Capítulo 16
Capítulo Dieciséis
D ax sentía la cabeza como si alguien se la hubiera rellenado con una chaqueta vieja empapada en whisky, con alfileres incluidos, porque ahora le pinchaban la base del cráneo.
Debería haber dicho que no al vodka. Debería haber sabido que Lucy encontraría la forma de llevarlo a la sesión de fotos.
Y por todas esas razones, debería estar por los suelos.
Pero allí estaba —a pesar de todo— sonriendo.
La sonrisa era persistente y sumamente inquietante.
Estaba bastante seguro de que la culpa era de ella; y, de hecho, debería estar enfadado con ella por haberse colado en su loft y haberlo despertado de aquella forma tan brusca. ¡Eso era, sin duda, pasarse de la raya!
Entonces, ¿por qué no le fastidiaba que fuera ella lo primero que vio al despertar? ¿Que hubiera fisgoneado por su apartamento y encima le hubiera hecho todas esas preguntas personales?
Quizá porque ya sabía lo peor, al igual que él sabía que toda la información que compartió estaba a salvo con ella.
Era un alivio no tener que cargar con ello solo.
Además, era claro que Lucy no sentía lástima por él —que era lo que más temía—.
Y luego estaba el hecho de que en realidad volvían a ser algo así como… normales. Y de verdad lo necesitaba.
En general, estaba de un humor sorprendentemente bueno para la resaca que tenía. El sentimiento, sin embargo, solo duró hasta que entró en el set.
—No puedes estar hablando en serio, joder —exclamó, mirando con horror los disfraces colgados en dos sillas frente a una pantalla blanca.
Lucy se sonrojó y se rascó la cabeza.
—Admito que no fue idea mía, pero… el fotógrafo cree que quedará impresionante.
Atónito, se quedó mirándola.
—¡No me voy a poner unos cuernos de demonio!
—Dax —susurró ella, inclinándose hacia él en plan conspirador—, ¿no prefieres eso a las alas de ángel que tiene que ponerse Jack?
Al instante, su mirada se deslizó hacia el montón de plumas de la otra silla que habrían hecho retroceder a cualquier pollo del susto. Bueno, algo de razón tenía, aun así…
—¡Mierda, no! ¡Esto es demasiado, Lucy!
—¡Es buena publicidad! —le aseguró ella con la cara roja como un tomate—. El Demonio y el Santo se encuentran y se hacen amigos contra todo pronóstico.
—¡Amigos idiotas vestidos como niños de seis años! —la corrigió él con tono mordaz.
Lucy le restó importancia con un gesto.
—No importa, el mensaje es el mismo.
—¡No!
—Bueno, a Leslie le encantó —dijo ella, frunciendo el ceño—. No pude convencerla de lo contrario.
—¡Ese es tu problema! Mi regla era que no haría nada con Jack West que fuera solo con el fin de mejorar mi imagen.
—¡Esto no es por tu imagen! Se trata de la venta de entradas. Esto…
—Dios mío, no —una voz horrorizada los interrumpió y ambos levantaron la vista.
Jack llegó y su cara reflejaba cómo se sentía Dax.
—No. —Señaló las alas—. No. —Señaló los cuernos de demonio—. No. —Señaló a Lucy.
Vaya, por una vez estaban en el mismo bando.
La chica gimió y, por mucho que Dax disfrutara del sonido, resultaba inapropiado para el lugar de trabajo.
—¡Al menos inténtenlo! —suplicó—. Si las fotos quedan ridículas, haremos otras sin los accesorios.
—¡No! —respondieron él y Jack al unísono.
Dax miró a su hermano y, durante unos segundos, un recuerdo cruzó su mente: Jack y él diciéndole a su madre que no llevarían a su hermana pequeña al entrenamiento de hockey, que no comerían coles de Bruselas y que no le devolverían el alcohol a Temple.
—Sí —insistió Lucy, cuadrando los hombros y levantando la barbilla.
¡Oh, Dios santo, estaba lista para pelear!
Al menos, ese era el aspecto que ponía siempre que se preparaba para lanzar un ataque—.
¡Ustedes dos son las figuras más importantes sobre el hielo ahora mismo y la razón por la que medio país habla de los Hawks! Me deben el intentarlo.
Sip. Sus golpes eran profundos y certeros, y dejaban una sensación de culpa e inquietud en el estómago.
—¿Qué sentido tiene todo esto? —preguntó Jack, aparentemente ajeno al hecho de que estaba librando una batalla perdida de antemano—. ¿A qué vienen los disfraces?
—Bueno, se supone que… los hacen parecer masculinos, supongo —dijo ella, aclarándose la garganta con torpeza.
—¿Las alas y los cuernos son masculinos? —repitió Dax. Porque si eso era cierto, llevaba años vistiéndose fatal.
—También hay una espada y un arco con flechas —explicó ella con naturalidad, señalando las armas que yacían en el suelo frente a las sillas, que Dax no había notado hasta ahora.
—¡Yo me quedo con la espada! —dijeron él y Jack al unísono.
Dax entrecerró los ojos hacia su hermano.
—¿Un ángel para qué querría una espada? A los ángeles no les gusta la violencia. Al demonio sí.
—El demonio tiene cuernos, así que no necesita nada más para ensartar a los pecadores —contraatacó Jack—. Con ese arco y esas flechas, parecerá que estoy a punto de perder en los Juegos del Hambre.
