Robada por los forajidos (La Hermandad Ironfang MC nº 3) CAMILLE #2
18%

CAMILLE #2

Eliza observa este intercambio con alegría apenas contenida, el sándwich olvidado en las manos. Deliberadamente le doy la espalda a la puerta del estudio, concentrándome en mi café como si contuviera los secretos del universo.

—Podrías admitir sin más que estás interesada —dice Eliza en voz baja, solo para mí.

—No estoy interesada.

—Estabas mirando fijamente.

—Estaba evaluando amenazas potenciales. Es grande e impredecible. Es instinto básico de supervivencia.

—Cam —se inclina hacia adelante, dejando el sándwich—. Te conozco desde hace diez años. Te he visto interactuar con cientos de personas. No miras a nadie como lo miras a él.

—¿Horrorizada? Porque eso sería exacto.

—Fascinada —inclina la cabeza, estudiándome con esa mirada de quien lo sabe todo que he llegado a temer—. Te gusta. Estás interesada. Solo estás aterrorizada de admitirlo porque eso significaría correr un riesgo.

—Corro riesgos todo el tiempo.

—Riesgos profesionales. Riesgos controlados.

Riesgos con resultados calculables —extiende la mano y toca la mía, con una delicadeza que hace que se me cierre la garganta—.

Pero este tipo de riesgo, ¿ese en el que dejas que alguien te vea de verdad y esperas que no huya?

No has corrido ese riesgo en años. Y creo que Elias podría valer la pena.

—No lo conoces.

—Conozco a Harlan. Conozco este club. Conozco el tipo de hombres que producen —me aprieta los dedos—. No es lo que piensas, Camille. Bajo todo el ruido, hay alguien real. Alguien que probablemente está tan asustado como tú.

Quiero discutir con ella. Quiero desestimar todo lo que está diciendo y refugiarme en la seguridad de mi sarcasmo. Pero Eliza siempre ha sido capaz de calarme, incluso cuando no quiero que lo haga, y la ternura en su voz hace difícil esquivarla.

—No estoy asustada —digo, y suena a mentira incluso para mis propios oídos.

—De acuerdo —me aprieta la mano una vez más y luego la suelta—. Solo prométeme que lo pensarás.

—Pensaré en todas las razones por las que es una idea terrible.

—Es un comienzo.

La máquina de tatuar se queda en silencio de nuevo, y oigo movimiento en el estudio.

La voz de Harlan, más profunda que un trueno, diciendo algo sobre «unos minutos para que se asiente».

Luego pasos, y el crujido de una puerta, y de repente Elias pasa junto a nosotras hacia la parte trasera del local.

Se detiene junto a mi silla, tan cerca que siento el calor que irradia su piel.

Tan cerca que percibo el olor a cuero y, debajo, algo más acre: tinta y desinfectante.

Lleva el brazo envuelto en plástico transparente, el tatuaje recién hecho visible bajo la capa protectora, y ahora distingo que es una pieza intrincada: engranajes y pistones entrelazados con algo que parece llamas.

—Voy al baño —dice, con una sonrisa burlona desde su altura—. Intenta no echarme demasiado de menos.

—Ya me las apañaré.

Se ríe, ese sonido cálido que llena la habitación, y desaparece por una puerta con el cartel de SOLO EMPLEADOS. Lo sigo con la mirada a pesar de mí misma, fijándome en cómo se mueve, en esa seguridad desenfadada que empiezo a sospechar menos auténtica de lo que él quiere hacer creer.

Eliza ha ido a ver a Harlan, atraída por ese hilo invisible que los conecta incluso a través de las habitaciones.

Los oigo murmurar en el estudio, con esos tonos bajos e íntimos de quienes han encontrado a su media naranja.

Por un momento, me quedo sola en la sala de espera, rodeada del olor a café y tinta, y del calor que aún flota donde estaba Elias.

