Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Precisamente por eso te ignoraba, Dax —murmuró en respuesta—. Porque sabía que esto volvería a ocurrir si no lo hacía.

—¿Y qué cambió ahora?

—Es como dijiste: luchamos. Perdimos. Yo no lucho en guerras que no se pueden ganar.

Él sonrió y retiró con suavidad la goma que sujetaba su cabello en la coleta tirante que siempre llevaba.

—Pero apuesto a que ganas la mayoría.

Ella se sonrojó.

—Por eso, esto es especial.

—Oh, tienes que tener cuidado con lo que dices —susurró, dejando caer la goma al suelo y viendo cómo la bonita melena pelirroja de esa mujer caía sobre sus hombros—. Si dices que soy especial, se me podría subir a la cabeza.

—Creo que eso ya sucedió —admitió divertida, e intentó apartarse el cabello tras las orejas, pero él la detuvo.

—No. Deberías llevarlo suelto. Siempre.

—Pero molesta.

—Claro que no. Así te ves preciosa —aseguró, pasando los dedos por su cabello, hasta levantarle la barbilla y besarla… con suavidad… con urgencia, simplemente porque no podía evitarlo. Deslizó las manos por sus curvas, bajando la cremallera de su falda… Lucy se hizo para atrás.

—No. —Sacudió la cabeza y cruzó los brazos frente al cuerpo—. Todavía no. Primero, quítate la ropa.

Él enarcó las cejas con sorpresa.

—¿Qué?

—La última vez apenas si estabas desvestido y eso no me gustó. ¡Así que quítate la ropa!

Él sonrió de oreja a oreja.

—Qué mandona.

—Es mi mejor cualidad.

No. Su mejor cualidad era su generosidad. Su fuerza. Su lealtad y su deseo de hacer lo correcto.

—Está bien —respondió despacio—. Pero primero… a tu dormitorio. Vas a querer montarte encima de mí y prefiero caer sobre un colchón blando que sobre el duro suelo.

Lucy puso los ojos en blanco.

—Y se supone que eras quien tenía miedo de que se te subiera a la cabeza que eres especial. Pero bueno.

Se adelantó por el salón y abrió la puerta de otra amplia habitación.

Dax se quedó petrificado. Curiosamente, la cama fue lo segundo en lo que se fijó. Lo primero que vio fue un saco enorme que colgaba del techo y que…

—¿Qué? —preguntó Lucy, sorprendida, al ver la evidente expresión de asombro que se dibujó en sus rasgos.

—¿Pegaste mi cara en tu saco de boxeo? —preguntó incrédulo, señalando el rincón de la habitación.

—Ah —dijo Lucy soltando una carcajada—. Hum. Sí. Una estrategia de gestión de la ira por mi parte. Funciona bien.

—Joder, ¿debería tener miedo de que me des una paliza? —La miró con escepticismo.

—Ya no. No —prometió apresurada—. Y si te quitas la camisa, seré aún más indulgente contigo. —Su rostro estaba tan mortalmente serio que lo hizo sonreír.

—Madre mía, estás obsesionada con mi cuerpo.

Sus ojos se oscurecieron y se lamió los labios.

—No tienes ni idea —susurró.

Dax se puso duro solo con mirarla. Vale, joder, bastaba de charla. Por fin le dio lo que quería.

Se sacó la camiseta de manga larga por la cabeza y la tiró al suelo. Lucy observó de cerca cada uno de sus movimientos y su mirada recorrió su pecho y bajó por su abdomen antes de detenerse en la hebilla del cinturón.

Bueno, era obvio lo que quería que hiciera, así que bajó la cremallera despacio y se quitó los pantalones, luego se quitó los calzoncillos. Ahora estaba totalmente desnudo.

Su erección saltó contra su abdomen y Dax vio a Lucy tragar saliva antes de que su mirada volviera a divagar con parsimonia, con regocijo. Dax lo sintió en cada recoveco de su cuerpo.

