Capítulo 22 #2
—No estoy hablando de técnica —afirmó con contundencia—.
Tú eres el pegamento del equipo, Dax. Todo el mundo te admira.
Nadie quiere perder tu favor. Puede que Fox sea el padre del equipo, pero tú eres el hermano genial que les hace sentirse especiales.
Siempre. Te necesitan para mantener su confianza.
Jack, por otro lado, es el horno que les pone las pilas.
Ambos son importantes; ninguno mejor que el otro.
No vas a ganar nada preocupándote por eso.
Nunca te dará la satisfacción que buscas.
Pero, si te sirve de algo… —sonriendo, se inclinó hacia delante y hundió las manos en su cabello—, Jack no me parece nada atractivo.
Nunca habría roto mi regla por él. Así que, al menos para mí, no hay comparación.
Una sonrisa perezosa se dibujó en el rostro de Dax.
—Bueno, teniendo en cuenta que no intentabas alimentar mi ego, estás haciendo un trabajo condenadamente bueno —dijo impresionado, mientras recorría con la yema de sus dedos la columna desnuda de ella.
Lucy se rio.
—Vaya. Entonces retiro lo dicho.
—Ah, me temo que ya es demasiado tarde. Ya las guardé para siempre. —Se dio unos golpecitos en la sien—. No soportas ver a la gente enfadada o triste, ¿verdad?
Asintió.
—No.
—Culpo a tu padre.
Sí, también lo culpaba.
—Él era diferente. Con mamá. Es decir, nunca estaba enfadado ni triste.
Dax asintió pensativo, le retiró la mano del cabello y se la puso sobre el pecho. Acarició con suavidad el anillo de ella con el dedo índice.
—¿Y tú? ¿Tú también eras diferente? ¿Con tu madre?
Lucy parpadeó y levantó la vista sorprendida. Nunca se había detenido a pensar en eso.
—No lo sé —respondió después de un momento—. Quizá. A menudo intentaba impresionarla.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Era una mujer tan fuerte que quería demostrarle que yo también lo era.
Mi mamá… trabajaba por su cuenta. Era agente inmobiliaria.
Siempre vestía de forma elegante y estaba muy orgullosa de lo que había logrado.
Solía llevarse a Rachel al trabajo y se lo enseñaba todo.
Porque era la mayor. Y también porque, en cierto modo, era su hija favorita.
Maddie y yo nos quedábamos en casa con papá.
No tuvimos tantas oportunidades de… demostrárselo.
—Tragó saliva y cerró los ojos—. La quería.
La admiraba. Estaba ahí para mí. Pero… a veces siento que no hubo tiempo suficiente para conocerla, porque a los padres solo se les conoce de verdad cuando eres adulto y te das cuenta de que ellos también son solo personas. ¿Me entiendes?
Dax asintió y giró el anillo en el dedo de ella.
—Ojalá… hubiera tenido más tiempo para conocerme —continuó en voz baja—. Para ver el éxito que tengo ahora. Lo buena que soy en mi trabajo.
—Estaría orgullosa de ti —murmuró él.
Sonrió con cansancio.
—Eso no lo puedes saber.
—Claro que sí. Cualquiera estaría orgulloso de ti. —Dijo las palabras con tanta seriedad y naturalidad que Lucy no lo dudó ni un segundo, lo que hizo que los ojos le escocieran de forma incontrolable.
—En fin… —respondió con voz ronca y apartó la mirada—. Me dolió cuando murió. ¿Pero sabes qué es lo ridículo? Que lo que más me duele es ver a papá tan… débil e infeliz ahora —susurró. Era un secreto que estaba revelando—. Lo sé, es terrible, pero…
—No es nada terrible —la contradijo Dax con firmeza—.
Puedes sentir lo que quieras. No hay sentimientos correctos o incorrectos en este aspecto.
—Inspirando profundo, deseó que tuviera razón.
Tenía muchas ganas de creerle—. ¿Cómo está tu padre ahora mismo, Lucy?
—preguntó Dax con vacilación tras unos segundos de silencio—.
¿Has hablado con él desde que estuvimos allí?
Ese era un tema del que no quería hablar en absoluto.
—Tu móvil está sonando —masculló en voz baja y se bajó de él—. Deberías responder.
