Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo Nueve

— N o vas a salir con Jack.

Sobresaltada, levantó la vista y suspiró profundo. Cómo no.

—La señal de los cinturones está encendida, Dax. Se supone que no deberías estar de pie —le recordó.

—Tienes razón —espetó él con brusquedad y se dejó caer en el asiento de al lado—. ¿Mejor?

Con un gemido de fastidio, Lucy retiró los dedos del teclado.

Tenía la esperanza de aprovechar el vuelo a Edmonton para ponerse al día con el trabajo; allí los Hawks jugarían mañana el primer partido de la temporada.

Pero primero Matt estuvo incordiándola con que se aburría, así que terminó dándole su crucigrama favorito del New York Times.

Y ahora, para colmo, Dax se acomodaba a su lado.

Ya había pasado demasiado tiempo con él estos últimos días.

Durante su misión para retratarlo como el ser humano más maravilloso y compasivo que no era, visitaron juntos dos hospitales infantiles, organizaron un encuentro con algunos fans y crearon un vídeo de YouTube para el canal de los Hawks, donde Dax dio consejos a futuras promesas del hockey sobre cómo mejorar su técnica.

Dax se negó a conceder entrevistas porque consideraba que cualquier periodista sensato le haría preguntas sobre Jack West que no quería responder y Lucy, en secreto, estaba de acuerdo con él.

Aun así, sin tener que decirlo en voz alta, logró persuadirlo para que hiciera algunas declaraciones a la prensa.

En general, la semana pasada fue un éxito rotundo. Resultaba refrescante leer algo amable sobre Temple en internet, y la forma en que interactuó con los niños en el hospital fue incluso… dulce. Los pequeños estaban emocionadísimos, y Dax se mostró super paciente y nada molesto…

Lucy jadeó. Estaba perdiendo la concentración.

—Dax, tengo que trabajar —respondió con aspereza.

—Hm —articuló él antes de reclinar el asiento, estirar sus largas piernas y cruzar las manos detrás de la cabeza con los ojos cerrados. Parecía satisfecho con su sitio.

Poniendo los ojos en blanco, la chica se recostó y aprovechó su momento de distracción para dejar que su mirada recorriera su cuerpo.

¿Por qué los jugadores siempre llevaban traje cuando viajaban?

No entendía en absoluto esa tradición. Los atletas no tenían por qué parecer respetables.

Tenían que parecer sudorosos y rudos. No es como si fueran empresarios o algo así.

Además, el corte slim fit debería pasar de moda cuanto antes, y esas camisas blancas que se ceñían a los hombros fuertes y músculos definidos de Dax como una segunda piel eran… poco aptas para todo público.

Probablemente los trajes no eran más que otra forma de hacer que las fans suspirasen y de vender más camisetas, porque los trajes hacían que los hombres mejorasen en gran medida su aspecto, sin importar si tenían mandíbulas cuadradas y ojos azul frío.

Porque los jugadores de hockey con esas chaquetas negras ajustadas y esas camisas…

—Quedarse mirando a la gente es de muy mala educación, Lucy —murmuró Dax.

Lucy se sobresaltó.

—No me quedé mirando —respondió.

—Mentir también es de mala educación —continuó Dax—. ¿Sabes?, por lo general solo permito que me miren con tanta intensidad las mujeres que están en mi cama esperando la segunda ronda o los fans que pagan por ello. ¿Perteneces a alguna de esas dos categorías?

El calor le subió a la cabeza, así que desvió la cara con brusquedad.

—Tienes la corbata torcida, eso es todo —explicó a secas—. No te lo creas tanto.

Él soltó una risita suave, una risa profunda y ronca que vibró por todo el cuerpo de ella.

—Teniendo en cuenta que trabajas en marketing, eres una mentirosa pésima. Además, ¿no te dije que era de mala educación?

