Capítulo 16 #2
—No le hagas caso, Lucy —continuó Jack, impasible—. Tienes una figura perfecta.
Dax apretó la mandíbula. ¡Él nunca dijo lo contrario! De hecho, sus curvas eran prácticamente lo único en lo que había pensado durante los últimos días. No, eso no era cierto. En toda ella y… ¿Por qué Lucy se estaba sonrojando?
—Gracias, es muy amable por tu parte, pero no es verdad —dijo, lanzándole a Jack una mirada cálida.
¡Oye! ¿A qué venía eso? Él nunca había recibido una mirada así de su parte. Y era verdad.
—Es verdad —respondió Jack con franqueza—. Las mujeres se preocupan demasiado con sus cuerpos.
—Eso lo dice el tipo de los abdominales de acero. —Ella se rio, haciendo un gesto de desdén con la mano—. Pero lo entiendo. Lo sé y estoy bien. Me gusta mi cuerpo, diga lo que diga algún que otro hombre. —Le lanzó a Dax una mirada significativa.
Confuso, abrió la boca para asegurarle que no tenía nada en contra de su cuerpo y que nunca había dicho lo contrario, pero Jack volvió a adelantársele.
—Oh, algunos hombres son unos auténticos idiotas. Creo que lo que hace que una mujer sea realmente sexy es la confianza. La forma en que se relaciona con la gente. Y tú tienes un don para eso, Lucy. —El sonrojo se intensificó… al igual que el rojo que apareció ante los ojos de Dax.
¿Qué diablos estaba haciendo Jack?
Un sentimiento amargo y feo se comprimió como una bola negra en su estómago. Si fuera cualquier otro hombre, podría haber creído que eran celos, pero él no era un hombre cualquiera y no solía tener celos.
Aun así, soltó de sopetón:
—¿Qué?, ¿debería dejarlos a solas para que puedan coquetear un poco más y para que Jack pueda largar algún que otro secreto mío además? —Mantuvo deliberadamente un tono casual, pero sus palabras fueron al parecer lo bastante cáusticas como para que ambos levantaran la vista sorprendidos.
Jack miró a Lucy.
—¿Se lo dijiste?
Lucy suspiró.
—Se me escapó. Pero Dax, estás justo a nuestro lado. Sabrías si estuviera revelando información privada.
¡Como si le importara! Jack podía contarle a Lucy lo que quisiera, siempre y cuando también diera unos pasos atrás y dejara de rozarse contra ella a la menor oportunidad.
—Muy bien, tenemos unas fotos muy buenas con los disfraces —anunció el fotógrafo en ese momento, sacando a Dax de una repentina fantasía que implicaba su puño en la cara de su hermano—.
Podemos pasar a unas fotos sexis para las fans femeninas.
Así que, ¿cuál de los dos quiere quitarse la camiseta? —Arqueó las cejas con picardía.
—Él —dijeron Jack y Dax al unísono, señalándose el uno al otro.
Dax resopló. Definitivamente no iba a quitarse la ropa, sobre todo después de que Lucy se hubiera puesto tan roja esa mañana ante la sola idea de verlo desnudo. Exponer su torso ahora… no contribuiría a la normalidad entre ellos.
—¿En serio? ¿Por qué necesitamos hacer fotos sexis? —preguntó Lucy, con las mejillas más encendidas que hacia un minuto mientras caminaba de vuelta hacia el fotógrafo.
—Leslie dijo que unas cuantas fotos sin camiseta no vendrían mal —explicó el hombre, encogiéndose de hombros.
Lucy suspiró e hizo un gesto de irritación, que el tipo interpretó como una confirmación.
—Entonces, ¿quién va primero? —preguntó.
—¡Bien, bien! —dijo Jack suspirando; luego se quitó las alas, la chaqueta y el chaleco antes de sacarse la camisa por la cabeza. Se quedó allí de pie con el torso al descubierto.
Lucy silbó entre dientes.
Dax apretó los suyos.
Jack se golpeó el pecho con una sonrisa de suficiencia.
Lucy le guiñó un ojo, riendo.
—Gírate, por favor. Para el fotógrafo, claro.
Dax se clavó las uñas en las palmas de las manos.
