Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo Seis

P or Dios.

Vaya, vaya. Vaya.

Lucy soltó un jadeo y todo lo que la rodeaba se volvió borroso. ¿Jack West acababa de decir que él… y Dax… eran hermanos ?

No. Eso era imposible. Ella lo habría sabido. ¡Todo el mundo lo habría sabido! Los dos eran famosos. No habrían podido mantener algo así en secreto. Y, de todos modos, si fueran hermanos, no se odiarían tanto.

¿O sí?

Pero ¿por qué Jack West afirmaría que era el hermano de Dax si no fuera cierto? Dios mío, los dos se habían quedado mirándola.

Incómodo. Intenso. Jack, curioso, y Dax… con aire de reproche. Sintió que las mejillas se le calentaban, así que se aclaró la garganta.

—Yo… lo siento —dijo con vacilación, entrelazando sus dedos temblorosos—.

Llego tarde. El tráfico era un infierno y…

eso no importa, ¿verdad? —No respondieron—.

Bueno, da igual —continuó a toda prisa, levantando las manos a la defensiva—.

Lo que quería decir es que no se preocupen, no oí nada.

¡Nada de nada! Nada sobre hermanos ni familia ni… nada.

—¡Ay, por Dios santo! —masculló Dax amargamente mientras se ponía en marcha hacia ella; luego la arrastró del brazo por delante de Jack hasta el rincón más oscuro que ofrecía el vestíbulo. Aunque tampoco era del todo oscuro dadas las docenas de luces halógenas que colgaban sobre sus cabezas.

—¡Ay! —exclamó sorprendida e intentó soltarse—. ¡Suéltame!

—¿Y qué si no lo hago? —replicó él con suspicacia y le soltó el brazo con un gesto despectivo, haciendo que Lucy tropezara un paso hacia atrás—. ¡Cuando me dijiste que eras mi niñera, no esperaba que eso incluyera escuchar conversaciones privadas a hurtadillas!

—No lo incluye —replicó apresurada, con la respiración agitada y los pensamientos como pelotas de goma rebotando sin control en su cabeza—.

Fue un accidente, yo… yo… —Se quedó sin palabras.

Le faltaba el aire. El corazón le latía a triple velocidad porque Dax parecía enfadado y serio y…

mierda, ¿y si fuera verdad? ¿Y si fueran hermanos?

¡Eso causaría un escándalo monumental! La prensa se pelearía a dentelladas por esa información.

¡Maldita sea! ¡Su maldito trabajo ahora mismo consistía en evitar que Dax se viera envuelto en otro escándalo, y el primer día descubría que tenía un hermano secreto! ¿Y que encima era Jack West, su enemigo declarado?

¿En qué clase de telenovela vivía Dax?

—Dios mío —susurró, llevándose una mano a la frente—. Dios mío. Ay, Dios mío…

¡Aquello era un desastre! Una pesadilla para las relaciones públicas.

¡Santa madre! Jamás conseguiría el ascenso. Al contrario, Leslie la despediría si Dax montaba un circo mediático bajo su supervisión. ¡Se suponía que debía salvar su imagen, no ver cómo ardía en llamas!

¿Qué hacía? ¿Qué podía hacer?

Unos puntos blancos bailaron ante sus ojos y la sangre le rugió en los oídos. Sentía un hormigueo en las manos, tenía la boca seca y… oh, no, estaba sufriendo un ataque de pánico, ¿verdad? Porque la palabra «catástrofe» ahora parpadeaba en tres colores distintos en su mente y…

—Respira, Lucy —le ordenó Dax con brusquedad, apretándole los hombros con fuerza y mirándola con fijeza a los ojos—. Respira antes de que pierdas el sentido. No tengo ninguna gana de tener que recogerte del suelo si te desmayas.

Con un sonoro soplido, soltó el aire de sus pulmones.

—Tú… y Jack West —soltó de golpe—. Ustedes… ¡No!

Dax soltó un gruñido y entrecerró los ojos; ella pudo notar que no quería tener esa conversación.

¡Mala suerte! ¡La próxima vez tendría que revelar sus secretos con más sigilo!

—¡No! —repitió ella, frotándose las palmas húmedas en la falda—. No, no. ¡La prensa se habría enterado! Alguien lo habría sabido y lo habría difundido desde hace mucho. Cualquiera… ¡No! Eso no tiene ningún sentido, y…

—Bueno, cálmate —dijo Dax con urgencia y, al momento siguiente, le estaba rodeando la cara con sus dos manos grandes, obligándola a quedarse quieta—.

Vaya mierda. Estás a punto de provocarte una conmoción.

La cuestión es: nadie lo sabe y así seguirá siendo.

No es asunto de nadie lo que Jack y yo… —Se detuvo y respiró hondo—.

No es asunto de nadie. Fin de la discusión.

—Dios mío, la prensa se volvería loca si se enterara —susurró ella—. Se… se…

—Sé lo que harían —susurró él con dureza—. Ninguno de los dos podría poner un pie fuera de casa sin una cámara en la cara. Por eso no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo?

Lucy abrió la boca para responder, pero se quedó sin palabras. No podía pensar con claridad.

Tenía que decírselo a Leslie, ¿no? Para que pudieran trazar una estrategia por si acaso salía a la luz en algún momento. Sería su deber, sería su… su…

El pulgar de Dax se movió con suavidad sobre su mejilla y Lucy olvidó cómo debía terminar la frase. ¿Por qué seguía con las manos en su cara? De repente deseó que se detuviera, porque aquello… aquello la irritaba.

