Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Se acercó a las fotos y las examinó. Una mostraba a una mujer joven y morena con una túnica de graduación.

Sonreía de oreja a oreja y con el brazo rodeaba la cintura de Dax, que la miraba con orgullo.

En otra, tres niños estaban de pie frente a un tiovivo grande y colorido.

Había dos niños que no tendrían más de diez años con algodón de azúcar en las manos, uno moreno y el otro rubio.

El moreno —¡definitivamente Dax!— sonreía a la cámara con una gran sonrisa, mostrando los huecos de sus dientes.

El otro tenía la cara oculta tras el enorme palo de algodón que le entregaba a una niña pequeña que sostenía un conejo de peluche en brazos. La alegría de la niña era evidente.

Un calor agradable se extendió por el pecho de Lucy y bajó su taza de café. Dax quería a su hermana y aún no se había dado por vencido con Jack. De lo contrario, no habría puesto esa foto ahí. Era Jack, sin duda. Lo sabía, aunque no fuera fácil de reconocer.

Al darse la vuelta, negó con la cabeza. No era así como se había imaginado el apartamento de Temple.

Parecía tan… cómodo. Tan vivido. Como si de verdad pasara tiempo allí.

No era el caso de la mayoría de los jugadores solteros.

Casi ninguno se molestaba en decorar su apartamento o su casa en condiciones, ya que pasaban mucho tiempo fuera de la ciudad por los partidos de fuera.

Básicamente vivían en hoteles y en el hielo.

Pero esto… esto no era un apartamento impersonal; era un lugar al que alguien llamaría hogar.

No sabría decir por qué, pero le molestaba.

Hacía que Dax resultara tan… real. Continuó hacia la cocina.

En el fregadero encontró una camisa de color claro con una mancha roja.

Le habían pulverizado algo blanco encima.

Frunciendo el ceño, se inclinó hacia delante.

¿Estaba tratando la mancha para que saliera en la lavadora?

Aquello era… bastante prudente. Y poco propio de los jugadores de hockey profesionales, en general, por lo que ella sabía.

Matt prefería tirar las camisas con manchas difíciles y comprarse otras nuevas.

Lucy siempre creyó que aquello era un desperdicio terrible, pero cuando ganabas seis millones de dólares al año, tal vez no te lo pensabas dos veces.

Al menos eso se imaginaba ella.

Negando con la cabeza de nuevo, siguió adelante e inspeccionó los platos puestos a secar en un escurridor junto al fregadero —¿Dax tenía lavavajillas?, ¿por qué había fregado los platos a mano?— antes de dirigirse al frigorífico.

Echó un vistazo hacia el baño para asegurarse de que el agua seguía corriendo y luego abrió la puerta.

Se esperaba ver algo parecido a su propio frigorífico, que estaba repleto de envases de comida del restaurante chino de al lado, pero allí solo vio verduras frescas, leche, una lasaña a medio comer en una fuente de barro…

¿Cocinaba? Eso explicaría los diversos utensilios de cocina colgados de soportes en las paredes y… ¿aquello de la encimera era un afilador de cuchillos?

La puerta detrás de ella se abrió y Dax salió del baño, con una toalla bien enrollada a la cintura.

Diez minutos antes, habría tenido que apartar la mirada para no caer en la tentación de quedarse mirando su cuerpo otra vez.

El hecho de que apenas se fijara en su torso desnudo decía mucho de lo inquietante que le resultaba todo el loft y de lo que este revelaba sobre él.

En su lugar, le miró a los ojos y preguntó, totalmente perpleja:

—Dax, ¿eres un… un hombre adulto con los pies en la tierra?

Las comisuras de su boca temblaron y el hoyuelo de su mejilla hizo acto de presencia.

—¿Qué?

—Bueno, parece muy… acogedor aquí —respondió, agitada, abriendo los brazos—.

Hogareño. Como si lo hubieras decorado tú mismo.

Como si hubieras ido tú a comprarlo todo.

Como si fueras… responsable de tu propia vida.

Dios mío —se llevó una mano al pecho, atónita—.

¿También eres un ser humano responsable ?

El chico sonrió de oreja a oreja.

