Capítulo 19 #3
Los platos se amontonaban en el fregadero.
Había cajas de cereales y de pizza abiertas sobre la mesa de la cocina.
Un racimo de plátanos negros y blandos y un envase de frambuesas mohosas descansaban en un frutero.
La basura rebosaba y las moscas cubrían las encimeras.
Conmocionada, la muchacha contempló el desastre y luego a su padre.
Al menos ahora tenía la confirmación de que su padre estaba comiendo algo, aunque eso no fuera un gran consuelo.
—¡Papá! ¿Qué demonios pasó aquí?
—Ehm, Maddie no ha venido durante estos días —dijo él, avergonzado, rascándose la nuca.
¡Cielo santo! ¿Qué demonios estaba haciendo su hermana en la casa? ¿Por qué no se lo había dicho?
—Es tu cocina. No es trabajo de Maddie mantenerla limpia para ti.
—No tengo tiempo.
—¡Papá, acabas de estar acostado en el jardín durante cuatro horas!
—Lucy —respondió su padre con calma, dejándola perpleja—, no es para tanto.
—¡Sí es para tanto! —protestó en voz alta—. ¡Porque es obvio que ya no puedes cuidar de ti mismo! ¿Cuándo fue la última vez que lavaste los platos? ¿O que te bañaste? ¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien que no fuera Maddie o que no fuera yo?
Su padre suspiró y agitó la mano.
—Vivo mi vida a mi ritmo. Estoy bien.
—¡Solo porque te estamos sosteniendo nosotras! —espetó, incapaz de controlarse. Era demasiado—. Dios, papá. —Se frotó la cara con ambas manos—. ¿Al menos has concertado otra cita con el doctor Felber?
La expresión de su padre se ensombreció.
—No falté a la cita por accidente, Lucy.
Ella respiró hondo.
—Papá… se supone que él debe ayudarte a lidiar con el duelo.
—Estoy lidiando con ello a mi manera.
—¡No! ¡No estás lidiando con nada! ¡Te estás revolcando en la autocompasión, poniendo a mamá en un pedestal reluciente y olvidándote de vivir tu vida!
—Lucy, no sabes cómo me siento.
No, pero sabía cómo se sentía ella.
—Por favor, papá —suplicó—. Inténtalo solo una vez. El doctor Felber es un buen psicólogo…
—¡Psicólogos! —bufó—. Lucy, esas cosas modernas no son para mí.
Lucy apretó los dientes.
—No son cosas modernas. Y ayudan. ¿Cómo sabes que no son para ti? ¡Y Rachel es psicóloga!
—¡Lucy, ninguna de esas personas me conoce! Y tampoco conocían a tu madre. ¿Cómo van a saber lo que estoy pasando?
—Al menos valdría la pena intentarlo. No puedes seguir así. No estás bien. —Señaló con la mano la cocina sucia.
—Me siento como se sentiría cualquier viudo, Lucy —dijo él con firmeza, alzando la voz.
—¡Te pasaste cuatro horas tumbado en el suelo frío del jardín, papá, porque te sentías cerca de mamá! —replicó acalora, con la voz demasiado chillona y aguda—. Porque ella también está bajo el suelo frío, ¿no es así? Papá, eso no es normal. No es saludable…
—Solo necesito tiempo —se defendió él—. Si tu madre estuviera viva, también te diría que no necesito un psicólogo.
—¡Pero no lo está! —estalló—. ¡Lleva muerta tres años!
No va a volver, no te cuida ni te ayuda a vivir tu vida.
¡Deja de esperar que lo haga! Esta vida es tuya.
No de ustedes dos . Eres un individuo. Eres algo más que tu matrimonio.
Dios, ya basta, papá —dijo con dureza, fulminándole con la mirada—.
Estoy cansada de preocuparme todo el tiempo.
¡Estoy cansada de ver a Maddie destruirse porque solo se preocupa por ti y no por su vida personal!
Necesitas despertar. Necesitas ayuda. Más de la que nosotras podemos darte.
—¡Tú nunca has estado casada, Lucy! —tronó su padre—. ¡No sabes qué es el amor ni lo que significa perderlo! De lo contrario, no hablarías así.
Lucy bajó la mirada. Sus manos empezaron a temblar, sus labios también…
y no supo qué responder. Tenía razón. Ella nunca se había enamorado.
No sabía qué se sentía al perder a alguien.
