Capítulo 4
Capítulo Cuatro
E l sol desaparecía tras el horizonte cuando Lucy entró con el coche en el camino de entrada de su padre.
Vivía en Burbank, a dos calles de los Estudios Walt Disney.
De niña, siempre le pareció extremadamente fascinante vivir tan cerca de ese mundo de cuento de hadas.
Hoy, sin embargo, solo le servía para recordar que la vida no era un cuento; a diferencia de lo que pasaba en La Cenicienta , los pajaritos no ayudaban a la gente normal a vestirse y tampoco había hadas madrinas que concedieran deseos.
No, la gente normal a veces no lograba ni siquiera ducharse y ponerse calcetines limpios cuando no se encontraba bien.
Hoy su padre era una de esas personas normales; sentado en el jardín, se veía totalmente descuidado, con pantalones de chándal y el cabello grasiento.
Sus calcetines tenían agujeros y una botella de cerveza descansaba junto a su silla desvencijada, mientras él sostenía un álbum de fotos en el regazo.
La casa fue hermosa en su día, con su fachada blanca y el tejado de color rojo; en su momento estuvo llena de risas y buenos recuerdos.
Pero todo eso se desvaneció bajo tierra junto con su madre; se convirtió en algo sucio y enterrado en lo más profundo, donde su padre ya no podía encontrarlo por mucho que le insistieran en que debía intentarlo.
El corazón de Lucy se encogió al abrir la chirriante puerta del jardín y caminar despacio por el sendero. Odiaba ver a su padre así. Tan… desvalido. Tan… Era como si solo se hubiera rendido.
Como si la tristeza y la desesperación hubiesen ganado una batalla de hacía años; y eso lo estaba destrozando. Su piel, pálida y fina como el papel, se tensaba sobre los huesos de su cara y de sus manos, haciéndole parecer de setenta años en lugar de sesenta.
La verja de metal se cerró de golpe tras ella y su progenitor alzó la vista sorprendido.
—Ah, Lucy, no te esperaba.
No, porque cuando llamaba antes de ir, solía decirle que no lo hiciera, que no era un buen día o que necesitaba descansar.
—Estaba por la zona y pensé en pasarme —dijo con una sonrisa, cruzando el jardín lleno de malas hierbas—.
¿Qué estás mirando? —preguntó, agachándose hacia él y rodeándole los hombros con un brazo.
Siempre esperaba que la cercanía humana y el calor ayudaran a recordarle que no estaba solo, a pesar de sentirse como se sentía.
Aun así, no podía asegurar si su padre siquiera llegaba a notarlo.
—Fotos de la boda —murmuró, recorriendo con las yemas de los dedos, ligero como una pluma, la fotografía que ocupaba el centro de la página—. Dios, tu madre era tan hermosa.
Lucy sonrió y le apretó el hombro. Sí que lo era, con su cabello oscuro y denso, sus ojos verdes y una figura menuda que resaltaba el suntuoso vestido de novia adornado con encaje.
Siempre había mantenido la espalda erguida y la cabeza en alto.
Había sido orgullosa pero cariñosa, sensible e inteligente.
Se parecía a Rachel, la hermana mayor de Lucy.
Ella era la que más rasgos compartía con su madre.
A veces, la envidiaba por eso, y por el hecho de que su madre hubiera estado presente en la graduación universitaria de ella, pero se hubiese perdido la de Lucy.
Antes de irse, su madre vio cómo su hermana alcanzó el éxito.
Sus ojos se desplazaron al hombre que aparecía junto a la joven mujer en la fotografía.
Tenía una sonrisa radiante en el rostro e iluminaba su traje oscuro; aquella expresión era el reflejo de la felicidad y de la plenitud que su padre poseyó en otro tiempo.
Resultaba difícil recordarlo en estos días.
—Es una foto bonita —murmuró Lucy—. Te ves… dichoso.
—Lo éramos —respondió su padre con firmeza—. Fue el día perfecto. A pesar de la lluvia. Aunque resultó que tu madre ya estaba embarazada. —Soltó una risita suave y profunda, perdido en el recuerdo—. Tu abuelo estaba tan enfadado conmigo… Me acusó de haberla seducido, aunque fue al revés.
Siguió hablando del banquete y del airado discurso de su suegro.
Lucy había escuchado la historia veinte veces, pero no lo interrumpió.
Prefería no hacerlo aun cuando Maddie decía que debía frenarlo antes de que se perdiera en el pasado, pero ¿cómo iba a hacerlo cuando por fin volvía a tener una sonrisa en la cara?
¡No es feliz, Lucy! ¡Lo único que recuerda es que lo era! La voz de Rachel resonó en su cabeza y Lucy apretó los labios, haciendo girar con nerviosismo el anillo en su dedo medio.
Sus hermanas mayores, sin embargo, no siempre lo sabían todo. Solo porque fueran mayores y tuvieran más éxito no significaba que ellas…, que ellas…
—¡Llevas su anillo! —Se dio cuenta su padre de pronto, atrayendo su mano con presteza al álbum de fotos—. Lo compré en nuestras primeras vacaciones juntos. No recuerdo que ella te lo diera.