—¿Quieres ver si hay algo bueno por detrás?
La risa de Lucy aumentó.
A Dax le dolió la mandíbula.
—Con tu espalda me basta, Jack —afirmó ella, batiendo las pestañas—. Ahora entiendo por qué Leslie pensaba que unas cuantas fotos sin camiseta no harían daño. Yo , por mi parte, no siento ningún dolor.
¿Dijo algo sobre el dolor? Sí, Dax estaba a punto de infligírselo a alguien.
—Oh, tú también deberías salir en la foto, Lucy —dijo Jack a la ligera—. Para mostrarle a los fans la estrecha relación que tenemos con el departamento de marketing.
Un delicado rubor subió por las mejillas de Lucy.
La sangre le zumbó a Dax en los oídos.
—Tenemos una regla en relaciones públicas: se mira, pero no se toca.
Jack sonrió.
—Bueno, a mí no me importa en absoluto si quieres tocarme.
Lucy soltó una risita y dio un paso adelante.
—Bueno, tengo un interés profesional…
Dax perdió la paciencia.
—¡Ya basta! —le espetó.
Sorprendida, la chica de relaciones públicas se giró y abrió sus inocentes ojos oscuros.
—¿Qué es lo que ya basta?
—Oh, por favor —gruñó él, caminando hacia ella antes de bajar la voz para que los demás no pudieran escucharlo—.
No finjas. ¡Me estás provocando! —siseó, inclinándose hacia adelante para mirarla directo a los ojos, con el pulso latiéndole con fuerza en el cuello—.
¿Por qué otra razón estarías ligando con West?
—¿Porque es divertido? —respondió con tono desapasionado, cruzándose de brazos.
—¡Pues yo no me estoy divirtiendo, así que para de una maldita vez!
—¿Por qué? —preguntó con inocencia—. Quizá él sea mi número doce.
Dax resopló.
—Ni hablar. No vas por el doce, solo dijiste eso para escandalizarme; además, todo el mundo sabe que no te lías con jugadores.
—No me lío con jugadores porque todos son unos niños pequeños que lloriquean cuando no se salen con la suya —susurró ella, entrecerrando los ojos—. Pero Jack West es un hombre .
La mandíbula le crujió. Dios, cuánto le gustaría demostrarle lo hombre que él era.
Pero no estaban solos. Podía sentir las miradas curiosas del fotógrafo y de Jack en su nuca.
Además, querían actuar con normalidad y…
Mierda, tenía que salir de allí. Ya no podía pensar con claridad. Lucy le estaba nublando el juicio.
—A la mierda todo esto —masculló con rigidez antes de girarse y cruzar la sala hasta abrir la puerta de un tirón.
—Eh, Lucy… ¡lo necesitamos! —oyó llamar al perplejo fotógrafo mientras daba un portazo.
Dax exhaló un siseo y se frotó la cara con ambas manos. Respiró hondo e intentó calmarse, pero la opresión en su pecho no desaparecía. Tampoco el sabor amargo de su boca. Esto no era bueno. Como tampoco lo eran los pasos que oyó al otro lado de la puerta antes de que Lucy la abriera.
—¿A dónde vas? —preguntó ella con los ojos muy abiertos y las mejillas todavía sonrojadas. ¡Y por culpa de Jack, no de él!
Joder.
No tenía ganas de hablar en ese momento y no podía garantizar nada si lo hacía. Así que empujó la puerta más cercana que conducía a un espacio de oficinas vacío y entró, pero cuando se giró para cerrarla, el pie de Lucy se interpuso para mantenerla abierta.
—¿Qué demonios te pasa? —Atónita, lo miró con fijeza y empujó la puerta con fuerza para abrirla más—. ¿En serio estás huyendo de mí?
—¿Me preguntas a mí qué carajos me pasa? —respondió él acalorado, alzando la voz con cada palabra—. ¡Tú eres la que prácticamente se acaba de lanzar a los brazos de Jack!
—No grites así —siseó Lucy, mirando preocupada hacia el pasillo antes de cerrar la puerta, tirar su bolso al suelo junto a ella y cruzarse de brazos—. Y no me he lanzado a sus brazos. Solo estábamos… hablando.