Temple resopló, pero miró hacia la mesita de noche, donde la pantalla de su celular parpadeaba sin parar.
—¿Quién está manipulando a quién aquí? —preguntó en voz baja, incorporándose y tomando el smartphone—.
¿Diga? —dijo—. Hola… Anna, no es un buen momento, ¿puedo…
? —Se quedó callado y sus labios se tensaron de inmediato—.
Lo sé. Mi cerebro sigue intacto. Gracias.
Sigo pensando que es una idea estúpida… —Guardó silencio de nuevo—.
Por el amor de Dios, está bien. Luego te veo.
Colgó, gruñó y se dejó caer de espaldas sobre el colchón, apretándose una almohada contra la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucy.
—Mi hermana. Llamó para recordarme que la semana que viene es mi cumpleaños y que me espera para una cena familiar. Jack también estará allí. Lo invitó.
—Oh. ¿No quieres que esté allí? —preguntó Lucy, sorprendida.
Dax resopló y se quitó la almohada de la cara.
—Por supuesto que no. Pero a Anna le da igual. No le gusta que yo le diga lo que tiene que hacer y cree que ya es hora de olvidar nuestra enemistad.
—Vaya. Tu hermana me agrada.
Él la miró con cara de pocos amigos.
—No la conoces.
—No importa. Todo lo que he oído de ella hasta ahora me parece fantástico.
Dax bufó.
—Solo falta que estuvieran conspirando en mi contra, incluso antes de conocerse.
Lucy sonrió.
—No me siento mal por eso. Entonces, ¿ vas a celebrar tu cumpleaños?
—Así parece —masculló entre dientes—. Dios, odio ese día.
Sí, lo recordaba bien.
—¿Por qué? —preguntó de todos modos.
Suspirando, Dax se frotó los ojos.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Claro —respondió extrañada.
—Está bien —expresó con brusquedad, apoyándose contra el cabecero—.
Sabes que mi infancia fue una mierda, ¿no?
—Lucy tragó saliva pero asintió—. Bien. La mayor parte del año, estar en casa era terrible.
Así que Jack, Anna y yo preferíamos estar la mayor parte del tiempo afuera.
Jack y yo jugábamos al hockey, y Anna se refugiaba en la biblioteca del colegio, leyendo todos los libros que encontraba.
Ese era nuestro día a día. No sabíamos si habría comida en la mesa a la hora de la cena, si mi madre se quedaría trabajando hasta tarde de forma imprevista, o si mi padre habría tenido suerte o no en el casino.
Odiaba volver a casa después de la escuela.
»Nunca nada era constante... excepto el hockey, Jack y Anna.
—Se encogió de hombros—. Pero el día de mi cumpleaños lo olvidaba todo.
Era el único día del año en que mi madre conseguía que mi padre dejara de beber y se alejara del casino.
Jack solía robarme algún regalo de algún sitio, mi madre hacía pastel y Anna inventaba algún baile tonto o algo parecido para hacerme reír.
No era mucho, pero era el único día del año que siempre esperaba con ganas.
Mis padres lo sabían. Anna lo sabía. Jack también.
Él era quien más lo sabía. Porque yo le contaba esas tonterías.
—Se aclaró la garganta—. Sé que es solo tres años mayor que yo, pero…
él asumía la responsabilidad. De los cumpleaños.
De la Navidad. De todo. Se aseguraba de que Anna pudiera quedarse en la biblioteca hasta que termináramos de entrenar.
Se aseguraba de que no me echaran del colegio por meterme en peleas.
Me ayudaba a recoger a mi padre del casino.
Él llevaba la otra mitad de la casa. Me decía lo que tenía que hacer o cómo podía ayudar.
Así que quizá sea injusto por mi parte estar molesto porque de repente me endosara toda esa carga a mí, cuando él tuvo que cargar con ella durante tanto tiempo.
Pero… —Cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz.
»Sabes, solo tenía que pedírmelo. Solo decírmelo.
Decirme que era demasiado para él. Les mentíamos a nuestros padres todo el tiempo, pero nunca entre nosotros.
Pero no dijo ni una palabra. En lugar de eso…
desapareció. Me desperté el día de mi decimosexto cumpleaños y él…
se había ido. Su cama estaba vacía. Sus cosas no estaban.
