Capítulo 15
Capítulo Quince
L ucy cruzó las piernas y se reclinó en la silla tomando un sorbo de su café mientras se quedaba mirando la nuca de Dax. Tenía el cabello hecho un lío y la cara hundida en la almohada. La sábana descansaba a la altura de su cintura.
Su mirada recorrió su espalda musculosa, siguiendo las luces y sombras de cada fibra bajo su piel hasta llegar a la sábana blanca que, para su fastidio, le ocultaba el resto del panorama.
Nunca se permitía mirarlo tan de cerca cuando estaba despierto; sin embargo, ahora que dormía, podía contemplarlo a sus anchas.
En ese momento no importaba que volviera a estar enfadada con él; todo eso se desvanecía ante su figura: una obra de arte perfecta.
Hombros anchos, cuello fuerte y la curva de sus bíceps bronceados contra la sábana…
Con un suspiro, dejó la taza de café en la mesilla que tenía al lado. Al dormir, Dax resultaba ser más ángel que demonio.
Consultó su reloj y observó cómo el segundero avanzaba hasta pasar las doce. Era casi una lástima tener que interrumpir su sueño de forma tan brusca, pero la sesión de fotos debía comenzar en ese preciso instante y era evidente que Dax no estaba allí.
Gracias a Dios que anoche la pospuso dos horas. Después de que Matt anunciara que harían un «trabajo de equipo» en casa de Austin Fox esa noche, sospechó que Dax se inventaría alguna excusa barata para no llegar a tiempo.
Sacudiendo la cabeza, se levantó y se acercó a la cama.
Le resultaba extraño acceder así sin más a su loft sin que él lo supiera, pero bueno, ya le había dicho que tenía una llave y que haría lo que fuera para mejorar su imagen.
En realidad, era culpa suya. Además, él quería que se comportara con normalidad.
Así que sí. Esta era su versión de la normalidad.
Se detuvo junto a la cama y se inclinó, ignorando el vuelco que le dio el corazón. Luego sostuvo el móvil junto a su oreja y pulsó el centro de la pantalla.
La sirena de un barco sonó tan fuerte como un grupo de preescolares tras un subidón de azúcar. Dax se incorporó de un salto tan abrupto que casi le tiró el teléfono de la mano y Lucy retrocedió unos pasos, evitando estar fuera de su alcance.
Sentado erguido en la cama, dejó que su mirada vagara por la habitación, desorientado, antes de posarse en ella mientras Lucy regresaba a la silla.
—¡Jesús, María y José! —exclamó conmocionado, y se dejó caer contra el cabecero.
La chica sonrió de oreja a oreja.
—Buenos días, Cenicienta —anunció demasiado alegre—. Espero que sientas la cabeza como una calabaza gigante, porque te quedaste en el baile hasta después de las doce y has perdido no uno, sino los dos zapatos.
—¿Qué haces aquí? —jadeó él, subiéndose la manta hasta el pecho. Qué lástima—. ¿Y cómo demonios entraste en mi apartamento?
—Sí, demonios es la palabra adecuada —espetó ella—. Porque mi vida ha sido un infierno estas últimas semanas. Pero no tenemos tiempo para cortesías. Tienes que levantarte y ducharte. Tienes una hora para llegar a maquillaje para la sesión de fotos.
Soltando una maldición, Dax agarró su móvil de la mesilla de noche y miró la pantalla antes de volver a fijar sus ojos en ella.
—No, no tengo tiempo. Ya es demasiado tarde; habrán empezado sin mí.
—No, para nada —objetó , intentando mantener los ojos en su cara y no dejar que vagaran, de forma muy poco profesional, por su pecho musculoso, donde se extendía un vello fino y oscuro—. Pospuse la sesión. Quería asegurarme de que aparecerías.
—Ah, joder —masculló él, haciendo una mueca cuando un rayo de luz le dio en la cara desde detrás de las cortinas echadas.
Se frotó los ojos—. En serio, Lucy. ¿No habíamos hablado de que tienes que dejar de llevar las cosas tan lejos?
—Su voz aún sonaba ronca por el sueño. Podía sentirla, al igual que su mirada, en lo más profundo del vientre.
Ella se aclaró la garganta y levantó la barbilla.
Normalidad. Quería que todo fuera normal.
—No he ido demasiado lejos. Estoy sentada a una distancia respetable de tu cama —respondió con los ojos muy abiertos y aire inocente.
—Sí pues. Casi me das un infarto.
—Ay, vamos. Eres un atleta. Tu corazón puede aguantar más que el de casi cualquier otra persona.
Como respuesta obtuvo una carcajada ronca.
—¡Lucy, no puedes entrar así en mi apartamento y luego actuar como si todo estuviera bien!
—Primero, nada está bien porque ya deberías estar en el estadio.
Y, segundo, no he forzado la entrada. Tengo una llave.
Además, llamé a la puerta y luego toqué el timbre, pero no abriste.
Estaba preocupada. —Tomó un sorbo de su café como si no hubiera roto un plato en su vida—.
