Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Capítulo Dos

— P or encima de mi cadáver.

—Lucy…

—¡No! —dijo alzando la voz—. Olvídalo, Leslie. No voy a hacer de mamá canguro de Dax Temple. ¡Eso no figura en mi descripción de funciones!

—Tu descripción de funciones cubre todo lo que tenga que ver con los problemas de relaciones públicas del equipo —le recordó su jefa con naturalidad, colocándose un mechón de cabello canoso tras la oreja—. Dax Temple es un problema de relaciones públicas.

—No, Dax Temple es insoportable —protestó ella, apoyando las manos en la mesa y poniéndose en pie—. Leslie, te lo ruego. No puedes desperdiciar mi talento arrebatándole botellas de cerveza de las manos a ese sujeto y diciéndole a la prensa que es un buen tipo. ¡Porque nadie nos creerá!

—Precisamente por tu talento es que te lo estoy encargando a ti —insistió la directora de marketing—. Y me temo que tus tareas serán un poco más amplias que quitarle la cerveza de las manos.

—¿Qué significa eso? —La inquietud que le revolvía el estómago se convirtió en pánico—. Oh, da igual. No quiero saberlo porque la respuesta sigue siendo no.

Daba igual cuáles fueran esas tareas «más amplias».

No había forma de que pudiera enfrentarse a ese idiota arrogante todos los días durante las próximas semanas.

Eso no sería nada bueno para su tensión arterial, por no hablar del saco de boxeo que tuvo que comprarse un mes después de empezar; el día que Dax le preguntó delante de todo el equipo si ya iba por el compañero sexual número doce o si todavía seguía con el once.

Se había puesto tan roja que los camiones de bomberos de todo el mundo se habrían puesto verdes de envidia.

A Lucy le encantaba casi todo de su trabajo.

Le encantaba redactar notas de prensa, que le pagaran por ver partidos de hockey y estar en el vestuario explicándoles a los jugadores qué preguntas de los periodistas debían evitar y cuán ambiguas debían ser sus respuestas.

Le encantaba viajar y la variedad de sus tareas.

Incluso le gustaba que alguno de los jugadores la despertara por la noche para que le solucionara un problema con el que no quería molestar a Leslie porque le tenía demasiado miedo.

Sí, a Lucy le encantaba todo lo relacionado con la organización de los Hawks, excepto Dax Temple, su sonrisa de suficiencia y su aparente incapacidad para llevar nunca una camiseta puesta.

Siempre que necesitaba hablar con él, estaba medio desnudo, como si intentara anular su capacidad de lenguaje a propósito. ¡Dios, ese tipo la volvía loca !

—No —repitió—. No, no. Cualquier cosa menos eso, Leslie.

La mujer de aspecto severo entrelazó las manos sobre la mesa y enarcó una ceja.

—Me temo que no me expliqué bien. No era una pregunta, Lucy, es una orden. Tienes una conexión especial con él que nadie más en nuestro equipo tiene. Eres la única opción lógica.

—Con todo respeto, Leslie, ¿hablas en serio? No tengo ninguna conexión especial con ese hombre. Tengo un cuchillo de cocina en el bolso con su nombre grabado en él. —Miró su bolso con escepticismo; era tan pequeño que ni siquiera cabría una navaja. ¡Pero lo que contaba era la intención!

Divertida, Leslie sonrió.

—Sabes, es ese entusiasmo lo que te hace tan buena en tu trabajo y lo que evitará que Dax siga destruyendo su carrera.

Resopló. Ojalá fuera así de sencillo. Pero nadie tenía tanto poder.

—Lucy —empezó Leslie de nuevo, esta vez con un tono más suave de lo normal—. No llevas ni un año trabajando aquí. Así que es demasiado pronto para darte un ascenso. Sin embargo, te esfuerzas más que nadie y, si eres capaz de reformar a Temple… hablaremos de ello.

Lucy se mordió el interior del labio inferior. ¡Oh, eso no era justo! Leslie sabía que un ascenso era lo que más deseaba, incluso mucho más que el chocolate sin calorías.

