Capítulo 8
Capítulo Ocho
H acía demasiado frío.
Y llevaba los zapatos menos indicados del mundo para visitar una pista de hielo, pero en su defensa, no esperaba tener que quedarse allí sentada toda la jornada.
Leslie, sin embargo, consideraba que alguien del equipo de relaciones públicas debía observar la primera sesión de entrenamiento con el nuevo recluta, Jack West, para poder redactar una nota de prensa sobre su integración en el equipo…
y para asegurarse de que Dax no se lanzara al cuello de su contrincante.
Bien, pues ella fue la afortunada para esta tarea.
Así que allí estaba: pasmándose de frío durante aquella hora solo para ver cómo Dax ignoraba a Jack todo lo posible.
No era precisamente una superproducción de cine, pero se alegraba de poder, al menos, adelantar algo de trabajo.
Se encargó de algunos asuntos urgentes, como la sesión de fotos de Dax en el hospital infantil programada para esa semana o la lista de preguntas que podría responder durante una entrevista sin ninguna dificultad; Dax tenía que dar la imagen de ser un tipo simpático y sin complicaciones, en lugar de lo que era en realidad: un hombre con la cabeza llena de nada más que pensamientos de venganza contra Jack West.
—¿Está libre?
Lucy parpadeó y levantó la vista. Como si lo hubiera invocado solo con el pensamiento, Jack West estaba frente a ella, mirándola con expectación.
—¿No deberías estar sobre la pista? —preguntó, señalando con la cabeza a los otros jugadores que seguían entrenando.
West se encogió de hombros:
—Todo el mundo se merece un descansito. Sobre todo la gente trabajadora como yo.
Arqueó una comisura de los labios.
—Estoy segura de que los entrenadores lo ven de otra manera, pero claro, siéntate a mi lado, aunque toda la grada esté vacía. Sé como esa gente que elige sentarse justo frente a ti en el tren cuando todo el vagón está desocupado
Jack sonrió de oreja a oreja y se dejó caer a su lado.
—Gracias por la amable invitación.
—De nada —respondió elegante, envolviéndose más fuerte las piernas con la manta mientras clavaba la vista en el hielo. Dax estaba dominando el recorrido con el disco pegado al stick como si llevara imanes.
Mucha gente decía que el hockey era un deporte brutal porque los puños volaban con demasiada frecuencia y los jugadores siempre chocaban contra las vallas: golpes de palo y hombro contra hombro a cada rato.
Lucy tenía una opinión muy diferente: el hockey era elegancia pura; y nadie mostraba este aspecto del deporte mejor que Dax Temple.
No se limitaba a patinar por el hielo, sino que bailaba siguiendo un ritmo propio que la mayoría de los oponentes no podían seguir.
No importaba si él le caía bien o no; cada vez que lo veía sobre la pista, un sobrecogimiento nervioso le llenaba el pecho, le humedecía las manos y le provocaba un hormigueo en la nuca.
Porque si un hombre podía moverse con tanta fluidez sobre dos finas cuchillas, tenía que tener talento en otras áreas físicas.
—Siempre ha sido mejor que yo manteniendo el disco cerca del cuerpo —susurró Jack con aire ausente. —Lucy giró la cabeza, sorprendida—. Nunca lo he admitido. Ni como oponente y mucho menos como un adolescente engreído, pero… es como un imán. Si el disco es suyo, le pertenece.
Había una admiración genuina en su voz, lo que la dejó atónita.
A la mayoría de los jugadores de hockey les costaba incluso reconocer sus defectos ante sí mismos, por no hablar de expresarlos en voz alta.
Ah, no, ¡eso no se limitaba a los jugadores de hockey!
Esa regla se aplicaba a todo el mundo. Jack, sin embargo, no parecía tener problemas con ello.
—¿Sabes qué es lo triste? —preguntó en un susurro, mirándola de reojo—. Hoy no tendría problemas en decírselo, pero ahora mismo Dax no se lo tomaría como un cumplido, porque ya no siente deseos de impresionarme. Hoy pensaría que estoy tratando de manipularlo para que me perdone.
La chica parpadeó varias veces. Finalmente, preguntó:
—¿Por qué me cuentas eso?
—Porque eres la única a quien se lo puedo contar —afirmó con un rastro de amargura en la voz—. Eres la única aquí que sabe que Dax y yo tenemos mucho más en común que el amor por el hockey, ¿no es así? Porque ayer escuchaste toda la discusión.
Lucy tragó saliva y la mala conciencia volvió a carcomerla por dentro.
