Capítulo 12
Capítulo Doce
D ax no tenía ni idea de qué estaba hablando Lucy.
Él no tenía frío. Al contrario: el calor que le hacía hervir la sangre no se parecía a nada al que hubiera sentido en los últimos cinco años de su vida.
Estaba la rabia, esa rabia ardiente que lo consumía desde que ella le dijo a Brandy que era su esposa, agravada por el hecho de que se las arregló para instalarle una aplicación de rastreo sin que lo supiera.
Y luego estaba el deseo.
Ese deseo abrasador, ardiente, que quería ignorar pero que no podía porque se alimentaba de la sensación de los suaves muslos de ella bajo su mano, que la sujetaba con fuerza.
Y antes de eso: ¿por qué demonios no podía dejar de removerse sobre su regazo?
¿Por qué tenía que frotarse contra él como si fuera un perro y él una pierna?
¿Por qué acurrucó la cabeza bajo su barbilla de modo que no tuvo más remedio que respirar el olor a limones y a Lucy si no quería morir de una muerte horrible por asfixia?
¿Acaso no sabía nada sobre el cuerpo masculino? ¿No se daba cuenta que lo excitó y que se había visto obligado a usar todo su autocontrol para evitar que se le pusiera dura?
—Tengo frío, Dax —protestó Lucy, molesta, golpeándole la espalda con el puño.
—Deberías haber pensado en eso antes —respondió con hostilidad, tirando de ella hacia delante por las piernas para poder bajarla al suelo.
Ella soltó un chillido de sorpresa ante el movimiento repentino, aferrándose a sus hombros mientras se deslizaba por su cuerpo.
Con una lentitud exasperante. Centímetro a centímetro, tela rozando tela, cuerpo contra cuerpo, lo blando contra lo duro.
Se le cerró la garganta, sintió el abdomen pesado y, en cuanto ella estuvo en el suelo, retrocedió. Quiso castigarla sacándola a rastras del bar, no castigarse a sí mismo. Pero empezaba a tener la sensación de que solo necesitaba salir para enfriarse un poco.
Joder, no debería importarle cómo se sentía ella en su regazo, lo suave que era su piel o lo perfecto que sus senos se amoldaron a la parte superior de su pecho.
Cerró los ojos unos segundos para recomponerse. ¡Estaba enfadado, no excitado!
Cuando volvió a abrirlos, Lucy lo miraba furiosa. Sus ojos castaños chispeaban en la oscuridad y tenía los labios rojos y ligeramente hinchados, probablemente de habérselos mordido por la frustración.
Se le secó la boca.
Vale, quizá estaba enfadado y excitado. Pero solo porque había tenido la firme expectativa de tener sexo esta noche. ¡No era por esta mujer, era por la situación!
—Sabes que te comportaste como un neandertal, ¿verdad? —preguntó ella con dulzura fingida, cruzándose de brazos y mirando más allá de él, hacia la puerta del Snow Hut. Tal vez preguntándose qué posibilidades había de que la dejara volver por su chaqueta.
Bueno, eran de un menos diez por ciento, así que ni siquiera hacía falta que se molestara.
—Sí, tienes razón —respondió Dax sin expresión—. ¡Así que, aunque fuiste tú quien acaba de anunciar frente a treinta personas que yo soy el adicto al sexo, el que se ha portado mal fui yo!
—Bueno, quizá sea la verdad —replicó ella con inocencia, encogiéndose de hombros—. Quiero decir, considera el número de mujeres que han estado tu cama y saca tus propias conclusiones.
—¿Ah, sí? —preguntó él intrínseco, aunque intentó mantener la calma porque sabía que a ella le molestaba más que se quedara tranquilo a que perdiera los papeles.
Nerviosa, Lucy cambió de posición, pasando el peso de un pie al otro.
Sí. La conocía mucho mejor de lo que a él o a ella les habría gustado.
—Bien —susurró con brusquedad—. Admito que puede que me haya pasado de la raya.
Dax soltó una carcajada seca y se pasó una mano por el pelo.
—¿Que puede? ¡Más bien te pasaste tres pueblos! ¡Se supone que estás aquí para salvar mi imagen, no para pisotearla!
—¡Ay, por favor! —Ella le restó importancia con un gesto de la mano—. Nadie ahí dentro te reconoció. De lo contrario, algunas ya te habrían secuestrado nada más entrar. Además, dije que te llamabas Steven, ¿no?
—Oh, sí, Steven, el abnegado padre de Rex y Reilly —citó él apretando los dientes—. Sabes que casi nunca tengo problemas con ser un idiota. ¡Pero hoy fuiste tú quien me convirtió en uno!
—¿Qué otra opción tenía? —exclamó, molesta—. ¡Te habrías llevado a Brandy al hotel, te habrían fotografiado y la prensa lo habría pintado como un rollo por frustración!
Sí, y eso era exactamente lo que habría sucedido.
Mierda, quizá sí que era un imbécil. Pero al menos no el más grande del estadio esta noche.
—Había cien formas en las que podrías haberte librado de Brandy —espetó—.
Cien que no me habrían dejado en evidencia.
Pero lo disfrutaste, ¿verdad? Haciéndome quedar como un imbécil.
Porque yo he conseguido que tú lo parezcas muchas veces.
Así que pensaste: «Vaya, estoy enfadada, voy a cobrármelas contra Dax».