—Esa incredulidad en tu voz… —replicó, sacudiendo la cabeza—. Pero no, no soy del todo responsable. Ayer bebí demasiado y casi me pierdo la sesión de fotos.

—Bueno, sí —respondió ella con torpeza—. Sí, lo sé, pero… —Parpadeó—. Me estás confundiendo.

—Creo que es lo más bonito que me has dicho nunca —dijo él y le dio la espalda, desapareciendo en la zona del dormitorio, que estaba oculta tras una gran estantería llena de archivadores, CDs y libros.

—Tienes un montón de… utensilios de cocina —le gritó.

—Se necesitan para cocinar.

—Ya, ya lo sé, solo que… bueno, no sabía que supieras cocinar.

Un bufido fue la respuesta.

—¿Cómo quieres que coma si no?

—No… no lo sé. ¿Mandando a traer?

—Demasiado aburrido, demasiado grasiento y demasiado poco saludable para mí a largo plazo.

¡Dios mío, era responsable!

—Pero… eres un mujeriego —tartamudeó ella—. Tal vez ya vayas por la conquista número setenta y tantos y…

—¿Y a los mujeriegos no se nos permite cocinar? —exclamó él, confundido.

—Bueno… no. No encaja con la imagen. ¿Y por qué lavas los platos a mano? ¿Por qué pones las manchas en remojo? ¿Y riegas tú mismo las plantas?

—Mira que sí que me han hecho preguntas raras algunos periodistas, ¿eh? —comentó él, rodeando la estantería ya vestido con unos pantalones y una camiseta blanca, con el pelo húmedo pegado a la frente—, pero las tuyas se llevan una mención honorifica.

—No soy periodista, así que puedes responderme —refutó ella, necesitada de respuestas.

Temple suspiró.

—Tuve que aprender a cocinar para poder poner algo que no fuera sándwiches de mantequilla de maní sobre la mesa —explicó en voz baja—.

Y me gusta la comida. Fregar los platos me relaja por alguna razón y, si no pusiera la mancha a remojar, la camisa se echaría a perder.

¿Y quién regaría las plantas si no lo hago yo? ¿Ya estás contenta?

No, en absoluto.

—¿Es que tus padres no…? —Dejó la pregunta en el aire y negó con la cabeza—. Perdona. No es normal que te pregunte eso, ¿verdad?

Dax volvió a suspirar y se frotó la cara.

—Nada en ti es normal, James.

Lucy sonrió y giró nerviosa el anillo de su dedo.

—Gracias. Actuar con normalidad es muy aburrido. Y… —Vaciló y bajó la mirada a sus pies durante una fracción de segundo antes de volver a levantarla, insegura de si quería abrir ese vagón. Insegura de si quería recordarle aquella noche de hacía una semana.

—¿Qué? —preguntó Dax, enarcando una ceja.

Inhaló profundo.

—Sabes que nunca se lo contaría a nadie, ¿verdad? —susurró—. Por muy enfadada que esté contigo. Me lo guardaría para mí. Lo que dijiste en el bar… Lo que puedas decir ahora.

Él la miró con fijeza, como si viera a través de ella. Una sola gota de agua resbaló de su cabello por su mejilla, como una lágrima extraviada.

—Lo sé —murmuró—. Es solo que no es un… no es un tema fácil. Mi madre trabajaba hasta partirse el lomo y, a mi padre todo le caía en bandeja. Y, por si fuera poco, se jugaba el dinero de ella, así que no teníamos más remedio que cocinar con lo que teníamos porque no podíamos permitirnos nada más.

Lucy tragó saliva mientras el calor se extendía desde su pecho hasta la punta de sus dedos.

Era simple compasión, se dijo a sí misma.

No era que se sintiera feliz porque él hubiera confiado en ella; feliz porque, por alguna razón inexplicable, Dax se sintiera lo bastante cómodo en su presencia como para contarle esas cosas.

¿Qué demonios había sucedido en las últimas semanas?

—Los padres nunca son un tema fácil —respondió con suavidad.

La mirada de él se deslizó hacia el anillo que seguía girando en su dedo.

—¿Estás hablando de tu madre?

