Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
D ax no recibió un solo mensaje de cumpleaños; ni una llamada, ni un regalo y mucho menos un apretón de manos. Nada.
Pero no le sorprendía; les había dicho a todos sus compañeros que no se molestaran y, por otra parte, no tenía amistades fuera del equipo. No las necesitaba.
Sabía que podía confiar en cada uno de ellos si llegaba a necesitarlos.
Aun así, se dio cuenta de que unos cuantos regalos o quizá una tarta no le habrían molestado tanto como en años anteriores. En general, se había despertado sorprendentemente relajado aquel día.
Quizá fuera porque Lucy estaba tumbada a su lado, con una rodilla apoyada contra su espalda y un brazo rodeándole el cuello de una forma un tanto incómoda; o porque estaba desnuda justo allí, a su lado.
Casi siempre solía tener un sueño inquieto: se quedaba dormida en un extremo de la cama y despertaba en el otro.
Sin embargo, a Dax no le importaba; tenía un sueño tan profundo como la fosa de las Marianas, que no sentía nada.
Aun así, le gustaba hacer apuestas con ella sobre cómo y dónde terminaría despertándose a la mañana siguiente.
Así que, cuando ella le susurró un «Feliz cumpleaños» al oído esa mañana, no sintió ningún deseo de arremeter contra ninguna tarta ni de mandarla a callar.
En su lugar, una sonrisa se asomó en sus labios.
Sí, estaba sorprendentemente relajado. Lo que no se podía decir de Lucy.
—¿Todo bien? —se giró hacia ella, frunciendo el entrecejo.
—Sí, ¿por qué?
—No dejas de moverte.
Suspiró y se frotó los zapatos en el felpudo a sus pies.
—Estoy nerviosa.
—¿Por qué?
—¡Porque voy a conocer a tu familia!
—Ya conoces a Jack. Y mi hermana es inofensiva.
Lucy resopló.
—Tú también dijiste que eras inofensivo.
—Lo soy —aseguró él, convincente.
—¡Te abalanzaste sobre mí en la ducha esta mañana!
—Se llama previsión. Sabía que no tendríamos oportunidad durante las próximas doce horas —le aclaró, dándose golpecitos en la sien.
Lucy puso los ojos en blanco, pero antes de que pudiera responder algo tan mordaz como divertido, la puerta se abrió.
—¡Ay, llegaste justo a tiempo! —anunció su hermana, impresionada—. No pensé que fueras a hacerlo… —Se detuvo en seco cuando su mirada cayó en Lucy y sus labios formaron una «O» perfecta mientras miraba con incertidumbre entre Dax y ella—. No me dijiste que traerías compañía —dijo perpleja.
La mirada de incredulidad de Lucy se volvió digna de una caricatura.
—¿No le dijiste?
No, por supuesto que no. No quería responder preguntas.
Dax se encogió de hombros.
—Se me olvidó.
Lucy le dio un codazo en el costado.
—Eres malo —le informó como si fuera un hecho evidente, y luego le sonrió nerviosa a Anna—. Hola, soy Lucy. Su… asesora de relaciones públicas.
Un resoplido claro sonó desde el interior.
—Supongo que Jack ya está aquí —comentó Dax con amargura y pasó por delante de Anna, quien se ajustó las gafas en el puente de la nariz como si no se fiara de su propia vista.
—Hola, Lucy, encantada de conocerte —oyó decir a su hermana mientras se quitaba los zapatos y la chaqueta y entraba en el salón.
Jack estaba sentado a la mesa de comedor cuadrada de Anna. Le saludó con la cabeza.
—Te desearía un feliz cumpleaños, pero Matt dijo que no te lo tomarías bien.
Apretó la mandíbula.
—No —respondió con simpleza.
—Ya veo —dijo Jack, pero su rostro estaba sorprendentemente inexpresivo.
—Entonces, ¿qué ha sido eso de… que eres su asesora de relaciones públicas? —La voz de Anna se hizo más fuerte mientras lo seguía al salón—. ¿Estás aquí para hacer fotos o…?
—Eh, no. —Dax sabía que la cara de Lucy estaba ardiendo incluso antes de volverse hacia ella—. Estoy aquí como… una conocida informal.
Jack resopló.
—Sí, claro.
Anna lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Jack —le advirtió Dax.
—¿Qué? —repitió su hermano, levantando una ceja—. Yo no estoy haciendo nada.
—Sí, y si sigues así, mi puño va a acabar en tu cara —le informó con suavidad.
Anna gimió.
—Oh, vamos, chicos.
Jack ladeó la cabeza.
—Es curioso que yo te enseñara a usar los puños y que ahora me amenaces a mí con ellos todo el tiempo.
—Dale crédito a quien se lo merece, Jack.
—Suficiente, pórtense bien —dijo Anna con un suspiro—. Vamos a comer, no a montar un club de lucha.
—Ya sabes que solo están fingiendo ser el macho alfa —le murmuró Lucy—. En realidad, se han estado llevando bastante bien estas últimas semanas.
—Sí, eso es lo que dijo Jack; pero, por alguna razón, esa información todavía no cala en Dax.
—Sí saben que estoy aquí, ¿verdad? —anunció este malhumorado.
—Sí —comentó su hermana, dándole una palmadita en el hombro—. Y es de mala educación gruñir a la anfitriona.
—Es de mala educación gruñir a cualquiera —añadió Lucy.
Anna sonrió de oreja a oreja.
—Ya, pero no deberías pedirle demasiado a Dax, o de lo contrario nunca serás feliz.
