ELIAS
Es la mujer más aterradora que he conocido, y no puedo dejar de mirarla.
Camille Brennan está apoyada contra la pared del fondo del club como si estuviera calculando la integridad estructural del edificio y la encontrara deficiente.
Brazos cruzados, espalda recta, barbilla levantada en un ángulo que dice que no le teme a nadie en esta sala.
Cabello negro recogido en una coleta tan tirante que parece dolorosa, ojos oscuros que recorren a la multitud con la concentración de alguien que cataloga amenazas.
Viste completamente de negro, ropa entallada y de corte impecable, y parece tan cómoda aquí como un gato en una piscina.
Llevo veinte minutos observándola. No de forma rara. De forma... de investigación. Estoy recopilando información. Calculando mi enfoque. Planeando mi estrategia.
Vale, quizá sea un poco raro.
Pero en mi defensa, es fascinante. Todos los demás en estas reuniones o quieren estar aquí o al menos fingen convincentemente.
Camille parece estar cumpliendo condena.
Como si cada segundo que pasa en este edificio se dedujera de algún libro de cuentas cósmico y tuviera toda la intención de cobrar la deuda más tarde.
La única vez que su expresión se suaviza es cuando mira a Eliza, que ahora mismo está enroscada en Harlan como una enredadera muy entusiasta, e incluso entonces es más afecto resignado que calidez real.
Quiero hacerla sonreír. Quiero romper esa armadura y ver qué hay debajo.
Quiero que me mire con algo que no sea desprecio apenas contenido, lo cual es estúpido, porque mujeres como Camille Brennan no miran a tipos como yo con nada parecido al interés.
Mujeres como ella salen con abogados y médicos y hombres con planes de jubilación.
No con moteros orcos de veinticuatro años que todavía no han descubierto qué quieren ser de mayores.
Pero querer cosas estúpidas nunca me ha frenado.
—Estás mirando otra vez.
Stellan aparece a mi lado, con una cerveza en una mano enorme.
Es el más grande de nosotros, corpulento como una pequeña montaña, pero hay algo delicado en su forma de moverse.
Cuidadoso, como si siempre fuera consciente del daño que podría hacer si no prestara atención.
Sigue mi mirada hacia Camille y emite un sonido que podría ser una risa o una advertencia.
—No estoy mirando. Estoy observando.
—Estás babeando.
—Yo no babeo. —Aparto la mirada de Camille el tiempo justo para dedicarle una sonrisa—. Soy demasiado guapo para babear.
Stellan niega con la cabeza, pero hay un atisbo de sonrisa asomando en sus labios.
Es uno de los pocos hermanos que no me trata como a un crío, aunque soy más joven que todos los demás por al menos cinco años.
Quizá sea porque ve más allá de las gilipolleces.
Quizá sea porque tiene sus propios demonios y reconoce a alguien que también huye de los suyos.
—Te va a devorar vivo —dice.
—Soñar es gratis.
—Hablo en serio, cachorro. —Nunca me llama cachorro delante de los demás, solo cuando estamos solos.
Es casi afectuoso, cómo lo dice. Casi—. Esa no busca diversión.
Busca razones para mantener a todos a distancia.
Si intentas tu numerito habitual, te va a hacer pedazos y usará tus huesos como palillos.
—Vaya, qué bien sabes animar a un tío.
—Intento salvarte de ti mismo. —Da un largo trago a su cerveza, sin apartar la mirada de Camille—. Hay gente que no quiere que la salven, Elias. Hay gente que no quiere que la seduzcan. No puedes ganarte a todo el mundo.
Tiene razón. Sé que tiene razón. Pero en algún punto entre mi cerebro y mis pies, el mensaje se pierde, porque cuando me doy cuenta ya estoy yendo hacia la barra a por dos cervezas y luego cruzo la sala hacia la mujer que me mira como si fuera algo pegado a su zapato.
Venga, me digo. Puedes con esto. La confianza lo es todo. Finge hasta que te lo creas. Todas esas frases de mierda que la gente suelta cuando intenta convencerse de hacer algo aterrador.
Me ve venir. Lo noto por cómo se le tensan los hombros, por cómo entrecierra ligeramente los ojos. No se mueve, no intenta escapar, solo me observa acercarme como si me desafiara a hacerle perder el tiempo.
Así que lo hago.
—Parece que te lo estás pasando en grande.
Las palabras salen fáciles, desenfadadas, envueltas en la sonrisa que llevo perfeccionando desde que tuve edad suficiente para saber que encantar a la gente era más fácil que lidiar con sus expectativas reales.
Ella no me devuelve la sonrisa. Ni siquiera parpadea.
Solo me mira con esos ojos oscuros y dice: —Observación fascinante.
Y lo cierto es que sé que está siendo sarcástica.
Sé que me está descartando. Pero algo en cómo lo dice, la precisión de su desdén, hace que algo se remueva en mi pecho.
La mayoría de la gente o cae en el encanto o se molesta con él.
Camille no hace ninguna de las dos cosas.
Simplemente... lo atraviesa con la mirada.