—No se lo diré a nadie —prometió—. De verdad que no. Le di mi palabra a Dax y la mantendré.
Él asintió, sin inmutarse.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —repitió, desconcertada—. ¿Cómo? No me conoces.
—No, pero confío en el instinto de Dax con las personas. Y en su deseo desesperado de evitar que todo el mundo se entere de que somos familia.
—Oh, de acuerdo —dijo despacio, cerrando el portátil—. Entonces, ¿por qué estás sentado a mi lado, si no es para asegurarte de que guardaré el secreto?
—Esa es una buena pregunta, Lucy. —West entrecerró los ojos—. Creo que esperaba que pudieras contarme algo sobre él.
Giró la cabeza, sorprendida.
—¿Contarte qué?
—Cualquier cosa —murmuró—. Algo que me ayude a entenderlo mejor. A averiguar cómo hacer para que deje de odiarme.
La risa se le escapó.
—Le preguntas a la persona equivocada. Yo misma sigo fracasando en eso; Dax me odia más a mí que a ti, incluso.
—No, eso no es verdad —expresó Jack con seriedad—. Dax no te odia.
El calor le subió a las mejillas.
—Bien, quizás no. Pero tampoco es que nos llevemos bien.
—Ya —dijo Jack vagamente, mirándola con escepticismo, como si no la creyera.
—Incluso si supiera algo que pudiera ayudarte, no te lo diría —añadió unos momentos después—. Lo que pase entre ustedes dos es… —Se detuvo y se aclaró la garganta—. Es asunto de ustedes. No quiero quedar atrapada en medio.
Jack asintió.
—¿Porque tu lealtad es para con él?
La boca de Lucy se abrió, pero no supo qué responder. Era una pregunta interesante, porque, una semana atrás, habría dicho que era una tontería.
Ahora, sin embargo, estaba guardando el secreto de Dax. Ahora tenía su respeto… Ahora, por alguna razón, ya no sabía qué era lo que sabía y lo que no.
—Lo entiendo —murmuró Jack.
Bueno, al menos uno de los dos lo hacía.
Como si fuera en piloto automático, su mirada voló de nuevo hacia el hielo y se sobresaltó al ver que Dax los estaba mirando. Tenía una expresión tan agria como un vaso de leche olvidado demasiado tiempo al sol de California.
—Oye, ¿por qué Dax nos mira como si le hubiéramos quebrado su stick favorito? —preguntó con curiosidad.
Jack hizo un gesto con la mano.
—Ah, porque le dije que iba a intentar ligarte.
—Ah. —Lucy lo miró parpadeando con sorpresa—. ¿Pero no vas a hacer eso?
—No.
—¿Por qué no? —exclamó.
West sonrió divertido.
—¿Quieres que ligue contigo, Lucy?
—¡Cielo santo, no! —Sus mejillas se pusieron un poco más rojas que antes. Frunció el ceño—. Lo siento, seguro que eres un buen tipo, pero no salgo con jugadores.
—Sí, eso oí. Habría coqueteado contigo de todos modos solo porque eres divertida y me gusta coquetear. Pero no. —Sonrió—. Creo que, si saliera contigo, puede que Dax… —Se calló—. No valdría la pena. Así que, en su lugar, me limitaré a fastidiarlo haciéndole creer que sí te estoy ligando.
Lucy lo miró con suspicacia.
—Si salieras conmigo, ¿Dax podría qué? —preguntó—. ¿Y lo estás cabreando a propósito? Pensé que querías que dejara de odiarte.
—Oh, sí quiero —respondió con sinceridad—. Pero sigue siendo mi hermano, le guste o no, y no he podido resistirme. —Se encogió de hombros con impotencia—. Además, es mejor hacerlo enfadar a no obtener ningún tipo de reacción de su parte.
—¿Estás seguro? —preguntó con duda.
—Hasta la médula —fue la respuesta que le dio. Luego la miró con aire pensativo—. ¿Te contó algo sobre su infancia?
Lucy le lanzó una mirada de complicidad.
—Por supuesto que no. No le cuenta a nadie nada sobre su infancia. Supongo que por eso nadie sabe que son hermanos.
Jack sonrió, pero la expresión no le llegó a los ojos.
—No puedo culparlo. A mí tampoco me gusta hablar de ello. Pero Dax siempre ha sido una persona… demasiado emocional. En el hielo es impulsivo, insolente y hasta engreído.
—No me digas. Ni siquiera me lo habría imaginado —respondió con sarcasmo.
Jack arqueó una comisura.
—Es su forma de compensarlo. En casa nunca podía hacer lo que quería, así que no hacía otra cosa fuera de ella.