Lucy se carcajeó y Dax gimió para sus adentros. Había dado por hecho que las dos se llevarían bien. Sin embargo, por una vez, no le gustaba el hecho de que su suposición fuera correcta.
—Vamos —masculló Jack, levantándose—. Vayamos a la cocina por la comida antes de que a Anna se le meta en la cabeza hacer una foto familiar.
—Ay, es una idea fantástica —dijo su hermana de inmediato, con la cara iluminada por la idea.
—Vámonos —asintió Dax y siguió a Jack a la minicocina contigua.
—¿A ti tampoco te deja pagarle el alquiler? —preguntó su hermano por lo bajo.
—No.
—Aunque podrías ofrecerle algo mucho mejor…
—Le gusta su cajita de zapatos. Y su independencia.
El mayor de los dos asintió y tomó las bolsas del pedido. Comida india, a juzgar por el olor.
—Así que, Lucy y tú…
—Cállate.
Jack sonrió.
—Está bien.
Agarraron platos y cubiertos y caminaron por el estrecho pasillo de vuelta al salón mientras la voz de Anna les llegaba desde allí.
—…Ah, no. Siempre han actuado un poco como neandertales —decía, riendo—. Dax amenazaba con dar una paliza a cualquier chico que me dedicara siquiera una sonrisa empalagosa, o con soltar a sus amigos de la mafia.
—¿Dax tenía amigos en la mafia? —oyeron preguntar a una sorprendida Lucy.
Anna resopló.
—Claro que no. Su único amigo de la mafia era Jack, que de vez en cuando nos recogía del colegio con gafas de sol y una capucha puesta. Fingía tener una pistola y nunca decía nada, solo se limitaba a mirar a todos con mala cara. Nuestros compañeros no sabían que era nuestro hermano.
Lucy se rio.
—Vaya.
—Lo sé. Pero ayudaba. Los chicos en el instituto eran mucho más amables conmigo que con quienes aparecían con ropa de segunda mano. Así que tener hermanos neandertales tiene sus ventajas.
—Me imagino. Mi hermana mayor usó una vez pegamento extrafuerte para sellar las puertas del auto de un compañero que me manoseó en clase de gimnasia. Dejó una nota en el parabrisas que decía: Durante tu caminata a casa, piensa en lo que hiciste . La adoré por eso.
—Me lo creo, y aunque no la conozco, hasta yo la quiero un poco por eso —respondió Anna con calidez—.
Sabes, ahora mismo, estoy… feliz de que Jack y Dax hayan venido.
De que puedan volver a estar en la misma habitación.
¡Los últimos años han sido terribles! Jack siempre me preguntaba cómo estaba Dax, y yo me sentía culpable cuando respondía un «bien», a medias porque sabía que eso era demasiada información para Dax.
—Suspiró profundo—. Tengo la esperanza de que las cosas por fin… empiecen a ir mejor.
El corazón de Dax se hundió y se encogió mientras sus ojos buscaban a Jack. Su hermano parecía igual de infeliz. Se miraron en silencio durante unos segundos. Luego asintieron.
Serían amables el uno con el otro esta noche. Por Anna. Era un pacto silencioso entre jugadores de hockey.
Y, durante la primera media hora, funcionó.
—¿Tu osito de peluche se llamaba Caniche?
—Parecía un perro —replicó Dax, defendiéndose mientras pinchaba otro trozo de paneer con su tenedor.
—No es cierto —le contradijo Anna—. Parecía un oso.
—Un oso-perro —insistió él—. Luego Jack lo lavó con demasiado suavizante y así nació Caniche.
—Oye, tenía once años. No sabía que no se podía echar una caja entera de suavizante en la lavadora.
Dax sonrió de oreja a oreja.
—Igual que no sabías que las tostadas no van en el tostador.
—Pasó dos veces, ¡solo dos veces! —refunfuñó su hermano.
—Y yo que pensaba que con un incendio en el salón tendrías suficiente —comentó Anna.
Lucy se rio entre dientes. La mirada de Dax se deslizó hacia ella.
Vio cómo se arqueaban sus labios, mientras el sonido de su risa lo envolvía, cálido y suave…
y en ese instante, se sintió tan asquerosamente feliz, con el corazón tan dulce como la miel, que lo notó ridículamente pegajoso en el pecho.
Dios, era absurdo lo que Lucy podía desatar en él con una sola risa, más de lo que cualquier otra mujer podría con todo su cuerpo.
Quizá ya debería haberle dicho que tenían una relación. Así ella no habría tenido que presentarse como su consultora de relaciones públicas. Pero la burbuja en la que estaban era demasiado buena. No quería explotarla con un comentario falso y cortante.
—A decir verdad, todavía me sorprende un poco que Dax cocine —admitió Lucy, dirigiéndole una mirada de disculpa.
—Es un cocinero fantástico —se apresuró a responder Anna.
—Ya te digo. Cocina mejor que su padre y mamá juntos —dijo Jack.
Una pequeña punzada de enfado brotó en el corazón pegajoso de Dax cuando Jack dijo «mamá» —porque, joder, ¡había perdido el derecho a decir ni una palabra mala acerca de ella!—, pero la ignoró.
—Ah, por favor. Por aquel entonces era terrible. Solo hacía pasta, nada más.
—Pero con salsas diferentes —rebatió Anna.
Él esbozó una media sonrisa.
—No mejoré hasta que… te fuiste, Jack. —Añadió las últimas palabras con vacilación, intentando no sonar hostil. Aun así, notó que los hombros de su hermano se tensaron.
—Bueno, al menos mi partida sirvió para algo positivo —replicó este a la ligera, pero su voz sonó forzada.