Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Capítulo Cinco

D ax sabía que tenía una suerte de los mil demonios.

No porque fuera rico ni bien parecido, aunque ambas cosas eran ciertas. Era simplemente porque tenía un trabajo que amaba.

Amaba el hielo, el sonido de las cuchillas sobre la superficie fría y las líneas ondulantes que sus patines dejaban atrás.

Amaba el juego, la adrenalina que recorría su cuerpo y le hacía sentirse invencible por unos instantes.

Amaba a su equipo, y le encantaba saber que un solo momento podía marcar la diferencia entre ganar y perder.

Pero, por mucho que adorase su trabajo, si Dax tuviera que nombrar tres cosas que detestaba de él, podría hacerlo sin dudar. Las respuestas eran obvias: odiaba a los periodistas, a los fotógrafos y a la gente que le obligaba a interactuar con ellos.

Nunca había entendido por qué la gente estaba más interesada en su vida que en la vida de, por ejemplo, el deshollinador que revisaba su chimenea una vez al año.

A Dax se le ocurrieron un montón de cosas que le gustaría saber sobre ese tipo en aquel momento; por ejemplo, ¿se habría quedado alguna vez atascado en una chimenea?

O, ¿alguna vez habría intentado recrear la escena de los deshollinadores de Mary Poppins ?

¿Cómo se llamaba ese cachivache de cerdas que usaban para limpiar?

Y ¿le resultaba discriminatoria la película de Cenicienta ?

Dax, por el contrario, no era más que un tipo normal —reconocidamente, muy atlético— que golpeaba un disco con un simple palo casi todos los días con la esperanza de maniobrarlo hasta una red; pero hasta ahí.

A su parecer, eso era todo lo que la gente debería encontrar interesante de él.

Pero no: los periodistas siempre querían saber cómo pasaría la Navidad, qué le gustaba comer, qué cualidades le atraían de una mujer y, no menos interesante: ¿arrugaba o doblaba el papel higiénico después de utilizarlo?

Ah, pero eso no era lo más importante en aquel momento, sino: ¿Cómo demonios trabajaría con el puto Jack West?

Leslie Forth no dejaba de machacárselo a cada rato.

—Esa expresión sombría tiene que desaparecer, Temple —le instruyó la Dragona con brusquedad—. Sobre todo, en lo que respecta a West. Ahora está en tu equipo. Es un aliado.

Somos aliados. Nosotros contra él. Si nos mantenemos unidos, no nos pasará nada.

Sin previo aviso, las palabras acudieron a su mente y cerró los ojos con fuerza, sacudiendo la cabeza para alejarlas.

—No lo sé, Leslie. ¿Cómo se supone que voy a responder preguntas estúpidas de la prensa con una expresión impasible? —respondió con sequedad—. Porque, en serio, ¿quién «sonríe como si no hubiera un mañana»? ¿Acaso el fin del mundo no sería una razón para estar triste?

La mirada de puñales que la Dragona le lanzó podría haber perforado latas de metal a la vuelta de una esquina.

—Harás lo que te diga o te quedarás fuera en el primer partido —le informó—. Es así de sencillo.

Dax resopló y miró por encima del hombro de ella con discreción. ¿Dónde diablos estaba Lucy? Prometió que solo tendría que responder una pregunta. Quería que cumpliera esa promesa. Mierda, ¿qué demonios salió mal en su vida para que estuviera deseando ver a Lucy James?

—Si no me crees a mí, pregúntale a tu entrenador —continuó la Dragona imperturbable, señalando con la cabeza hacia la izquierda, donde estaba Gray, mirando de su reloj a la puerta y viceversa.

—Gray —ladró la Dragona.

—¿Qué? —soltó él, parpadeando hacia ella.

—Dile a Temple que se quedará fuera del primer partido si no se comporta y le dice a la prensa que idolatra a Jack West. Como mínimo, tendrá que estrecharle la mano y sonreír para las cámaras.

Un ligero rubor subió por el cuello de Gray.

—Este… —dijo el entrenador sin llegar a nada y se detuvo.

¡Ah, no podía ser en serio! El entrenador de los Hawks no le temía a nada ni a nadie.

Se enfrentaba a diario con la mirada al portero Moreau, de quien se decía que hacía llorar a los niños con solo mirarlos.

¿Y ahora dejaba que una mujer de sesenta años con brazos de palillo le hiciera hincar la rodilla?

—Está bien. Le daré la mano —murmuró Dax, molesto.

—Y yo que esperaba un abrazo —dijo una voz profunda y calmada desde sus espaldas.