Lucy suspiró, cerró el portátil con fuerza y luego golpeó con el puño el botón del asiento de él que lo devolvía a la posición vertical. Las manos de Dax cayeron a los costados, pero por lo demás, permaneció en su postura relajada, con una expresión de pura serenidad.

Imbécil.

—Bien, te escucho —espetó molesta—. Dijiste que debería salir con Jack cuanto antes o algo así, ¿no?

Él abrió un ojo y le lanzó una mirada sombría.

—¿Todo lo que sale de tu boca es para molestarme? ¿O alguna vez dices algo que no sea irritante? —preguntó.

Se encogió de hombros.

—Ah, a veces. Los domingos. Pero nunca en tu presencia.

Dax resopló; bostezó y luego abrió el otro ojo.

—Bien, lo diré de nuevo. No vas a salir con Jack.

—Jack —murmuró ella, dándose golpecitos en la barbilla con el dedo índice—. Jack… Jack… me suena de algo. ¿Jack Ryan… Jack Frost… Jack Sparrow?

—Los piratas no son buena compañía para personitas con la boca tan grande como la tuya —la sermoneó él—.

Te harían caminar por el tablón el primer día.

Y sabes muy bien de quién estoy hablando —espetó—.

Solo intentas provocarme de nuevo y, si fuera tú, tendría cuidado.

—Entornó los ojos y se inclinó de modo que su muslo terminó por rozar el suyo. Estaba caliente y duro.

Un escalofrío le recorrió la espalda, aunque jamás dejaría que Dax lo supiera. Así que levantó la barbilla y enarcó una ceja.

—¿Que tenga cuidado? —repitió, sin inmutarse.

—Sí —susurró en respuesta, ladeando la cabeza—. Porque estamos en una caja de metal a seis mil metros de altura. No puedes huir y yo podría castigarte de la forma que quisiera. —Una sonrisa perezosa y satisfecha se extendió por su rostro.

Se le secó la boca y los labios empezaron a hormiguearle.

Le habría gustado moverse en el asiento para poner algo de distancia entre ambos, pero no hubo suerte: podía sentir el calor de su cuerpo sobre su piel y no podía ignorar el nudo placentero que se le estaba formando en el estómago.

Y su mente sucia respondió de inmediato a la palabra «castigar».

¡Ay, Dios, aquello era ridículo! Cincuenta sombras de Grey de verdad fue una mala influencia para el mundo.

Se aclaró la garganta y puso su expresión más profesional.

—¿Por qué no puedo salir con Jack? —preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Y por qué te crees con el derecho de opinar sobre mi vida personal?

—Tú opinas sobre la mía, así que me parece justo tener el mismo derecho.

—No —afirmó—, yo no me voy acostando con todos los habitantes de Los Ángeles y tampoco le ando diciendo a los niños que dejen la escuela. Ah, y todavía me falta hacerle un corte de mangas a algún periodista. Así que conmigo se aplican reglas distintas.

—No, no lo creo. Tal como yo lo veo, Lucy, estás a mi merced —respondió él, con una voz inquietantemente amable—.

Me porté bien durante la semana y Leslie debe estar contentísima por ello.

Sin embargo, soy caprichoso y ¿quién sabe cómo estarán las cosas la semana que viene?

—Soltó un suspiro teatral—. Así que no puedes confiar en mí.

Lucy apretó los labios.

—Seguro que me arrepentiré de preguntar, pero ¿qué demonios quieres de mí?

—Qué amable por tu parte. —Dax sonrió de oreja a oreja antes de declarar con naturalidad—: Es sencillo: si a mí no se me permite tener citas, a ti tampoco.

Una risa forzada escapó de sus labios.

—¿Perdona?

—Me oíste. Es lo justo.

Ella le dedicó un gesto de desprecio.

—Vaya sarta de tonterías. Puedo hacer lo que quiera.

—No —fue su escueta respuesta, y se inclinó hacia adelante con los ojos entrecerrados—. Si quieres que sea un buen chico, te corresponde a ti ayudarme. Es como los hombres que dejan la carne roja y el alcohol por sus mujeres embarazadas.

