Capítulo 20
Capítulo Veinte
L ucy nunca debería tener que llorar. Por supuesto que era capaz de hacerlo, pero él odiaba que sintiera esa necesidad.
Eso era lo único que ocupaba la mente de Dax mientras las luces de la ciudad pasaban volando a su alrededor, trazando una estela de colores contra la oscuridad de la noche.
Una mujer tan fuerte como ella nunca debería dar la impresión de tener el corazón roto.
Como si estuviera derrotada. Nunca debería estar frente a él, sorbiendo por la nariz y con ese temblor en el labio que a él le robaba el aliento.
Verla así, sin poder decir nada que mejorara la situación, era una tortura.
Sabía lo impotente que uno como hijo se sentía ante la terquedad de los padres.
¿Cuántas veces él mismo le suplicó a su madre que dejara a su padre?
¿Cuántas veces le rogó que se alejaran de él, pero ella nunca quiso escuchar?
Me necesita, Dax. Tu padre me necesita. Esa siempre fue su respuesta.
No importaba que sus hijos la necesitaran más.
Y el padre de Lucy, todavía sumido en el duelo luego de tres años… Dax sabía cómo debía pesarle aquello. Cada día. Y, en aquel momento, odió a aquel hombre por hacerle eso. Si pudiera, él mismo lo arrastraría al psicólogo y lo obligaría con sus propias manos a tomar las terapias.
Pero no podía. No tenía derecho a hacerlo, porque la vida de Lucy era suya, no de él. Y él no formaba parte de ella.
Aquel pensamiento lo desesperó.
Salió de la autopista siguiendo las indicaciones del navegador hacia el apartamento de Lucy, justo antes de recordar las palabras que dijo en el Ice Lounge.
A ella le gustaban los hombres honestos. Los que decían lo que pensaban y lo que querían.
Los neumáticos del coche chirriaron cuando se detuvo frente a un edificio de apartamentos blanco y de aspecto moderno que, según el GPS, era el hogar de Lucy.
Nunca se había detenido a pensar en dónde vivía, pero ahora aquello le pareció una tontería.
Porque de repente, no quiso más que saber cómo era su hogar: cómo vivía, qué fotos tenía en las paredes o si sus muebles eran lujosos o sencillos.
Apostaría por los lujosos.
—Gracias, Dax —murmuró ella, retorciendo las manos en el regazo—. Por todo.
—No hay de qué —comentó en respuesta, apagando el motor y abriendo la puerta.
—Eh, no hace falta que salgas —dijo confundida.
Sí. Sí que hacía falta.
Cerró la puerta con un golpe tras de sí mientras Lucy también salía del auto.
—No tienes por qué acompañarme a la puerta. Solo estoy un poco frágil emocionalmente, no inválida —explicó con suavidad, entrelazando las manos a la espalda.
Lo miraba a la barbilla con fijeza, como si fuera incapaz de mirar más arriba, como si no pudiera soportar mirarlo a los ojos.
—No salí porque piense que necesitas ayuda para llegar a la puerta —aclaró.
—Ah, okay. —Frunció el entrecejo y levantó la vista, insegura—. ¿Entonces por qué?
Sí, ¿por qué?
Porque tenía que decir algo. Porque tenía que ser honesto. Porque las cosas no podían seguir así. Pero la incertidumbre en el rostro de ella se reflejaba en su propio pecho y no sabía qué palabras utilizar. ¿Destruiría lo que aún estaba intacto entre ellos si decía algo?
—¿Dax? —susurró llamándolo—. Siento haberte amenazado. En el despacho. Nunca revelaría tus secretos. Lo sabes, ¿verdad? Yo… Dios, me tienes muy confundida y… el trabajo es todo lo que tengo, Dax —explicó—. Es todo lo que siempre he querido.
—Lo sé —aceptó. Porque así era. Jugar al hockey era todo lo que él deseó en su vida: ganar dinero, vivir y respirar del juego, estar sobre el hielo.
Hasta ahora.
—Por cierto, me parece genial que hoy no hayas jugado nada mal —continuó ella, quizás porque se sentía incómoda con el silencio que se formó entre ambos.
Pero él lo necesitaba para pensar.
—Sí, gracias —respondió sin prestar atención en realidad—. A mí también me parece genial.
¿Qué carajos estaba haciendo?
—¿Estás bien? —preguntó Lucy sorprendida.
No. No estaba bien.
Suspiró profundo y cerró los ojos. La próxima vez que los abrió, aceptó:
—Me molesta.
—¿Qué cosa?
—Dijiste que te gustaba el tipo de hombre que es honesto. Y yo soy honesto —explicó con semblante sombrío, rascándose la nuca—. Me molesta.
—¿Qué te molesta?
—Que coquetees con Jack. Que coquetees con los demás. Que los mires y que te rías de sus bromas. Que lleves días manteniendo las distancias, sin mirarme a la cara. Eso me molesta.
—Oh —susurró ella, entreabriendo un poco los labios antes de repetir perpleja—: Te molesta.
—Sí.
—¿Por qué?
¿De verdad tenía que preguntar eso? ¿Acaso no lo sabía?
Apretó los labios y se inclinó hacia delante.
—Porque te deseo, Lucy. Siempre, todo el tiempo.
Cada segundo de cada día. Porque desde que te besé en aquel estúpido bar, lo único en lo que he podido pensar es en volver a hacerlo.
Por todas partes. Hasta que me supliques que te tome como realmente quiero.
