Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

No pasaba nada. No tenía por qué entrar en pánico. A Maddie se le daba mucho mejor que a ella animar a su padre y convencerlo de que fuera sensato. Maddie, sin embargo, ya le había entregado media vida a su progenitor, y ahora le tocaba a ella. ¡Para hacerlo, necesitaba un maldito auto!

—¿Estás bien?

Hizo una mueca y se dio la vuelta.

Dax estaba detrás de ella, con el ceño fruncido mientras examinaba su rostro.

—No —logró decir—. Mi padre está… Necesito pedir un Uber, o un taxi. ¿Siguen existiendo los taxis? No. Nadie usa taxi hoy en día. Uber, necesito un…

—Lucy —dijo él con suavidad, pasándole el brazo por los hombros—. Cálmate. Vine en coche y no bebo durante la temporada a menos que pretenda llegar tarde a una sesión de fotos. Puedo llevarte. A donde necesites ir.

Parpadeando, lo miró y se frotó los ojos negando con la cabeza.

—Tengo que ir a Burbank. Está a media hora, Dax, no puedo…

—Vamos —la interrumpió, guiándola por la calle—. Puedes contarme qué pasa por el camino.

—Pero…

—Vamos.

Estaba demasiado confundida para llevarle la contraria.

Dax conducía demasiado rápido, pero Lucy estaba agradecida; agradecida de no estar sola.

Agradecida de que él no rompiera el silencio que llenaba el interior del coche como una bruma, de que cada discusión entre ellos quedara momentáneamente olvidada.

De que le diera tiempo y no preguntara qué iba mal o si estaba llorando.

Ni siquiera sabía si lo estaba haciendo. Todo estaba de algún modo… torcido.

Las últimas semanas fueron un total desastre, en el sentido emocional. Demasiado estresantes y —estaba agotada y vacía—, lo de su padre era la guinda del pastel de toda la carga emocional que llevaba días arrastrando.

Dax formaba el resto de ese pastel. Le gustaba y no servía de nada decirse lo contrario.

La hacía reír y lograba que su corazón tropezara como ninguno.

Temía estar ya irrevocablemente enamorada de él y que fuera a hacer que el trabajo resultara insoportable con solo estar allí.

¡Nadie la entusiasmaba como él! Nadie le daba un subidón como el suyo, ni la confundía tanto, ni la besaba como él.

—Gracias —susurró, aclarándose la garganta para liberarse de sus pensamientos—. Por traerme. Es… gracias.

—No hay de qué —murmuró Dax, lanzándole una rápida mirada de reojo—. Pareces confundida.

Ella soltó una carcajada seca y se apretó el puente de la nariz con el dedo medio y el pulgar.

—¿Es lo que parece ahora, Dax? Porque así es como me siento por dentro casi todo el tiempo cuando estoy contigo.

No sabía por qué estaba admitiendo eso en voz alta. Quizá fuera porque tenía la cabeza tan llena de preocupaciones y pensamientos que era un alivio deshacerse de al menos uno.

Él tamborileó con el dedo índice sobre el volante.

—No hace falta. Soy… inofensivo.

Tuvo que reírse. Aquello era el eufemismo del siglo.

Dax levantó una comisura de los labios.

—Bueno, más inofensivo que tú, de todos modos —añadió más bajito.

Lucy se miró las manos y sonrió. Por un momento, la preocupación por su padre no ocupó su mente por completo.

Cuando salieron de la autopista en Burbank, suspiró profundo y miró su móvil. La señora Marsden no había vuelto a llamar.

Dax se aclaró la garganta.

—Así que tu padre vive en Burbank.

—Sí.

—¿Creciste allí?

Ella asintió.

—Es dueño de la casa desde hace casi treinta años y no quiere mudarse, aunque es demasiado grande para él solo. No quiere perder… los recuerdos de mi madre. Pero la mayoría de los que no están cubiertos de polvo han sido erosionados por el tiempo hace mucho.

—¿Entonces… no está bien? —preguntó Dax despacio.

—No —murmuró ella—, no desde que murió mamá. Es como si… como si se lo hubiera llevado bajo tierra con ella. Solo que él sigue respirando, y ella no.

Dax asintió, pero no habló.

Lucy lo entendió. No había nada que decir. Cerró los ojos y se reclinó mientras Dax seguía las instrucciones del navegador.

—Solía ser un hombre feliz, ¿sabes? —masculló un momento después, porque el silencio le daba demasiado espacio para pensar—.

Con los pies en la tierra. Consciente. Feliz.

Ahora, apenas recuerdo qué aspecto tenía cuando era feliz.

De algún modo… perdimos a ambos padres cuando murió mamá, y no sé cómo traerlo de vuelta.

Todo lo que decimos resbala sobre él como la lluvia sobre el cristal de una ventana.

Es frustrante saber que podría estar mejor si tan solo estuviera dispuesto a recibir ayuda y hablar con un terapeuta.

Pero es tan testarudo y siempre piensa que intentamos obligarlo a olvidar a mamá.

—Es difícil tener que cuidar de los padres —murmuró Dax—. Tener que protegerlos a pesar de que ellos eran los que te protegían y se suponía que debían estar ahí para ti. Quiero decir, así son las cosas a veces, pero eso no lo hace más fácil.

