Capítulo 10
Capítulo Diez
D ax se equivocó.
No iba a salir bien. En absoluto.
Desde el momento en que pisó el hielo en el pabellón de los Edmonton Whales, supo que hoy no era su día.
El silbido de las cuchillas sobre el hielo solía ser música para sus oídos, y el viento frío que se filtraba bajo su visera y ponía sus sentidos al límite era la libertad que buscaba.
Hoy, sin embargo, el acero de las cuchillas contra el hielo chirriaba de forma ensordecedora y el viento aullaba sin descanso para acompañarlas.
No podía concentrarse. Sus manos no respondían como debían.
Y el disco, en vez de parecer su amigo, parecía su enemigo.
Los Whales ni siquiera eran el oponente más fuerte en aquel momento.
No. Sentía que estaba jugando contra su pasado, un rival al que nunca había logrado vencer.
Tenía la sensación de apenas ver el disco, pero a cambio acumulaba una penalización tras otra.
—¿Estás jodiendo, Temple? —le espetó Gray cuando el árbitro lo mandó a la caja por veinte minutos, lo que permitió que los Whales marcaran, ya que los Hawks tuvieron que seguir jugando en inferioridad numérica—. ¿Qué carajos estás haciendo?
Por el amor de Dios, ni él tenía ni puta idea. Así que se quedó callado y, en su lugar, miró hacia las gradas de enfrente, donde los pocos aficionados de los Hawks que habían viajado para verlos abucheaban expresando su descontento.
El ruido del pabellón le retumbaba en los oídos, puntuado por los pesados cuerpos chocando contra las vallas y el raspado de los palos de hockey sobre el hielo.
La voz de Gray se oía por encima de todo aquello, pero a él le dio igual.
En lo único que podía pensar era en que Lucy estaba sentada en algún lugar de la grada, presenciando aquella tragedia.
Seguramente pensando en cómo le explicaría a la prensa por qué jugó como si llevara los patines al revés.
Cerró los ojos, aspiró el aire frío e intentó despejar su cabeza. Fue inútil.
El hielo era su refugio. Siempre lo había sido.
Jack se lo había dado. Qué irónico que ahora fuera él quien se lo estuviera arrebatando.
Cada vez que veía la cara de su hermano, recordaba lo perdido que se sintió cuando el cabrón simplemente desapareció en mitad de la noche; lo difícil que resultó hacerse cargo de Anna de un día a otro y a solas, porque no podía contar con sus padres.
Lo estresantes que fueron los años en los que vivió en casa solo para protegerla, cuando podría haber vivido en el campus y haber empezado su carrera mucho antes.
Y mientras tanto, Jack había estado haciendo exactamente eso.
Sin él. Sin Anna. Sin mirar atrás.
Quería sacudirse el pensamiento, quería concentrarse en el hielo, quería dar lo mejor de sí… pero lo mejor de sí en el hielo ya no era solo suyo, ahora también le pertenecía a Jack, porque formaba parte del equipo.
Y, joder, es que no quería que Jack triunfara.
Dax vivía para el olvido. Para la libertad que le aportaba el juego. Jack vivía para ganar. Y si Jack no dejaba que olvidara y fuera libre… entonces Dax no dejaría que Jack ganara.
No fue una decisión consciente, pero aun así fue el resultado final. Cometió un error tras otro. Sus pases fueron descuidados, desperdició cada oportunidad de gol que tuvo y sus compañeros no eran más que siluetas borrosas sobre la pista.
Jugó así hasta que ya no supo si era un error o algo intencionado. Ya no tenía claro si estaba fallando porque tenía un deseo subyacente de fallar o si fallaba porque su mente estaba llena de porquería que lo distraía.
Aun así, a Lucy le dijo la verdad.
Él no jugaba, al menos no con la felicidad de los demás.
Solo con la suya propia. La idea de que su subconsciente estuviera rompiendo su única regla lo cabreaba.
Y cuando el silbato final sonó tras sesenta minutos de juego, alargados a noventa gracias al ridículo número de penalizaciones, no era el único que estaba cabreado.
— Bro , Dax —le espetó Matt, dándole un golpe en el brazo con tanta fuerza que casi se estrella contra la valla de camino a la salida.
—Lo sé —dijo con voz ronca.
—Joder, Dax, ¿qué carajos te pasó? —intervino Fox, con la cara roja de ira—. ¡Por tu culpa, todos tuvimos que sentarnos en el banquillo al menos una vez!
—¡Ya lo sé! —respondió tajante.
—Como un burro con patines —comentó León enfadado.
Dax apretó los labios y se encontró con la mirada de Jack cuando llegó a la salida antes que él.
Jack mantuvo la boca cerrada, se limitó a mirarlo con fijeza y sacudió la cabeza de forma casi imperceptible. Dax no sabía si estar agradecido o enfadado por ello.
Diez minutos después, cuando Gray entró furioso en el vestuario y anunció que hoy no habría rueda de prensa, Dax se sintió increíblemente aliviado. No habría podido responder a sus preguntas con honestidad. Y eso significaba que no tenía que ver a Lucy, que solía supervisar las entrevistas.
—¡Se comportaron como una bola de imbéciles ahí afuera! —espetó.
