Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¡Brandy! Qué nombre más bonito. ¡Ay, qué bien sienta volver a salir! La vida no ha vuelto a ser la misma desde que nacieron los gemelos el año pasado. —Se rio, tomó la Coca-Cola que estaba en la mesa y le dio un sorbo, luego se movió sobre el regazo de Dax para ponerse más cómoda.

Madre mía, las piernas de él estaban duras, tan duras como el pecho contra el que se apoyaba.

Tragó saliva y mantuvo la mirada fija en la chica.

Había olvidado lo que se sentía al notar los músculos, y el calor que irradiaba aquel hombre podría haber prendido su ropa como la pólvora.

Ah, y lo que se sentía al tener unos dedos fuertes clavándose en su carne…

aunque no lo hicieran por deseo, sino por rabia.

Resultaba bastante fácil reinterpretarlo, en realidad. Demasiado fácil.

—¿De qué estás hablando? —espetó Dax, intentando apartarla, pero ella se aferró a sus hombros como si fueran el borde de un precipicio del que estuviera colgando.

—Obviamente, apenas hemos visto a los amigos desde que nacieron Rex y Reilly —explicó—.

Son una bendición, sin duda, pero ahora que el tercero está en camino…

—Se puso una mano sobre el vientre y suspiró—, cada vez es más difícil encontrar tiempo para nosotros dos.

O para conocer gente nueva. —Le sonrió de forma abierta a la chica, que miró a Dax con expresión de asco.

—Tienes una esposa embarazada —dijo tajante.

—Así parece —masculló él entre dientes—. Aunque todos los días me sorprende. Porque, joder, todo ha pasado muy rápido.

—Lo embrujé con una sola mirada —explicó Lucy, batiendo las pestañas.

—Sí. Lo de bruja es muy acertado —respondió él sombrío, y añadió más bajito—: Y a las brujas se las quema en la hoguera.

Lucy soltó una risa nerviosa y volvió a moverse de un lado a otro.

—¡Qué encantador! Pero de verdad es el mejor marido del mundo —dijo con aire soñador—. Y un padre excelente.

—Oh, no lo sé —gruñó Dax—. Ahora mismo me estoy planteando usar la violencia como medida educativa.

Lucy se rio, le tomó la mano y se la apretó con fuerza para que pareciera que estaban intercambiando caricias ahí frente a la mesa…

y para que él no pudiera poner en práctica su idea de la violencia.

Dax se metía a menudo en peleas a puño limpio sobre el hielo, y de pronto temió que fuera lo bastante osado como para no diferenciar entre hombres y mujeres a la hora de soltar un golpe.

—Increíble —jadeó la rubia con brusquedad y se levantó empujando la silla. Le puso un dedo índice frente a la cara a Dax—. Debería darte vergüenza.

—Sí, esa es la opinión general —respondió sin pestañear.

La rubia se rio sin alegría y se dirigió a Lucy:

—Buena suerte con él. —Al momento siguiente, se dirigió hacia la puerta.

Lucy exhaló con alivio. Funcionó de maravilla , se felicitó a sí misma.

—Deja de moverte así —le siseó Dax, empujándola fuera de su regazo.

—Simplemente te incomoda toda esta situación. Un remordimiento de conciencia —replicó ella, defendiéndose mientras colgaba su chaqueta en el asiento que acababa de quedar libre.

—¡Agarra una maldita silla la próxima vez! —espetó él, golpeando la mesa con las manos y los ojos azules casi negros—. Ah, sí, y también: ¿qué te parecería dejarme en paz con tus putas mierdas?

—No me parecería bien —admitió, dejándose caer en la silla de Brandy.

—Ya, me lo imaginaba —respondió con hostilidad—. Así que, ¿cómo demonios me encontraste?

—¿Intuición femenina?

Dax la miró con los ojos entrecerrados. Casi se podía oír cómo giraban los engranajes en su cabeza y, al momento siguiente, sacó su teléfono y deslizó el dedo por la pantalla.

—Increíble —dijo sin expresión, con un músculo de la mandíbula tenso—. ¿Instalaste un tracker en mi celular?

—Es la aplicación Buscar a mis amigos —protestó.

—¡No somos amigos, Lucy! —le gritó él.

Ella ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.

—¿Por qué todo el mundo me dice lo mismo hoy?

Dax se rio con sorna y se echó las manos a la cabeza.

—Santo Dios, estás loca. ¿Qué pasa exactamente por esa cabecita tuya? ¿Me lo puedes explicar? Porque, joder, ¡esto es demasiado! Demasiado. Cruzaste tanto la línea que ya ni siquiera puedes verla.

Ella apretó los labios y se inclinó hacia delante.

—Te lo advertí, Dax. Te dije que me tomo mi trabajo en serio y que haré todo lo posible para cumplir con la misión de Leslie. Tú, sin embargo, pareces haberlo olvidado, junto con nuestro acuerdo. —Rechinó los dientes—. Nada de líos, nada de rollos de una noche. Esas eran las reglas.

—Y también teníamos el acuerdo de que podía hacer lo que quisiera en mi habitación de hotel —le espetó él.

—¿Esto te parece tu habitación de hotel? —preguntó incrédula, abriendo los brazos.

Dax se quedó callado unos segundos; un silencio inquietante y peligroso. Luego sonrió. Fue una sonrisa pequeña y condescendiente que se le clavó en las sienes como alfileres.

—No importa —susurró con aire de suficiencia—. Lo que acabas de hacer puede haber ahuyentado a Brandy, pero hay muchas otras mujeres aquí.

Ella lo miró pensativa y luego echó un vistazo al local, donde efectivamente había muchas mujeres guapas.

—Tienes toda la razón —aceptó, asintiendo con firmeza—. Será mejor que elimine todas las amenazas de una vez, ¿no te parece?

Perplejo, la miró un segundo.

—¿De qué estás hablando? Qué…

No dejó que terminara. En su lugar, se levantó, apartó la silla y se subió a ella para poder dominar toda la sala.

—¡Escúchenme todos! —gritó, y su voz rebotó en las paredes pegajosas mientras todo el bar se giraba hacia ella—.

Este es mi amigo Steven —Lo señaló—. Acaba de terminar el tratamiento por una grave adicción al sexo y sería estupendo que todos le ayudaran a evitar una recaída hoy.

—Se puso una mano en el pecho antes de continuar con voz dramática—: Ha hecho progresos increíbles durante el último año, sería una pena que…

De repente el aire se le escapó de los pulmones cuando Dax la rodeó por la cintura con uno de sus brazos y la bajó de la silla. Perdió el equilibrio y soltó un «¡ay!» cuando su estómago hizo contacto con el hombro de él.

—Bueno, ya basta —gruñó él.

—¡No, creo que algunas de las mujeres que están en el baño no me escucharon!

—lo contradijo, forcejeando contra su agarre.

Pero no tenía ninguna oportunidad contra él.

A diferencia de ella, Dax tenía músculos…

demasiados—. ¿Qué demonios estás haciendo?

—jadeó, echando la cabeza hacia atrás para no chocar con la espalda de él mientras este la llevaba por el local, cargada al hombro como un saco de arroz mojado.

Su brazo presionaba contra sus muslos para evitar que se cayera hacia el suelo.

—Estoy eliminando el peligro —gruñó él.

—¡Bájame! —exigió en voz alta, intentando buscar ayuda con la mirada en el bar, pero para entonces, Dax ya la había sacado por la puerta.

El viento frío le dio bajo la falda y se estremeció.

—Mierda, qué frío hace.