Capítulo 22
Capítulo Veintidós
— N o quería decir nada, Lucy, pero ese tipo de la barra no deja de mirarte.
—¿Qué? —Levantó la cabeza y miró hacia los taburetes de la barra, donde señalaba su hermana—. Ah. No me interesa.
—¿Estás segura? Viene hacia aquí.
—¿Qué? —Parpadeó confundida. Todavía estaba pensando en Dax y en el mensaje que acababa de enviarle. Solo constaba de dos palabras: ¿Dónde estás?
Estaba bastante segura de que era una invitación a su cama, donde ella había pasado las últimas cuatro noches.
Justo estaba pensando en cómo decirle a Maddie que tenía que irse sin parecer maleducada.
Sin embargo, ahora ese hombre alto de traje se acercaba a ella y le dedicaba una de esas sonrisas prometedoras que solo podían significar una cosa…
y lo único en lo que ella podía pensar era en que estaba atractivo. Pero no tan bueno como Dax .
—Lo siento —dijo antes siquiera de que él pudiera abrir la boca—. No estoy disponible.
—¿Que estás qué? —Su hermana escupió las palabras junto con un sorbo de su cóctel sobre la mesa delante de ellas.
—Ah, okay —dijo el desconocido y se dio la vuelta.
Maddie la miró con incredulidad.
—¿Qué haces? ¡Está guapísimo! Y estoy casi segura que buscaba un rollo de una sola noche, así que estaba perfecto para ti. ¿Por qué le mentiste?
Abrió la boca para llevarle la contraria… y se atragantó con su propia saliva. ¡Era absurdo decir que no estaba disponible! Por supuesto que era mentira, porque no estaba con nadie.
Oh, Dios mío.
Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios. ¡Su mente fue demasiado lejos!
—¿Estás bien? —Su hermana la miró preocupada—. ¿Te cayó algo de mi cóctel encima? Tienes cara de asco.
—¿Ah, sí? Pues siento más bien que estoy entrando en pánico —soltó de golpe.
Maddie arqueó las cejas.
—¡Madre mía! ¿Entonces sí estás con alguien? ¡¿Por eso no lo dijiste solo por decirlo?!
—No, no. —Sacudió la cabeza—. Por supuesto que no estoy con nadie —su voz salió quebrada—. Fue solo una… reacción instintiva.
—¿Y a qué viene esa «reacción instintiva»?
—De todo el sexo increíblemente ardiente que he estado teniendo con Dax —susurró, ocultando el rostro tras su copa de cóctel.
—¡¿Qué?! —Maddie soltó la copa con tanta fuerza que el líquido salpicó por el borde—. ¡Creí que lo odiabas!
—Bueno, ya sabes… —Se encogió de hombros con aire de culpabilidad—. Resulta que no odio los orgasmos que me da.
—Ay, Dios, qué envidia. —Maddie echó la cabeza hacia atrás con un gemido—. Yo también quiero tener sexo con un jugador de hockey así de caliente.
—Quédate con Matt —sugirió Lucy, sonriendo—. He oído que es bueno en la cama.
Maddie frunció el entrecejo.
—No. Ni de broma. Tuvo que sujetarme el pelo mientras vomitaba después de tantas margaritas que, estoy segura, nunca volverá a asociar la palabra «sexy» conmigo.
Además, sé que le gusta el chocolate con sabor a menta.
Así que obviamente está loco. No se tiene sexo con gente loca.
Con los locos solo tienes sexo del que te arrepientes.
Entonces, ¿Dax está loco? ¿Te arrepentirías de esta aventura con él?
—No lo creo —respondió . Siempre y cuando su cerebro dejara de descarrilar cuando pensaba en él.
—¿No? —Maddie la miró con escepticismo—. Bien. Cuéntame. ¿Cómo es?
—Es… fácil.
—¿Acostarte con él? Bueno, eso espero.
Lucy soltó una risita.
—No. Pasar tiempo a su lado. Todo el asunto es… sorprendentemente sencillo. —Maddie resopló—. ¿Qué? —preguntó sorprendida.
—¡Nada en los ligues es sencillo, Lucy! Nada. ¿Por qué crees que nunca tengo nada? Alguien siempre sale herido porque él o ella de repente quiere más.
Ahora fue Lucy quien resopló.
—No es así. Tenemos reglas. Sabíamos a qué nos estábamos metiendo y no esperamos nada el uno del otro, excepto discreción. Es el acuerdo perfecto.
—Ay, por favor. Todo el mundo piensa eso, pero al final son tonterías. ¿En serio me estás diciendo que no sientes nada por él?
Lucy se mordisqueó el labio y escuchó a su corazón por un momento… solo un mísero momento. Había un montón de emociones arremolinándose en su interior, sobre todo anhelo y otros sentimientos cálidos. ¡Pero ninguno tan grande que no pudiera acallarlo con facilidad!
—Tengo sentimientos… moderados —afirmó, convencida de ello.
—Ah, ¿y por eso acabas de decir que no estás disponible? —preguntó Maddie.
Hizo un gesto con la mano.
—Fue un desliz sin importancia. Hablemos de otra cosa. Ya sabes… respetemos la discreción.
Su hermana puso los ojos en blanco y asintió.
