Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

D ax siempre sabía cuándo Lucy estaba cerca. Reconocía el clic constante de sus tacones de aguja, que nunca se quitaba; y en aquel momento sintió un hormigueo en la nuca y un nudo turbulento en el estómago.

Era como si irradiara una energía que agudizaba sus sentidos de forma automática. Estaba seguro de que no era más que la forma en que su cuerpo lo protegía: el «radar Lucy» era vital para su supervivencia, un mecanismo que le permitía prepararse mentalmente para ella.

Oh, mierda. Debería haberse marchado hacía rato.

Ya estaba anocheciendo y el entrenamiento había terminado hacía una hora.

No debería estar apoyado en el viejo Honda de la chica de relaciones públicas; debería estar sentado en el sofá de Austin Fox bebiendo cerveza y charlando con los demás sobre quién era su oponente más peligroso en el hielo esta temporada.

Sin embargo, no podía irse hasta que hablara con ella.

Dax sabía que Lucy pensaba que era un...

bueno, por decirlo de alguna manera suave, un idiota.

También sabía que tenía motivos para creerlo.

Su primer encuentro fue menos que ideal.

No estaba orgulloso de cómo había actuado, pero fue el día de su cumpleaños y…

bueno, Leslie o al menos de Matt debieron haberle señalado que irritarlo ese día, justo ese día, era una idea muy, muy estúpida.

Pero sin importar sus diferencias, siempre dio por hecho que tenían al menos una cosa en común: la certeza de que no funcionaban bien juntos y la seguridad de que disfrutaban de la presencia del otro tanto como de un hongo en los pies.

Lo que significaba que era imposible que ella hubiera aceptado ese plan idílico de hacer de su guardiana.

Estaba seguro al noventa y nueve por ciento de que Gray estaba bromeando.

Solo quiso asustarlo con la perspectiva de que Lucy James siguiera cada uno de sus movimientos durante las próximas cuatro semanas.

Aun así, necesitaba estar seguro para poder dormir tranquilo. Tamborileó los dedos contra el bíceps mientras veía a James acercarse a zancadas, con la barbilla en alto como siempre.

Intentar parecer más alta era inútil. Nada ni nadie podía ocultar lo bajita que era. Apenas si le llegaba a los hombros sin zapatos, e incluso con esos tacones de infarto, todavía tenía que mirar hacia arriba para verlo. Aun así, nunca mostraba miedo; nunca retrocedía, nunca cedía.

Su rostro no se suavizaba a su lado como lo hacía con Matt.

Nunca se mostraba alegre y exuberante como con Gray o con Fox.

Era dura y bastante inquebrantable. Y cuando él la enfurecía —una tarea en la que, si se le permitía decirlo de manera humilde, él destacaba— sus ojos de color marrón claro se oscurecían hasta parecer carbón y su cabello pelirrojo resplandecía.

Era la cosa más fascinante, espeluznante y excitante que jamás había visto hacer a una mujer.

No. Tonterías. No la más excitante, la más… inquietante. Esa era la palabra que buscaba.

Ella siguió acercándose a él, con los ojos fijos en su rostro y su cabello pelirrojo oscuro recogido en una coleta que apenas le rozaba los hombros.

¿Se lo habría soltado alguna vez? No podía recordarlo.

Todo lo que sabía era que nunca la había visto con otra cosa que no fuera una falda de tubo, tacones negros y una blusa recatada, de esas que disparan automáticamente la imaginación de un hombre.

Y ese tipo de falda no podía ocultar sus curvas.

Odiaba cómo vestía. Era una tortura, una única y perfecta provocación.

Pero ella fue buena en eso desde el principio.

Mejor que nadie en la organización, incluyendo a todo el equipo.

—¿Así que soy una pesadilla de relaciones públicas certificada que hace llorar a los ángeles del marketing? —la saludó con sequedad, apartándose del coche. Clavó la mirada en sus ojos, que ya chispeaban, para que esta no se paseara por su cuerpo, como deseaba hacer cada vez que la veía.

—Oh, nunca me había citado un jugador de hockey famoso —respondió ella con fingida emoción, deteniéndose a treinta centímetros de él—. ¡Qué honor!

Dax resopló y luego preguntó:

—¿Solo por curiosidad, eres tú uno de esos ángeles en este escenario? Si es así, me parece un poco blasfemo que un mensajero de Dios esté vendiendo a un demonio, incluso para tus estándares.

Lucy arqueó una ceja con diversión.

—Bueno, en primer lugar, me sorprende que conozcas esa palabra, sobre todo teniendo en cuenta cuántos discos y puñetazos has recibido en la cabeza.

En segundo lugar, el día en que yo llore por un hombre nunca llegará.

Y, en tercer lugar, ¿qué haces aquí?, ¿no quieres disfrutar de tu último día de libertad antes de que tu ángel del marketing te ponga las cadenas mañana?

—Se señaló a sí misma con ambos pulgares.

Se le encogió el estómago mientras la sangre se le retiraba del rostro. No podía hablar en serio.

—¿Aceptaste? —espetó él, porque, por Dios, no pudo evitarlo—. ¿Estás loca? ¡No podemos estar pegados como dos chicles durante cuatro semanas! No sobreviviremos.