Lucy abrió los ojos de par en par, incrédula.

—¡Pero si tú no estás embarazado y yo no soy tu marido!

Él hizo un gesto con la mano restándole importancia.

—Un tecnicismo. Aquí debería aplicarse el mismo principio.

—¿Por qué? —preguntó sin dar crédito.

—Porque me distrae.

—¿Te distrae que yo tenga citas?

—Me distrae pensar que otros tienen citas y yo no puedo.

—¡Ay, por favor! —Dejó caer la cabeza contra el respaldo. —Eres bien ridículo y me mantengo en lo que dije: puedo hacer lo que me dé la gana. Pero, si te hace sentir mejor, no voy a salir con Jack. No porque no me parezca atractivo, sino porque es un mujeriego y yo no salgo con mujeriegos.

—Ya —murmuró Dax, ladeando la cabeza pensativo. Luego abrió la boca, pero no dijo nada, solo se quedó mirándola con indecisión un rato. Finalmente, preguntó en voz baja—: ¿Saldrías con él si las cosas fueran diferentes?

Lucy abrió los ojos con sorpresa.

—No lo sé. ¿Por qué eso es relevante?

Dax desvió la mirada y se recostó en el asiento.

—No lo es —respondió con brusquedad.

Confundida, Lucy se quedó mirando su perfil.

—Mira —dijo despacio, cuando el silencio entre los dos se volvió demasiado denso—, ya que hablabas de la semana pasada, quería que supieras que en realidad te estoy agradecida.

Estuviste fantástico. En el hospital. En la recepción.

Eso me ayudó muchísimo. —Las comisuras de su boca temblaron—.

Pero aun así no voy a practicar el celibato solo porque tú tengas que hacerlo.

—Ajá —masculló él antes de volverse hacia ella, frunciendo el ceño—. ¿De qué estuvieron hablando?

—¿Qué? ¿Quiénes? —preguntó con inocencia, aunque enseguida comprendió a qué se refería.

Dax la miró sombrío.

—Jack y tú. En el entrenamiento de la semana pasada.

—Ah, eso. —Lucy asintió y sonrió—. Hablamos de ti.

Él se incorporó de golpe.

—¿Qué?

La sonrisa de ella se ensanchó.

—Eres un tema de conversación interesante, Dax. Y ahora, ¿serías tan amable de moverte? Quiero terminar de escribir esta nota de prensa. —Señaló su portátil.

—¿Qué dijiste sobre mí? —replicó él, ignorando su petición.

—Cosas —respondió con vaguedad—. Pero, Dax, deberías concentrarte en mañana, no en lo que yo hable o en lo que haga a puerta cerrada con los hombres que yo elija…

—Levantó las cejas para darle más énfasis—.

No deberías pensar en nada más que en el hecho de que mañana es el primer partido de la temporada.

El primer partido que juegas junto a Jack West, tu archienemigo declarado.

En que tienes que compenetrarte con él para que nadie pueda decir que la directiva tomó la decisión equivocada. Y en cómo vas a entrar por el aro.

Dax no contestó. Tenía el ceño fruncido y la barbilla baja. Parecía… tenso.

—Vaya —dijo ella en voz baja, sintiendo que se le encogía un poco el corazón—. Ya no estás pensando en otra cosa, ¿verdad?

Él esbozó una mueca cínica.

—No hay mucho más que me mantenga ocupado, ¿no es así? —preguntó, con la voz más dura que antes—. Al fin y al cabo, cada día alguien me recuerda lo importante que es el partido de mañana.

—No. Supongo que no —respondió con suavidad, sintiendo de pronto la necesidad de acercarse a él y tocarle la mejilla con dulzura para obligarle a levantar la mirada.

A veces olvidaba la presión a la que estaban sometidos los jugadores, tanto por fuera como por dentro.