—Sí —murmuró—. Unos días antes de…
Antes de su repentina partida.
Se aclaró la garganta, pero no terminó la frase. Era lo que más atormentaba a su padre: no haber podido prepararse para ello. Su madre murió sin previo aviso de un aneurisma cerebral.
—Sabía que me gustaba —dijo, retirando su mano de la de él.
Le invadió un miedo irracional a que se lo quitara para añadirlo al santuario de su madre, que todavía ocupaba una habitación entera en el piso de arriba—.
Por eso me lo dio. —Fue un regalo que ninguna de los dos sabía que sería el último—.
Me gusta llevarlo. Así, siempre… siempre la llevo conmigo, ¿sabes?
Su padre alzó la vista. La sonrisa había desaparecido de su rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero no es así, Lucy. No siempre la tenemos con nosotros. Ustedes incluso menos que yo. Si no nos aferramos a sus recuerdos, desaparecerá.
—Ella ya se ha ido, papá —dijo en voz baja, mirándolo con seriedad—. Y tienes que… tienes que dejarla marchar de una vez. No es sano aferrarse a los recuerdos sin crear otros nuevos.
Él apretó los labios y negó con la cabeza en un movimiento rígido.
—¿Cómo las tres pueden seguir esperando que olvide a su madre?
Lucy tragó saliva, con el estómago encogido por la amargura.
—Nadie quiere que la olvides.
—¡Sí, eso es exactamente lo que quieren! Ustedes ya lo han hecho. ¡Viven sus vidas felices y perfectas y no la malgastan en pensar en ella para nada! —Se limpió con rabia las lágrimas de su rostro arrugado.
—Eso no es cierto —susurró Lucy mientras un sentimiento de desesperación y quemazón le subía por la garganta. Lo ignoró. Le resultaba tan familiar que apenas lo notaba ya, porque eso no era lo peor que su padre le había echado en cara.
Cuando se perdía en su duelo, bueno, decía y hacía cosas que no sentía, cosas que no era capaz de controlar.
Pero aquello no importaba. No le guardaba rencor porque sabía que no era de corazón; no creía de verdad que sus hijas hubieran olvidado a su madre. Aunque a veces, Lucy se sorprendía a sí misma intentando recordar su aroma… y no lo conseguía.
Ella también echaba de menos a su mamá, pero la vida seguía. Tenía que seguir, después de tres años. Y su padre debería centrarse en las personas que aún estaban vivas y que lo querían; personas de carne y hueso que lo necesitaban.
Pero era incapaz de hacerlo porque, sin su esposa, ya no era nada.
Al menos, eso era lo que él creía. Y la sola idea de ser tan dependiente de alguien, de que esa persona determinase su propia felicidad, era tan aterradora que la carcomía por dentro.
El simple hecho de imaginarse en una realidad semejante a la de su padre le erizaba la piel.
¡Seguro que su padre era más que su matrimonio! Era más que una simple pieza en el rompecabezas de otro. Era necesario guardar luto, pero resultaba terrible perderse tanto en el dolor hasta dejar de funcionar. Y, aun así, él se negaba a ir a terapia; se negaba a recibir ayuda.
Así que ella y Maddie hacían lo único que podían hacer: estar ahí para él.
—Vamos dentro, papá, ¿te parece? —preguntó con suavidad, tomándolo del brazo—. Te cocinaré algo. Quizá después podamos salir a dar un paseo. Pero primero, deberías ducharte.
—Ya es de noche. Es demasiado tarde para ducharse. Y no quiero salir a pasear. Los vecinos siempre me miran embobados.
Sí, eso era lo que pasaba cuando dejabas de lavarte el cabello y andabas por ahí con un álbum de fotos en los brazos.
—Ya veremos, ¿de acuerdo? —insistió con vaguedad, sabiendo que no servía de nada discutir.
Lo acompañó al interior de la casa, cocinó y escuchó más historias sobre su madre, solo para preguntarse un momento después si su padre simplemente seguiría siendo infeliz hasta el último de sus días, si creería por siempre que su vida no tenía más valor que el que Betty James le aportó estando a su lado.
El teléfono de Lucy vibró. Lo sacó del bolsillo mientras la pasta empezaba a hervir en el fuego. El mensaje era de Max: quería saber si tenía tiempo para una cita doble con sus amigos en Halloween.
Negando con la cabeza, bajó el celular.
Le había dicho que no quería una relación, solo un poco de diversión. Y una cita doble le parecía demasiado a un intento de catapultar su relación al siguiente nivel.
Y ella nunca avanzaba al siguiente nivel.
Nunca se enamoraba ni estaba dispuesta a estar con otra persona más allá de unas pocas semanas.
Salía con alguien, se acostaba con él y luego lo terminaba.
Soltando un suspiro, tomó una decisión: había visto a Max tres veces y quizá fuera el momento de devolverlo a la vida salvaje.
Así que le respondió por mensaje:
Lo siento, Max, lo nuestro no va a funcionar. Espero que encuentres lo que buscas.
Porque, en definitiva, no era ella. Ella nunca se vería en la misma situación que su padre.
Jamás.