No, en realidad estaba hablando de su padre. De su padre, que se había pasado la última semana en la cama, faltando a su cita con su psicólogo, y luego le había gritado a Maddie que no sabía de qué estaba hablando cuando ella le preguntó para reprogramar.

—Mi madre murió hace tres años —declaró, encogiéndose de hombros—. No es un tema agradable, pero… supongo que no es como la carga que tienes tú con tu pasado.

Él asintió.

—Siento que muriera.

—Yo también. Pero al menos tienes a tu hermana, ¿verdad?

—Sí —dijo él, frunciendo el ceño—. Pero tú también tienes una hermana, ¿no es así? No. Dos. Maddie… y alguien más.

Sorprendida, enarcó las cejas.

—¿Cómo lo sabes?

Él levantó una comisura de los labios en lo que Lucy interpretó como una media sonrisa.

—Sé muchas cosas sobre ti, Lucy. Al fin y al cabo, dicen que debes conocer a tu enemigo mejor que a tu amigo.

Así que sé que bebes café como si fuera agua.

Sé que tienes más tacones en tu armario que cualquier otra cosa.

Sé que fuiste la mejor de tu clase y que estás increíblemente orgullosa de ello.

Sé que giras el anillo cuando estás nerviosa y que sacas la barbilla para parecer más alta.

También que crees que dar un paseo es hacer ejercicio y sé que siempre le estás diciendo a Matt que soy una persona horrible, aun cuando sacas tiempo para imaginarme desnudo cada dos o tres horas.

Lucy se mordió el labio para no sonreír. Acababa de recitar más cosas sobre ella de las que esperaba que supiera, aunque en realidad lo imaginaba desnudo todo el tiempo, no cada dos ni tres horas.

—Nunca te he considerado mi enemigo, ¿sabes? —explicó—. Más bien me considero tu conciencia.

—¿Mi conciencia?, ¿esa que entra en mi loft, convence a la gente de que soy un adicto al sexo y cree que está bien hackear mi teléfono y que además usa a mis amigos para espiarme? —resumió él—. Vaya, no me extraña que tengan tantos titulares negativos entonces.

Soltó una carcajada, echando la cabeza hacia atrás… y solo entonces se percató de lo cerca que estaba de ella, de lo normal que resultaba su conversación y de cómo le hormigueaba el cuello, sintiendo su olor a jabón y a hielo.

Se aclaró la garganta y retrocedió un paso, interrumpiendo la progresión antes de que aquello se convirtiera en «un momento».

—Bien, deberíamos irnos. Y no hace falta que saques el juego de llaves; yo cerraré.

Temple frunció el entrecejo.

—¿De dónde sacaste la llave?

Lucy sonrió.

—¿Recuerdas aquella vez que el camarero del Ice Lounge te quitó las llaves del coche porque estabas demasiado borracho? Adivina qué llaves estaban en ese llavero. Adivina quién las recogió y sobornó al camarero para que no vendiera las fotos de tus andanzas a la prensa.

—¿E hiciste una copia? —preguntó él.

Ella se encogió de hombros.

—Pensé que, cuando una de tus aventuras de una noche te dejara ensangrentado en el suelo, tener una llave de tu casa sería mejor que echar la puerta abajo. Porque seamos sinceros, no es culpa de tu puerta que no puedas mantenerte los pantalones puestos.

El chico resopló con fuerza.

—Querrás decir si alguna vez me ataca una mujer, no cuando .

—Oh, no —dijo ella con naturalidad—, estoy convencida de que morirás a manos de alguien. Si no es una de tus amiguitas, seré yo sin duda.

La carcajada que él soltó, estalló sonora y ronca y se dirigió a la puerta antes que ella, negando con la cabeza.

—Estuvo mal que hicieras una copia, Lucy —declaró, pero no sonaba enfadado.

Ella suspiró.

—Sí, lo sé. Pero en mi defensa diré que en aquel momento estaba furiosa contigo, y se me ocurrió la idea de entrar una noche, cambiar tus muebles de sitio y convencerte de que tenías un fantasma. Pero recuperé el juicio después del primer café de la mañana siguiente.

Él la miró con escepticismo por encima del hombro.

—Tengo que discrepar. Está claro que aún no lo has recuperado.