Algunos más que otros. Dax siempre se mostraba tan arrogante y seguro de sí mismo que nunca se le pasó por la cabeza que pudiera estar nervioso por lo de mañana, que de verdad le importaría cómo reaccionarían la prensa y los fans de los Hawks ante su debut con Jack.

Sus dedos se agitaron con nerviosismo, pero los mantuvo donde estaban.

En su lugar, murmuró—: No deberías presionarte tanto.

Eres un jugador fantástico. Posiblemente el mejor de tu generación.

Él soltó una risa seca.

—No si Jack es de mi generación, Lucy.

La chica se retorció las manos, luego lo miró vacilante.

—Él es bueno, no hay duda, pero tú eres mucho mejor manteniendo el disco cerca del cuerpo. No lo pierdes tanto como los demás. ¡Solo mira tus estadísticas, Dax! Eres imbatible en eso. —Jack no podía hacerle el cumplido, pero ella sí.

Dax volvió la cara en su dirección y vio una sorpresa genuina en su rostro.

—¿Acabas de decirme algo bonito?

Lucy puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír.

—El aire está muy enrarecido aquí arriba, así que mi cerebro no funciona bien.

Los labios de Temple se curvaron y el corazón de Lucy dio un vuelco.

—Debe ser eso —murmuró—. Pero eso no cambia el hecho de que jugué con el culo la semana pasada.

Ella se quedó callada porque no quería mentirle y, por lo tanto, no podía discutirlo.

Lo que vio de Dax en los últimos entrenamientos no fue bueno.

Los jugadores lo sabían, el entrenador lo sabía y él también lo sabía: su juego de pies fue errático, sus pases rara vez llegaron a su destino; e incluso perdió la paciencia con sus compañeros y consigo mismo más rápido de lo habitual.

Era como si ya no se sintiera cómodo en el hielo. Como si ya no fuera… su hogar.

—Solo estás nervioso —susurró—. Eso es todo. Porque ya no estás centrado en el disco sobre la pista, sino en… toda la carga emocional que llevas encima. Pero se pasará.

Su interlocutor se rio sin alegría.

—Lo de Jack pasó hace doce años. Y sigue sin pasarse —señaló.

Doce años . ¿Los hermanos llevaban peleados más de una década?

Dax se quedó en silencio y Lucy tampoco dijo nada.

El vacío entre ellos se extendió, interrumpido únicamente por el roce de la chaqueta de él al acomodarse.

La mirada de Lucy cayó sobre su regazo; Dax había apoyado las manos sobre las piernas y fue entonces cuando notó que sostenía un dado entre los dedos.

Era rojo, con puntos blancos y los bordes tan desgastados que era evidente que no formaba parte de ningún juego en uso.

—¿Es un amuleto de la suerte? —preguntó, señalando el dado en sus manos.

Sobresaltado, Dax echó un vistazo al objeto como si no se hubiera percatado que lo tenía en la mano.

—Algo así —murmuró—. Un recuerdo.

—¿De qué?

—De que no creo en la suerte, solo en el trabajo duro. Y de que la vida no es un juego, y no deberías tratarla como tal.

Ella abrió un poco la boca por la sorpresa.

—¿Y tú no lo haces? ¿Tratar la vida como un juego?

Dax cerró el puño alrededor del dado y la miró a los ojos.

—Yo no juego —dijo con seriedad, con los ojos más oscuros de lo normal—. Ni con los sentimientos, ni con la confianza, ni con el futuro de los demás. ¿Por qué crees que me he portado tan bien esta última semana? No fue por pensar que era lo mejor para mí.

Se levantó de golpe y el estómago de Lucy reaccionó de forma extraña. Sintió un vuelco, aunque no había turbulencias. De repente, un nudo le apretó la garganta y las palabras salieron de su boca casi como un graznido:

—Buena suerte mañana… por si no volvemos a vernos.

—Sí —respondió él, dándose la vuelta—. Todo saldrá bien.

Y la dejó allí, sola en su asiento.