Porque desde aquel episodio en el despacho, el simple hecho de ver una engrapadora me pone duro.
Porque no puedo dormir por las noches, imaginando cómo se sentiría si estuvieras ahí, acostada a mi lado en ese momento.
—Se rio sin nada de gracia y se pasó la mano por el cabello—.
Me tienes obsesionado, Lucy. Sé que es una locura, pero es la maldita verdad.
La vio tragar saliva. Y vio cómo se humedecía los labios al tiempo que la mirada se le oscurecía y vio cómo se cruzaba de brazos y se clavaba las yemas de los dedos en ellos.
—Dax —susurró con voz temblorosa—, yo… eres un jugador. Yo no salgo con jugadores, así que…
—Menos mal que no pretendo salir contigo —susurró él—. No quiero llevarte a ninguna cita en ningún restaurante de lujo. Quiero hacer todo lo demás. Lo que hicimos en el despacho de Leslie, pero de mil maneras diferentes. Lucho todo el tiempo contra el deseo, pero sigo queriendo más, Lucy.
Ella se mordió el labio y él pudo ver por su expresión que sentía lo mismo.
—Dax, si vamos a empezar algo… necesitamos reglas —susurró, deslizando su dedo índice por los botones del abrigo de él.
—Me encantan las reglas.
Ella se rio.
—Pensaba que ibas a ser honesto.
—Odio las reglas. De verdad —admitió, corrigiéndose—. Pero dímelas de todos modos.
Su sonrisa se ensanchó.
—Ahora que lo pienso, en realidad solo hay una; nadie, absolutamente nadie puede saber esto. ¿Entiendes? De lo contrario, puedo ir olvidándome de mi carrera.
—Jack lo sabe —afirmó él, porque era mejor sacarlo a la luz ahora—. Pero guardará silencio.
—Bien, nadie excepto Jack —murmuró, atrayendo la cabeza de él hacia la suya y besándolo.
Recibir un beso era diferente a ser quien lo iniciaba. Dax nunca habría sabido explicarlo hasta ese momento, pero cuando Lucy posó sus manos en su nuca con esa suavidad dulce y se puso de puntillas, tanteando sus labios con los suyos, supo que había una gran diferencia.
No le gustaba uno más que el otro —¡porque ambos eran increíbles!
—, pero había algo especial en dejar que fuera ella quien dirigiera el beso.
Podía descubrir qué le gustaba. Podía sentir por sí mismo todo lo que sus labios podían hacer antes de que la lengua tuviera que seguirlos.
Maldita fuera, la sensación eufórica de ser acariciado y luego poseído por la boca de Lucy James era algo que definitivamente guardaría en un cajón de su cerebro para no olvidarlo jamás.
Lucy le abrió el abrigo y deslizó la mano por su pecho hasta los hombros, haciendo que le costara contener un suspiro.
Era como volver a casa… y la sensación era inquietante.
Pero ¿cómo podía aferrarse a una emoción negativa cuando eran sus manos las que subían por debajo de su camisa, tocando su piel desnuda?
—Bien —dijo con rigidez y apartó las manos de su cuerpo antes de aclararse la garganta—. Deberíamos entrar, Lucy. Si no, los vecinos van a tener un espectáculo…
—No se hable más —aceptó y sonriendo con aire de culpabilidad, tiró de él por la mano tras de sí.
El apartamento de Lucy era tal como lo había imaginado: estanterías de maderas dispares, un sofá rojo y desgastado repleto de cojines coloridos que no hacían juego, y una mesa de centro fabricada con cajas de Pepsi unidas por un tablón de madera.
—Si nuestro patrocinador Coca-Cola viera esto —dijo él con tono de reproche.
Ella se rio.
—¡Las cajas tenían la altura perfecta! Y en mi defensa, ya tenía la mesa antes de unirme a los Hawks.
—Ah, ya —jadeó despacio, mirando a su alrededor y sonriendo—. Eres una hippie rebelde en el fondo, ¿verdad? ¿No una mujer a la que le gusta llevar trajes de chaqueta?
—A decir verdad, todo lo que ves aquí se debe a la falta de tiempo —explicó, rascándose la cabeza—.
Casi todos los muebles son de mis tiempos de universidad.
Entonces no tenía dinero para comprar nuevos y ahora…
no tengo tiempo. Irónico, ¿verdad? —Inclinó la cabeza pensativa—.
Mucha gente dice que trabajo demasiado, pero me encanta lo que hago. No puede ser tan malo, ¿no crees?
No. No podía serlo. Dax entendía qué era lo que quería decir.
—Ahora tienes tiempo —murmuró, quitándose el abrigo y avanzando hacia ella.
Lucy sonrió.
—Sí, pero ahora mismo no estoy pensando en mis muebles.
—Ah, ¿y en qué estás pensando? —preguntó, con la voz algo ronca. Con calma, le quitó la chaqueta de los hombros—. ¿En tu lista de la compra?
—Me atrapaste —susurró, inclinando la cabeza hacia su mano mientras los dedos de Dax bailaban ligeros sobre su mejilla—. Estoy tratando de recordar si compré condones.
Dax soltó una carcajada ronca.
—¿Y? ¿Lo hiciste?
Lucy asintió.
—Puede que tuviera el presentimiento de que algo así podría ocurrir —susurró. Sus ojos se encontraron con los de él y este vio un destello de ardor, el ardor que había echado de menos los últimos días.
—¿A pesar de que me estabas ignorando? —aventuró, pasándole una mano por el cabello.