Capítulo 26
Capítulo Veintiséis
L ucy creía que solo necesitaba algo de distancia para ver las cosas con más claridad. Sin embargo, se equivocaba. Sus pensamientos, su mundo, eran un gran borrón que le revolvía el estómago cada noche. Pensó que sería feliz al no ver a Dax durante unos días, pero ocurrió todo lo contrario.
El hecho de que él no apareciera en los entrenamientos, privándola de la oportunidad de ver su rostro… la estaba volviendo loca.
¡Ella estaba sufriendo, pero aún así iba a trabajar! ¿Acaso él no podía hacer lo mismo?
Para empeorar las cosas, Leslie le preguntó qué pasaba con él y se vio obligada a mentir y a decir que tenía malestar de estómago o algo igual de ridículo.
Matt le preguntó si ella estaba bien y solo le dedicó una mirada sombría, mientras que el resto del equipo quería saber si tenía alergia o por qué tenía los ojos tan hinchados.
En general, se alegró cuando volvió a su apartamento al final de la semana, solo para encontrarse a su hermana instalada en su sillón favorito.
—En serio, Lucy, tienes que comprar muebles nuevos —se quejó Maddie a modo de saludo.
—En serio, tengo que quitarte la copia de mi llave —respondió enfadada—. ¿Qué haces aquí?
—Matt dijo que no te encontrabas bien y me ha sugerido venir.
—¿O sea que de repente le haces caso a Matt, o qué? —molesta, se quitó los zapatos y tiró sus propias llaves sobre la encimera.
—No, desde luego no lo convertiré en una costumbre.
Pero ha dicho que recibió una petición de Dax…
Eso me hizo sospechar. Porque si Dax contacta conmigo a través de Matt sin conocerme, es porque debe de ser algo muy importante.
Y ahora que veo tu cara sombría y tu postura terrible, me alegro de estar aquí.
Gruñendo, Lucy caminó hacia la nevera y tomó una cerveza.
—¡No hay motivos para eso, Maddie! Estoy bien… Estoy… Todo está… —Se aclaró la garganta—. ¡Estoy bien! Dax y yo simplemente hemos terminado lo nuestro. ¿Y qué? —Se tragó el nudo en la garganta—. Me pasa todo el tiempo.
Maddie entrecerró los ojos.
—Matt dijo que tenían una relación, pero que ninguno de los dos lo sabía todavía.
Lucy resopló e hizo un gesto obsceno con el dedo a su hermana.
—Son puras tonterías.
—Bueno, yo le creo. Nunca has tenido una relación y no sabes cómo es.
Apretó los dientes.
—Suenas como Dax.
—¿Ese Dax que… te quiere? —preguntó con cautela.
Automáticamente, nuevas lágrimas brotaron de sus ojos.
—¿Cómo sabes que dijo eso? —preguntó perpleja.
Su hermana suspiró y se levantó.
—Es lo único que se me ocurre que podría hacerte entrar en tal estado de pánico como para terminar la relación así.
Lucy se mordió el labio inferior, apretó con más fuerza la botella de cerveza que tenía en la mano… y asintió.
—Parecía tan serio cuando pronunció las palabras. Como si de verdad las sintiera.
—Oh, Lucy… —Maddie la atrajo en un fuerte abrazo—. Claro que las siente. Eres increíble.
—¡Pero yo no puedo estar en una relación!
—¿Por qué no?
—Porque yo… porque no sé cómo. ¡Pero sí sé cómo terminará! Lo mal que puede llegar a ser… —Las lágrimas rodaron por sus mejillas y gotearon de su barbilla.
—Lucy —Maddie le acarició la espalda con ternura—.
Lo entiendo, ¿de acuerdo? Tienes miedo de volverte tan dependiente de alguien que no seas capaz de seguir adelante si lo pierdes.
Por papá, ¿no es así? —Lucy tragó saliva y asintió—.
Bien. Pero… ¿estás enamorada de Dax? —Volvió a asentir, porque si no lo quisiera, no habría otra explicación para sus constantes amagos de infarto—. Y lo has perdido, ¿no?
—Sí.
—Bien.
—¿Bien? —Rio a secas.
Su hermana la apartó por los hombros y le dedicó una leve sonrisa.
—Sí, bien. ¡Porque sigues funcionando! Tienes comida en casa, tu cocina está limpia, pagas tus facturas y vas a trabajar. Te ha roto el corazón, pero no a ti. Porque tú no eres papá.
Lucy tragó saliva.