—Que no se te suba a la cabeza, pero… Dios, eres precioso —jadeó, volviéndose a lamer los labios.

—Lo mismo digo —susurró él, con una voz que le sonaba demasiado ronca incluso para sí mismo. Tuvo que contenerse para no acortar la distancia entre ambos y lanzarla sobre la cama. Esta era su noche. Ella quería el control y lo iba a tener.

Lucy tomó aire de forma estremecida, buscó de nuevo su mirada y se desabrochó la falda, antes de dejarla caer.

Ataviada solo con los tacones altos, medias y una blusa ajustada, se acercó, puso una mano cálida sobre su pecho y lo empujó hacia la cama hasta que el borde golpeó la parte posterior de sus rodillas y Dax cayó sobre el colchón.

Con calma, colocó primero una pierna y luego la otra a cada lado de sus caderas y dejó que sus manos vagaran: subiendo por su pecho, pasando por los hombros y bajando por los bíceps hasta sus manos, antes de contar sus abdominales con las uñas y acariciar el vello fino de la zona.

Dax se excitó. Su miembro palpitaba, y cuando ella se sentó lentamente sobre él, un gemido profundo se escapó de sus labios, al sentir cómo lo suave se encontraba contra su dureza.

Podía sentir su humedad a través de las bragas y las medias y, joder, cuánto lo calentaba lo mucho que ella lo estaba.

Quiso agarrarla, girarla para quedar encima y arrancarle las estúpidas medias del cuerpo, pero cuando levantó las manos, Lucy sacudió la cabeza y se las inmovilizó contra el colchón con las suyas, de modo que sus pechos y la tela rígida de su blusa rozaron el pecho de él.

—No —susurró, y maldita sea, nunca esa palabra le había parecido tan excitante—. Aún no he terminado.

Él podría haberse liberado, pero se abstuvo y dejó las manos donde estaban. Lucy en cambio, volvió a enderezarse y acarició su miembro con el trasero, con su centro mojado, y a pesar de lo cubierta que aún estaba, Dax pudo sentirla.

Era el infierno. El cielo. Era tortura y puro éxtasis al mismo tiempo.

Con la boca seca, observó cómo la mirada de ella se empañaba mientras se frotaba contra él, al tiempo que desabrochaba uno a uno los botones de su blusa. Deshizo un botón tras otro hasta que apareció un sujetador de encaje azul oscuro.

Lucy se quitó la blusa y la tiró detrás de ella; luego jugueteó con el cierre de su sujetador sin dejar de balancearse de adelante hacia atrás sobre su erección, volviéndolo loco de deseo.

Entonces el sujetador cayó y sus pechos —pesados y hermosos— buscaron la liberación; Dax ya no pudo contenerse más.

Tenía que tocar. Saborear, probar. Sus manos, con vida propia, bajaron hasta la cintura de Lucy antes de deslizarse por sus costados, hasta envolver sus senos.

No tardó en acariciarlos, en explorarlos, hasta que sus dedos encontraron sus dulces pezones y los apretaron.

Lucy no lo detuvo. Su respiración se volvió más superficial y sus labios se entreabrieron ligeramente.

Cuando él se incorporó poco a poco, rodeándole la espalda con el brazo y tomando un pezón en su boca, ella jadeó y continuó moviendo las caderas en círculos.

Lo torturó mientras él la torturaba a ella hasta que se deshizo entre sus brazos y apoyó las manos contra el pecho de él y lo empujó de nuevo sobre el colchón.

Ella se puso de pie y se agachó para desabrocharse los tacones, pero esta vez fue él quien sacudió la cabeza.

—No. Déjatelos puestos. Muchas de mis fantasías han girado en torno a tus zapatos.

—¿Ah, sí? —cuestionó sorprendida.

—Como si no los llevaras precisamente para eso. Para volverme loco.

—No. Los llevo para parecer más alta —susurró divertida—. Volverte loco solo es un extra.