—Sí —susurró; y supo que lo entendía. Él había tenido que cuidar de su madre y de su padre a una edad mucho más temprana, en un momento en el que solo debería haber estado preocupándose por su futuro, por el hockey y por las animadoras atractivas.

Recorrieron los últimos dos minutos en silencio y, cuando Dax se detuvo junto a la acera frente a la casa de su infancia, deseó estar sola.

Le dolía el dedo medio de tanto girar el anillo.

El corazón le latía demasiado deprisa. Él estaba allí y…

Dax no debería verla tan débil. Desesperada. Triste.

—Está bien. Puedo quedarme en el coche —murmuró Dax como si le hubiera leído el pensamiento.

Lucy tragó saliva y negó con la cabeza.

—No. Puedes bajar. Quizá… —se apartó un mechón de cabello de la frente con vacilación—. Quizá se recomponga un poco si ve a un extraño.

Se desabrochó el cinturón y bajó con el corazón encogido. Saludó con la mano por encima del techo del coche a la señora Marsden, que espiaba por detrás de una de sus cortinas de la cocina. Luego se dirigió al jardín delantero y abrió la verja chirriante.

No fue difícil encontrar a su padre. Estaba tumbado en medio del parterre seco, que ahora no contenía más que tierra pedregosa. A Lucy le habían dicho que era bueno para la espalda tumbarse en el suelo de vez en cuando, pero eso —a decir verdad— no incluía una tierra plagada de piedras irregulares.

Insegura, se detuvo y lo miró. Más pálido que hacía unas semanas, yacía allí inmóvil con los ojos cerrados.

Si su pecho no hubiera estado subiendo y bajando con regularidad, ella podría haber entrado en pánico.

Pero respiraba. Con calma y de forma acompasada.

Estaba bien. Al menos en el aspecto físico.

—Papá, ¿qué haces ahí tirado? —preguntó en voz baja.

Su padre se sobresaltó y abrió los ojos.

—¡Lucy! —dijo alarmado—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí parada?

—No mucho. ¿Qué haces ahí tirado?

—Estoy tumbado. ¿Tú qué haces aquí?

—Estoy de pie —respondió con suavidad—. ¿Por qué estás tumbado aquí? ¿Y cuánto tiempo llevas así?

Él parpadeó y se incorporó.

—¿Qué hora es?

—Poco después de las once.

—Vaya. Cuatro horas.

—¿Cuatro horas? —repitió con incredulidad, metiéndose las manos en los bolsillos para no tirarse de los pelos—. Papá… hace frío y el suelo está duro. ¿Por qué estás acostado ahí?

Él sonrió con tristeza.

—Ah, es que aquí abajo me siento más cerca de tu madre y… —se detuvo porque su mirada aterrizó en Dax, que estaba de pie un paso por detrás de Lucy—. Oh, no estás sola —comentó, irritado—. ¿Por qué trajiste a un extraño a mi propiedad a estas horas de la noche, Lucy?

—No es un extraño. Es Dax Temple, papá. Trabajo con él. Se ofreció a traerme. ¿Podrías levantarte, por favor? —le tendió la mano y arqueó las cejas. Su padre parpadeó varias veces, pero finalmente le hizo el favor y dejó que lo ayudara a levantarse.

—Dax Temple —masculló—. ¿No es ese el jugador de hockey que te ha estado dando tantos quebraderos de cabeza?

Las mejillas de Lucy se sonrojaron y miró hacia Dax, que parecía un poco divertido.

—Eh, sí —admitió—. ¿Entramos? ¿Cuándo fue la última vez que bebiste y comiste algo?

Su padre suspiró y frunció los labios.

—Tú no, Lucy. Ya tengo bastante con que Maddie me llame cada dos horas por lo mismo.

—Beber agua es importante, papá. Comer también. Y bañarse, ahora que lo pienso. Ella tiene que llamar porque… a veces se te olvida.

—¡No tengo demencia, Lucy! —exclamó él—. Mi estado mental está más que perfecto.

—Lo sé, papá —respondió con suavidad—, pero aunque no tengas demencia, a veces se te olvida… cuidarte.

Su padre emitió un sonido a medio camino entre un bufido de desaprobación y un gruñido airado.

—Ustedes, las chicas, y sus preocupaciones. Me cuido mejor de lo que debería. Y tú deberías tratar mejor a mi hija —añadió señalando a Dax—. He oído tu nombre muchas veces.

Las comisuras de los labios de Lucy temblaron y un sentimiento cálido se extendió por su pecho. Era agradable saber que una pequeña parte de su padre todavía se preocupaba por ella, que no estaba pensando solo en su madre difunta.

—Tiene razón —le susurró a Dax mientras seguían a su padre al interior de la casa—. Deberías tratarme mejor.

—Te he dado el orgasmo de tu vida, Lucy. ¿Qué más quieres? —respondió él, fingiéndose ofendido.

Sus mejillas ardieron.

—No eres nada arrogante, ¿eh?

—¿Acaso no estás de acuerdo?

Se abstuvo de responder y, en su lugar, cruzó el recibidor… solo para detenerse en seco.

La cocina parecía haber sufrido el estallido de una bomba, como si una horda de niños de parvulario sin supervisión se hubieran puesto a hornear y hubiesen invitado a una manada de búfalos salvajes para ayudarles. Búfalos salvajes sin modales.