Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

L os Hawks ganaron cinco a uno.

Lucy debería haber estado feliz por ello, sobre todo porque Leslie lo estaría.

En cambio, su estómago estaba lleno de piedras del tamaño de un puño cuando entró en el Ice Lounge una hora después del partido.

Matt le había enviado un mensaje diciendo que el equipo y algunas otras personas de la organización estarían allí para celebrar la victoria.

Y aunque Maddie tenía que levantarse temprano al día siguiente, Lucy no pudo encontrar ninguna excusa para no asistir.

El problema era que Dax estaría allí, pero no podía decirle a Matt que esa era la razón por la que no quería ir. No iba a actuar de forma diferente solo por él… por sus manos… por su risa… ¡No!

Así que, con la espalda erguida y la frente en alto como siempre, entró en el pub poco después de las diez.

El local combinaba el pasado y el presente con sus taburetes de cuero rojo, su suelo de madera pulida y su iluminación industrial rústica en el techo.

Como siempre, la música de los ochenta atronaba desde los altavoces, ya que Carl —el dueño del bar— se había criado en esa época, mientras una mezcla de estudiantes, fans de los Hawks, grupis del equipo y algunos turistas perdidos llenaban el espacio.

Los jugadores de hockey eran fáciles de localizar en el bar, a pesar del hielo seco que brotaba de lo que parecía ser cada cóctel del lugar.

Al fin y al cabo, se llamaba Ice Lounge; el nombre iba más allá de la barra que parecía hecha de bloques de hielo apilados.

No era de extrañar que el establecimiento atrajera a los jugadores de hockey: Carl lo planeó para que funcionara de esta manera.

Los Hawks estaban sentados en una de las zonas elevadas, delimitada como zona VIP por un grueso cordón rojo, y emanaban tanta testosterona que Lucy casi podía verla flotar en el aire como la niebla.

Por otra parte, probablemente fuera el hielo seco.

No obstante, la voz de León podía ahogar el ruido de un camión dando marcha atrás.

—¡Por Temple y West, que, por primera vez hoy, no jugaron como niñitas de ocho años! —gritó.

—Oye, eso es discriminatorio —comentó Fox—. Las niñas de ocho habrían jugado mejor de lo que lo hicieron durante estas últimas semanas.

—Maldita sea, ya lo agarré, ¿ okay ? —Ese era Dax, y a Lucy se le erizaron los vellos de la nuca con solo escucharlo.

Tragó saliva, pero continuó caminando hacia la plataforma con valentía.

—Si no quieres que nadie te fastidie, Dax, sigue jugando como se debe —replicó Matt con astucia—. ¡Joder, hoy parecía que llevaban años jugando juntos! ¿Qué carajos pasó?

—Me bebí el té de una vieja sabia —comentó Jack, encogiéndose de hombros y dándole un sorbo a su cerveza.

—Ajá —confirmó Dax, con una leve sonrisa cruzando su rostro.

El estómago de Lucy se encogió y se le secó la boca. ¿Hicieron las paces o algo así?

—¿Esa vieja sabia es Leslie? ¿Le puso drogas al té? —preguntó ella en voz alta, pasando por encima del cordón rojo y sonriéndole a Jack. Después de todo, cuando se fijaba en él, no se daba cuenta de si Dax la estaba mirando.

¿Lo estaba haciendo?

—Oye, no digas eso tan alto —dijo León, fingiendo estar escandalizado—. O nos acusarán de dopaje… aunque yo no me bebería cualquier cosa que me diera Leslie. —Hizo una mueca—. Es horrible, no es dulce como tú.

—Yo también soy horrible, nada dulce —aclaró ella, molesta, mientras se dejaba caer en la única silla libre que, por suerte, no estaba cerca de Dax—.

Pero hoy no tengo nada malo que decirles.

Jugaron genial y todas las mujeres del bar los están mirando.

—Señaló con la cabeza hacia la derecha, porque la atención femenina que recibían los miembros del equipo era imposible de ignorar.

León sonrió, luego —de repente— adoptó una expresión seria y les hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Lucy resopló y le pidió una cerveza a una camarera que pasaba por ahí, mientras Matt miraba a León con confusión.

—¿Qué fue eso? —preguntó, sacudiendo la cabeza—. ¿Te crees James Bond o qué?

León se encogió de hombros.

—Estoy aumentando mis posibilidades con ellas. A las mujeres les gusta el tipo estoico y silencioso.

—Tonterías. —Matt chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco—. ¡Si no, todas las mujeres de aquí se estarían tirando a los pies de Moreau! —Señaló con la cabeza a su portero, corpulento y taciturno.

—Lo hacen —respondió él con sobriedad.

Matt lo miró, sorprendido.

—¿Qué?

—Es verdad —rezongó León—. Recibe más cartas de fans que todos nosotros juntos. Leslie lo dijo el otro día. Pero solo porque es condenadamente misterioso.

—No es misterioso —dijo Matt incrédulo—. ¡Es que le da demasiada pereza hablar!

—Los dos se equivocan —terció Fox—. A las mujeres les gusta un líder autoritario que sepa mantener la cabeza fría.

—¡Oh, buuu, Fox! —gritó León con irritación, sacando la rodaja de naranja de su vaso y lanzándosela—. No actúes así solo porque estás perdiendo contra Moreau.

