Capítulo 6 #2
Sentía como si la información le hubiera bloqueado parte del cerebro. El hecho de que Dax Temple no la respetara era uno de los pilares sobre los que tenía basado su odio hacia él. Y sin ese pilar, no sabía dónde estaba parada.
—Pero nunca me tomas en serio —afirmó, terminando su frase después de lo que pareció una eternidad.
Él la miró a la cara, desconcertado.
—Me burlo de ti —aclaró—. Te pongo nerviosa para que seas menos una amenaza para mi estado mental. Eso no significa que no te tome en serio. —Inclinó la cabeza, frunciendo el ceño—. Si te soy sincero, en realidad te tengo un poco de miedo.
Tuvo que reírse. Esta situación se volvía cada vez más absurda.
—Nadie me tiene miedo. Soy demasiado pequeña para suponer una amenaza seria.
Dax dio un paso más y se inclinó hacia ella con lentitud, privándola de espacio y de aire para respirar.
—El tamaño no siempre importa, Lucy —susurró, con una voz tan ronca y suave que un escalofrío le recorrió la espalda—. Los demás simplemente no parecen conocerte a ti y a tu voluntad de hierro tan bien como yo. —Se incorporó de golpe y retrocedió—. Entonces, ¿me lo prometes? ¿Será nuestro secreto?
Dax extendió la mano y la miró expectante.
Qué otra cosa podía hacer sino estrechársela y susurrar:
—Lo prometo.
Como chacales ante la carroña, la prensa se abalanzó sobre Dax y Jack en cuanto subieron al podio y se dejaron caer en sus asientos.
Lucy se esperaba aquello y solía ser buena esquivando las preguntas incómodas y dirigiendo las sensatas al destinatario adecuado.
Hoy, sin embargo, estaba… confundida. Despistada.
El interrogante «¡¿Qué?!» acudía a su mente con la misma frecuencia con la que solía hacerlo la palabra «idiota» cuando pensaba en Dax.
Le habría gustado culpar a la cacofonía que creaban las dos docenas de periodistas con sus preguntas a voz en grito, pero no era cierto.
No estaba escuchando como debía. Su mente estaba llena de preguntas y dudas…
y de la imagen del rostro de Dax: amable, no duro.
Leslie se había marchado para ocuparse de otra emergencia de relaciones públicas, dejándola al mando, y ella se alegraba por ello.
No quería que su jefa viera lo lento que su cerebro estaba trabajando ese día o lo mucho que tardaba en decir a los reporteros que no iban a revelar información detallada sobre el estado del entrenamiento en este momento y que tampoco tenían información sobre la posibilidad de que el hijo de Darron Clark asumiera la organización.
De hecho, estaba agradecida por la presencia de Jack West. Solo lo conocía de la pista y de las entrevistas en televisión, pero una cosa le quedó clara en cuestión de segundos: él sabía cómo lidiar con la prensa.
Sabía cómo venderse como un santo, lo que le había valido su apodo.
Irradiaba una paz y una serenidad constantes y cálidas, mientras que Dax era un manojo de nervios solitario y tenso que no abría la boca.
Lucy los observó a los dos, con las manos entrelazadas sobre la mesa: Jack con una sonrisa en la cara, y la expresión de Dax, que no era hostil, pero tampoco simpática.
Hermanos. Eran hermanos.
Medios hermanos.
Pero al parecer crecieron juntos y… Era irrelevante. Tenían más cosas en común que su rivalidad. Los unía la sangre que corría por sus venas.
Poco a poco, dejó que su mirada vagara de uno a otro.
Eran hombres increíblemente diferentes. Jack era rubio con ojos verdes y Dax era moreno con ojos azules.
Jack estaba bien afeitado y la barba de varios días de Dax era el sueño de cualquier leñador.
Cada uno tenía una postura distinta: la de Jack era abierta y libre; la de Dax era tensa y con los hombros encogidos.
Pero luego estaban sus mandíbulas marcadas, la forma en que fruncían el ceño cuando uno de los periodistas hacía una pregunta estúpida… y ella sabía que la mejilla de Dax tenía el mismo hoyuelo que lucía Jack cuando sonreía.
Sí, estaban emparentados.
Y, sin embargo, Dax odiaba a Jack.
Pero ¿por qué? ¿Qué había pasado? ¿Qué pudo hacer una persona aparentemente de buen corazón y abierta como Jack West para que su familia se pusiera en su contra?
—Señor Temple, su rivalidad con Jack West es bien conocida por todos los aficionados al hockey —tronó una voz masculina por encima del constante desfile de flashes—. ¿Cómo se siente al tener que trabajar con él ahora y jugar en el mismo equipo? ¿Afectará su enemistad a su juego?
A Lucy le dio un vuelco el estómago.
Una pregunta. Le había prometido que dejaría que le llegara una pregunta. Y era esta.
Ella asintió hacia él, permitiéndole responder, y sus ojos se cruzaron durante unos segundos. Eran como dos anillos entrelazados, diseñados para sostener la tensión. Entonces Dax respondió, despacio, pero con voz firme y neutral:
—Siempre he respetado a Jack West como un oponente digno.
No respondía a la pregunta. Pero era una buena cita. La frase que ella le presentó en bandeja de plata.
Lucy sonrió. Una sonrisa aliviada y generosa, y por un segundo, casi creyó ver que las comisuras de Dax también temblaban en respuesta. Pero no estaba segura porque un segundo después se distrajo.
—Señor West —gritó el mismo reportero—, ¿qué piensa usted?
Jack se encogió de hombros con aire despreocupado y le dio a Dax una palmadita rápida en la espalda.
—Tengo muchas ganas de jugar con Dax. Es uno de los mejores y más ambiciosos delanteros de la liga… —Sonrió y miró a su hermano de reojo—. Seguro que tiene ganas de aprender unas cuantas cosas más de mí.
Lucy le reconoció a Dax el mérito de no mostrar ningún signo de enfado. En lugar de eso, alzó una sola comisura con cinismo y dijo con calma:
—Ya veremos quién aprende de quién. —Un instante después, le tendió la mano a Jack, y el otro jugador la estrechó con firmeza.
Los hombros de Lucy perdieron su tensión y volvió a sonreír. Eso era todo lo que había querido ver, y todo lo que la prensa llegaría a recibir.
—No hay más preguntas —dijo con firmeza, poniéndose de pie antes de hacer un gesto hacia Jack y hacia Dax para que abandonaran el escenario.
Sí, eran hermanos. Sí, estaban distanciados y Lucy se moría por descubrir por qué. Pero era irrelevante. No le importaba en realidad. No es que fuera amiga de Dax. No formaba parte de su vida. Solo era su niñera.
Es muy, muy difícil no respetarte. Aguantas mis comentarios estúpidos, eres valiente y dices lo que piensas. No mucha gente hace eso cuando me tiene cara a cara .
Tragó saliva y dio la espalda al revuelo de los flashes. Sí. Solo su niñera temporal.
Nada menos y, definitivamente, nada más.