Quiero decir, podrías haber estado inconsciente en la bañera, a punto de ahogarte, incapaz de llegar a la puerta. Tenía que asegurarme.
—Qué noble por tu parte —gruñó él.
—Sí, yo también lo creo. Así que arriba. Supongo que tendrás una resaca de espanto, así que necesitarás más tiempo de lo habitual en la ducha. No hay tiempo que perder.
Dax no hizo ademán de levantarse. En su lugar, se inclinó hacia delante y la escrutó con los ojos entrecerrados por la sospecha.
—¿Cómo sabías que tendría resaca esta mañana y que me quedaría dormido?
—Bueno, digamos que tuve un presentimiento.
Él entornó los ojos.
—¿Tu presentimiento se llama Matt Payne?
—Mi presentimiento prefiere quedar en el anonimato.
—Sí y yo habría preferido despertarme sin compañía.
—¿Ah, sí? A juzgar por tu reputación, casi nunca te despiertas así.
—Sí, pero las mujeres con las que duermo suelen estar aquí conmigo en la cama, no acechándome como una maldita bombilla a punto de darme una paliza desde arriba.
—¿La comparación con la bombilla es porque soy así de brillante? —aventuró ella, haciéndole ojitos.
—No. Porque tienes unos nervios de acero y desde aquí abajo parecías super alta. Pero eso, solo ahorita.
Lucy resopló, aunque las comisuras de sus labios amenazaron con romper en una sonrisa.
—Te quedaste dormido a propósito, Dax, solo porque te tienen que fotografiar disfrazado con tu hermano.
Él se incorporó de golpe y la manta resbaló de su pecho: una invitación a mirar que ella rechazó.
—¿Disfrazado? —repitió con pánico en la voz—. ¡Nunca dijiste nada de disfraces!
Lucy se encogió de hombros.
—No pensé que fuera importante. Ahora, levántate o llegaremos tarde.
—Estoy desnudo, Lucy.
El calor inundó su cuerpo y se concentró en su abdomen. ¿Dormía desnudo? ¿Completamente desnudo?
Dios mío, si lo hubiera sabido, lo habría despertado desde fuera del dormitorio.
—No me importa —dijo con aire despreocupado, bebiendo su café y ocultando de forma bastante cuidada su rostro, que sin lugar a dudas estaría brillando en los tonos de rojo más deslumbrantes en ese momento—. Levántate, dúchate y lávate los dientes. Hueles como un barril de whisky.
—Bourbon —corrigió él—. Fue vodka y luego bourbon.
Ella le lanzó una mirada de suficiencia.
—¿Tengo cara de que me importe?
—No, pero sí parece importarte que esté desnudo —respondió él en voz baja.
La profundidad de su voz hizo mella en todos sus sentidos, de modo que sus labios ardieron por el recuerdo de su beso. Apartó la cara con aquello. Se le daba aún peor olvidar que actuar con normalidad.
—¿Sigues borracho? ¿De dónde sacas esas ideas tan ridículas?
Dax respondió con una carcajada profunda.
—Tendremos que entrenarte un poco más en eso de mentir. Bien, me levantaré, siempre y cuando no tengas problemas con ello y nuestra relación «extremadamente profesional» no sufra por ello. No tengo complejos con mi cuerpo.
Al momento siguiente, sacó las piernas de la cama.
Un pequeño chillido, muy poco profesional, escapó de los labios de ella. Debería haberlo sabido solo por su absoluta confianza. Si Lucy pareciera una estatua romana, tampoco tendría problema en andar desnuda delante de él.
—Sí, sí, no te importa —susurró Dax.
—No me importa —insistió, tragando saliva.
—¿Entonces por qué cerraste los ojos, Lucy?
Oh. ¿Cerró los ojos? No se había dado cuenta debido a la escena tan detallada que estaba reproduciendo en su cabeza.
—Por privacidad.
—Lo dice la mujer que entró en mi loft y me saludó desde la silla junto a mi cama como una maldita jefa de la mafia —masculló él, resoplando.
Entonces Lucy oyó pasos y el clic de una puerta al cerrarse.
Aliviada, exhaló y abrió los ojos. Bien, quizá sí le importaba que Dax se paseara desnudo después de todo. Pero seguro que él no se había dado cuenta. ¿Verdad?
Suspirando, se puso en pie y regresó al rincón de la cocina.
El loft de Dax consistía en una sola estancia enorme dividida en diferentes zonas.
Con su objetivo en mente, no le había echado un segundo vistazo al lugar.
Ahora, oyendo el agua de la ducha correr, investigó como si tuviera todo el permiso del mundo.
Con el café en la mano, paseó por la habitación.
Estaba ordenada, pero no inmaculada. Un abrigo y una manta desgastada yacían tirados sobre el brazo del sofá en forma de L, de color azul claro.
En la mesa de centro de madera natural, vio una taza de café vacía sobre un posavasos, un jarrón con flores secas dispuestas artísticamente y unos auriculares conectados a un iPad.
Una mullida alfombra amarilla ocupaba el espacio frente a una enorme estantería, varias plantas asomaban por las esquinas y unos cuantos paisajes y fotos colgaban de las paredes.