Dax sonrió con suficiencia.
—Con las alas y el arco y las flechas, parecerá que quieres llevar el amor a la gente. ¿Qué podría ser más varonil que eso?
—Creo que si de verdad crees eso, perdiste el contacto con tu hombría —observó su hermano con sequedad.
—Al menos yo no entro en contacto con mi hombría todas las noches a solas en la cama —respondió Dax con dulzura.
—Quiero la espada —insistió Jack, impertérrito.
—Es mi espada. ¿No dice la leyenda que el demonio porta una espada de fuego? Encaja.
—Sí, pero la leyenda dice que no tienes un hermano… así que ¿qué importancia tienen las leyendas en nuestro caso?
Dax apretó los dientes.
—Tú…
—¡Nadie se quedará con un arma! —interrumpió Lucy, agitando las manos de un lado a otro entre ellos, quizá para romper el contacto visual—. Los disfraces ya son suficientes, ¿no creen?
Demasiado. ¡Los disfraces eran demasiado!
En fin. Había pasado por cosas peores. No dejaría que unos simples apéndices pudieran con él.
—Ahora con un aire un poco más siniestro, señor Temple… ¡sí, así mismo! Usted debería parecer feliz, señor West. Es un ángel.
Dax nunca se había sentido tan estúpido en toda su vida. Y eso incluía el día en que fue a una farmacia por Anna y se pasó media hora recibiendo consejos sobre tampones y toallas femeninas.
Esto, sin embargo, era peor. Llevaba delineador de ojos y colorete, y un hombre flaco con bigote le decía que mirara al «ángel» como si fuera su «absolución», el ser más hermoso e imponente que hubiera visto jamás…
esto lo superaba todo. Aunque, a decir verdad, era fácil poner esa expresión en concreto: solo tenía que imaginar que estaba mirando a Lucy.
Los focos, sin embargo, brillaban demasiado e irradiaban un calor insoportable.
Tanto él como Jack llevaban trajes de tres piezas —Jack de blanco, él de negro, porque por lo visto ese era el atuendo diario de demonios y ángeles— y las capas amenazaban con asfixiarlo.
Y los malditos cuernos, sujetos a su cabello con algún tipo de clip, le hacían picar el cuero cabelludo.
Podía notar por la cara de Lucy lo ridículos que se veían.
La mujer que se enorgullecía de ser siempre profesional llevaba casi una hora luchando por no soltar una carcajada.
Quizá pensaba que lo estaba ocultando con astucia, pero él podía verlo incluso a distancia: no paraba de morderse el labio.
Por supuesto, probablemente estaba un poco obsesionado con sus labios en general.
—¿Qué te parece si bajas un poco la cabeza, Dax? —sugirió ella, con un brillo inocente en los ojos—. Para que parezca que estás apuñalando a Jack con tus cuernos.
Tenía tantas ganas de hacer eso como de tirar su palo de hockey favorito a la trituradora.
—No tengo ni idea de a qué te refieres. Quizá sería mejor que te acercaras y me enseñaras qué tienes en mente —respondió a secas. Al fin y al cabo, no había razón para que él fuera el único que hiciera el ridículo.
—Claro —dijo ella, sonriendo de oreja a oreja—. No hay problema mientras me copies.
Mierda. Debería haber sabido que no rehuiría un desafío.
El fotógrafo asintió distraído, murmurando que necesitaba revisar las tomas anteriores.
Por desgracia, esto le dio a ella la oportunidad de ponerse sobre la tela blanca frente a la pantalla, llevarse los dedos índices a la cabeza como si fueran cuernos pequeños, agacharse y apuntalar a Jack con ellos como un toro en una plaza.
—Algo así —anunció, pinchando a West en el estómago. Este parecía demasiado feliz en opinión de Dax, a pesar de las alas y la purpurina dorada en las mejillas—. Muestra lo bien que se le pasan juntos y que se han convertido en amigos de verdad.
—¡No, muestra que necesitas un entretenimiento! —la contradijo él.
Ella se rio y se enderezó.
—Te avergüenzas con demasiada facilidad, Dax. De verdad. —Girándose hacia Jack, añadió—: ¡Y, ay! Podrías haber dejado de tensar los músculos. —Hizo una mueca y se frotó los dedos.
—No los he tensado —objetó él, asombrado.
—¿En serio? —Lucy arqueó las cejas, impresionada—. Válgame el cielo. ¿A ver si vas a ser tú, y no Dax, el que ha hecho un pacto con el diablo?
Jack se rio por lo bajo.
—Me temo que solo un pacto con el press de banca. Pero parece que tú también haces ejercicio, así que no debería sorprenderte.
Dax resopló, ganándose una mirada hostil de Lucy.
—¿Qué tiene eso de gracioso? —replicó ella con dureza.
Bueno, no pretendía ofenderla, pero si ella hacía algún ejercicio, era el de sus dedos quitando el envoltorio a alguna golosina.
Tenía el trasero y las caderas para demostrarlo.
¡Lo cual no era algo malo! Le gustaban su trasero y sus caderas.
Tenían el aspecto que debían tener en una mujer.
Perfectos para agarrarlos y pegarlos a él.
Pero no era tan estúpido como para decir eso en voz alta.
—Nada, nada en absoluto —respondió con seriedad—. Solo estaba pensando en un chiste de esos de «Toc-toc».
—Ya, claro —contestó, ofendida.