Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Bueno, la idea es que tú respondas y ellas se desanimen al ver que otra mujer contesta a mi teléfono —dijo él, rascándose la nuca—. Me facilita mucho las cosas.

—¡Pero no es tu teléfono, es el mío! —exclamó con incredulidad—. Y si vas a acostarte con tantas mujeres, al menos deberías tener la decencia de decirles que no quieres nada serio.

Él hizo una mueca. Con gusto tendría esta conversación con cualquier persona que no fuera su hermana.

—Lo hago, Anna —le aseguró—. Es prácticamente lo primero que les digo. ¿Acaso tengo la culpa si no me quieren escuchar?

Su hermana bufó con fuerza.

—¡Bueno, deja de dar mi número! Es una invasión de mi privacidad.

Mierda, tenía toda la razón. La próxima vez, daría el de Lucy. Eso sería mucho más responsable.

—Bien, bien —la tranquilizó—. No volverá a pasar. ¿Cómo estás?

—¿Solo me lo preguntas para que no siga dándote la bronca con tu actuación de esta noche?

Sí, justo por eso.

—No, solo quiero asegurarme de que duermes y comes lo suficiente y que no pasas todo el tiempo en el hospital o con la nariz metida en un libro de texto —aclaró con inocencia.

Anna pareció reflexionar sobre sus palabras un momento y luego dijo:

—Oh, he estado durmiendo unas pocas horas por noche. Pero estaré eufórica cuando todo esto por fin acabe.

Sí, él también. Le parecía genial que el sueño de su vida de estudiar medicina se estuviera haciendo realidad. Pero a veces era difícil ver a su hermana agotándose.

—No has dicho nada de comer lo suficiente, Anna —le recordó.

Ella se rio.

—No eres mi padre, Dax. Deberías dejar de preocuparte.

Sí, pero incluso su padre no había sido realmente un padre. Alguien tenía que llenar ese vacío.

—Eso me dice que tu nevera está vacía y que vives a base de pasta con pesto —replicó con brusquedad.

—La pasta y el pesto están llenos de vitaminas valiosas, fibra saludable y sales.

—Y tú estás llena de tonterías —comentó en respuesta—. Tengo otro partido el viernes, pero me pasaré a cocinar algo el sábado, ¿de acuerdo?

—Bien, bien —respondió Anna a regañadientes, como si fuera innecesario.

Pero él sabía que agradecía que la alimentaran de vez en cuando.

La obligaba a tomarse un descanso. Además, era culpa suya que nunca hubiera aprendido a cocinar.

Él se había encargado de esa tarea durante los primeros veinte años de su vida.

Anna era del tipo de personas a las que se les quema el agua, pero Jack fue mucho peor: una o dos veces achicharró dos tostadoras intentando calentar sobras.

A Dax se le torció la boca al pensarlo, y no pudo evitar preguntarse si seguía siendo un desastre en la cocina o si habría aprendido a cocinar en la última década.

—Ya que tengo tu atención, Dax, quiero comentarte algo. Tu cumpleaños es en unas semanas…

—No —la interrumpió—. No y no.

—Oh, vamos, Dax —se quejó su hermana de inmediato—. Cumples veintiocho. Quiero organizarte una fiesta.

—No —repitió. Odiaba sus cumpleaños y Anna lo sabía.

Como si le hubiera leído el pensamiento, ella suspiró.

— Okay , sin fiesta. Pero entonces al menos pásate a cenar. Cocinaré yo… No, pediré algo. Eso te dará más incentivos para venir.

Gimiendo, echó la cabeza hacia atrás. Todos los años lo intentaba. Y todos los años él le daba la misma respuesta.

—Haber nacido no es un logro que deba celebrarse.

—¿Igual que el partido de esta noche, quieres decir? —replicó molesta.

Auch. Eso fue cruel.

—No voy a celebrarlo —insistió.

—Dax, sé que estás de un humor de perros, incluso peor, ahora que Jack se ha unido a tu equipo —dijo ella con un suspiro—.

Pero ¿no podríamos aprovechar este año para que todo fuera…

mejor? ¿Incluso reconciliarte con él? —Su voz se había vuelto más suave y dulce, como cada Navidad cuando eran niños e intentaba convencerlo para que le diera su Papá Noel de chocolate.

Jack, el idiota, había caído tres años seguidos hasta que Dax le explicó que la mayoría de las lágrimas de Anna no eran reales.

—No tengo intención de que nada mejore —explicó con impaciencia—. Mi vida es bastante genial. Soy increíblemente feliz con ella.

—Mentiroso —susurró la pequeña—. Dax… es hora de empezar de nuevo.

No, se equivocaba. Estaba muy equivocada.

—Hasta luego, Anna.

Un suspiro audible fue su respuesta.

—Dios, de verdad esperaba que fueras un poco más razonable. Eso habría hecho que mis siguientes palabras fueran mucho más fáciles.

Él frunció el ceño con sospecha.

—¿De qué estás hablando, Anna?

—Bueno, decidí no darte opciones este año —espetó con firmeza—.

Vendrás, comerás tarta y sonreirás. Ah, y, por cierto —las siguientes palabras salieron a toda prisa, atropellándose unas a otras—: invité a Jack para tu cumpleaños.

Él traerá el aperitivo. Se sentarán en la mesa, serán educados y amables el uno con el otro.

Como la familia que somos. Fin de la discusión.

—¿Perdona? —increpó, apretando el teléfono entre los dedos.

—Ya me escuchaste. —Había una clara advertencia en su voz—. Ya basta. Los dos son mis hermanos. Nos vemos entonces.

Antes de que pudiera abrir la boca de nuevo, ella había colgado.

Dax apretó los labios y bajó lentamente el teléfono. Una rabia y frustración silenciosas se deslizaron por sus venas, dándole de repente un calor increíble, a pesar de las nubes de condensación que se formaban ante su boca.

Silenció el teléfono con movimiento fúricos y se lo metió en el bolsillo. ¿De repente todo el mundo estaba convencido de que sabía lo que era mejor para él?

Dios, estaba harto de eso: seguir reglas que otros le imponían.

Había pasado toda su juventud siguiendo las reglas disparatadas que su madre les imponía para sentir que contribuía al menos en algo a su educación.

Como si mandar a sus hijos a la cama a las diez fuera a servir de algo, cuando Dax tenía que levantarse tres horas después y acompañarla al casino de al lado porque no era lo bastante fuerte para apartar a su marido borracho de las mesas de dados por sí sola.

Como si tuviera sentido prohibir los dulces cuando su viejo ya le había ofrecido su primera cerveza a los trece.

No. Siempre hizo lo que quería fuera de casa. Y eso le dio esta vida, ¿no?

Tenía más dinero del que podría gastar, tenía un trabajo que amaba. Tenía docenas de amigos con los que trabajaba cada día. Y tenía a Anna. Así que, ¿por qué iba a cambiar algo ahora si era feliz?

Mentiroso, le había susurrado ella.

La voz de Anna resonó en su cabeza, pero él la ignoró. En su lugar, empujó la puerta del bar con el puño. Ella no tenía ni idea de lo que estaba hablando.