—Pero ¿y si empeora? Sigo funcionando ahora, pero si me caso con Dax y lo amo para siempre… ¿qué pasará entonces?
—Pues que habrás pasado los mejores años de tu vida con alguien a quien amas.
¿Sabes cuánto vale eso? ¿Cuánta gente lo busca cada día?
Lo sé, porque esas personas vienen a mí a buscarlo a diario.
Tú tienes esa oportunidad. Estás enamorada.
Tienes a un hombre que está ahí para ti y que pondría tu bienestar por encima del hockey; palabras de Matt, no mías.
Así que no metas la pata. Me debes a mí y a todos los que siguen buscando a esa persona el intentarlo.
—No sé si soy lo bastante valiente —susurró, secándose las mejillas húmedas con las manos.
—¡Claro que eres valiente! —respondió su hermana un tanto acalorada—. Dios, ponte los zapatos otra vez. Nos vamos.
Lucy parpadeó sorprendida.
—¿Qué? ¿A dónde?
—Al origen de tu mal —dijo con dureza, poniéndole los zapatos en los brazos.
Una hora más tarde, cuando abrieron la puerta de la casa donde se habían criado, las recibió el olor familiar a polvo, tapicería vieja y lavanda que se había convertido en la norma durante los últimos años.
Maddie no se molestó en llamar, por lo que su padre, quien estaba en la cocina junto a una olla de pasta, pareció justificadamente sorprendido cuando sus hijas irrumpieron en la estancia.
Una estaba confundida —Lucy— y la otra tenía los labios apretados y un brillo de enfado en sus ojos —Maddie.
—Dios mío, ¿qué hacen aquí? —jadeó este—. ¿Habíamos quedado a una hora? ¿Acaso…?
—Papá, causaste un daño —empezó Maddie con dureza, con los brazos cruzados frente al cuerpo—. Está bien que tú hayas renunciado al amor, que quieras quedarte solo y vivir así media vida. Pero no está bien que Lucy quiera hacer lo mismo por tu culpa.
Sorprendido, su padre miró de una hija a la otra.
—No entiendo. ¿De qué está hablando, Lucy?
—No lo sé —susurró ella.
—¡Oh, sí que lo sabes! —espetó Maddie—. Estás enfadada con papá, ¡y con razón! Dejas que influya en tu vida, y eso es un error. Así que, qué demonios, Lucy, pregúntale lo que quieras preguntarle. Dile lo que tengas que decirle. Yo lo hago todos los días y todavía no le ha dado ningún infarto.
Su padre frunció el entrecejo.
—¿Lucy? ¿Qué pasa?
Lucy se metió las manos en los bolsillos de la falda, sorbió por la nariz e inhaló con voz temblorosa. Maddie tenía razón. No servía de nada tratar a su padre con guantes de seda. Y necesitaba preguntárselo.
—Papá… ¿lo desharías, si pudieras? ¿Tu tiempo con mamá? —preguntó con voz débil—. ¿Para sentirte mejor? ¿Habrías… encontrado a otra persona? ¿Si hubieras sabido que ella iba a morir demasiado pronto?
—¿Qué? —Sus ojos se abrieron de par en par—. No, Lucy. Jamás. No se puede simplemente reemplazar a las personas.
—Pero…
—No —repitió—. Lucy. Por el amor de Dios.
Conocemos a tan poca gente que sea perfecta para nosotros, que nos haga sentir más de lo que jamás creímos posible.
Cuando tropezamos con esa persona, alguien a quien echamos de menos incluso cuando está sentada en la habitación de al lado, que nos hace sentir seguros aunque estemos colgando de un acantilado…
entonces debemos aferrarnos a ella. Porque ¿quién sabe si volveremos a conocer a alguien así?
—Pero… si conocemos a alguien así, ¿cómo podemos evitar… —Se detuvo porque no podía pronunciar las palabras. Eran demasiado brutales.
—Acabar como tú —completó Maddie con frialdad—. Pues eso, papá, de eso es de lo que tiene miedo. De involucrarse con un hombre estupendo y luego no ser capaz de vivir sin él.
—Oh, cielos. —Su rostro avejentado pareció de repente aún más hundido mientras se dejaba caer en una de las sillas de la cocina—.
Lucy, no puedes generalizar así. Cada relación es diferente.
Cada persona es diferente. Y tú… tú no eres yo.
—Tragó saliva, pero la miró directo a los ojos—.
Entiendo que tengas miedo. Yo también tuve miedo al involucrarme con alguien.
Alguien a quien no puedes controlar, en quien solo tienes que confiar.