Entonces oigo voces en el pasillo de atrás. La de Elias y la de Harlan. Deben de haber salido del estudio por el otro lado. Las palabras llegan amortiguadas pero se entienden, y sé que debería dejar de escuchar. Sé que esto no va dirigido a mí.

Pero algo en el tono de Elias me paraliza. Algo crudo y quedo, que no tiene nada que ver con el fanfarrón que he estado ignorando.

—...hoy habría cumplido cincuenta y dos —su voz es tan baja que tengo que aguzar el oído—. No dejo de pensar en qué diría, ¿sabes? Sobre que por fin me hayan dado el parche. Sobre todo esto.

La respuesta de Harlan es demasiado baja para entenderla, más un murmullo que palabras.

—Lo sé —Elias de nuevo, y hay dolor bajo la arrogancia.

Dolor real, punzante—. Kieran dice que lo estoy haciendo sentir orgulloso, pero a veces me pregunto si solo lo dice porque es lo que toca decir.

Como si quizá Danny me mirara y solo viera...

no sé. A un crío esforzándose demasiado por llenar unos zapatos que le vienen grandes.

Me duele el pecho. Un dolor real, físico, que no debería estar ahí.

Pienso en mi padre, el que se marchó sin mirar atrás, y me pregunto qué es peor: perder a alguien que eligió irse o a alguien que no tuvo elección.

Ambos saben a abandono. Ambos te dejan preguntándote si alguna vez fuiste suficiente.

Oigo pasos que se acercan y bajo la mirada hacia el café, con el corazón desbocado como si me hubieran pillado haciendo algo malo. Cuando Elias vuelve a la sala de espera, ya luce de nuevo la sonrisa, todo rastro de ese momento vulnerable cuidadosamente oculto.

—¿Me has echado de menos? —pregunta.

—Con locura —respondo impasible—. He contado los segundos.

—Lo sabía —se deja caer en la silla que Eliza ha dejado libre, demasiado cerca, ocupando demasiado espacio. La sonrisa sigue bien plantada, pero ahora distingo la tensión alrededor de sus ojos. Las grietas en la fachada que antes no buscaba—. Bueno. ¿Vienes mucho por aquí?

—Solo cuando mi mejor amiga olvida que es un ser humano que necesita comer.

—Parece que es costumbre. A lo mejor deberías empezar a traerle la comida todos los días —sus ojos vuelven a hacer eso, cálidos y atentos y demasiado pendientes de mi respuesta—. Yo vengo mucho. Por los tatuajes. Podríamos convertirlo en algo habitual.

—Preferiría comer cristales.

—Eso es un no a lo de quedar, entonces.

—Eso es un nunca a lo de quedar.

Se ríe y se recuesta en la silla; distingo el borde del tatuaje recién hecho asomando bajo el plástico transparente del antebrazo. Engranajes y pistones y llamas, el tipo de diseño que seguramente significa algo concreto para alguien que va en moto.

—Tu padre —me oigo decir, y al instante quiero retirar las palabras.

Su risa se corta en seco. La sonrisa titubea. —¿Qué pasa con él?

Debería parar. Debería cambiar de tema, desviar la conversación, hacer cualquiera de las cosas que normalmente se me dan tan bien. Pero sigo viendo ese momento en el estudio, cómo se le veía cuando creía que nadie miraba, y las palabras salen igual.

—El tatuaje. Es por él, ¿verdad?

Elias guarda silencio un buen rato. Tanto que empiezo a pensar que he metido la pata hasta el fondo. Pero entonces algo cambia en su expresión, la máscara se desliza lo justo para dejarme ver a la persona que hay debajo.

—Sí —dice—. Harlan lleva un tiempo añadiéndole cosas.

Empezó con lo del club, pero esta pieza...

—se toca el antebrazo a través del plástico, con delicadeza, como si tocara algo sagrado—.

Estos son de su moto. El motor que reconstruyó antes de que yo naciera.

Siempre decía que esa máquina funcionaba mejor que su propio corazón.