Capítulo 11
Capítulo Once
—¿ D ónde está Dax?
—No lo sé —masculló Matt distraído, mirando con escepticismo la sustancia roja y grumosa de su cuchara—. Este es un hotel de cinco estrellas, ¿verdad? Entonces, ¿por qué esta sopa está fría?
—Es gazpacho. Una sopa del sur de España —respondió ella con impaciencia.
—¿Y qué?, ¿se enfrió desde el vuelo o cómo? —preguntó malhumorado.
—¡Matt! ¿Dónde está Dax? No consigo localizarlo.
No está en la mesa y no me entra las llamadas.
¿Dónde está? ¡Y la sopa debe estar fría!
Es a propósito. Se come así. —Lucy levantó la barbilla y recorrió con la mirada el restaurante del hotel, que estaba lleno de hombres altos y corpulentos.
Pero al que buscaba no estaba entre ellos.
Casi nunca era difícil de encontrarlo: era el tipo de hombre que destacaba de inmediato entre la multitud.
Sin embargo, en este momento, significaba que no estaba allí.
—Mmm-ju —dijo Matt con aire ausente, bajando la cuchara para mirarla pensativo al otro lado de la mesa—. Pareces nerviosa.
—¡Porque Dax no está aquí! —Y tenía un presentimiento horrible al respecto.
El partido fue terrible y ver a Dax sobre el hielo, una verdadera tortura.
Había sido peor que un accidente de tráfico.
Tenía que estar frustrado y furioso; y la gente frustrada y furiosa no solía tomar las mejores decisiones.
Los jugadores de hockey sobre hielo frustrados, furiosos y ricos eran todavía peores.
—¿No es tu trabajo saber siempre dónde está? —inquirió su amigo—. Entonces, ¿por qué me molestas con esa pregunta cuando se supone que tú deberías saber la respuesta?
Lucy frunció los labios y le lanzó una mirada fulminante.
—Es tu mejor amigo y yo tenía trabajo justo después del partido. ¡Tenía que asegurarle a la prensa que el desastre total de Dax no tuvo nada que ver con West!
—Pero sí que lo tuvo —protestó Matt.
—Lo sé —le espetó furiosa—. ¡Pero la prensa no tiene por qué saberlo! ¿Y de verdad no tienes ni idea de dónde está? ¿O no me lo estás diciendo porque él te lo pidió?
Matt suspiró y apartó la sopa.
—Ah, no. ¡Yo no me voy a meter en esta ridícula guerra de poder que llevan lanzándose desde hace meses!
Si tanto necesitas saberlo, la última vez que lo vi fue hace una hora.
Le pregunté si quería jugar a los dardos.
Pensé que le vendría bien distraerse. Pero se negó.
Ha de estar en su habitación recuperándose del día.
—No, no está allí. —Ella ocupaba la habitación de al lado y había llamado varias veces de una forma imposible de ignorar—. ¿Por casualidad parecía que estuviera planeando hacer alguna estupidez?
Matt soltó una carcajada.
—Siempre parece estar planeando hacer alguna estupidez. Es la cara que tiene.
Suspirando, Lucy sacó el móvil del bolsillo.
—No estás siendo de mucha ayuda, para que lo sepas —anunció a secas mientras buscaba entre sus aplicaciones hasta encontrar lo que quería.
De verdad había esperado no tener que llegar a esto, pero… por desgracia, Dax no le dejaba otra salida.
—¡Dios mío! ¿No me digas que le hackeaste el teléfono y que le pusiste una aplicación de rastreo? —preguntó Matt incrédulo, inclinándose hacia delante para fisgar en la pantalla, donde apareció un mapa de la zona.
—Tonterías. No es hackear si conoces la contraseña —murmuró ella de forma distraída—. Y no es una aplicación de rastreo. Se llama Busca a mis amigos .
—Pero él no es tu amigo —objetó Matt, señalando lo obvio, con los ojos como platos—. ¡Ay, joder!, no tiene ni idea, ¿verdad?
—Por supuesto que no —respondió irritada, atenta al punto rojo en el mapa que le indicaría el paradero de Dax—. No soy una aficionada. Y, sinceramente, si usa su dorsal como contraseña, es culpa suya.
Estaba claro que no estaba en el hotel, pero tampoco lejos. Estaba en un lugar llamado Snow Hut . Un bar. Mierda. Lo único que hacía Dax en los bares era beber y ligar. Y puesto que no estaba bebiendo en este momento…
—Mierda. —Se levantó de un salto—. Sabía que debería haber comprado un táser. En fin, ya encontraré otra forma de escarmentarlo.
Matt abrió los ojos.
—Joder, Dax y Maddie tienen razón, estás loca. Al menos en lo que a él respecta. Siempre creí que exageraban, pero… qué va. ¡Con él se te va la maceta por completo!
—¡No se me va nada! Simplemente estoy muy comprometida. Con mi trabajo —aclaró—. ¿Y por qué estás hablando con mi hermana de mí?
—Me preguntó cómo iban las cosas entre Dax y tú. —Se encogió de hombros.
—¿Y por qué no me lo pregunta a mí ?
—Porque yo soy mucho más sincero y entretenido que tú —explicó Matt con aire de sabio.
Lucy resopló y le dedicó su dedo medio.
—¡No me gusta para nada esa confianza entre tú y ella! Ahora déjame en paz; tengo que evitar una catástrofe. —Al momento siguiente, se dirigió hacia la salida.