Lo único que sabía era que ver a su padre de esa manera era agotador.
Tenía que cambiar su forma de actuar, igual que ella.
—Está bien, creo que deberíamos irnos —dijo una voz profunda y tranquila a su espalda.
Lucy respingó y se dio la vuelta. Se había olvidado por completo de que Dax estaba allí.
—¿Qué? —respondió confundida, parpadeando varias veces.
—Tu padre está bien, Lucy. Lo bastante bien hasta para gritar. Viniste a ver cómo estaba y ya lo hiciste. Vámonos —repitió él en voz baja.
—Pero…
—Haz caso a tu amigo, Lucy —dijo su padre con firmeza—. No te necesito aquí. No hace falta que te pases por aquí cada vez que me tumbe en el jardín unas horas.
—Bien —espetó abrupta—. Pero voy a decirle a Maddie que deje de limpiar lo que tú ensucias, papá. Que pases una noche maravillosa.
Dicho esto, pasó por el lado de Dax y salió de la casa, que de repente le resultaba demasiado estrecha y sofocante.
¡Dios, qué irracional era su padre! Era terco y estaba herido… no había tenido una buena vida los últimos años y… y la idea de que eso nunca cambiaría para él la carcomía como la polilla.
No podía ayudarlo. Lo había intentado, pero siempre fracasaba. Se sentía tan malditamente impotente.
Lágrimas de rabia y desesperación brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas. Cuando la grava crujió a su lado, anunciando la llegada de Dax, se las secó con brusquedad.
—Dios, mírame. Soy incapaz de recomponerme.
Demasiado débil incluso para intentarlo, aunque de verdad que no quiero que me veas así.
Es solo que… —Sorbió por la nariz y se la limpió con la manga—.
No puedo ayudarlo. Soy su hija y he conocido a mi padre toda mi vida.
Debería ser capaz de hacerlo. O al menos conseguir que alguien lo haga.
Durante varios instantes interminables, un silencio frío y pesado se instaló entre ellos.
—Mírame, Lucy —pidió él entonces
Ella sorbió de nuevo y negó con la cabeza. No quería ver la lástima en su rostro.
—Lucy, mírame —repitió él en voz baja y, esta vez, puso un dedo bajo su barbilla de forma tan delicada y se la levantó hacia él. Se la subió hasta que ella estuvo mirando sus ojos azules—. No eres incapaz. No eres débil. Nadie piensa eso. Y yo menos que nadie.
Una lágrima rodó sobre su dedo y sonrió con voz temblorosa.
—Eso es lo que hay que decirle a la chica que llora, Dax.
Él negó con la cabeza.
—Lo digo porque es la verdad. Eres la persona más fuerte que conozco.
Tú me aguantas a mí . No es culpa tuya que tu padre no quiera ayuda.
No puedes hacer nada más que ofrecérsela.
Le das todo lo que puedes darle. Tu tiempo, tu paciencia y tu amor.
Tu padre no tiene demencia ni está loco.
Sabe muy bien lo que hace. La forma en que lidia con el dolor mientras recuerda a tu madre no es culpa tuya. Haces lo que puedes.
Ella sacudió la cabeza.
—Pero no es suficiente.
—Tú siempre eres suficiente, Lucy; consigas tus objetivos o no. Tu padre no cambiará eso. Yo no cambiaré eso. Nada lo hará: ni tu trabajo, ni tus amigos. Eres suficiente. ¿Entendido?
Ella asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer cuando él la miraba con una determinación tan seria? ¿Cuando su mirada no permitía ninguna réplica?
—Bien —susurró él—. ¿Quieres un abrazo?
Ella volvió a asentir. Y, al momento siguiente, él la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su cuerpo cálido y firme.
Creó para ellos una burbuja de calma; con su cabeza apoyada sobre la de ella y una mano en su cuello, le rodeó con el brazo la cintura, para que supiera que la sostendría si se dejaba caer.
Lucy cerró los ojos y se hundió en sus brazos, aspirando su aroma a hombre y a hielo frío, y olvidó por un momento dónde estaba. Su rabia y su desesperación fluyeron fuera de ella y se evaporaron en el aire fresco de la tarde. No quedó más que calma.
Justo cuando pensaba en quedarse allí para siempre, él la soltó.
—Vámonos —dijo, aclarándose la garganta y apartando la mirada—. Te llevaré a casa.