Capítulo 17 #2
De pronto, Dax se apartó de ella con un juramento y se puso de pie.
Abrió los ojos de par en par, incrédula.
—¿En qué demonios estás pensando?
—Tus gemidos son demasiado tentadores, Lucy —espetó él—. ¡Casi me corro solo con eso!
—No me importa —exclamó frustrada—. Yo…
Él la silenció con otro beso mientras se situaba entre sus piernas y frotaba el pulgar contra su clítoris.
—Lo sé —susurró contra sus labios—. Y créeme, estás a punto de… —Hizo una pausa y palideció—. Mierda. Necesito un condón. No tenemos, nosotros…
—En el bolso —lo interrumpió ella con voz ronca, señalando hacia donde lo había dejado.
Dax soltó un suspiro y se abalanzó sobre él mientras Lucy intentaba llevar suficiente oxígeno a sus pulmones.
Pero era inútil, los latidos acelerados de su corazón y el deseo que le quemaba la sangres se lo impedía.
De repente, las manos de Dax le rodearon el rostro; sus dientes le mordisquearon la mandíbula y el labio inferior.
Bajó por sus hombros, frotando sus pezones endurecidos con las palmas de las manos, hasta llegar a sus caderas y acercarla al borde del escritorio con un movimiento preciso.
Lucy se lamió los labios y dejó que sus manos vagaran y acariciaran a Dax a través de los bóxers oscuros.
¿Cuándo se quitó los pantalones?
No lo sabía ni le importaba, porque al momento siguiente, sus bragas los siguieron hasta el suelo. Él jadeó cuando ella deslizó la mano por debajo de la tela y rodeó su miembro con los dedos. Cualquier otro pensamiento se desvaneció; ahora solo existía él.
Su mirada se encontró con la de Dax. El azul de sus ojos era más profundo que el mar y más oscuro que su voz. Lentamente, ella movió la mano de arriba abajo, viendo cómo se tensaba su mandíbula y cómo se movía su nuez… antes de que él la detuviera atrapando su mano con la suya.
—No más.
—Pero yo quiero más.
—Lo tendrás —prometió, separándole las piernas… y penetrándola. Porque él no podía esperar más. Porque ella tampoco podía seguir esperando. Porque el deseo ya no les pertenecía y solo los arrastraba.
La siguiente bocanada de aire se le quedó atascada en la garganta mientras él la llenaba de placer tan lentamente. Reclamándola centímetro a centímetro y rozando con esa exactitud delirante los puntos exactos hasta desatar esos pequeños tornados en su vientre.
Lucy agarró el borde del escritorio y hundió las uñas en la madera. Jadeando, echó la cabeza hacia atrás mientras Dax se retiraba de su interior y volvía a embestirla. Cumplió la promesa que le hizo con sus besos: le dio más. Mucho más.
Un gemido se deslizó de sus labios, pero Dax no permitió que su voz llenara la habitación; lo atrapó con su boca. La besó con avidez, elevando su pelvis y empujando hasta el fondo en la siguiente estocada, llevando sus sentidos al borde del colapso. Una vez. Y otra vez. Y otra.
Lucy estaba en llamas. Todo su cuerpo hormigueaba y el dulce tirón en su abdomen aumentó con una rapidez increíble hasta que el orgasmo la inundó, robándole el aire y haciendo que su corazón se detuviera por un instante.
Dax aceleró el ritmo y deslizó la mano entre sus cuerpos para lanzarlos a ambos al precipicio.
Prolongó las olas que rompían sobre ella hasta que Lucy creyó que no podría resistir más; solo entonces, la siguió.
Sus caderas se estremecieron contra las de ella en un último impulso, antes de hundir la frente contra su hombro y respirar con dificultad.
A Lucy le dio vueltas la cabeza mientras las endorfinas recorrían su cuerpo. Su mano se desplazó de forma natural hacia el cuello de Dax; lo acarició con suavidad y hundió la nariz en su piel, inhalando su aroma. Se perdió en su calor y en la sensación de plenitud que la envolvía
Se quedaron así durante una eternidad, envueltos en su propia burbuja de calor y deseo. Poco a poco, los últimos vestigios retrocedieron, fluyendo por sus venas hasta traer la calma. Su mente se despejó, su respiración se estabilizó y su ritmo cardíaco volvió a la normalidad.
