Capítulo 13
Capítulo Trece
¿ Q ué acababa de pasar?
La pregunta resonaba una y otra vez en la cabeza de Lucy. No lo entendía.
¿Por qué el enfado de Dax y su fea discusión terminó con ellos dos besándose?
Se llevó los dedos temblorosos a los labios y se quedó mirando la puerta por donde había desaparecido.
Le hormigueaba todo el cuerpo: estaba electrizada desde la coronilla hasta la punta de los pies.
El olor de Dax se le pegaba como el barro a su coche.
También su tacto en la piel, en el cuello y la espalda.
Él se había ido, pero su calor permanecía; al igual que sus palabras.
No deberías tomártelo todo al pie de la letra, Lucy.
No la había besado porque en verdad quisiera: lo hizo para darle una lección y demostrarle que ella no tenía el control de su relación. Quiso enseñarle que no podía cruzar la línea sin ser castigada por ello.
Y ella le había devuelto el beso porque ni siquiera pudo evitarlo. Él le había robado el oxígeno, quitándole la razón y arrebatándole sus principios. Aunque, si debía ser sincera, quiso besarlo desde que le dijo que la respetaba y que confiaba en su palabra. Era solo que no quería admitirlo.
—¿Ese no era Dax Temple? —dijo una voz, sacándola de su trance. Parpadeando, se dio la vuelta.
—¿Qué? ¿Quién es Dax Temple? —respondió ajetreada, aunque su voz sonó extrañamente metálica y hueca.
—El jugador de hockey —insistió el dueño del bar, frunciendo el ceño hacia la puerta.
Ella se rio. Un tono demasiado agudo, demasiado falso, pero la gente de allí no notaría la diferencia.
—No, ese era… Steven. Es alicatador. Ojalá fuera jugador de hockey.
Las comisuras de la boca del dueño del bar se curvaron.
—Ah, ya. ¿Acaso no lo deseamos todos? Debo haberlo confundido.
Lucy asintió distraída y miró el taburete frente a ella. Dax dejó el abrigo. Tenía tantas ganas de irse que no se acordó de él. Se lo echó al hombro y salió del bar.
El frío le golpeó la cara, ayudándola a organizar sus pensamientos y a distinguir entre lo importante y lo superfluo. En resumidas cuentas, solo había una forma de definirlo: era ridícula.
Una regla; solo tenía una regla: no salir con jugadores de hockey. Y besar a un jugador de hockey entraba definitivamente en esa categoría. No importaba si él solo había presionado sus labios contra los suyos para dejar claro su punto de vista o no.
Inhaló profundo. No, esa era la primera y última vez que dejaría que Dax Temple la besara, la primera y última vez que dejaría que la dejara sin palabras.
Caminó por la acera, frotándose la nuca, pasándose la mano por la boca, intentando borrar de su cuerpo cualquier rastro de su contacto y desterrar de su mente cualquier idea de su beso. Ningún hombre debería tener tal poder sobre ella. Ningún ser humano debería tener tal poder sobre ella.
Su móvil vibró con un mensaje. Dio un respingo como si el remitente la hubiera pillado in fraganti en aquel choque de bocas reprobable.
Sacudiendo la cabeza, sacó el aparato del bolsillo y miró la pantalla. Era Leslie.
Tras lo de esta noche, la prensa cree que West y Temple se odian y que no podrán trabajar juntos. Por favor, toma medidas preventivas.
Con un gemido, guardó el celular. Solo a Leslie se le ocurriría redactar una maniobra de relaciones públicas como si fuera un mensaje del Servicio Secreto.
¿Qué medidas preventivas ? Acababa de quedar patente que no tenía medios para contrarrestar a Dax.
Y por una vez, la prensa tenía razón: West y Temple se odiaban.
¿Cómo se suponía que iba a convencer a un puñado de periodistas y fans cabreados de lo contrario?
Aceleró el paso y, para cuando llegó al cálido vestíbulo del hotel, su mente bullía.
Pero ¿qué clase de actitud era esa? Era consultora de Relaciones Públicas.
Su trabajo consistía en encontrar una solución.
¡Y al diablo con Temple y sus miradas intensas y sus besos aún más intensos!
Sí, ella se había pasado de la raya, ¡pero él también!
No iba a permitir que la hiciera sentir insegura solo porque ella no pudiera controlar su cuerpo.
Se decía que cuando dos personas discuten, la tercera gana.
Bueno, ella acabaría siendo esa tercera, porque había una solución sencilla para dar a los fans una mejor imagen de Jack y Dax: hacerles una foto, ¡literalmente!
A Dax no le gustaría, pero ¿qué más daba?
¡A ese hombre era imposible complacerlo!
¡Serías la última mujer sobre la Tierra a la que querría llevarme a la cama!
Imbécil.
No es que ella quisiera ser la primera, pero ser, por ejemplo, la penúltima estaría bien.
Dejó el abrigo frente a la puerta de él y se escabulló en silencio en su habitación, sin deseos de otro enfrentamiento. Mañana le pediría disculpas. La conciencia le reconcomía por dentro y no podía vivir con sentimientos de culpa hacia un idiota.
