Capítulo 27
Capítulo Veintisiete
— N o tienes buena cara, Temple. —León lo inspeccionó, ladeando la cabeza—. ¿Estás seguro de que ya se te pasó el malestar de estómago? ¿De verdad estás en condiciones de entrenar?
Dax frunció el entrecejo.
—¿Malestar de estómago?
—Sí. Lucy dijo que comiste algo que te sentó mal.
Un bufido escapó de los labios de Temple. Por supuesto que lo había dicho.
—Estoy bien, gracias —espetó con brusquedad, y se alegró de que fuera el turno del defensa para hacer el ejercicio.
A decir verdad, ni siquiera sabía si había sido una buena idea volver a los entrenamientos.
Sin embargo, ni Matt ni Jack le dieron tregua y le advirtieron de no montar un espectáculo…
y él no había querido quedar como un completo idiota, aunque justo así era como se sentía en ese momento.
—¿Todo bien? —se oyó por encima de su hombro, esta vez de parte de Fox.
—¡Dios bendito! ¿Pero qué les pasa a todos? —espetó Dax, molesto—. Solo faltas un par de días a los entrenamientos y…
—Tú nunca faltas —masculló Fox—. Jamás. Así que, hombre, ¿qué está pasando? —Parecía tan serio como una bomba atómica—. Sabes que puedes… hablar con nosotros, ¿verdad? Con cualquiera de nosotros.
Dax puso los ojos en blanco, pero, al mismo tiempo, una sonrisa asomó a las comisuras de su boca.
Siempre había pensado que tenía una de las familias más disfuncionales de la historia, pero aquello era una soberana tontería.
Tenía una familia de verdad que siempre estaba ahí para él, lo quisiera o no. Y en ese momento, no lo quería.
—Todo va genial —mintió—. Es solo…
—Oye, Dax, Lucy te busca —masculló Moreau, pasando por su lado en patines.
—¿Qué? —Su cabeza se levantó de golpe.
El portero señaló por encima de su hombro con el pulgar y el corazón de Dax dio un vuelco dentro de su pecho.
Allí estaba ella: en la entrada de la pista de hielo, con su ridícula blusa recatada y su falda demasiado ajustada, y su cabello suelto. Le caía en suaves ondas sobre los hombros, y a él se le secó la boca al instante.
—¿Qué quiere?
Moreau levantó una ceja.
—Está ahí, Dax. Pregúntaselo tú.
Dax apretó los dientes. Sus pulmones estaban haciendo cosas raras, lo que dificultaba sobremanera la respiración. El trayecto de un extremo a otro de la pista nunca le había parecido tan largo como en ese momento.
Lo único que lo calmaba era que Lucy estaba inquieta. No paraba de pasarse las manos por las arrugas imaginarias de su falda, de retirarse el cabello detrás de las orejas, bajando la mirada y volviendo a mirarlo de nuevo. Pero no sabía decir si aquello era bueno o malo.
Se detuvo a menos de un brazo de distancia. Ella estaba en el borde del hielo a su nivel, y seguía pareciendo diminuta a pesar de llevar tacones altos, como siempre. Unos tacones que él ahora conocía muy íntimamente.
—Hola —dijo despacio, quitándose los guantes y frotándose las manos solo por tener algo que hacer.
—Hola —respondió ella, esbozando una mueca insegura con un lado de la boca.
—¿Qué pasa?
—Oh, esto… es solo papeleo —murmuró, y a él se le hundió el corazón—. ¿Puedes dedicarme un minuto y firmar aquí? Es importante. —Le tendió una hoja de papel y un bolígrafo.
—¿Has venido para hablarme de papeleo? —repitió él con voz hueca.
Lucy asintió.
—Sí. Como ya he dicho, necesito una firma.
Le crujió la mandíbula y se acercó a ella para mirar el papel.
—Genial —dijo sin emoción—. ¿Qué estoy firmando?
—Un certificado importante.
Frunciendo el entrecejo, se inclinó hacia delante y leyó el encabezado en voz alta.
—Formulario de Declaración de Relación en el Lugar de Trabajo. —Parpadeó—. ¿Qué?
Lucy respiró hondo, tragó saliva y luego sonrió.
—Bueno, la política de los Hawks exige que se declare cualquier relación romántica a la directiva, para que ambas partes estén protegidas de cualquier posible influencia debida a la relación.