Como si yo estuviera hecho de cristal y ella pudiera ver cada grieta.
—Eso es sarcasmo, ¿verdad? —Me acerco un poco más, tanteando los límites—. A veces contigo no lo distingo.
—Eso es porque no eres muy listo.
Debería sentirme ofendido. Cualquier persona razonable se sentiría ofendida.
En cambio, noto que mi sonrisa se ensancha, que todo mi cuerpo se enciende con la emoción del desafío.
Esto es nuevo. Esto es interesante. Esta es alguien que no va a ponérmelo fácil, y que Dios me ayude, nunca he querido lo fácil.
—Mira, la mayoría de la gente se ofendería por eso —digo, ofreciéndole una de las cervezas—. Pero tu hostilidad me parece encantadora.
—Entonces tienes un gusto pésimo.
Seguimos así, intercambiando golpes verbales que parecen más un baile, y cada vez que me corta solo quiero más.
Al principio no acepta la cerveza, no cede ni un centímetro, y cuando por fin consigo ponérsela en las manos, nuestros dedos se rozan durante medio segundo.
Su piel está fría contra la mía, suave de una manera que no encaja con la dureza de su expresión, y siento ese contacto como una marca a fuego.
Me dice que vaya a buscar a alguien que esté impresionado con mi numerito. La observo alejarse, el balanceo de sus caderas en esos pantalones negros entallados, y no me lo estoy imaginando: hay tensión en sus hombros. No mira atrás, aunque sabe que la estoy mirando.
Ella también lo ha sentido. Estoy absolutamente seguro.
Quizá.
Probablemente no, si soy sincero conmigo mismo. Pero soñar es gratis, ¿no?
Vuelvo hacia las mesas de billar, zigzagueando entre corrillos, donde Stellan me espera con esa mirada de suficiencia que dice que ha presenciado todo el desastre.
No dice nada al principio, solo me pasa una cerveza fría, el vaso helado y resbaladizo por la condensación, y espera a que ceda primero.
No tardo mucho. Con él nunca tardo mucho.
—Es magnífica —digo, sin poder ocultar la admiración en mi voz.
—Es aterradora —me corrige Stellan.
—Viene a ser lo mismo.
Suelta una carcajada grave, de esas que nacen del fondo del pecho y le sacuden los hombros.
—¿Que te rechace la tía esa en tiempo récord? Has tocado fondo, colega, incluso para tus estándares.
—Se está haciendo la difícil —insisto.
—Está jugando a «aléjate de mí, orco pesado, antes de que te apuñale con una botella rota».
Me da una palmada en el hombro, tan fuerte que me hace tambalear.
—Pero bueno, tú sigue convenciéndote de que le interesas. El autoengaño te sienta bien.
Me río porque es lo que toca, porque eso es lo que hace Elias Locke.
Encaja el rechazo con una sonrisa, se lo sacude de encima y pasa a la siguiente.
No deja que nada le afecte porque, total, nada importa tanto.
Todo es diversión, todo es un juego, todo es matar el tiempo hasta que por fin pase algo de verdad.
Solo que esta noche la risa me suena hueca.
Esta noche, cuando miro al otro lado de la sala y veo a Camille hablando con Eliza, algo se me retuerce en el pecho, algo que no quiero analizar.
Gesticula con energía, con una expresión viva que nunca tiene cuando habla conmigo, y Eliza se ríe, y quiero saber qué ha dicho.
Quiero saberlo todo de ella. Quiero ser yo quien consiga que baje la guardia.
Lo cual es patético. Y desesperado. Y exactamente el tipo de cosa que mi padre jamás habría hecho.
Danny Locke no perseguía a las mujeres. No le hacía falta.
La gente gravitaba hacia él sin más, como polillas hacia una llama, porque era sólido y auténtico y todo lo que yo no soy.
Todos en este club tienen una historia de Danny Locke, algún momento en que apareció y salvó la situación, algún acto de valentía o lealtad que demostró la clase de hombre que era.
A Kieran todavía se le pone esa mirada perdida a veces, cuando algo le recuerda a su mejor amigo, y yo me he pasado la vida viendo a la gente añorar a un fantasma que apenas recuerdo.
Tenía doce años cuando murió. Lo bastante mayor para entender la muerte, lo bastante pequeño para que los detalles se hayan difuminado.
Recuerdo su voz, grave y segura, cómo se reía de sus propios chistes.
Recuerdo el peso de su mano en mi hombro, el olor a cuero y aceite de motor que significaba que estaba en casa.
No recuerdo su cara. He visto fotos, claro, pero cuando intento imaginarlo, solo me viene una impresión de calidez. Una sensación, no una imagen.
Todos me dicen que me parezco a él. Yo qué sé.
—Eh.
La voz de Stellan me saca de la espiral y me devuelve al presente.
—¿Estás bien?
—Sí, tío. Siempre.
Me obligo a sonreír de nuevo, sacudo los hombros como si me quitara un escalofrío de encima.
—Solo estoy pensando en mi siguiente jugada.
—Tu siguiente movimiento debería ser buscar a alguien que de verdad esté interesada.