Capítulo 17
Capítulo Diecisiete
E n cuanto los labios de Dax rozaron los suyos, Lucy olvidó lo que estaba pensando. Las palabras que pretendía decir se perdieron en el suave aliento de él y en el hormigueo que su beso despertó por su cuerpo.
No esperaba que la besara, pero al mismo tiempo, sentía como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho tiempo.
Ligero como una pluma, él posó la mano en la parte superior de su espalda y recorrió su cuello con las yemas de los dedos e intensificó el beso sin resultar dominante.
Empujó la lengua contra sus labios con suavidad, sin llegar a deslizarla entre ellos y los rozó con los dientes sin llegar a morder.
El beso era una tentación cálida y cautelosa; una promesa de algo más.
¿Quería algo más?
—¿Ves? —susurró Dax, alejándose y acariciándole la mejilla con el pulgar, siguiendo la línea de la mandíbula mientras su mirada acompañaba el tacto—. Ha estado bien.
El corazón de Lucy se aceleró y se le encogió el estómago. ¿Bien? No. Esa no era la palabra en la que estaba pensando. Más se acercaba más a la idea.
Más de lo que habría imaginado que Dax fuera capaz.
Más de lo que podía soportar. Más de lo que se permitía desear.
Todo en aquel beso fue sentimiento y entrega, no deseo ni posesión.
Y ella que pensaba que a Dax solo se le daba bien follar.
Que no quería nada más que eso. Que ella solo quería follar con él.
Aun así, su respiración era superficial.
Aun así, sus labios estaban ligeramente entreabiertos mientras lo miraba con fijeza.
El calor en sus venas onduló y llevó la sangre a sus mejillas ardientes, abrumando su corazón y haciéndolo flaquear.
Debería irse. Debería darse la vuelta y salir de la habitación ahora mismo. Sobre todo, no debería preguntar lo que en verdad quería preguntar.
—Dax —dijo—, ¿me besaste solo porque querías ganarle a Jack?
Él negó.
—Te besé porque ha sido lo único en lo que he pensado durante días.
Y fue entonces cuando perdió la cabeza. La vio prácticamente salir volando de su cráneo mientras su cuerpo tomaba el control y sus párpados se cerraron a penas y la boca se le secó.
Quería esto. Lo quería de verdad. Se había convencido a sí misma de que era algo terrible.
Pero ¿cómo iba a ser tan terrible algo que sentaba tan bien?
Estando aún cerca de ella, lo oyó tragar saliva, con la mano todavía en su espalda.
—¿Lucy?
—¿Sí?
—Tienes que dejar de mirarme así.
—¿Por qué?
—Porque me da ideas realmente estúpidas. Por ejemplo, me hace pensar que disfrutas besándome.
Lucy tragó saliva, se mordió el labio… y asintió. No pudo evitarlo. Él se daría cuenta de todos modos de que sus pupilas se dilataban y de que el pulso en su cuello se aceleraba, mientras el rubor inundaba sus mejillas.
Porque ha sido lo único en lo que he pensado durante días.
Ella tampoco había pensado en otra cosa durante días, y estaba cansada de discutir. Quería… hacer las paces.
Como si fuera ella la que hubiera pronunciado las palabras en voz alta, Dax gimió y reclamó su boca de nuevo.
Esta vez sin nada de cautela. Esta vez mandó la suavidad a pasear: sus labios se volvieron deliciosamente rudos y su lengua se deslizó contra la de ella, reflejando con cada movimiento el deseo que sentía.
Su mente estaba en blanco y sus dudas anteriores desaparecieron, dejando a flor de piel la lujuria que se había ido acumulando con los días anteriores.
Pasándole las manos por el cabello, atrajo su cabeza hacia la suya. En aquel momento se alegró de llevar tacones altos, pero —como era de esperarse— no fueron suficientes para Dax.
Al momento siguiente, él la atrajo por las caderas y la subió al escritorio que tenían detrás, y luego con un movimiento brusco subió su falda de tubo para poder situarse entre sus piernas e intensificar el beso.
Sus manos se volvieron codiciosas y sus labios, aún más.
Aun así, Lucy quería más. Quería que cumpliera su promesa. Que le diera más.
Ella deslizó las manos por debajo de la chaqueta de él, sobre sus pectorales y abdominales firmes.
Estos bailaron bajo su tacto mientras él tiraba de la blusa que ella llevaba por dentro.
Apartó la tela y le agarró la cintura desnuda.
Sus manos estaban frías y eran ásperas sobre su piel suave y ardiente.
La hicieron estremecerse, enviando un escalofrío por su espalda y una dulce pesadez a su vientre.
Con un toque ligero, sus dedos vagaron, explorando con avidez cada centímetro de piel expuesta como si tuviera miedo de perderse algo.
Cuando finalmente le rodeó los senos por encima del sujetador, los apretó entre sus dedos; Lucy se sintió arder.
Se le escapó un quejido mientras pequeños relámpagos le recorrían el abdomen.
Sí, era el diablo. Ella le mordió el labio inferior para castigarlo cuando se detuvo.
