que actúa en vez de sentir, el que llena el silencio con ruido porque le asusta lo que la quietud podría revelar.

Solo que ahora he visto la quietud. He oído su voz volverse suave cuando habla de su padre, lo he visto sobrellevar el dolor sin quejarse, y he sentido cómo algo se agrieta en mi pecho, algo que creía haber sellado hace años.

Conduzco de vuelta a Reno con la radio apagada; mis pensamientos son demasiado ruidosos para competir con la música. Y cuando el móvil vibra con un mensaje de un número desconocido que empieza a resultarme familiar, lo dejo sin responder cinco minutos enteros antes de rendirme y mirar.

Gracias por no poner la cara.

Me quedo mirando el mensaje un buen rato. Luego, contra todos mis instintos, respondo: Odio esa cara.

Su respuesta llega de inmediato: Lo sé. Por eso te di las gracias.

No vuelvo a responder. No hace falta. Pero esta vez guardo su número en mis contactos y le pongo un nombre de verdad en lugar de dejarlo como desconocido.

Solo su nombre de pila. Solo Elias.

No significa nada. Es práctico, nada más.

Casi me lo creo.