Se esfumó. No encontré nada… excepto un dado.
—El dado rojo —dijo ella en voz baja—. El que siempre llevas contigo.
—Sí.
—¿Por qué?
Frunció el entrecejo.
—Antes me servía de recordatorio de que no necesito ayuda.
De que puedo hacerlo por mi cuenta, de que no creo en la suerte y de que el trabajo duro es lo único que puedo controlar.
Mi padre trataba la vida como un juego, y yo quería hacerlo mejor.
Convirtiendo mi trabajo en un juego, literalmente.
—Las comisuras de sus labios temblaron—.
No importa. Ahora es más… por costumbre.
Da igual. —Se aclaró la garganta de nuevo—.
Jack se largó, arruinó el único día del año que yo esperaba con ilusión y me dejó solo con Anna y con toda esa mierda.
Luego no se puso en contacto hasta dentro de tres años.
No sabíamos dónde estaba ni si estaba bien.
Hasta que vimos su dichoso nombre en la televisión porque lo habían fichado en la NHL. —Se rio sin ganas.
»Luego nuestra madre enfermó y murió, y él faltó al funeral.
Cuando todo terminó, llamó. ¡El puto día de mi cumpleaños!
Para felicitarme y preguntarme cómo estaba y si deberíamos vernos alguna vez.
Como si no hubiera pasado nada. El cabrón me arruinó el cumpleaños dos veces.
Así que ahora, cada año, ese día solo sirve como recordatorio de aquello.
El día en que Jack nos abandonó y me endosó la crianza y la seguridad de Anna.
—La risa que soltó fue amarga—. Era difícil aguantar a mi padre, pero juntos era más fácil.
Anna era demasiado pequeña para ayudar, pero Jack y yo…
lo manteníamos todo bajo control. Hasta que se fue.
Lucy se tragó el nudo que se le había formado en la garganta y buscó la mano de Dax.
—¿Por qué se fue? —susurró.
—Ni idea —respondió con sequedad.
Escéptica, se quedó mirándolo.
—¿No se lo preguntaste?
—No. Me daba igual. No había nada que justificara dejarnos solos. Éramos su maldita familia, lo necesitábamos y nos falló. Es todo lo que necesito saber.
—Pero…
—Déjalo así, Lucy —la interrumpió, sacudiendo la cabeza con rigidez—. Él no intentó explicarlo y yo no se lo pedí. No hay nada más que hablar.
—Está bien —dijo en voz baja. Estaba claro que él no quería seguir hablando del tema y que había revelado más sobre sí mismo de lo que inicialmente pretendía.
Sin embargo, si estuviese en su lugar, querría saber por qué su hermano se fue; ¿qué ocurrió para que lo hiciera?
No conocía a Jack de verdad, pero… sabía que él también quería mejorar las cosas.
—Deberías venir, ¿sabes? —masculló Dax.
Atónita, parpadeó mirándolo.
—¿Qué? ¿A dónde?
—A la cena familiar.
—Pero si no soy de la familia.
Una media sonrisa se dibujó en los labios de Dax.
—Ya, y te lo agradezco. Igual, ven.
—¿Y qué hay de tu regla? Esa de que no puedo estar en un radio de diez millas cuando pasas tiempo con Anna.
—Mientras no lleves un paparazzi escondido en el bolso, podemos romper la regla. Con tu presencia, es menos probable que la situación se descontrole.
—¿Estás seguro? —preguntó con duda.
Asintió y se inclinó hacia delante para que sus labios rozaran el pabellón de su oreja.
—Sí. Porque siempre siento la necesidad de comportarme cuando estás cerca.
Lucy se rio.
—¿Es en serio? No he visto muchas pruebas de ello, ¿sabes?
—Ah, es que aún no has visto mi peor versión —le aseguró, mordisqueándole el lóbulo con suavidad—.
Así que, antes de que se te quede el cuello rígido de estar tres horas sentada en el coche frente a la casa vigilando que no me emborrache, que no dé alcohol a niños inocentes o que no pinte odio la Coca-Cola en una pared, mejor vente conmigo.
No pudo evitar sonreír.
—Bueno, visto así… me parece bien.
Era perfectamente normal celebrar un cumpleaños con tu acostón de turno, ¿cierto?