Para que… quede claro dónde existe un conflicto de intereses.
Y… —Volvió a respirar profundo—. Bueno, yo solo puedo firmar por mí. No por ti.
Sintió un aleteo en el estómago y el corazón se le subió a la garganta. Quiso decir algo. Tal vez suspirar. Tal vez solo gritar ¿Por qué demonios tardaste tanto?
Abrió la boca, pero fue incapaz de hablar. Había… demasiado en su corazón como para expresarlo.
—Lo siento, Dax —susurró ella, con los ojos brillantes y las palabras entrecortadas como si tuviera prisa por soltarlas—. No lo gestioné nada bien el otro día. Sentí pánico. Nunca me he enamorado y no sabía identificar el sentimiento, pero… ahora ya he recuperado el juicio.
Empezó a sentir un hormigueo en la nuca mientras la sangre bombeaba más rápido por su cuerpo. Su garganta por fin tuvo espacio suficiente para las palabras.
—Ah, ¿sí?
Lucy asintió.
—Sí. Hablo en serio. ¿Ves? —Agitó el papel—. Esta mañana le hablé a Leslie de lo nuestro. No se ha puesto nada contenta, pero con suerte te centrarás y todo irá bien. Solo tenemos que firmar este papel para ella. Para que mi carrera… no se vea afectada y la tuya tampoco, por supuesto.
—Vaya. Quién… —Se aclaró la garganta y parpadeó—. ¿Quién iba a imaginar que la burocracia era tan romántica? —Era ridículo lo calmadas que sonaban sus palabras a pesar de que en su interior se había desatado un pequeño huracán. Sin embargo, lo justo era dejar que ella sufriera un poco más, ¿no?
Lucy frunció el ceño y se retorció las manos.
—No se me da bien el romance. Ni las relaciones. Nunca he tenido ninguna. Pero, podría estar… genial intentarlo contigo.
Las comisuras de su boca temblaron.
—Genial, ¿eh?
Ella asintió.
— Muy genial .
—Pues nada —murmuró, quitándole el bolígrafo y firmando el papel—. ¿Y ahora qué?
—Ahora somos pareja —susurró en respuesta.
—Ah. —Él asintió despacio y dejó que su mano libre se hundiera en el cabello pelirrojo de ella—. Sabes, de donde yo vengo, este tipo de papeleo se sella con un beso.
—Sí, de donde yo vengo también —confirmó de inmediato—. Pero hay mucha gente aquí, jugadores de hockey, y…
—Deja de hablar, Lucy —susurró él, y bajó sus labios hacia los de ella.
Tiró de Lucy sobre sus patines y le robó el aire de los pulmones con un beso.
Envolvió su cintura con sus brazos con fuerza para asegurarse de que no pudiera volver a escapar y la besó como pensaba en hacerlo cada maldito día para asegurarse de que no olvidara que aquello era una idea fantástica.
Para ilustrar mejor su punto, pensó que probablemente debería apretarla contra la valla más cercana y usar la lengua…
—¡No! —estalló un grito furioso—. ¡Mierda, no, no pueden hablar en serio!
Confuso, Dax se separó de Lucy y miró a su alrededor. El grito había venido de León, que patinaba por el hielo hacia ellos con una expresión furiosa.
—¡Carajo, Temple! ¿Qué haces? ¡Y tú! —Señaló a Lucy—. ¡Dijiste que no salías con jugadores!
Esta se encogió de hombros a modo de disculpa.
—Lo siento. Es solo que… sucedió.
León gimió.
—¡Eso es muy cruel!
—Deja de quejarte, Álvarez —intervino Jack, sonriendo de oreja a oreja—. De todas formas, eres demasiado joven para ella.
—¡Solo es tres años mayor! —replicó el defensa con enfado.
—Mucho mayor —confirmó Dax, atrayendo a su novia hacia él—. Así que búscate tu propia asesora de imagen.
—Por favor, no lo hagas —dijo Lucy a toda prisa—. O Leslie se volverá loca.
Él soltó una risita suave.
—Bueno, no queremos eso.
—No —confirmó, deslizando una mano tras la nuca de Dax—. Por cierto, ya no soy tu asesora de imagen. Conflicto de intereses.
—Vaya, qué fastidio. ¿Cómo se supone que voy a vivir sin una? —murmuró, y volvió a besarla.
La besó simplemente porque podía. Y porque nunca se cansaría de hacerlo…