En casa era el ángel. Tenía que serlo para que Anna, mamá y yo no nos metiéramos en líos.
Pero en la escuela, en el hielo… —Se encogió de hombros—.
El apodo de Demonio no es casualidad. Pero no importa.
Cada vez que su padre se enteraba de alguna de las peripecias que hacía, la cosa no acababa bien.
—Lucy palideció y se le cortó la respiración—.
No le pegaba ni nada de eso —se apresuró a aclarar, al ver el horror en la cara de la chica—.
Pero hay otras formas de hacer que un niño se sienta como si no valiera nada.
»Yo… Por mi parte, no era su hijo, así que nunca me molestó que Temple fuera un imbécil. Pero sí tenía poder sobre Dax y se aprovechaba de ello. Durante muchos años estuvo furioso con su padre por eso. Siempre se mantenía enfadado. Pero en algún momento… dejó de estarlo.
—¿Por qué? —preguntó, con la voz casi perdida por el sonido de las cuchillas sobre la pista.
—Porque le dije que su rabia era lo que le daba poder a su padre —respondió Jack con frialdad—.
Porque sabía que solo mejoraría cuando aprendiera a soltarla y a sustituirla por indiferencia.
Que debía ignorar a las personas que realmente odiaba.
Y que solo valía la pena discutir y debatir con aquellos a los que respeta.
—Torció la boca con amargura—. Por supuesto, me hizo caso.
Y, como predije, mejoró. —Suspiró profundo—.
En aquel entonces me creía listo y sabio.
Ahora soy el idiota que tiene miedo de que Dax no esté enfadado conmigo para siempre.
Vivo con miedo a que, en algún momento, deje de estarlo.
De que vuelva a usar mi consejo y se vuelva indiferente conmigo —concluyó en voz baja.
Un nudo se formó en la garganta de Lucy y sintió que los ojos le escocían. Aquello sonaba a una infancia terrible. Y a una carga espantosa que ambos hermanos tenían que llevar consigo constantemente.
—Así que —continuó Jack con ligereza—, por eso siempre es mejor provocar una reacción en él. Solo pierdes cuando deja de haber respuesta, y definitivamente tenemos algo en común: no nos gusta perder. —Suspiró—. Ya perdí a mi familia una vez; no voy a cometer el mismo error dos veces.
Lucy lo miró con fijeza. El corazón comenzó a latirle con fuerza y en el pecho se le instaló una pesadez desagradable, que la envolvió incluso por fuera; porque el frío que sintió ahora ya no era el que la pista le provocaba.
—¿Por qué me estás contando todo esto? —repitió.
—Tengo una teoría —explicó él en voz baja—. La teoría de que no puede hacer daño que me aprecies y me entiendas un poco mejor.
—Bien —comentó perpleja, porque con su historia consiguió todo lo contrario. No lo entendía en absoluto. Hablaba como si se hubiera comido demasiadas galletas de la fortuna.
—Gracias por escuchar, Lucy —dijo él con una sonrisa, y se levantó. Se veía enorme sobre los patines y, sin embargo, parecía haberse encogido en los últimos minutos.
—De nada —graznó, removiéndose incómoda en el asiento—. Bueno, ya que pareces querer trabajar en tu relación con Dax, dudo que le agrade saber lo que me acabas de decir.
—No, probablemente no —respondió con calma—. Pero ya que no puede estar más enojado conmigo… —Se encogió de hombros.
Quiso preguntarle a qué se refería. ¿Qué hizo Jack West? Pero no hizo falta que abriera la boca, porque sabía que no respondería. En su lugar, otra pregunta salió de sus labios:
—¿Te lo mereces?
—¿Perdón? —West se dio la vuelta y arqueó las cejas.
—El enfado de Dax. ¿Te lo mereces?
Jack no respondió durante unos instantes. Se limitó a mirarla, impasible y justo cuando creyó que no respondería, murmuró una sola palabra: «Sí».
Se dio la vuelta y ya estaba a medio camino de regreso al hielo cuando ella le gritó:
—¡Jack! Lo que quería decir es que a él no le importará que estés fingiendo coquetear conmigo.
La sonrisa que apareció en su rostro habría podido brillar más que un árbol de Navidad.
—¿Qué puedo decir? Al parecer, conozco a Dax mejor que tú.
Lucy puso los ojos en blanco y suspiró. A Jack todavía le quedaba mucho por aprender sobre su hermano. Si de algo estaba segura, era de que a Dax Temple le traía sin cuidado con quién saliera.