—Bien. Papá ha preguntado por ti, Lucy.
Gimió.
—¿Por qué siempre tienes que sacar el mazo pesado, Maddie?
—Porque es la mejor manera de derribar muros. Así que, ¿qué está pasando?
Resignada, Lucy bajó la mirada, sacó la pajita de plástico de su cóctel y pasó un momento doblándola para formar una pequeña escalera.
—Estoy enfadada con él —susurró.
Maddie asintió.
—Lo sé. Yo también.
La menor de las dos suspiró y se frotó la cara.
—No sé cómo lo haces, Maddie. En serio. Estar ahí para él de esa manera. Ir cada semana.
Su hermana soltó una carcajada amarga.
—Soy la única que siempre está cerca, Lucy. Rachel está en Chicago y tú siempre estás de un lado para otro, así que ¿quién más lo haría?
Lucy se enrolló la pajita alrededor del dedo y asintió.
—Siento que te estés llevando la peor parte del estrés.
Su hermana hizo un gesto de desdén.
—No pasa nada —afirmó, y luego añadió en voz más baja—: No te rindas con papá, ¿de acuerdo? No dejes de ir ni de hablar con él. Aunque estés distraída con tu sexy jugador de hockey y te pases el día acurrucada y languideciendo en su cama.
Lucy puso los ojos en blanco.
—Tenemos sexo. No nos acurrucamos. —Maddie arqueó una ceja—. Bueno… tal vez solo un poquito.
Pero era algo perfectamente inofensivo.
—Dime otra vez que soy tu jugador favorito. ¿O cómo era? ¿Que tengo el mejor revés de la liga?
Lucy soltó un resoplido, le dio un suave puñetazo en el pecho y volvió a apoyar la cabeza en él.
—Te puedes ir olvidando de eso. Ya tienes el ego bastante inflado y nadie necesita agrandártelo más.
—Ah, pero tú no eres nadie , eres especial, ¿recuerdas? Así que necesito oírlo de ti —le aseguró Dax, enrollando uno de sus mechones de cabello en su dedo índice—. De preferencia que sea despacio y con tanto detalle como sea posible, porque soy un jugador de hockey estúpido y lento para entender.
La pelirroja se rio y lanzó una mirada divertida a su rostro circunspecto.
—Eres más listo de lo que deberías. Dios, no me puedo creer que acabo de acariciarte el ego. —Abrió los ojos con incredulidad—. Eres excelente.
Dax sonrió y le levantó la barbilla para besarla con suavidad.
—Lo sé, gracias.
Puso los ojos en blanco, pero se acurrucó aún más en su abrazo, con el brazo de él alrededor de sus hombros y el de ella alrededor de su cintura. Sus pies los tenía entre las piernas de él.
Siempre había maldecido su estatura... o más bien su falta de ella.
Pero, según resultó, tenía algunas ventajas.
Por ejemplo, podía tumbarse sobre el pecho de Dax y seguir calentando sus pies fríos contra las piernas de él.
Dax siempre se estremecía cada vez que presionaba sus bloques de hielo contra sus pantorrillas, pero después de soltar unas cuantas maldiciones, se lo permitía.
Al fin y al cabo, había nacido para vivir cerca del frío. Era duro.
—Y la prensa dice que no tienes habilidades sociales —dijo, sacudiendo la cabeza mientras trazaba círculos sobre su pecho—. Sin embargo, eres un maestro de la manipulación. De eso es de lo que deberían escribir. No de ti y de Jack o de quién tiene mejores estadísticas.
—Ah, todos saben que Jack ganará —respondió con ligereza—. Siempre tiene los números. Escriben eso solo para atormentarme porque fui un idiota con la mayoría de ellos.
Lo dijo sin juicio ni enfado en la voz, pero sabía que le molestaba, y que la competición con su hermano siempre lo haría.
Aun así, no sabía por qué. Y quería preguntarle, quería saber qué había sucedido entre ambos.
Pero solo las novias preguntaban ese tipo de cosas, no las aventuras sin importancia, ¿cierto?
Sin embargo, incluso alguien sin compromiso podía —al menos— convencer al tipo que llevaba dándole deliciosos orgasmos durante semanas de que dejara de compararse con su hermano.
Se giró sobre su pecho, con los brazos cruzados para poder mirarlo directo a la cara, y pasó el dedo índice por los bordes de sus mejillas y su mandíbula.
Era difícil no tocarlo fuera de la seguridad de sus apartamentos o de las habitaciones de hotel.
Era adicta a la sensación de su piel bajo la suya, a la barba incipiente y áspera bajo la yema de sus dedos, a su pecho contra el suyo y a sus labios en su cuello; por no decir de sus dedos y la forma en que sus palmas encajaban en ella o la manera en que la saludaba cada mañana como si tuviera que asegurarse de que seguía allí, a su lado.
Y cada vez que lo hacía, sentía su toque como un dulce pinchazo en el pecho, como una… promesa.
—Sabes que las estadísticas no lo captan todo, Dax —susurró, sonriendo—. Y creo que es una completa tontería compararte con él. Eres mejor en algunas áreas, peor en otras. Pero los dos son jugadores muy diferentes.
—Tenemos exactamente la misma técnica, Lucy.