Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

¿Es en serio, joder?

Lucy estaba en la barra, con la chaqueta sobre los hombros y de espaldas a él.

Su abrigo, del que se había olvidado por completo, estaba sobre el taburete delante de ella, pero a él le costó enfocarse en eso porque ella estaba hablando con un tipo desconocido, un tipo flacucho con un rodete y debilidad por la ropa vaquera.

Peor aún; un tipo que la miraba como si fuese la fresa de su fondue.

O una galleta. O… Mierda, no se le ocurría una comparación sensata.

Su mente iba a mil por hora mientras una bruma roja le veló los ojos.

—Tú no eres adicta al sexo también, ¿verdad? —La voz le llegó a Dax mientras el baboso sonreía de oreja a oreja—. ¿Tú también eres intocable? Creo que sería una verdadera lástima.

Lucy se rio. Se rio del chiste estúpido de aquel tipo asqueroso que ahora, para colmo, le tocaba la punta de la coleta y pasaba los dedos por su nuca.

—No, yo puedo coquetear con quien quiera —la oyó responder… y eso fue todo.

¿Qué clase de asquerosa doble moral era esa? ¿A él no se le permitía intercambiar una charla inofensiva con una rubia bonita, pero ella podía ligar con un tipo baboso en un bar?

No, ni de chiste. Desde luego que no.

Su visión velada por el rojo se intensificó y, antes de darse cuenta de lo que hacía, sus pies ya estaban en movimiento. La madera crujió bajo sus pesadas zancadas y Lucy levantó la vista, se giró y abrió la boca, pero él no la dejó hablar.

—Hola, cariño —gruñó, agarrándola por los hombros y bajando la boca hacia la suya.

No la besó con cariño ni con dulzura —porque no se sentía ni cariñoso ni dulce en ese momento—, sino con firmeza, con dureza y sin considerar las consecuencias.

Una mano en su nuca para sujetarle la cabeza con rudeza y la otra en su espalda para pegarla con fuerza contra él.

Lo blando contra lo duro. Lo cálido contra lo frío.

Lucy dio un respingo y ahogó un grito de sorpresa… y él no le dio la oportunidad de volver a cerrar los labios.

Porque si no podía librarse de su título de Imbécil del Día, al menos podía hacerle honor, ¿no?

Introdujo la lengua antes de empujarla contra el mostrador y forzar una pierna entre las suyas.

Justo como llevaba queriendo hacer desde hacía días.

Intensificó el beso, le pasó la mano por el cabello y rozó su lengua con la de ella. Supo a Coca-Cola y a Lucy, y disfrutó cada maldito segundo como si fuera el último sobre la tierra. Porque Lucy empezó a devolvérselo.

Simplemente no podía olvidar que eso era todo lo que podía tener. Nunca sería posible nada más. Así que tomó todo lo que pudo tomar, tanto como pudo soportar. Tanto como Lucy le entregó y tanto como él pudo controlar.

Llegó a su límite más rápido de lo que le hubiera gustado. El calor se volvió insoportable, su polla palpitante estaba demasiado dura y el caos en su cabeza era demasiado ruidoso.

Estaba a punto de terminar el beso, retroceder y volver a darle su espacio… cuando de repente fue ella quien posó las manos en su pecho y clavó las uñas en la tela, abriendo más los labios para él. Le buscó con la lengua mientras dejaba escapar el suspiro más dulce y suave.

Y se perdió. Había ido demasiado lejos.

Porque esta vez fue él quien inició un juego que debería haber sabido que no tenía posibilidades de ganar. Su brazo se apretó a su alrededor, levantándola sobre las puntas de los pies mientras ella estiraba el torso hacia él, envolviéndolo con su aroma y volviéndolo loco con sus labios.

Lo que los rodeaba se convirtió en una bruma irreconocible de gente y muebles. Todo lo demás carecía de importancia: dónde estaban, quién miraba y qué había pasado antes. Nada parecía tener sentido excepto este momento… y el deseo de que durara para siempre.

—Ok, viejo, lo tengo. Es tuya —oyó una voz de hombre irritada a lo lejos, sacando a Dax de la niebla que lo envolvía.

Se apartó de golpe y soltó a Lucy de forma tan repentina que ella tropezó hacia delante. Se quedó mirándola: a su pecho que subía y bajaba de forma errática y pesada, a sus ojos abiertos por el asombro, y sus labios hinchados…

Aún podía saborearla. Aún podía olerla. Aún podía sentirla. Y temía no olvidar nunca ninguna de esas tres cosas.

Dax parpadeó, haciendo que las formas borrosas a su alrededor volvieran a enfocarse, y se encontró de nuevo en el presente.

Basta. Perdió el control y necesitaba recuperarlo. Ya.

Sonrió despacio, obligándose a parecer de nuevo tranquilo e imperturbable. Luego se inclinó, con los labios a centímetros de su oreja.

—Así es como convences a los que te rodean de que alguien está tomado sin humillarlo —susurró.

Lucy no respondió. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido.

—Mira, perdona, ¿de acuerdo? —dijo el desconocido, todavía de pie junto a ellos—. Pensé que solo eran amigos. No sabía que ustedes… —Levantó las manos a la defensiva—. Lo siento, no me di cuenta…

—Lárgate —lo interrumpió Dax de forma tajante, advirtiéndolo antes de perder la paciencia. Funcionó: el tipo obedeció tan rápido como pudo, a falta de poder saltar sobre el mostrador.

—¿Qué… qué demonios te pasa? —soltó Lucy con la voz entrecortada. Sonaba tal y como él se sentía—. No puedes…

—No, tú no puedes —la contradijo en voz baja—. No te corresponde a ti decidir con qué mujeres puedo hablar y con cuáles no. No puedes seguir haciendo esto. No puedes mirarme como si quisieras arrancarme la ropa y luego hablar con mi hermano a mis espaldas.

Ella se rio. Fue una risa de asombro, absurda.

—¡ Tú me miras igual, Dax! Cuando estábamos ahí fuera… tú me besaste a mí , tú dijiste…

Él enarcó las cejas con sorna.

—No deberías tomártelo todo al pie de la letra, Lucy. No te lo tomes como algo personal, pero serías la última mujer sobre la Tierra a la que querría llevarme a la cama.

Y luego dio media vuelta antes de que pudiera descifrar su mentira o escrutar sus ojos demasiado de cerca.

—¡Besas horrible! —le gritó.

—Repítelo hasta que te convenzas —espetó por encima del hombro antes de desaparecer en el frío.

Ya había tenido suficiente por hoy.