Para su sorpresa, vio que las comisuras de los labios de ella se contraían.

—Sabes, eso es justo lo que dije yo —comentó—. Sin embargo, Leslie parece pensar que soy la candidata perfecta y única para el puesto, así que…

Dax se rio a secas, con las manos apretando sus bíceps.

—Es absolutamente innecesario tener a una consultora personal de relaciones públicas a mi lado.

Lucy frunció el ceño y ladeó la cabeza.

—¿Así es como lo señaló Gray? A mí me dijeron que era tu niñera.

En su furia, la mandíbula de Dax crujió y su diafragma se contrajo. Dios, ella estaba disfrutando de esto, ¿verdad?

—Le dirás a Leslie que no puedes aceptar esta tarea bajo ningún concepto —respondió, con un tono peligrosamente suave, dando un paso adelante para cernirse sobre ella.

Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—.

Vas a dejarle claro que no es tu trabajo seguirme por todas partes; y si lo haces, iré a la policía y te denunciaré por ser una maldita acosadora.

Vio cómo tragaba saliva, pero no retrocedió. Ni siquiera parpadeó. Por supuesto que no. Tenía unos nervios de acero. Él nunca lograba intimidarla y eso era lo que más lo desconcertaba.

—Es tierno cómo intentas asustarme —comentó en un tono amable—. Pero cada vez que tienes la cara tan roja como ahora, me recuerdas a un semáforo… y es difícil sentirse intimidada por un semáforo. Y, para que conste, estoy tan descontenta con la situación como tú.

Temple sacudió la cabeza con irritación.

—¿Entonces por qué coño aceptaste?

—¡No tuve elección! —exclamó horrorizada—. Conoces a Leslie, ¿verdad?

Sí. Había una razón por la que los Hawks la llamaban La Dragona .

—Vale, para resumir, yo no quiero que me sigas y tú no quieres correr detrás de mí.

—Así es —asintió—. La solución es sencilla: deja de meter la pata.

Lo dijo con tanta facilidad, pero la mayoría de las veces los problemas lo encontraban a él sin que saliera a buscarlos.

—Claro —dijo, y se balanceó sobre los talones—. Cómo no se me había ocurrido antes. Eso haré

Ella entrecerró los ojos con sospecha.

—¿Y por qué no te creo?

—¿Porque sabes leer bien a la gente?

Lucy suspiró.

—Leslie confía en mí y este trabajo me importa demasiado. Así que haré lo que tenga que hacer, Dax.

—¿Por qué eso me suena a una amenaza?

—¿Porque sabes leer bien a la gente?

Resopló, pero no pudo evitar que las comisuras de sus labios se contrajeran; traidoras.

—Bien, escucha —dijo levantando las manos a la defensiva.

Era hora de cambiar de rumbo. Conocía a Lucy mejor de lo que le gustaría.

Si Leslie le encargaba una tarea, la cumpliría con diligencia, sin importar lo que tuviera que hacer para conseguirlo—.

Lo entiendo. De verdad. Tú vives por tu trabajo.

Yo vivo por el mío. A ninguno de los dos nos gusta que alguien se entrometa o que un enano molesto nos haga la vida difícil, pero…

—Ah, Dax, no hace falta que te llames enano a ti mismo. Puede que tu inteligencia emocional sea pequeña, pero al menos físicamente, das la talla para los estándares del hockey —intervino ella.

—Pero… —continuó él, impasible—, si queremos salir vivos de las próximas semanas, quizá deberíamos… establecer algunas reglas. —No podía evitar la catástrofe, pero podía mitigarla.

—¿Reglas? —repitió ella con escepticismo, cruzándose de brazos—. ¿Qué reglas?

—Reglas que nos faciliten el trabajo y eviten que nos volvamos locos —aclaró. Esto último era lo más importante—. Empecemos con tres. —Después de todo, dudaba que pudiera recordar algo más—. Y por cada regla que yo ponga, tú puedes poner una también. ¿Trato hecho?

Lucy seguía con los ojos entrecerrados mirándolo con sospecha, pero terminó asintiendo.

—Dame un ejemplo.

Él se pasó las manos por el cabello mientras pensaba por un momento en qué sería lo que más le molestaría. No tardó mucho en encontrar la respuesta.

—Bien, por ejemplo, mi primera regla sería: lo que yo haga con quién en mi habitación de hotel, en el avión o en el autobús, es asunto mío —explicó—.

No quiero que me estés respirando en la nuca cada segundo que estemos de viaje para los partidos fuera de casa.

Necesito poder relajarme como me plazca.

De lo contrario, jugaré de la patada y nadie quiere eso.

Lucy frunció los labios pensativa y se tocó la barbilla con el dedo índice.

—Bueno, técnicamente Leslie me dio instrucciones para evitar que bebas, salgas con alguien y, en general, que andes cogiendo por ahí, pero… supongo que es justo.

Vaya, era la única de relaciones públicas que conocía que diría «andes cogiendo» con tanta naturalidad. Por lo general solían ser muy cuidadosos con su elección de palabras.