¿Acaso dijo «mi padre era ludópata y teníamos que arrastrarlo a casa desde el casino a altas horas de la noche»?
Tragó saliva. Nunca se detuvo a pensar que se sabía tan poco del pasado de Dax. Pero ahora lo comprendía. No quería que la gente lo juzgara antes de conocerlo; al menos no más de lo que ya lo hacían.
¿Tenía miedo de que ella hiciera lo mismo? ¿De que lo juzgara?
Dios, se veía tan enfadado. La ira pulsó contra sus labios durante el beso, junto con un deseo destructivo y… algo más. No sabría decir qué era, solo… que fue algo más.
Un escalofrío recorrió su columna y, molesta consigo misma, se quitó la ropa y se metió en la ducha. Quería lavar su tacto de su piel y el recuerdo junto con él. Tenía que olvidar lo que sucedió. Tenía que olvidar su deseo de que nunca dejara de besarla.
Sí. Olvidar. Disculparse. Olvidar otra vez. Preparar una sesión de fotos. Ese era el plan.
Lucy soñó con las manos de Dax sobre su cuerpo.
Sus dedos enredándose en su cabello, en su vientre y entre sus piernas. Sus labios en sus pechos. Sus dientes mordisqueando el lóbulo de su oreja. Soñó que se retorcía bajo su cuerpo duro, con las manos clavadas al colchón hasta que se derretía de placer.
Soñó que quería pedirle que parara, porque sabía que era lo correcto.
Y, aun así, con cada gemido y cada suspiro, tenía que admitir cuánto poder tenía él sobre ella.
Qué dependiente era de él. Tenía que admitir que, en realidad, estaba por completo a su merced y que podía controlarla a su antojo, y no al revés.
Cada vez que abría la boca en el sueño, él la sellaba con la suya. Y cada vez que sentía su mirada codiciosa sobre ella y su aliento caliente en sus muslos, cualquier objeción se desvanecía de sus labios. Era incapaz de decir que no.
Se despertó sudorosa e insatisfecha, necesitando otra ducha. Pero los recuerdos no se iban con el agua. Su tacto estaba grabado en su piel como un tatuaje.
Se saltó el desayuno y, en su lugar, aprovechó el tiempo para idear un plan de batalla. Cuando finalmente subió al jet privado de los Hawks dos horas más tarde, había ensayado una expresión de indiferencia y preparado sus palabras. Incluso practicó para que no le temblara la voz.
Con el corazón revoloteando, caminó por el pasillo, buscó una cabeza morena y lo encontró en uno de los asientos del medio. Solo.
Dax le devolvió la mirada como si él también la hubiera estado buscando.
Sus ojos eran implacables pero libres de juicio.
Ya no parecía enfadado. Ya no estaba frustrado. Era un lienzo en blanco. En ese momento, Lucy lo odió por ser tan bueno ocultando sus emociones, porque sentía que su propia expresión le estaba gritando sus sentimientos.
Pero no importaba. Normalidad; ese era su objetivo.
Así que recorrió el pasillo con las rodillas flojas y se detuvo frente a él. Habló antes de perder el valor y antes de que pudiera confundirla con una de sus miradas.
—Lo siento. —Fue apenas un susurro, casi inaudible para sus propios oídos, pero sabía que la escuchó.
Lo reconoció en su expresión sombría mientras la miraba—.
Lo siento de verdad. Fui… demasiado lejos.
Tienes razón. —No respondió; solo siguió mirándola a la cara.
Pero estaba bien, no tenía por qué contestar—.
Eso era todo —susurró, asintiendo con firmeza.
Quiso continuar por el pasillo, pero la mano de él salió disparada y rodeó su muñeca.
Una corriente eléctrica se desató de la piel de él a la de ella, recorriendo su sangre y haciendo que a su corazón le faltara un latido. Pero no mostró nada, no retrocedió como deseaba hacer, simplemente volvió a mirarlo.
—Yo también lo siento. Y… yo también me pasé —murmuró Dax, presionando el pulgar contra la zona sensible del interior de su muñeca, como si quisiera enfatizar sus palabras.
Lucy tragó saliva, ignorando la piel de gallina que le trepaba por el brazo.
—Lo sé.
De verdad lo sabía. No había sido del todo él mismo y ella tampoco. Fue un accidente. Un error en el sistema.
Dax asintió y añadió vacilante con tal suavidad que nadie más pudo oírlo:
—Te habría comprado un anillo más grande.
Lucy arqueó las cejas por la sorpresa.
—¿Qué?
—Si de verdad fuese tu marido, te habría comprado un anillo más grande —repitió. Pasó con suavidad el dedo índice por el anillo de ella, que ya estaba de nuevo en su lugar original, antes de soltarle la mano.
Las comisuras de su boca temblaron y ella se miró la mano.
—No —susurró—. Si de verdad fueses mi esposo, me habrías dado justo este anillo porque sabrías que era de mi madre y que lo es todo para mí. —Le dedicó una sonrisa cautelosa y siguió su camino… dejando escapar el aire que estuvo reteniendo.
Tal vez no recibiría una mejor oferta de paz, pero estaba bien. Al menos ahora podrían volver a la normalidad.