Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo Dieciocho

E ra peor que antes.

Dax nunca creyó que eso fuera posible, pero se había equivocado. Durante los días siguientes, Lucy lo ignoró todo lo que pudo —¡y, Dios, si eso no lo tenía de los nervios!—, incluso más que el hecho de que se ponía duro cada vez que pensaba en ella.

Llevaba cinco días anhelándola: anhelando sus manos sobre su cuerpo, sus labios en su cuello y su coño alrededor de su polla. No importaba dónde, ni cuántas veces se aliviara en la ducha, ni las veces que se dijera a sí mismo que no podía tenerla.

La deseaba, más de lo que jamás había deseado a ninguna mujer.

La deseaba con una intensidad que superaba incluso su deseo de ganar la Copa este año.

Y, joder, eso no había pasado nunca. El hockey siempre era lo primero en su vida, sin excepción.

Pero ahora que sabía cómo sonaba cuando jadeaba contra su boca, cómo se sentía cuando sus manos acariciaban su cuello y en cómo se contraía cuando se corría, no podía pensar en otra cosa.

Sentía como si hubiera abierto la caja de Pandora. Una caja exasperantemente dulce, ardiente e irresistible… y ahora ya no tenía vuelta de hoja. Estaba perdido.

No necesitaba distracciones, porque su nivel de concentración iba pésimo. Su juego estaba sufriendo las consecuencias.

¡Pero mierda, Lucy lo sacaba de quicio! Se estaba comportando como si él fuera por ahí presumiendo de haberse acostado con ella; como si fuera un imbécil capaz de gritarle a sus compañeros que se la había tirado.

Que se había follado a la recatada y altiva asistente de relaciones públicas —la misma que juró no salir con jugadores de hockey— sobre el escritorio de un extraño.

¿Qué carajos pensaba de él? Se suponía que ese punto ya lo había superado, que ella lo conocía mejor.

Debería conocerlo mejor. Sabía lo importantes que eran para ella el trabajo y su profesionalidad.

¡Pero fue ella la que accedió! Cuando le dijo que parecía gustarle que la besara, fue ella quien lo miró con ojos vidriosos y los labios entreabiertos; fue ella quien se apretó contra su cuerpo como si quisiera echar raíces en él.

Había emitido esos dulces y entrecortados sonidos cuando él la besó detrás de la oreja, cuando rozó sus pezones con el pulgar…

Si no tenía cuidado, se pasaría la próxima hora en el hielo con una erección.

No importaba.

La conclusión era que Lucy era tan culpable como él de que hubieran acabado desnudos en aquel escritorio.

Y ahora estaba allí de pie junto a la pista, a menos de diez metros de él, hablando con Leslie —¡probablemente sobre él!—, dándole la espalda de forma descarada.

Como si no existiera, como si nada de aquello hubiera sucedido. Como si intentara cambiar el pasado solo con la fuerza de su voluntad.

Con los ojos entrecerrados, se quedó mirándola mientras se deslizaba por el hielo. Se fijó en cómo se le rizaba el cabello en las puntas, en cómo el final de su coleta le rozaba los hombros…

Chocó tan fuerte contra la valla que casi se cae de espaldas.

—¿Qué estás haciendo, Temple? —ladró Gray desde el banquillo.

El entrenador de los Hawks no había estado nada contento con él en las últimas semanas, y su expresión de fastidio lo confirmaba—.

¡Se supone que tienes que estar calentando, no practicando cargas contra la valla!

, ¡eso no quiero ver hoy de tu parte! ¡Hoy quiero ver un juego limpio y sin estupideces!

—Sí, sí —masculló en respuesta y les dio la espalda tanto a Gray como a Lucy. Ridículo. Estaba siendo un auténtico ridículo.

—Entonces, ¿será hoy el primer partido en el que ambos logremos no jugar como una mierda? —preguntó alguien a su lado un segundo después y Dax se giró.

Jack patinaba a su lado.

Genial. Justo lo que le faltaba.

—Ya va siendo hora, ¿no? —continuó su hermano—. Quiero decir, ahora que nos han fotografiado como amigos entrañables, no debería ser tan difícil fingir que somos mejores amigos en el hielo, ¿verdad? Digo, estabas taaan guapo con esos cuernos…

—¿Te gustaría que practicara cargas contra ti en vez de contra la valla, Jack? —sugirió con amabilidad—. Sigue así.

Su hermano soltó una suave risita.

—¿Qué te pasa, Dax? Pareces un poco gruñón.

Eso no era cierto. Gruñón ni siquiera se acercaba a la realidad.

—Quédate con tus asuntos, Jack —dijo sin emoción, acelerando el paso. Pero el cabrón lo siguió de cerca.

—Lucy desapareció de forma bastante repentina después de la sesión de fotos —comentó—. ¿Alguna idea de por qué?

—Ninguna —respondió con tono sombrío.

Jack resopló antes de mirar por encima del hombro y añadir en voz baja:

—Sabes, puede que nuestros compañeros estén ciegos, pero yo no.

—No tengo ni idea de qué me estás hablando.

—Claro que no. Solo quería que supieras… bueno, lo siento —murmuró con urgencia—. Por tontear con Lucy. Quería molestarte, pero yo… —Dudando, inclinó la cabeza—. Es claro que subestimé lo importante que es para ti. Y que no aceptas bromas cuando se trata de ella.

Dax se giró para mirar a su hermano.