Sus hombros se tensaron y metió las manos en los bolsillos. Inconscientemente, rozó el dado en su bolsillo derecho con las puntas de los dedos, pero el frío plástico no pudo evitar que la sangre le zumbará en los oídos.

Se dio la vuelta. No quería que Jack pensara que le tenía miedo; miedo a toda la situación. Aunque Temple se daba cuenta de que eso podría ser justo lo que estaba haciendo que su corazón latiera más deprisa.

Miedo. Miedo y demasiadas emociones.

—West —señaló con frialdad, saludando con la cabeza al recién llegado.

—Dax —respondió el otro hombre, alzando una comisura de los labios con naturalidad, como si se encontraran todos los días.

Dios, ¿cuándo fue la última vez que vio a Jack sin su casco y su equipo de hockey?

No podía recordarlo. Debió haber sido hacia casi diez años y, sin embargo, no había cambiado mucho.

Seguía llevando el cabello rubio corto y era unos centímetros más alto y más ancho que él; seguía siendo unos años mayor y llevaba unos cuantos goles de ventaja.

Seguía siendo un bastardo desleal.

—Ah, Jack, justo a tiempo —saludó Gray con alivio, acercándose al nuevo jugador—. Me alegro de que estés aquí. Encantado de trabajar contigo. La rueda de prensa empieza en quince minutos y apuesto a que la Dra… mmm, Leslie, quiere darte unas instrucciones rápidas.

El entrenador asintió a la mujer de cabello canoso.

—Encantada de conocerte, Jack —dijo la Dragona con voz áspera, tendiéndole la mano—. Como sabrás, la educación no tiene cabida en este deporte, por eso aquí todo el mundo se llama por su nombre.

—Claro. No lo querría de otra manera —respondió West con ligereza, estrechando la mano de la jefa de prensa y dedicándole una amplia sonrisa—. Encantado de conocerte.

Las cejas de Leslie se elevaron de satisfacción.

—¿Ves eso, Dax? Él sí sabe sonreír como si no hubiera un mañana —comentó, y luego añadió dirigiéndose a Jack—: Eso es lo que quiero ver cuando estreches la mano de Temple ante las cámaras, ¿estamos claros?

—Sin problema.

La Dragona suspiró.

—Eso es lo que quería oír. Que se le pegue algo a Dax y conmigo irás bien. «Por favor» y «gracias» son dos expresiones que parece que nunca aprendió. Nosotros…

—¿Leslie? —un tipo larguirucho con pantalones pitillo y auriculares la interrumpió—. No tenemos suficientes sillas. Vino más prensa de la esperada y me mandaron a preguntarte si sabes…

—Siempre tengo que encargarme de todo yo —le interrumpió ella de forma apresurada—.

Gray, ven conmigo, tú puedes cargar con las sillas.

Vendremos por ustedes dos dentro de unos momentos —añadió lanzándoles una mirada de advertencia—.

«Por favor», «gracias», «estamos deseando trabajar juntos» .

¡Eso es lo que quiero oír cuando vuelva!

Un segundo después, se quedaron solos.

—Creí que yo te enseñé a decir «por favor» y «gracias» —dijo Jack en voz baja, arqueando una ceja.

—Lo único que me enseñaste fue a reconocer a un cobarde —respondió Dax con rotundidad—. Pero ¿sabes qué es lo bueno de que estés aquí? Que ya no soy el mayor idiota de la organización.

Jack resopló y se balanceó sobre sus talones. Hacía eso de adolescente siempre que estaba nervioso. Y resultaba gratificante saber que estaba un poco inquieto por enfrentarse de nuevo a él.

—Vamos, Dax —murmuró—. He intentado ser amable. Llevo diez años intentando ser amable. Al menos te avisé de un posible traspaso a los Hawks, ¿no? A pesar de que no tenía permitido decírselo a nadie y podría haberme cargado con una multa de las gordas. Porque sabía que querrías saberlo cuanto antes.

—Sí, de puta madre, Jack —respondió Dax a secas—. Me escribiste un mensaje diciendo: « Probablemente me traspasen pronto a los Hawks ». Felicidades. Has hecho algo bien por una vez. Seguro que tu medalla ya viene de camino.

Jack se frotó la cara.

—No quiero ninguna medalla. Solo quiero hablar.

—Sí, eso es lo que deduje de todos esos mensajes con los que me has estado fastidiando. Pero ¿sabes qué? Hablar no es mi fuerte. Ignorarte, sí. Y oye, ¿sabes quién me enseñó a centrarme en mis puntos fuertes? Tú.

—Fantástico. Entonces, ¿qué tienes pensado hacer, Dax?