Pero solo cuando Dax se retiró de ella y se quitó el condón, cuando su aroma dejó de envolverla y su calor ya no descansó contra su piel…
la realidad la golpeó. Solo entonces se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta y de que cualquiera pudo haberlos descubierto.
Cualquiera podría haber entrado en el aquel despacho y haberlos visto teniendo sexo.
Y lo peor de todo: ¡todavía podían hacerlo!
—Ay, Dios —susurró. Lucy se llevó la mano a los labios mientras se bajaba del escritorio con un salto y volvía a encontrar sus bragas.
—No. Dios no tuvo nada que ver en esto —murmuró Dax, buscando sus pantalones.
—¡Dios mío! —repitió y encontró sus medias—. ¡Ay, Dios mío!, ¡por Dios! Acabo de… acabamos de…
La comisura derecha de la boca de Dax se arqueó.
—Lo sé. Yo estuve allí.
Gimiendo, echó la cabeza hacia atrás, con las manos presionadas contra la cara. ¿Qué hizo? ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo es que…?
El pánico surgió en su interior.
—¡Eres jugador de hockey! —exclamó—. Se supone que tengo que salvar tu imagen y acabo de…
¡mierda! Mierda, mierda, mierda. —No podía repetir tantas veces la palabra mientras se ponía la blusa y las medias al mismo tiempo.
La sangre le zumbaba en los oídos y los últimos rastros de endorfina se desvanecían.
Ahora la adrenalina recorría su cuerpo—.
Esto no puede ser. ¡No debió haber pasado!
—continuó, más para sí misma que para nadie más.
Porque no lo entendía. ¿Cómo pudo dejarse llevar así? ¿Cómo pudo olvidar que… que…
—Está bien, Lucy —dijo Dax con tensión—, creo que estás exagerando un poco, tú…
—¡No! —espetó, mirándolo furiosa. ¿Qué le pasaba?
—. ¡No, no lo estoy! Porque que tú te acuestes conmigo no sorprenderá ni molestará a nadie; el hecho de que hayas tenido sexo conmigo te convertirá en un fuera de serie.
No empañará tu reputación, ¡pero a mí nadie me volverá a tomar en serio!
Todo el mundo me juzgará si esto sale a la luz.
—De acuerdo, entonces no saldrá a la luz —la tranquilizó, negando con la cabeza y apretando los labios.
—¡Puedes jurarlo! —espetó ella, señalándolo con un dedo índice tembloroso—. ¡Conozco secretos tuyos que te destruirían, muchos más de los que tú sabes de mí!
Supo que lo que dijo estuvo mal en el momento en que lo soltó. Que metió la pata hasta el fondo por la forma en que Dax entornó los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Bien —dijo él con frialdad—. Lo entiendo. Que te asocien conmigo sería lo peor que podría pasarte. Soy lo bastante bueno para darte un orgasmo, pero no para nada más, ¿es eso?
Su corazón se encogió y luego se hundió.
—No quise decir eso —susurró. No quería convertir lo que había sucedido en algo terrible. Porque claro que no fue terrible. Fue… todo. Más de lo que podía imaginar. Y, sin embargo, insuficiente.
Pero había olvidado cuáles serían las consecuencias. Lo había deseado tanto que terminó por ignorarlas… pero ahora recobraba el sentido y este la presionaba por dentro como espinas afiladas; ahora su mente ya no estaba nublada.
—Lo siento, Dax —susurró, tragando saliva—. Es solo que… esto podría arruinarme. Y cuando me besaste, fue como si me arrancaras la respiración, yo… dejé de pensar, y… ¡esto no debió haber ocurrido, Dax!
—Sí, ya lo capto —masculló él, abrochándose el cinturón—. Pero tengo que decir que me cabrea que me eches la culpa a mí, como si te hubiera obligado a tener sexo conmigo.
Lucy se estremeció ante la dureza de sus palabras. Tenía razón. No era culpa de él, era suya.
—Lo siento —susurró, metiendo los pies en los tacones y llevándose la mano a la frente sudorosa—. Ojalá pudiera… pero no.
Se dio media vuelta y se marchó. Necesitaba distancia. De él, de ella, de los dos juntos. Necesitaba tanta como humanamente le fuera posible.