Levantó las cejas y la miró a los ojos.
Ella no respondió. No hacía falta. Su silencio y la mirada de culpabilidad en sus ojos decían más que suficiente.
Se miraron el uno al otro durante varios instantes interminables. No había nada más que aire y calor entre ambos.
Finalmente, Lucy murmuró con voz temblorosa:
—Todo eso es irrelevante. Rompiste el acuerdo y yo te detuve. La única mujer con la que te irás a casa esta noche es conmigo.
Dax hizo una pausa. Saboreó el sonido de esas palabras y al instante, imágenes consecutivas cruzaron su cabeza.
Sabía muy bien lo que le haría a Lucy si ella se fuera a casa con él esta noche.
Sabía muy bien cómo la atormentaría hasta que necesitara el alivio más que su próximo aliento, cómo la provocaría con su lengua hasta que sus ojos se nublaran.
Cómo, después de todo su empeño, lograría que le suplicara que tomara lo que quería, que olvidara por fin todas las reglas que ella misma le había impuesto.
Ya no tendría frío y él ya no estaría tan enfadado.
Levantó las comisuras de los labios en una sonrisa pausada.
Nunca llegaría a eso. Estaba excitado, pero aún no cedía a la atracción. Lucy era la última mujer de este mundo por la que debería sentir deseo. Y, sobre todo, ella no tenía por qué saber que lo sentía.
—Vaya, vaya —dijo con voz pausada—. Interesante. Y la noche da un giro sorprendente.
Dax se percató del momento exacto en el que ella comprendió que su comentario fue inapropiado; lo supo por la forma en que tragó saliva antes de acariciarse la coleta con nerviosismo y tartamudear:
—No quería decir… tú… ¡ay, ya sabes lo que quise decir!
—¿Ah, sí? —susurró él, dando un paso hacia ella.
Lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, dejó que sus ojos se deslizaran hacia sus labios enrojecidos y bajaran por su cuerpo, antes de regresar a su rostro.
La acarició con la mirada como lo habría hecho con las manos.
Porque quería que se lo imaginara, cada detalle, hasta que estuviera tan caliente como él lo estaba en ese momento—.
Lo siento, pero parece que hoy no estoy muy fino —continuó en voz baja—.
Toda esta noche es un enigma. Pero lo que acabas de decir… Bueno, a mí me sonó a promesa.
Dio otro paso adelante, de modo que los pechos de ella rozaron su camisa y él tuvo que bajar la barbilla para seguir mirándola a la cara. Pero Lucy no retrocedió. Por supuesto que no lo haría: su orgullo no se lo permitía.
Eso era un error. Un error garrafal, porque si a ella se le permitía provocarle, lo mismo se aplicaba a la inversa. Y ella no debería haber empezado un juego en el que él era mucho mejor.
—Ah, ahora lo entiendo —murmuró con voz ronca—. No te importa mi reputación. No te interesa la venganza. Estás celosa. Querías estar en el lugar de Brandy. Por eso te comportaste como una loca.
—Yo no… —Pero no terminó la frase.
Porque él se inclinó un poco hacia delante, deslizó los dedos hasta el dobladillo de la falda y dejó que las puntas resbalaran por donde la tela se encontraba con sus muslos.
Oyó su respiración agitarse y vio cómo se le dilataban las pupilas, al tiempo en que entreabría los labios.
Y de repente, ya no era el único excitado. Simplemente era el único dispuesto a admitirlo, porque Lucy James nunca admitiría que él tenía poder sobre ella. Por muy primitivo que fuera ese poder.
—¿Tú no qué? —preguntó, inclinándose más, acariciándole la sien con su barbilla rasposa; deslizó los dedos por la cara interna de sus muslos y trazó círculos cerrados con las yemas—. ¿Comportarte como una maníaca? Quizá deberías volver a buscar esa palabra en el diccionario.
Sabía que se estaba metiendo en terreno peligroso, pero no le importaba. Ella tenía que entender que no era quien tenía el poder, sino él; solo él.
Dejó que su otra mano vagara. Tocó su cuello y pasó el pulgar por su pulso acelerado.
Las puntas de su cabello le hicieron cosquillas en la piel. Lucy entreabrió los labios para que él pudiese sentir su aliento cálido en la mejilla. Sus pupilas negras casi devoraban sus ojos…
Y entonces se estremeció. Fue un estremecimiento jadeante y tembloroso que hizo que sus senos rozaran su torso, y un rubor subió a sus mejillas mientras se lamía los labios.
Dax gimió ante la vista. Su polla estaba tan malditamente dura que los pantalones comenzaron a apretarle de manera insoportable. Su respiración se volvió errática y mientras clavaba la mirada en los labios de ella, no podía apartar los ojos de esa escena.
Joder, la deseaba.
Había querido llevarla al límite, no a sí mismo.
Ahora, sin embargo, ya no sabía cuál era su plan, al igual que no sabía qué le enfadaba más: si ella, o su propio cuerpo, que la deseaba con una intensidad apabullante. ¿Estaba loco?
Como si lo quemara, la soltó y retrocedió, en el mismo momento en que Lucy puso sus manos en el pecho de él y lo empujó.
—Basta —espetó antes de alisarse el dobladillo de la falda. Sus dedos se demoraron un poco —demasiado— donde acababan de estar los de él—. ¡Me estás provocando!