Fox resopló.

—No estoy perdiendo contra Moreau. ¡No se puede perder en las citas!

—Díselo a las últimas diez mujeres con las que se ha acostado Dax. Ellas te dirían algo diferente —masculló León.

—Lucy —la voz oscura de Dax cortó de repente el parloteo de los demás, y a ella se le subió el corazón a la garganta—. Ayúdanos. Tú eres mujer, ¿verdad?

Lucy parpadeó y giró la cabeza lentamente. Se encontró con la penetrante mirada de Dax y resistió el impulso de apartar la mirada de nuevo.

—En los días buenos, sí —respondió a secas y asintió con gratitud a la camarera que puso una cerveza frente a ella.

—Entonces dinos —continuó él con calma, manteniendo la mirada fija en la suya—, ¿qué tipo de hombre te gusta?

Resopló.

—No puedo hablar por todas las mujeres del mundo.

—Bueno, entonces habla por ti —susurró, y su voz se volvía más suave con cada palabra mientras entrelazaba las manos sobre la mesa y se inclinaba hacia delante—.

¿Qué tipo de hombre te gusta? ¿El estoico, reservado y misterioso, o el que te dice guarradas mientras te folla sobre el escritorio en el despacho de un desconocido?

Lucy se atragantó con su cerveza, escupiéndola sobre la mesa que tenía delante.

León se rio entre dientes.

—Tienes mucha imaginación, Dax.

Hm, claro: imaginación .

La chica nunca se había alegrado tanto de oír sonar su celular. Aprovechó la oportunidad y se levantó de golpe. Pero antes de contestar, replicó con brusquedad:

—Me gusta el que es honesto. El que me dice lo que piensa y lo que quiere, y el que no me hace enfadar solo para llamar mi atención. —Con esas palabras, dio media vuelta y caminó con paso firme hacia la salida, donde no tuviera que pensar en Dax.

—¿Diga? —respondió, presionando el móvil contra su oreja mientras empujaba la puerta para salir.

—Hola, ¿hablo con Lucy James?

Lucy se detuvo y frunció el entrecejo.

—Sí. ¿Quién habla?

—¡Ah, gracias a Dios que di contigo! —Un suspiro de alivio resonó en su oído—. He intentado localizar a Maddie, ella me dio tu número para casos de emergencia, pero solo saltaba el buzón de voz y ¡no sabía a quién más llamar por tu padre!

—¿Quién habla? —repitió con voz inexpresiva, rodeando su pecho con el brazo que tenía libre. Una sensación opresiva se instaló en su pecho y sentía que era más seguro sujetarse a sí misma por un poco de estabilidad.

—Lo siento, soy la señora Marsden. Vivo enfrente de tu padre. Solías llamar a mi puerta para pedir caramelos en Halloween.

—Cierto —respondió en voz baja, soltando un suspiro lento y prolongado—. Lo siento, no había reconocido su voz. ¿Qué pasa con mi padre?

No quería oírlo. Aquello iba a arruinarle la noche.

Sin embargo, al mismo tiempo, se sentía miserable por el solo hecho de pensarlo.

Al fin y al cabo, ¡era su papá! Él había estado ahí para ella y ahora ella estaba ahí para él…

pero dolía. Y era agotador. Y ya le escocían los ojos, aunque no supiera de qué se trataba esta vez.

—Bueno, ¡todavía está en el jardín! Está oscuro y hace frío, y lleva una hora tumbado inmóvil en el suelo, mirando al cielo.

He ido antes para preguntarle si quería entrar y me ha respondido fatal, ha dicho algunas cosas que no han sido nada agradables…

—La mujer se aclaró la garganta de forma audible—.

No puedo dejarlo ahí sin más. ¡Si se queda en el jardín toda la noche, se congelará!

Mierda .

—¿Lleva allí una hora? —repitió Lucy, pasándose la mano por la cara y el pecho apretado.

—Tal vez más. Hace una hora fue que me di cuenta. Creo que todavía está bien, pero he pensado que…

—Sí, lo entiendo. Muchas gracias por llamar, señora Marsden. Yo me encargo, ¿de acuerdo? No se preocupe.

Lucy no sabía si decía aquellas palabras por su vieja vecina o por ella misma.

Estaba preocupada.

—Muy bien, cielo. ¿Quieres que le eche un ojo hasta que llegues?

—Sí, por favor —pidió—. Me daré prisa.

Colgó, bajó el celular y respiró hondo unas cuantas veces.

Simplemente estaba tumbado en el suelo mirando las estrellas.

Había gente que hacía eso. Pero él estaba deprimido y había dicho más de una vez que su vida no valía nada sin su madre y…

¡y dejó de preocuparse por sí mismo! Por su salud, por su vida, por todo.

No podía soportar ver cómo se rendía cada día un poco más.

Pero tampoco podía mirar hacia otro lado.

—Mierda —susurró, frotándose los ojos. Le escocían.

Tenía que irse.

Sin embargo, no tenía coche. Fue Maddie quien la trajo. Era imperativo que consiguiera uno. Los ojos de la señora Marsden ya no eran los de antes, ¿y si no se había dado cuenta de que su padre… de que él…?

—¡Mierda! —dijo más alto, pasándose las manos por el cabello y retorciéndose con nerviosismo el anillo en el dedo medio.