Para castigarlo por saborear los tocamientos durante demasiado tiempo.
Por atormentarla. Por no dar el paso definitivo.
Sintió que sonreía contra su boca mientras frotaba sus pezones con los pulgares, provocándole otro gemido.
—Que conste —susurró él, rozándole la piel con la barba mientras seguía jugando con sus pechos—, que jamás dije que tu cuerpo no me pareciera perfecto.
—La besó de nuevo, un beso profundo y húmedo que envió por ella un cosquilleo caliente.
Luego deslizó los labios por su mandíbula, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras sus palabras la bañaban como la luz del sol—.
¡De hecho, creo que es más que perfecto!
Lucy asintió e inclinó la cabeza para que pudiera tener mejor acceso a su cuello mientras tiraba impaciente de su camisa para alcanzar más de sus músculos, pero no terminaba de salir de los pantalones.
—Está bien —jadeó ella—. Y yo que pensaba que era la última mujer de la tierra con la que querrías acostarte.
—Mentí —dijo con la voz entrecortada, deslizando los dedos bajo la falda y bajando la cinturilla de sus finas medias. Cada una de sus caricias hacía que Lucy apretara más los muslos alrededor de él, con un dulce latido entre ambos—. Pensé que si lo decía en voz alta, se haría realidad.
—Ah, así no es como funciona el mundo —replicó sin aliento mientras cerraba los ojos, disfrutando de la sensación de su aliento caliente contra el cuello.
—No me jodas. —Su boca estuvo de nuevo en la boca de ella y luego se deslizó hacia su mandíbula, dejando un camino húmedo a lo largo de su garganta, todo mientras le bajaba las medias con una lentitud desesperante por los muslos.
Lucy contuvo el aliento. Dax recorrió cada centímetro de su piel expuesta con los dedos, dibujando círculos pausados sobre la parte interna de sus piernas y, al mismo tiempo, atormentando con delicadeza su clavícula con los dientes.
Ella quería más. Necesitaba más, pues él le dejaba la piel de gallina allí por donde pasaban sus labios y sus dedos.
Finalmente, la delicada prenda cayó al suelo, seguida de la falda.
Dax se apartó, la miró a los ojos y le separó los muslos.
Mientras sus pulgares se hundían en su piel, dejó que su mirada vagara despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, mientras ella lo miraba con la boca abierta.
Tragó saliva al notar cómo las pupilas de él se oscurecían cada vez más, cómo se lamía los labios cuando sus ojos llegaron a sus senos y cómo contenía el aliento mientras contemplaba sus dedos bronceados contra la piel pálida de ella.
Lucy se dio cuenta de repente de que estaba sentada frente a él en aquel extraño escritorio solo en ropa interior mientras él seguía totalmente vestido.
Él la había tocado casi por todas partes; las manos de ella, sin embargo, no habían llegado ni siquiera debajo del chaleco de su estúpido traje.
Y, por Dios, la sola idea la humedeció aún más.
Hizo que su corazón latiera más deprisa y que el latido entre sus piernas fuera insoportable.
Porque todavía quedaba mucho por explorar.
Podía ver la tela de los pantalones de su traje tensándose y quiso acercarse, tocarlo con sus propias manos. Pasar a la tan ansiada acción. Pero, previendo sus intenciones la agarró y negó con la cabeza.
—No —murmuró—, vas a necesitarlas para agarrarte de mi pelo.
Al momento siguiente, se hincó frente a ella, subiendo una de sus piernas sobre su hombro, y la besó en la parte interna del muslo.
Justo como en sus sueños.
No, mejor que en sus sueños.
—Dios, ¿sabes cuántas veces he imaginado esto? —susurró. Su aliento cálido rozó su piel, húmeda por sus besos, enviando escalofríos fríos y calientes a su centro—. Todas las noches de la última semana. Cada minuto que estuviste cerca de mí. Cada segundo de las últimas horas.
Subió más, apartando las bragas con una absoluta suavidad, pero sin tocarla donde más lo necesitaba. La provocó con los labios en la sensible piel de sus muslos, con los dedos ligeros como una pluma entre sus piernas, sin acercarse demasiado al deseo palpitante que la estaba volviendo loca.
—Dax… —jadeó—, ¡por favor!
—Me encanta cómo suena esa palabra en tu boca —susurró él, pasando la lengua por su punto más sensible.
Un gemido se le escapó y su pelvis se arqueó buscando su contacto, pero él la retuvo con una mano, presionándola contra el escritorio mientras jugueteaba con su clítoris con la punta de su lengua, a la vez que le hundía dos largos dedos en el coño.
Vio estrellas y la cabeza se le fue hacia atrás.
Sus manos buscaron apoyo en el cabello de Dax, cumpliendo su predicción, mientras él la succionaba y mordisqueaba, poniéndola a prueba hasta encontrar el punto exacto.
Siguió el mismo ritmo con sus dedos, y Lucy sintió que se elevaba mucho más alto.
Espirales ardientes le recorrieron el abdomen, arrastrándola hacia el abismo…
Un grito ahogado se le formó en la garganta mientras el clímax la rozaba… tan cerca… tan…