—¡Te estás portando como una acosadora, Lucy! —le gritó Matt desde atrás.
—Cómete el gazpacho, Matt, antes de que se enfríe.
—¡Ya está frío!
Lucy dejó de responder y aceleró el paso.
El problema era blanco y en botella: Dax era un bombón y estaba en un bar. Solo. Incluso si no tenía intención de ligar con nadie, no pasaría mucho tiempo antes de que alguien lo ligara a él .
Gimiendo, se pasó las manos por el cabello. No importaba que estuviera enfadado o de mal humor, el cabrón era irresistible y conseguiría lo que quisiera. Qué suerte que fuera su trabajo evitar que cometiera este tipo de errores.
The Snow Hut no merecía ese nombre que sonaba a ensueño.
Cabaña de la Muerte o Cabaña de las Decisiones Equivocadas habrían sido nombres mucho más adecuados: las paredes estaban empapeladas con animales muertos, por los altavoces atronaba death metal y olía como si alguien hubiera vomitado en el suelo pegajoso de madera y el hedor se hubiera multiplicado al pasar un trapeador empapado en cerveza.
La luz era turbia y la compañía cuestionable. Lucy habría preferido estar en cualquier otro sitio. Pero no estaba allí para divertirse; estaba allí para cabrear a Dax y luego arrastrarlo de vuelta al hotel.
Lo único bueno de aquel lugar era que no había visto ni un solo periodista. Pero eso apenas era un consuelo, porque afuera del hotel había los suficientes como para que, si Dax decidiera llevar a alguien a su habitación, la prensa se enteraría.
La frustración y la inquietud la embargaron.
Creía haber progresado con él la semana pasada, pero no era capaz de precisar exactamente qué progreso era ese. Matt tenía razón, no eran amigos, pero al menos se habían… expresado respeto mutuo, ¿no?
Dax se portó bien por ella y ella lo animó. Además, guardó su secreto para sí misma. ¿Eso no valía nada?
Se puso de puntillas —deseando por enésima vez que sus piernas midieran unos veinte centímetros más— mientras buscaba la cabeza oscura de Temple.
Quizá solo estuviera sentado en la barra, inocente. Quizá lo estaba juzgando demasiado deprisa. Quizá no quisiera ligar con nadie. Quizá solo… estuviera tomando algo tranquilo…
Lo divisó en una de las mesas cuadradas y el pensamiento se disolvió.
De eso nada. Estaba allí para encontrar un rollo de una noche.
Y eso estaba más que claro: frente a él estaba sentada una rubia de piernas largas, mejillas sonrojadas y un escote de infarto.
A Lucy se le encogió el estómago de forma incómoda y una sensación amarga, parecida a la decepción, se extendió por su cuerpo.
No era justo que las rubias piernas largas siempre ganaran, que siempre se quedaran con los hombres más guapos mientras que a ella ni siquiera la miraban… Un momento…
Sacudió la cabeza, irritada por aquellos pensamientos.
Por supuesto que la rubia no estaba ganando .
Eso significaría que Dax era el premio, y que a Lucy le molestaba que él no le dedicara ni una mirada…
¡lo cual era una soberana tontería! Dax Temple era un imbécil arrogante que le estaba arruinando el trabajo.
¡Su ego se merecía sin duda una buena abolladura!
Levantó la barbilla, se quitó la chaqueta para que pareciera que tenía intención de quedarse, se irguió en toda su poco impresionante estatura y cruzó la sala con paso firme.
De camino a la mesa de Dax, se quitó el anillo de su madre del dedo medio, se lo puso en el anular y forzó un poco las comisuras de los labios para que la sonrisa pareciera genuina.
Buscó una silla para acercarla, pero no había ninguna libre por allí cerca. No importó. Supo de inmediato cuál sería el lugar perfecto para sentarse.
—Hola, cariño —dijo sin aliento al llegar a la mesa de Dax—. Aquí estás.
Este giró la cabeza de golpe y la miró de abajo arriba con la boca abierta. Lucy no tenía vergüenza y era lo bastante lista para aprovecharse de eso en ese momento.
—Te estuve buscando —continuó—. Dios mío, me matan los pies.
Pero claro, tú me dijiste que no debería llevar tacones altos en mi estado, por muy sexy que me hagan parecer.
Dios, tengo que sentarme. —Al momento siguiente, le rodeó el cuello con un brazo, se hundió en su regazo y le dedicó una radiante sonrisa.
Luego se volvió hacia la rubia, que la miraba como si le hubiera salido una calabaza por cabeza—.
¿Y quién es ella? ¡Qué amable por tu parte hacerle compañía mientras yo estaba ocupada con otras cosas!
—Eh, yo… —Insegura, la mujer miró de la cara aún conmocionada de Dax a Lucy y viceversa—. Soy Brandy. —Extendió una mano con vacilación y Lucy se la estrechó.
Maldita sea. La rubia parecía decente y no se merecía aquel numerito. Lucy, sin embargo, tenía que priorizar al hombre que en ese momento le estaba clavando los dedos en la cadera.
—¿Qué te crees que estás haciendo? —le siseó Dax al oído.
Ella se permitió el lujo de ignorarlo. En su lugar, se dejó caer con fuerza en aquel abrazo forzado para que Dax no pudiera empujarla de su regazo, y continuó: