Capítulo 3 #2
—Bien —añadió ella al cabo de un rato—, no hay fotógrafos en el avión ni en el autobús, y si eres discreto con la habitación del hotel y ningún periodista se da cuenta, no deberíamos tener problemas.
Pero si alguien se entera… —Frunció el ceño y lo miró casi con disculpa…
casi lo hizo—. Bueno, en ese caso, tendría que entrar en acción y detenerte, y eso se pondría feo.
No era una amenaza; era una promesa. Y, joder, se la creía. Aunque, para ser sinceros, le gustaría verla intentarlo.
—Bien, ahora puedes poner tu primera regla —accedió él, asintiéndole.
—Tienes que dejar de llamarme Luna —soltó como un disparo.
Le costó reprimir una sonrisa.
—Bueno —arrastró las palabras—, después de todo es el nombre que Dios te dio, así que…
—Bien, se acabó la negociación —espetó ella de forma tajante e intentó apartarlo para llegar a su auto.
Dax se rio.
—Vale, vale. ¡Lucy, espera! —Alargó la mano, la agarró de la muñeca y tiró de ella hacia atrás. Se sentía absurdamente delicada y frágil entre sus dedos ásperos. A veces olvidaba que podía lastimarla con bastante facilidad, a pesar de que era más fuerte que la mayoría de la gente que conocía.
El calor de su piel se transmitió a la de él mientras el olor a limón y a algo más, algo dulce, le inundó la nariz…
La soltó de golpe. Nada de contacto físico. Esa también debería ser una regla, pero podría enviar un mensaje equivocado.
—Lucy —repitió en voz alta para que supiera que hablaba en serio—. Lo siento. Por supuesto, dejaré de llamarte Luna.
—Genial —dijo con hostilidad, frotándose la muñeca que acababa de agarrarle. ¿La lastimó? ¿O solo intentaba borrar el rastro de su contacto?—. Ya que estamos, puedo decirte la segunda regla ahora mismo porque está relacionada.
Él enarcó las cejas.
—¿Cuál es?
—Debes tratarme con respeto delante de los otros jugadores.
—Levantó un poco más la barbilla—. Ya no vas a avergonzarme delante de ellos, no socavarás mi autoridad y no me darás problemas.
Cuando el equipo o cualquiera de la organización esté cerca, vas a reprimir cada cosa desagradable que se te pase por la cabeza.
—Hmm —caviló Dax, frotándose la nuca. Supuso que era una petición justa por su parte…
pero, al mismo tiempo, era una verdadera lástima porque era divertido ver cómo se le encendían las mejillas.
Y ver a Lucy abrir la boca por la vergüenza, lamerse los labios carnosos y volver a cerrarlos sin decir una palabra también era algo que echaría de menos. No obstante, asintió—. Sin problemas.
La expresión de ella se ensombreció.
—Si no es un problema, ¿por qué no puedes contenerte nunca?
Él sonrió.
—Por la misma razón que tú no puedes: porque es condenadamente divertido.
Las mejillas de ella se tornaron rosadas y se apresuró a desviar la mirada.
Sí, tenía razón. A ella también le gustaba dejarlo a él en ridículo.
—Bien —dijo después de un rato, tras aclararse la garganta y volver a su expresión profesional—. ¿Cuál es tu segunda regla?
—Mi hermana.
—¿Qué pasa con ella?
—Cuando pase tiempo con Anna, tú no estarás en un radio de quince kilómetros.
Insatisfecha, frunció el entrecejo.
—Pero puedes emborracharte con la misma facilidad, ligar con mujeres y desmadrarte mientras tu hermana está cerca.
Él resopló y sus hombros se tensaron. ¿Qué clase de idiota creía que era? No había muchas cosas importantes en su vida aparte del hockey y Anna. Incluso Lucy debería saber que no era tan malnacido.
—¿Sabes qué aspecto tiene mi hermana, Lun…? —Se aclaró la garganta—. ¿Lucy?
Ella abrió la boca, sorprendida.
—Eh, no.
—Exacto —respondió cortante—. ¿Y por qué es eso? Porque nunca la metería en mi maldito circo mediático.
Lucy asintió con suavidad.
—Entendido. Bien. Si estás con tu hermana, te dejaré en paz.
—Maravilloso. —Exhaló con alivio—. Mi última regla: Jack West.
—Sí, conozco el nombre. ¿Por qué tiene su propia regla?
—Porque no quiero que lo utilices para mejorar mi imagen.
No quiero ir a cenar con él para que la prensa crea que somos amigos.
No quiero posar para fotos con él en fiestas, no responderé a preguntas de entrevistas que incluyan su nombre, no lo abrazaré y no fingiré estar asombrado por su talento o su chispeante personalidad.
No importa cómo planees hacer que parezca un ángel, él no formará parte de ese plan.
Por su expresión de disgusto, se dio cuenta de que ella tenía la intención de hacer precisamente eso.
—Bueno —comenzó despacio, respirando hondo—, para ser sincera, eso podría ser un problema, sobre todo porque Leslie te espera mañana a las diez para la conferencia de prensa donde se anunciará su traspaso a los Hawks.
Jack West también asistirá y definitivamente les harán fotos a los dos, y apuesto a que se esperará que al menos digas algo como: «Siempre lo he respetado como un digno oponente». No puedo protegerte de eso.
Joder.
Gimiendo, se frotó la cara con ambas manos.
Debería habérselo esperado. Era obvio que la prensa se desviviría por conseguir una foto de ellos juntos.
En especial durante las próximas semanas, todos los programas deportivos harían la misma pregunta: «¿Podrán el Demonio y el Santo trabajar juntos sobre el hielo?
¿Beneficiará o perjudicará al equipo la polémica compra del dueño de los Hawks? ».
—Pero… —continuó Lucy—. No tienes por qué dar una entrevista individual si no quieres. Y la conferencia dura un máximo de diez minutos y… —Suspiró profundo—. Si quieres, puedo dirigirte una sola pregunta y descartar el resto o pasárselas a Gray o a West.
Eso no sería suficiente. Como tampoco sería suficiente todo el tiempo del mundo para prepararse para mañana.
Sin embargo, no era culpa de Lucy. Por una vez. De hecho, su oferta fue casi… amable. Aunque él era reacio a usar esa palabra y el nombre de ella en la misma frase.
—Está bien —concedió a regañadientes. Tenía que volver a ver al tipo en algún momento—. Pero después de eso, nada más con Jack West en el titular.
Lucy lo miró con curiosidad durante unos segundos.
—En serio te saca de quicio, ¿verdad? —reflexionó.
—No —mintió él—. Es un imbécil, eso es todo.
No le creyó, pero tuvo la amabilidad de dejar el tema.
—Trato hecho. Nada de Jack West. Pero tendrás que visitar un hospital infantil.
—Sí, lo que sea —concedió con impaciencia—. Entonces, ¿cuál es tu última regla? —La miró expectante.
—Ah, sí… —Se aclaró la garganta y se peinó la coleta con los dedos—.
Bueno, tengo que ocuparme de algunos… asuntos privados durante las próximas semanas —dijo finalmente con vacilación—.
Asistir a citas que no puedo cancelar ni posponer.
Y… —Hizo una pausa, y un ligero rubor le subió por el cuello—.
Bueno, no es una regla, quizá sea más bien una petición…
—Incómoda, se retorció las manos y respiró hondo—.
Por favor, no hagas ninguna estupidez mientras yo no esté para arreglarla, ¿de acuerdo?
Porque tienes razón, mi trabajo es mi vida.
Pero a veces no puedo… a veces tengo otras prioridades, y sería estupendo que no usaras eso en mi contra.
Dax abrió la boca, sorprendido por la incertidumbre en sus grandes ojos marrones. La aspereza de su tono había desaparecido, al igual que la dureza de su rostro. No quedaba nada más que emoción pura. ¿Era miedo? ¿O esperanza? No lograba agarrarlo del todo.
—¿Qué quieres decir exactamente? —preguntó sin expresión.
—A veces, tengo que… —Se detuvo y sacudió la cabeza—.
No importa lo que tenga que hacer. Te avisaré si no estoy disponible y, en esos momentos, sería de agradecer que mantuvieras un perfil bajo.
O al menos mándame un mensaje si sientes que tienes que salir por fuerza.
Para que yo pueda… hacer otros preparativos.
Él se inclinó hacia delante con curiosidad. Lucy era muchas cosas, pero nunca misteriosa.
—¿Qué tipo de asunto privado es?
Ella no lo miró. En su lugar, miró más allá de él, hacia su coche.
Él hizo una pausa. No era propio de Lucy evitarle la mirada. La hacía parecer… vulnerable, un estado que nunca estaba dispuesta a mostrarle.
—Todo lo que puedo decir es que es privado —insistió con énfasis—. Pero es importante para mí, y… bueno, si te mando un mensaje diciendo que no estoy disponible, no dejes que te fotografíen con dos morenas colgadas de los brazos y una Pepsi en la mano.
Dax entrecerró los ojos. No le gustaba todo aquello, el hecho de que lo disfrazara de petición.
Además, estaba revelando que existía algo más importante para ella que su trabajo.
Se dio cuenta de que nunca la había visto como una persona con…
bueno, una vida fuera de la organización.
Era obvio que sí la tenía, solo que él no tenía ni la más remota idea de cómo era.
Quizá tendría que preguntarle a Matt sobre eso, para poder…
No . Ridículo. No le interesaba en absoluto.
—Está bien —dijo a secas—. Me las apañaré.
—Genial. —Se la veía aliviada—. Eso es todo, ¿no?
—No lo sé… ¿no necesitas todavía mi número de teléfono privado para enviarme esas legendarias advertencias?
Ella restó importancia al asunto con un gesto.
—No, ya lo tengo.
—¿En serio? —Solo un puñado de personas tenían su número privado; ni siquiera todos los jugadores de los Hawks lo tenían.
—Ajá. Por supuesto —dijo ella con alegría, y Dax casi se sintió aliviado de que hubiera vuelto a ser su yo presumido e inexpugnable—.
Conozco tu número de memoria, la mayoría de los nombres de las mujeres con las que te has acostado e incluso tengo una llave de tu loft. Así que estoy más que equipada.
Él resopló por lo alto. Una llave de su loft. Seguro.
—Bien, entonces envíame un mensaje para que yo tenga el tuyo para… avisarte cuando quiera salir. —Las palabras le supieron tan amargas en la lengua que frunció el entrecejo. Joder, era ridículo. ¡¿En serio necesitaba permiso para salir a beber ahora?!
Como si Lucy le hubiera leído el pensamiento, dijo:
—Es mejor si hoy no bebes. Cuando empiece la temporada, estarás prácticamente en abstinencia de todos modos, pero sería estupendo que en las fotos de mañana con Jack West no pareciera que te has pasado la noche dentro de un barril de cerveza.
—Claro. Nada de fiesta para mí —masculló, levantando la mano y dándole la espalda.
Genial. Durante las próximas cuatro semanas, tendría una niñera y a Jack encima. Así que, al menos por ahora, iba a hacer lo único sensato que le quedaba: dirigirse a casa de Fox para una última juerga.
El alcohol quizá no fuera la solución… ¡pero maldita sea, sino ayudaba!