Capítulo 12 #2
Dax pudo ver en sus ojos cuánto odiaba que él hubiera tenido éxito, aunque para él no se sintiera como un éxito.
Más bien, sentía como si hubiera descubierto a su masoquista interior. En realidad, todo lo que tenía que hacer era pensar en el partido de hockey de esa noche para torturarse. Excitarse sin esperanza de alivio era estúpido.
—¿No es así como funcionamos nosotros? —inquirió con voz demasiado tranquila, con palabras serenas y calculadas. Quizá no debería haber sido jugador de hockey sino actor, porque, joder, ¡estaba haciendo una actuación digna de una Oscar!
—No. Nosotros… No —respondió Lucy con firmeza, negando con la cabeza una y otra vez como si tratara de convencerse a sí misma—. Sabes, entiendo que estés enfadado, pero no estás enfadado conmigo, estás cabreado contigo mismo por haber jugado como el culo.
Dax se rio, a carcajadas. No había pensado en el desastroso partido ni una sola vez en la última media hora.
—¡Oh, estoy un poco enfadado conmigo, pero hace un momento, estaba cabreado contigo! —respondió por lo bajo. La verdad, había un poco de la sombra del partido. O tal vez porque su mente no disponía de tanta sangre como hacía quince minutos.
—Bien —respondió ella con firmeza—. Es cierto que podría haber manejado esto de otra manera, pero… las decisiones que tomaste esta noche ya fueron lo bastante malas, como para soportar otra más.
Eso hizo que él se detuviera en seco.
—¿Perdona? —preguntó confundido. Se metió las manos en los bolsillos porque un botón de la blusa de ella se desprendió del ojal y le hormiguearon los dedos por arreglarlo, o por desabrochar otro—. ¿De qué malas decisiones estás hablando?
Lucy levantó la barbilla.
—Tu decisión de perder esta noche.
Y entonces volvió la vieja ira. Vaya, Lucy tenía un talento especial para despertar eso en él.
—¿De qué estás hablando? —preguntó categórico.
—Ya me oíste —respondió con franqueza—. Perdiste tu voluntad de ganar, Dax.
Esa es tu mayor fuerza: tu voluntad de ganar y de ser mejor.
Hoy, sin embargo, no quisiste porque eso habría significado que Jack también ganaría.
No puedes mantener esa actitud. Tienes que aclarar las cosas con él. ¡Aunque solo sea en el hielo!
Su mandíbula chasqueó mientras la movía de un lado a otro.
—¿No acabas de decir que ya no nos provoquemos? —preguntó acalorado—. Porque, joder, Lucy, si es así, te estás contradiciendo justo ahora o me estás mintiendo.
—No es una provocación, es la verdad —enfatizó ella con naturalidad—.
Lo sabes tan bien como yo. A menos que empieces a llevarte bien con Jack y aceptes que ahora forma parte del equipo, seguirás jugando mal —Inspiró profundo—.
Dax, sé que tuviste una infancia de mierda y que Jack hizo algo que justifica tu enfado, pero… —Se interrumpió.
Se dio cuenta que dijo algo que no debía; vio cómo los ojos de Dax se volvían gélidos antes de que estallara y la lava se desbordara. Ni siquiera ella pudo evitar notar la fuerza con la que apretaba los dientes y cómo le crujían los nudillos al cerrar los puños con violencia.
—¿Qué acabas de decir? —escupió.
Lucy parpadeó y desvió la mirada antes de volver a mirarlo. Su cara estaba tan roja por el sofoco que casi podía jurar que se estaba formando un nuevo sistema solar a su alrededor.
—Nada —susurró.
Pero aquello era mentira. No era «nada».
—¿Mi infancia? —repitió Dax con voz inexpresiva, y esta vez, cuando dio un paso hacia ella, no fue para provocarla.
Quería asustarla porque no tenía derecho a saber lo que afirmaba saber.
Y esta vez sí retrocedió, chocando contra la pared a sus espaldas.
Esta vez, contuvo el aliento. Él volvió a hablar—. ¿Qué sabes tú de mi infancia?
Nadie sabía nada al respecto. Ni Matt, ni el resto del equipo, ni siquiera las mujeres con las que se acostaba.
Porque su infancia no lo definía. Sus padres no tenían poder para definir quién era el día de hoy.
Por supuesto, su personalidad se componía de toda la rabia y la decepción de aquella época, así como de un mosaico de amor por su hermana, los buenos tiempos con Jack, los malos tiempos sin Jack, el hockey y momentos de felicidad ganados a pulso.
Pero el conocimiento de todo aquello le pertenecía a él. ¡Su pasado era suyo!
¿Acaso no se lo había dejado meridianamente claro?
¿De verdad lo estaba mirando como si pudiera entender cuál era su problema? ¿Como si fuera fácil perdonar a Jack si este solo hiciera un mínimo esfuerzo?
A la mierda.
Lucy no tenía derecho a saber nada de su pasado. Ni siquiera a creer que sabía algo. No tenía ni idea.
—No sé nada de tu infancia, Dax —dijo ella, y él odió lo suave que era su voz. Lo grandes que eran sus ojos. Lo delicado que era su tacto cuando posó con cuidado los dedos sobre su brazo.
—Parece que sabes algo —espetó—. ¡Sobre mi infancia, sobre Jack y sobre mí! ¡Sobre si se merece o no mi enfado!