Pero vale la pena, aunque, mirándome a mí, no lo parezca.
—Se aclaró la garganta y apretó las manos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—.
Tu madre me dio mucho. Nunca me reí tanto con nadie como con ella.
Nunca tuve tanta confianza con nadie. Pasé los años más felices de mi vida con ella.
Por no mencionar que me las dio a ustedes, ¿no lo crees?
—Les sonrió con voz temblorosa—. Estas hijas maravillosas que son mucho más listas y fuertes de lo que yo soy.
Gracias a Dios. —Apretó los labios por un momento—.
Así que, ¿cómo voy a arrepentirme de un solo segundo de las décadas pasadas solo porque ahora esté sufriendo?
Está bien que sea así. Me parece el precio justo a cambio de toda la felicidad que he experimentado.
No tienes por qué sentirte mal por ello.
Yo nunca querría que tú sufrieras, igual que tu madre no lo habría querido.
Así que, Lucy, no, no me arrepiento de nada.
No cambiaría nada. Y siempre he estado orgulloso de las hijas valientes que he criado.
Que no tienen miedo de perseguir sus sueños.
A Lucy le escocieron los ojos sin piedad y se limpió una lágrima que se escapó por el rabillo del ojo. ¿Era ella esa persona? ¿Valiente y fuerte? No se había sentido así en los últimos días.
—Tiene razón —murmuró Maddie. Le sonrió, la tomó por la mano y se la apretó—. Siempre has sido la más valiente de las dos. Te lanzaste a un terreno de hombres. Te bates en duelo con tipos de cien kilos cada día…
Lucy sollozó y sonrió.
—No me bato en duelo con ellos.
—Matt me ha contado lo contrario —dijo su hermana con firmeza—. Como sea… tú no eres papá. Además, sales perdiendo si dejas escapar a Dax.
—Espera, ¿Dax? —Su padre frunció el ceño—. ¿Ese jugador de hockey espantoso?
—Ya no es espantoso, papá —dijo Maddie paciente—. Todavía no estás al tanto.
Su padre respondió, pero Lucy había dejado de escuchar.
En su mente, repetía las palabras de su padre.
Que no cambiaría nada. Que aquellos fueron los años más felices de su vida.
Que ella era más fuerte. ¿Acaso no había pasado los últimos diez años de su vida demostrando exactamente eso?
¿Que era condenadamente fuerte y que no se dejaría intimidar?
¿Ni por sus profesores, ni por estúpidos jugadores de hockey y, sobre todo, ni por sus propios malditos sentimientos?
—Mierda —maldijo por lo bajo y se apretó las manos contra la frente. ¿Qué había hecho?
Dios, ¿cómo pudo ser tan cobarde? Salió corriendo de la cocina, cruzó el pasillo y salió a la calle mientras Maddie y su padre seguían discutiendo. Sacó el móvil del bolsillo. Maddie tenía razón, su padre tenía razón y Dax tenía razón. ¡Tenía que compensárselo!
—¿Diga?
—Leslie —dijo aliviada—. Necesito hablar contigo. ¿Por casualidad tienes un hueco libre mañana? ¿A primera hora?
—Ah, claro —respondió su jefa sorprendida—. ¿De qué se trata?
—Tengo que hablar contigo… sobre un papeleo importante —refunfuñó, respirando profundo—. ¿Bien?
—Está bien. Pero, Lucy…
—Mañana te cuento más —dijo y colgó para hacer otra llamada.
—¿Diga?
—Jack. Soy Lucy —dijo sin aliento por la emoción.
—Lucy —respondió sorprendido.
—Sí, oye.
—Sabes que Dax está bastante mal por lo tuyo.
—Sí, lo sé, pero…
—Está tan hundido que incluso me ha dejado entrar en su apartamento.
—¿De verdad? —soltó—. Eso es… estupendo. Deberían hacer las paces.
— Ustedes deberían hacer las paces. Deberían…
—¡Lo sé, Jack! —le interrumpió con impaciencia—. ¿Por qué crees que llamo? Tienes que hacerme un favor. ¿Puedes asegurarte, por favor, de que Dax aparezca en el entrenamiento de mañana?
—¿Por qué?
—Solo hazlo. Por favor, ¿de acuerdo? Llamaré a Matt también para que se asegure de que venga.
—Bien —respondió Jack con frialdad—. Pero, Lucy… ni se te ocurra volver a romperle el corazón.
Le escocieron los ojos y sacudió la cabeza con violencia.
—No lo haré.