—A nadie, Lucy —repitió él con urgencia, como si le hubiera leído el pensamiento.

Tragó saliva y lo miró a los ojos. Su mirada nunca había sido tan intensa. Nunca tan… suave. Tan llena de emociones. Y solo entonces se dio cuenta de lo ásperos que se sentían sus dedos contra su piel. De lo delicado que era su contacto pese a la fuerza de sus manos.

Pestañeó e inhaló con aire trémulo. ¿Todo ese tiempo sus rostros estuvieron tan cerca el uno del otro? Sentía su aliento en los labios. Olía a tierra húmeda de bosque y a hielo frío.

Dio un paso atrás con brusquedad y le apartó las manos de las mejillas. Ellos no se tocaban. Nunca. Ella era profesional. Sumamente profesional.

—Bueno —dijo con firmeza, respirando hondo—.

Bien, de acuerdo. Dame un momento. Déjame pensar.

Son… hermanos y nadie lo sabe. Excepto ustedes dos y ahora yo.

—Frunció el ceño—. No. Tu hermana probablemente también lo sepa, por no mencionar a sus padres.

Pero nadie más debe saberlo porque acabaría mal.

Los periodistas querrían saber por qué lo han mantenido en secreto todo este tiempo.

Porque ellos… —Hizo una pausa y lo miró parpadeando—.

Espera, ¿por qué lo han mantenido en secreto?

Dax se frotó los ojos con el pulgar y el dedo medio y respiró profundo. Cuando volvió a mirarla, su expresión era de recelo, pero sincera.

—¿Recuerdas que ayer me dijiste que tenías un asunto privado que atender? ¿Que no era mi asunto saber de qué se trataba? —susurró.

Lucy asintió.

—Bien. —Arqueó las cejas de forma significativa—. Pues esto es algo entre Jack y yo, así que, por favor, guárdatelo para ti.

Por favor .

Las palabras resonaron en su cabeza. ¿Alguna vez le había dicho «por favor»? No lo recordaba.

—Prométemelo —pidió Dax con voz urgente, suave, pero con una nota de advertencia—. Mi pasado no es asunto de nadie, Lucy. Como tengo que compartirlo todo con los fans y la prensa, me queda poco en este mundo que sea solo mío. Pero mi pasado me pertenece solo a mí.

Sus ojos estaban más oscuros de lo habitual.

No desesperados, pero casi. Lucy no sabía qué pensar de aquella expresión.

Había estado enfadada con este hombre cada día durante los últimos once meses.

Pero ahora, mientras la miraba así, con ese por favor en los labios…

no pudo evitar sentir compasión por él. Porque comprendía a qué se refería.

Era su vida. Y quizá ella pudiera asegurarse de que sus actos no perjudicaran al equipo, pero no tenía derecho a decidir con quién debía compartir sus secretos.

Su pasado le pertenecía a él y el presente pertenecía al mundo. Su futuro con la organización. Y su familia era… algo privado. Sus preocupaciones, sus miedos, eran solo suyos. ¿Quién mejor que ella para saberlo?

—Está bien —asimiló en voz baja y bajó la mirada—. No se lo diré a nadie.

—Prométemelo —exigió con tono monótono.

Lucy soltó una risa seca y levantó la vista hacia él.

—¿De qué sirve prometer nada? —quiso saber—. Mi promesa no vale nada para ti de todos modos.

Él frunció el ceño, visiblemente irritado.

—¿Quién dice eso?

—Venga ya, Dax —resopló—. No te caigo bien.

—¿Y qué? —preguntó con impaciencia—. ¿Qué tiene que ver eso con que confíe en que cumplirás tu palabra?

—Tiene todo que ver —respondió atónita—. Crees que soy una mala persona, y las malas personas no cumplen su palabra.

—¿De qué demonios estás hablando? —Su rostro era una máscara de incomprensión—.

No creo que seas una mala persona. Creo que eres una persona molesta.

Eso es diferente. Pero eso no significa que yo.

.. —Se detuvo un momento, mirándola con escepticismo—.

No dejes que se te suba a la cabeza, pero eso no significa que no te respete.

Confío en que sabes distinguir el bien del mal.

Si no fuera así, probablemente ya estaría muerto en una zanja.

—Las palabras salieron de su boca con vacilación, como si tuviera miedo de arrepentirse más tarde, pero ya no podía retirarlas.

Quedaron suspendidas en el aire entre ambos, ganando peso por segundos.

—No, no confías en mí —replicó ella, enfadada, porque ¿de qué estaba hablando? Una de las razones por las que estaba furiosa con él todo el tiempo era su falta de respeto—. No haces más que decir eso para caerme bien.

Él se rio. Ruidoso. Fue una risa genuina y profunda que la sobresaltó.

—Venga ya, no soy idiota. Sé que ese tren ya pasó.

Y, Lucy, si quisiera tomarte el pelo, ¡no te acabaría de decir que me resultas molesta!

Es la verdad. Es muy, muy difícil no respetarte.

Aguantas mis comentarios estúpidos, eres valiente y dices lo que piensas.

No mucha gente hace eso cuando me tiene cara a cara.

—Pero… —Un tirón comenzó en su interior y no sabía decidir si era amargo o dulce. Había pasado los últimos once meses intentando ganarse su respeto; ¿y ahora resultaba que no era necesario? ¿Que siempre lo había tenido?