—No hace falta que te hagas más alta —dijo él en voz baja mientras ella se bajaba las medias por las piernas hasta los tobillos—. Eres perfecta tal y como eres.

Vio cómo tragaba saliva, con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas, antes de murmurar:

—Solo dices eso porque estás increíblemente excitado ahora mismo. Además, tengo que quitármelos o no podré quitarme las medias.

—Lucy —susurró con voz ronca y la miró a los ojos—. Estoy tan excitado porque estás delante de mí. En toda mi vida, nunca he deseado a una mujer tanto como te deseo a ti.

A ella le gustaba la verdad, ¿no? Pues eso era lo que le estaba diciendo justo ahora.

Durante unos segundos, lo miró con los labios entreabiertos, luego maldijo por lo bajo y, al momento siguiente, hizo jirones las medias mientras se quitaba las bragas por encima de los zapatos y volvía a subirse a la cama.

—Dios, ¿qué me estás haciendo? —susurró y lo besó, lo besó con tal intensidad y deseo que pequeñas descargas eléctricas de excitación recorrieron su cuerpo y exigieron un alivio inmediato.

Él la rodeó con sus brazos, aplastando los senos de ella contra su torso firme, antes de separarle los muslos con los suyos y rozar la punta de su verga contra su coño empapado.

Lucy gimoteó y le mordió el labio inferior, levantando la cabeza.

—En la mesilla —susurró y él alargó la mano para tomar un preservativo del cajón y dárselo.

Ella rasgó el paquete, se arrodilló sobre él y deslizó el preservativo por toda su longitud con una lentitud agonizante.

Su mano sobre su miembro fue casi demasiado para él, pero no tuvo tiempo de pensarlo porque al momento siguiente, Lucy se hundió sobre su cuerpo.

Echando la cabeza hacia atrás, tomó aquel recibimiento centímetro a centímetro.

Y, Dios, estaba tan estrecha. Tan condenadamente bien... y entonces estuvo dentro de ella hasta la base. Lucy comenzó a moverse.

Joder, no iba a aguantar tanto tiempo. Todo su cuerpo ardía mientras ella se alejaba antes de volver a hundirse sobre él, con las manos en su pecho y la cabeza hacia atrás, entregada al placer.

—Lucy —susurró con dificultad, moviéndose hacia su encuentro, embistiendo contra sus caderas.

Con una mano, la agarró por la cintura para poder penetrarla con más fuerza y con la otra, se deslizó entre sus piernas.

Buscó el endurecido montículo de nervios y lo acarició con urgencia, antes de presionar el pulgar contra él.

Lucy se corrió con un jadeo. Sintió cómo se contraía a su alrededor, enviando ondas de placer que hacían temblar su cuerpo mientras se adentraba cada vez más en ella, apretando sus caderas contra las suyas.

Maldiciendo, la siguió. El orgasmo rugió por su cuerpo, fluyendo a través de sus venas como lava caliente de puro placer.

Y cuando Lucy cayó temblorosa entre sus brazos, besándole los labios, la mandíbula y el cuello, Dax sintió por un momento como si ya no estuviera ahí.

Más bien, se encontraba flotando a diez mil millas por encima de ella.

—Carajo —susurró, devolviéndole el beso, hundiendo la nariz en su cabello y aspirando su aroma.

—¿Por qué los hombres maldicen tan a menudo durante el sexo? —preguntó Lucy, todavía sin aliento.

—No lo sé. En realidad, no suelo decir palabrotas en la cama.

—¿No?

—No. —Él le levantó la cabeza con las manos y la besó con dulzura, antes de dedicarle una sonrisa de medio lado—. Debes ser algo especial.

Ella se rio.

—Cuidado, que se me podría subir a la cabeza.

—Debería —murmuró él con énfasis—. ¡Porque, joder, eres fantástica! Y Lucy…

—¿Sí?

—Esto no ha sido más que solo el principio.