Lucy respiró hondo y asintió despacio.
—Él me lo contó, ¿de acuerdo? Que tu infancia fue terrible y que se merecía tu ira. Eso es todo.
No, no era todo. Era demasiado.
—Qué detalle por su parte —soltó con sarcasmo—.
Qué detalle que decidiera qué debías saber y qué no.
¿Qué te dijo? ¿Te contó que mi padre era ludópata y que nos tocaba arrastrarlo a casa desde el casino a altas horas de la noche, todos los días?
¿Jack con diecisiete años y yo con catorce?
¿Te contó que nuestra madre era la persona más cariñosa y amable del mundo, pero que no hacía más que matarse trabajando y que luego sentía la necesidad de imponer una regla idiota tras otra solo para sentir que nos estaba enseñando algo?
¿Descuidando lo único que debería haber hecho: dejar a su maldito marido?
¿Te contó quizá que seguía siendo la persona más dulce y bondadosa…
y, sin embargo, él ni siquiera sintió la necesidad de venir a su entierro?
Lucy abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.
—No. Nada de eso. Yo… —Tragó saliva y tomó aire. Estaba temblando—. Dax, no sabía que…
Él apoyó ambas manos en la pared, a cada lado de la cabeza de ella, y ella guardó silencio al instante.
—Así es. No lo sabías, no lo sabes. Ahora escúchame bien, Lucy —susurró con una voz tan suave y con la cabeza tan cerca de la suya que sus narices casi se rozaban.
La amenaza estaba implícita y eso la estremeció—.
No importa lo que Jack te haya contado, lo que te vaya a contar o lo que creas saber.
No sabes nada de mí. Nada de Jack. Nada de nuestra relación.
Y has llegado demasiado lejos, joder. Cuestionando a Jack.
Instalando un rastreador en mi celular. La próxima vez que hagas una mierda así, te arrepentirás.
Volvió a tragar saliva y respiró de forma entrecortada.
—Dax, no pretendía… No lo cuestioné —las palabras salieron atropelladas de su boca—. No sabía nada de eso. No quería ir a tus espaldas…
—Y, sin embargo, lo hiciste —la interrumpió él, apartándose de la pared y poniendo la distancia que tanto necesitaba para pensar con más claridad.
Necesitaba evitar mirar sus ojos y sentirse como un imbécil por haberle gritado—.
Sabes que todo el mundo habla de mí a mis espaldas —comentó, riendo sin pizca de gracia—.
Todo el puto país, los entrenadores, el equipo…
y pensé que tú eras la única lo bastante valiente como para decirme a la cara lo que piensas y lo que te molesta.
Pero, al parecer, me equivoqué. No eres mejor que los demás.
Pudo ver que el golpe la alcanzó. Lo supo por la forma en que bajó los brazos, por cómo parpadeó varias veces. Por cómo abrió la boca y la volvió a cerrarla.
No quería oír lo que tuviera que decir, no quería saber si iba a disculparse o a llamarlo con algún insulto, así que no le dio la oportunidad.
—Ahora ve a por tu maldita chaqueta —masculló—. Nos vamos.
Fue un milagro que hiciera lo que le ordenó; un milagro que no supo si le gustó o no.
Sin embargo, le dio la espalda y se perdió por la puerta del bar. Esta se cerró con un golpe sordo.
Dax dejó caer los hombros y se presionó los ojos con el pulgar y el índice.
Mierda.
Caminó de un lado a otro con inquietud, aspirando el aire frío con rigidez y expulsándolo por la nariz.
Los latidos de su corazón le retumbaban en los oídos: le temblaban las manos y le hormigueaban los labios. Nada en su cuerpo, en su cabeza o en su vida estaba ya en su sitio. Todo el día, la última hora… todo era un caos.
Deseaba a Lucy y, al mismo tiempo, no quería volver a verla jamás.
Quería gritarle y, a la vez, pedirle perdón por sus duras palabras.
Quería pegarle un puñetazo a Jack y luego preguntarle qué ocurrió.
¿Por qué desapareció de la noche a la mañana?
¿Por qué no vino al entierro? ¿Por qué no se puso en contacto durante tanto tiempo?
Quería zarandear a su hermana y abrazarla al mismo tiempo.
Quería darle las gracias por no haberse rendido aún con él, a pesar de que le había dado todos los motivos para hacerlo.
Quería contarle más a Lucy, quería que comprendiera por qué el tema era demasiado, por qué reaccionaba así…
y, al mismo tiempo, quería retirar sus palabras. Todas y cada una de ellas.
Porque ella no lo sabía. No sabía nada de lo que él acababa de echarle en cara. Lo vio en sus ojos, en su expresión de asombro. Pero ahora ya lo sabía.
Casi le dio la risa. Era ridículo. Lucy descubrió más sobre él en unas pocas semanas que todo su equipo en seis años. Y lo que más risa le daba, ¡prácticamente se lo contó por voluntad propia!
Entornó los ojos, echó la cabeza hacia atrás y, cuando volvió a abrirlos, se había recuperado lo suficiente como para preguntarse qué demonios la estaba reteniendo ahí adentro.
Se quedó mirando la entrada, tamborileó los dedos contra la pierna y, finalmente, perdió la paciencia. Empujó la puerta de Snow Hut con el puño y se quedó clavado en el sitio.