—preguntó Jack de manera sombría y con la mirada endurecida de repente—.

¿No vas a mirarme cuando me pases el disco?

¿Vas a escribir mensajitos de odio en los espejos empañados del vestuario?

¿Vas a dejar de pasarme el disco para que no pueda marcar?

¿Vas a darle municiones a la prensa para que nos despedacen?

Sabes tan bien como yo que, si el equipo no confía en mí y tienen miedo de cabrearte por ser amables conmigo, vamos a dar asco en el hielo.

Y, que yo recuerde… —Entornó los ojos—. Por muy diferentes que seamos, ambos amamos el hockey.

Y queremos llegar a los malditos playoffs.

Además, aún no estoy del todo enfadado contigo, solo un poco irritado y molesto.

Pero si nos arruinas la temporada, tendremos un problema muy distinto.

Y sabes que sigo siendo más fuerte que tú. Eso no ha cambiado.

Todo el cuerpo de Dax se puso tan tenso que temía estallar. Pero no iba a darle la satisfacción de perder los estribos. Eso era lo que Jack esperaba de él. Y aunque tantas cosas seguían igual, Dax no.

—No sé por qué todo el mundo está tan preocupado —dijo con calma—. A la prensa le encanta que nos odiemos. ¿Por qué no darles lo que quieren?

—Yo no te odio —respondió Jack con tranquilidad—. Nunca te odié.

—No hay problema —concedió Dax con tono condescendiente—. Yo tengo odio suficiente por los dos.

Jack suspiró y sus hombros se desplomaron.

—Han pasado doce años, Dax. Es hora de… no lo sé —se pasó las manos por el cabello—. Supéralo. Si no es por nosotros, al menos por Anna. Pienso verla con regularidad. Quiero más. Más de lo que me has dado en los últimos años.

Dax apretó los puños en los bolsillos de modo que los bordes de los dados se clavaron en su carne de forma incómoda, pero cuando habló, su voz se mantuvo calmada.

—Deberías haber pensado en eso antes, Jack. Antes de marcharte en mitad de la noche para no volver jamás. El regalo de cumpleaños más miserable de la historia.

Jack suspiró profundo y cerró los ojos unos instantes.

—No puedo cambiar lo que pasó, ¿de acuerdo? —murmuró, exhausto—. Pero podrías dejar de alejar a Anna de mí.

—Yo no la estoy alejando —espetó. Si Jack creía que Dax tenía alguna autoridad sobre la vida de su hermana, estaba muy equivocado. No conocía a Anna en realidad—. Si ella no quiere verte, es decisión suya. Tiene criterio propio desde los seis, como bien sabrás.

—Siente que te está traicionando si solo habla conmigo, Dax —le recriminó Jack—. ¡Y no puedo formar parte de su vida sin ser parte de la tuya también!

—Claro que puedes —respondió con rigidez, aunque la sola idea de que Jack pasara más tiempo con Anna le dejara un sabor amargo en la boca—.

Pero quizá no deberías hacerlo si planeas volver a largarte.

La última vez, Anna estuvo llorando seis días seguidos.

Y si esta vez llora siete, puede que tenga que matarte.

—Bueno, ahora ya estás empezando a cabrearme —replicó West de forma sombría.

—Genial, señal de que estoy haciendo algo bien.

Jack resopló y respondió con brusquedad, entrecerrando los ojos:

—Me da igual lo que digas o pienses, Dax. No voy a desaparecer otra vez. No voy a dejarte solo. No soy el tipo que era hace doce años, pero sigo siendo tu puto hermano. Y eso nunca cambiará.

El estómago de Dax se encogió y la vieja ira, la vieja decepción que no había sido capaz de soltar durante más de una década, afloró en su interior, ardiendo en sus venas y amargando su lengua.

—Medio hermano —espetó entre dientes.

Un músculo de la mandíbula de Jack se tensó como si Dax le hubiera lanzado un puñetazo, pero no bajó la mirada. Siempre era el que tenía los nervios de acero. En momentos en que Dax perdía los papeles, Jack ni siquiera se inmutaba.

—Para mí es lo mismo, Dax. Hermano, medio hermano, me importa un carajo. ¡Y no te estoy pidiendo la luna, solo quiero que hables conmigo! ¡Eres mi puta familia!

Alguien contuvo el aliento con brusquedad y ambos se giraron de golpe por la sorpresa.

No estaban solos.

Lucy estaba a menos de un metro detrás de ellos.

Y, a juzgar por su expresión de asombro, había escuchado casi toda la conversación.

Dax cerró los ojos y suspiró con suavidad.

Joder.