—¡Ah, venga ya! ¡Sé reconocer los preliminares verbales, Lucy! —espetó él.
Ella parpadeó sorprendida.
—¿Preliminares… qué? ¡Dios, Dax! Perdiste la cabeza. Fue divertido. Además, puedo hablar con Jack como me dé la gana. —Levantó la barbilla con aire desafiante—. ¡No tengo que darte explicaciones!
Oh, él lo veía de otra manera.
—Mierda. Esto no está funcionando —respondió molesto, caminando de un lado a otro.
—¿Qué es lo que no funciona? —preguntó Lucy, confundida.
—¡Esto! —espetó señalando el espacio entre los dos—.
¡Actuar con normalidad cuando se trata de ti!
No puedes irrumpir en mi loft y luego coquetear con Jack.
No puedes cerrar los ojos cuando camino desnudo a tu lado y luego sonrojarte cuando Jack se quita la camiseta. ¡ Eso es totalmente injustificado!
Esperaba que Lucy no volviera a preguntar «por qué», porque no tenía ninguna respuesta para ella.
Gracias a Dios no se molestó en hacerlo.
—¿Qué te pasa, Dax? —replicó hastiada—. ¿Por qué actúas así de repente? ¡Solo me besaste porque querías dejar algo en claro! Coqueteaste conmigo para molestarme. ¡Me provocas porque disfrutas hacerlo! ¿Y ahora estás celoso porque miro los abdominales de otra persona?
—No estoy celoso —espetó él con desdén. Qué idea tan ridícula—. ¡Me molesta que ustedes dos estén conspirando contra mí!
—¿Qué? —Resopló ruidosa poniendo los ojos en blanco antes de apoyarse en el extraño escritorio con las manos entrelazadas—. Estábamos bromeando. ¿Qué hay de malo en eso?
El calor se arremolinó en su pecho, quemándole la piel desde adentro, y abrió la boca… solo para cerrarla un segundo después.
Lucy suspiró y se frotó la frente con la palma de la mano.
—No te entiendo, Dax. Tu loft parece el de un adulto, ¡pero te comportas como un muchachito rebelde, dejándome pensar que no, que solo imaginé que podías ser razonable y responsable!
El hecho de que estés tan enfadado ahora no tiene nada que ver conmigo y tiene todo que ver con Jack.
Si hubiera coqueteado con Matt o con Fox, no te habría importado en absoluto.
La mandíbula le tronó. ¿Por qué diablos mencionaba a Matt o a Fox? ¿Acaso los deseaba?
—No tengo ningún deseo de quedar atrapada en el fuego cruzado —continuó Lucy imperturbable, mirándolo con firmeza—.
Tienes que centrarte. O hablas con Jack u olvidas lo que pasó.
Porque si sigues así, no solo destruirás su carrera y la tuya, sino también la mía.
¡Sin mencionar que me estás volviendo loca!
—Sacudiendo la cabeza, se pasó la mano por el cabello.
Luego soltó una carcajada seca—. ¿Sabes que antes era tu fan?
Confuso, parpadeó.
—¿Qué? —No podía seguirle el ritmo. El cerebro de ella saltaba de un punto irrelevante a otro, y lo único que él podía hacer era mirar sus labios.
—Sí. Antes de conocerte, eras mi jugador favorito. —Él volvió a parpadear y dio unos pasos hacia adelante, porque no debía de estar oyéndola bien. No podía explicar de otra manera lo que acababa de salir de su boca.
—No por tus abdominales ni porque seas jodidamente guapo, sino porque tienes el mejor revés de la liga —murmuró—.
Porque siempre me pareces divertido y sencillo en las entrevistas.
¡Porque era evidente que amabas el juego!
Porque siempre parecías tan amable. Pero eso es ridículo, ¿verdad?
—Lo miró con escepticismo—. No eres amable, solo eres un buen actor, ¿no?
La pregunta aterrizó como un puñetazo en el estómago.
Su mirada se deslizó por su rostro. Por su barbilla decidida, sus mejillas rosadas, sus inquisitivos ojos marrones… hasta sus labios apenas entreabiertos.
—Puedo ser amable —susurró con voz ronca.
Ella arqueó una ceja con escepticismo.
—¿De verdad?
Él asintió.
Y la besó.