—Ella no es importante para mí —aclaró, con la voz apenas más alta que el sonido de sus cuchillas sobre el hielo.

Jack arqueó las cejas, divertido.

—Ya. Claro que no. No importa. Pararé. Nunca estuvo interesada en mí, Dax. Es toda tuya.

Y ese era el problema. No era suya. Por mucho que la deseara.

—Muy amable por tu parte, Jack —farfulló—. Pero sigo sin saber de qué hablas. No me interesa Lucy. Es la mujer más molesta del hemisferio norte y nos iría mejor sin ella.

Su hermano suspiró profundamente y lo miró con lástima.

—Todavía no has aprendido que el papel de imbécil no gana, ¿verdad?

Eso solo pasa en las películas y en los libros.

En la vida real, las mujeres no quieren a un hombre que es borde con ellas.

Al menos no para toda la vida. Si sigues hablando así de ella, nunca la convencerás de que no eres un idiota.

Las manos de Dax cobraron vida propia.

—No necesito tus consejos sobre el amor, Jack —gruñó—. ¡Y soy borde con Lucy porque me saca de mis casillas! Porque nunca hace lo que yo quiero que haga.

—No lo creo —respondió él con ligereza—. Creo que eres borde con ella porque te gusta y así consigues más atención de su parte.

Dax resopló y puso los ojos en blanco.

—Ya no estamos en el instituto, Jack.

—Lo sé. ¡Así que déjate de tonterías! Es demasiado lista para caer en un truco tan estúpido.

—¡No es ningún truco!

—Sí, lo es —dijo divertido—. Te conozco, Dax. Sé cómo coqueteabas antes y cómo lo haces ahora.

—¡No estoy coqueteando con Lucy! —Simplemente tuvo sexo con ella—. ¡Y si de verdad quieres que deje de odiarte, deberías dejar de decir tantas estupideces!

Jack se detuvo y Dax también. Durante unos segundos, su hermano lo miró pensativo. Luego murmuró:

—Tienes razón. Ojalá dejaras de odiarme.

Pero ahora mismo, solo estoy haciendo lo correcto.

Además… —Las comisuras de sus labios temblaron—.

¿Sabes qué fue lo que te hizo tan bueno en el hockey?

El deseo de ser mejor que yo. ¿Y sabes qué me hizo a mí ser más bueno?

El deseo de no dejar que triunfaras. Así que tal vez un poco de competitividad no sea mala.

De cualquier manera, planeo ganar la Stanley Cup esta temporada…

y si pudieras dejar de suspirar por Lucy un momento, si pudieras solo olvidar quién soy…

tal vez seríamos increíbles juntos en el hielo.

Solíamos serlo. —Se encogió de hombros antes de acelerar y continuar sus vueltas por su cuenta.

Dax lo vio alejarse, con los labios apretados.

Suspirar por Lucy… Mierda, ¡eso era lo que estaba haciendo! No se le ocurría una forma mejor de describirlo. Era patético, pero su vida en los últimos días se resumía al hockey y a sus fantasías con ella.

Y Lucy había dejado claro que no estaba interesada en nada más que en aquel episodio del escritorio…

Frunció el entrecejo.

¿Lo hizo? Él no se lo preguntó, ¿verdad?

Por otra parte, ¡¿qué se suponía que debía preguntar?! ¿Te gustaría volver a follar, pero ahora en una cama con pétalos y chocolates?

Tal vez incluso ir primero a un restaurante. No, cenar con ella sería como una cita, y él no tenía citas… ¿o sí?

Espera, ¿estaba saliendo con alguien? ¿Él hacía esas cosas?

¡Joder, no tenía ni idea! Lucy le había trastornado el cerebro.

Tu loft parece el de alguien adulto, pero te comportas como un muchachito rebelde .

Apretó los dientes.

Ella pensaba que era inmaduro y que no era bueno.

Por eso le encargaron el estúpido trabajo de arreglar su imagen en primer lugar.

Probablemente fuera ambas cosas. Carajo, si un reportero escribiera eso sobre él le importaría un bledo, así como se tomaba el hecho de que su hermana se lo dijera con un brillo divertido en los ojos.

Pero Lucy solo dejaría de ser su asesora personal de relaciones públicas si él empezaba a protagonizar buenos titulares de nuevo.

Solo dejaría de ser la protagonista de todos sus sueños si dejaba de seguirlo a todas partes.

La solución era sencilla: tenía que volver a jugar bien para que el tormento terminara, para que por fin hubiese algo de distancia entre ellos y dejara de estamparse contra las vallas como un completo idiota cada vez que ella estaba cerca.

Y solo podría lograrlo si se portaba bien con Jack; si olvidaba que estaba enfadado con él.

Así que, o renunciaba a su orgullo o seguía perdiendo la cabeza. Y era muy probable que necesitara la cabeza para el resto de su vida.

Movió la mandíbula de lado a lado y aceleró hasta alcanzar a su hermano.

—Está bien, Jack —masculló, agarrándolo por el brazo—. ¿Te acuerdas de mi partido contra el Northcliff High?

Su hermano frunció el entrecejo, miró la mano que le sujetaba el brazo y luego la cara de Dax.

—¿Un partido de hace más de diez años? ¿Cuando aún estabas en el instituto y marcaste tu primer hat-trick soplándole al central las jugadas que yo te susurré al oído en el descanso?

—Exacto.