—¡Si Temple juega como si estuviera solo, no me extraña! —saltó León, mirándolo con furia.
—Temple no es el único que jugó con el culo, Álvarez. Tú empezaste dos peleas a puñetazos innecesarias.
—¡Sí, porque estaba furioso con Temple y no podía atacarlo a él! —le gritó.
—Ya basta, León —respondió Fox con dureza, y Dax deseó que el capitán no lo hiciera. Hoy no tenía derecho a que nadie lo defendiera.
—Mañana hablaremos de esto con más detalle —anunció Gray con semblante sombrío—.
Dios. Me gustaría mandarlos a todos a la cama sin cenar.
En su lugar, solo les diré lo decepcionado que estoy con ustedes.
Eso siempre funciona mejor con mis hijos que castigarlos.
—Tras eso les dio la espalda, pero antes de salir del vestuario, se detuvo de nuevo frente a Dax—.
Como vuelvas a hacer una estupidez así, Temple, te dejo en la caja durante todo el próximo partido —dijo con frialdad, con una voz tan baja que ninguno de los demás pudo escuchar—.
No estás solo en el hielo ahí afuera. Así que deja de ser un puto egoísta y arregla tus mierdas con West. Alguien peor que yo asumiría que perdiste a propósito.
Y si ese es el caso, vamos a tener un serio problema.
La puerta se cerró de un portazo tras Gray y lo que quedó fue el silencio opresivo y punzante que solo una derrota terrible e innecesaria podía provocar.
Dax se desplomó en el banco y dejó caer la cabeza contra la fría pared de azulejos.
Mierda. Necesitaba una copa.
Sin embargo, como no bebía durante la temporada, necesitaba la segunda mejor opción: sexo.
Menos mal que conocía los mejores bares de casi todas las ciudades para lograr su objetivo.
Edmonton, la capital de Alberta, estaba a unos cientos de kilómetros al norte de la frontera con Estados Unidos y, aunque el frío allí era incluso más arrasador en comparación con el de California, a Dax poco le importaba aquello.
Al fin y al cabo, era jugador de hockey profesional.
Aun así, con el termómetro rozando los cuatro grados, no pensaba molestarse en buscar un bar a kilómetros del hotel.
En su lugar, entró en el primero que encontró, sin importarle cuántas estatuas de alces custodiaran la entrada ni lo brillantes que fueran los neones con nombres cursis como Snow Hut .
Mientras no fuera un bar de deportes donde alguien pudiera reconocerlo —y amenazara con darle una paliza por ser el enemigo declarado—, le parecía bien.
Aunque esa noche, técnicamente, se comportó más como un aliado de los Edmonton Whales que como un rival.
¡Joder, el pensamiento era deprimente y necesitaba sacárselo de la cabeza con una buena cogida! Se acercó a la puerta del bar, echó mano al picaporte… y su móvil sonó.
Se detuvo con incredulidad. ¿Cómo demonios lo sabía? ¿Acaso era vidente o algo así?
Molesto, sacó el teléfono del bolsillo esperando que fuera Lucy exigiendo saber dónde estaba y por qué hacía lo que hacía.
Sin embargo, antes de que pudiera rechazar la llamada, se dio cuenta de que se equivocaba.
Anna parpadeaba en la pantalla. Y él siempre respondía cuando su hermana llamaba, por principio.
Por muy mal que se sintiera en ese momento.
Así era desde hacía diez años y no había cambiado desde entonces.
—Hola, ¿qué pasa? —preguntó.
—¿Que qué pasa? —respondió su hermana con hostilidad—. Me acaba de llamar una mujer que creía haber marcado tu número. Porque era el que tú le diste.
Frunció el ceño. Ah, sí. A veces lo hacía; daba el número de Anna en lugar del suyo. Pero, si era sincero, no le apetecía tener otra discusión sobre por qué era un imbécil, así que dijo:
—¿Podemos hablar de esto en otro momento?
—No.
Dax gimió y se apartó de la puerta del bar para dejar pasar a un canadiense bigotudo.
—Por favor, ahora no, Anna. No estoy de humor.
—¿Por qué? —preguntó su hermana—. ¿Porque jugaste como si no supieras distinguir el disco de tu propia cabeza? ¿O porque te abuchearon por ello?
Apretó los dientes.
—Viste el partido, ¿verdad?
—No me iba a perder el primer partido que por fin unía a mis dos queridos hermanitos después de doce años —respondió la chica con sarcasmo—. Pero ahora casi desearía haberlo hecho.
—Tú siempre sabes cómo animar el ambiente —replicó a secas.
—No llamo para animarte. ¡Llamo para quejarme!
—aclaró su hermana—. ¿Eres consciente de que, en tres meses, tengo mi segundo examen de la junta médica?
Tengo cosas mejores que hacer que consolar a tus ligues de una noche.
Y créeme, te convendrá tener a una doctora titulada en la familia.
Alguien que pueda reanimarte si una de las muchas personas que están cabreadas contigo intenta por fin matarte.
Temple bufó.
—Eso fue un poco exagerado.
—Oh, deberías haber oído a la mujer que me acaba de llamar. Si lo hubieras hecho, estoy segura de que no habrías dicho eso —afirmó tajante—. Y ya que estamos en el tema. ¿Por qué le das mi número a desconocidas?