—Bien —dijo entre dientes—. Digamos que me ocupo de Dax. ¿Qué conlleva eso con exactitud, si se puede saber?

—Asegúrate de que no salga ni se acueste con nadie.

Con nadie. Las historias de mujeres son las más dañinas.

Además, vigila que no beba tanto en las fiestas, que no dé la nota y que no se deje fotografiar por la prensa.

Lo arrastrarás a eventos benéficos, lo obligarás a visitar unos cuantos hospitales infantiles y montarás un espectáculo tan bueno que hasta el mismísimo Dios en el cielo se dejaría engañar para acogerlo.

Ah, y por supuesto, te encargarás de que la prensa piense que él y Jack West se están convirtiendo, lenta pero inexorablemente, en mejores amigos.

Atónita, miró a su superiora de forma directa.

—¿Debería también curar el cáncer y viajar en el tiempo para salvar a los dinosaurios?

—No me importa lo que hagas en tu tiempo libre —respondió Leslie sin pestañear.

Lucy soltó una carcajada seca.

—Eso es… mucho.

—Como es natural, te pagaremos las horas extras.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó con voz inexpresiva—. ¿Cuánto tiempo tengo que… ocuparme de él?

—Empecemos con un mes y luego veremos en qué punto estamos —sugirió Leslie de manera diplomática—. Empiezas mañana. Quiero que convenzas a Dax para que asista a la rueda de prensa en la que se anunciará que Jack West se une a los Hawks.

El suspiro que soltó fue muy profundo.

—Bien. Seguro que no pone objeciones a eso.

—Bueno… —Leslie se aclaró la garganta—. Jack West también estará allí.

Los hombros de Lucy se hundieron y apenas pudo reprimir un gemido sonoro. Dax le había dejado claro más de una vez que solo se encontraría con el Santo en el hielo y en ningún otro sitio.

—Genial. Pan comido —susurró.

Cuando salió del despacho de Leslie cinco minutos después, sentía como si los pies fueran de plomo.

Cuatro semanas de Dax Temple. Cada día. Cada noche.

La prensa tenía razón. Él era el diablo y acababa de arrastrarla al infierno.

Nunca lo admitiría, pero nadie en el mundo la inquietaba más que ese extremo de los L.A.

Hawks. ¡No tenía control sobre su propia lengua cuando se trataba de él!

En su presencia decía, hacía y pensaba cosas… ¡y nada de eso le gustaba!

Se lamentó con tanta fuerza que casi no oyó su móvil.

Sin embargo, suspiró al ver el nombre en la pantalla.

Sabía muy bien de qué iba a tratar esa llamada y habría preferido evitar cualquier otra discusión por hoy.

Aun así, su hermana no tenía la culpa de que ella estuviera teniendo un mal día, así que respondió.

—Hola, Maddie, ¿qué pasa? —preguntó mientras caminaba por el pasillo blanco flanqueado por fotos de hockey, pasando de largo los ascensores en dirección a las escaleras.

Como odiaba hacer ejercicio, al menos intentaba usar los peldaños lo más a menudo posible.

No ayudaba con los gorditos de las caderas, pero al menos le aliviaba la conciencia.

—Te toca a ti —dijo su hermana mayor con firmeza.

Lucy suspiró y bajó el primer escalón.

—Hoy no.

—¡Por favor! Yo estuve allí ayer y está hecho un desastre.

Estaba sentado en medio de un mar de álbumes de fotos y pañuelos.

Esperaba que las cosas mejoraran después de que se uniera al equipo de bolos, pero…

ah, había una mujer allí que le recordó a mamá y…

bueno. Ya te lo imaginaras. A partir de ahí entró en su espiral de siempre y no consigue salir por sí mismo.

A Lucy se le encogió el corazón y ralentizó el paso.

—¿No puede Rachel ocuparse de él por una vez? Al fin y al cabo, ella es la psicoterapeuta de la familia. Quizá sepa qué puede ayudarle.

—Rachel vive en Chicago, Lucy. No puede pasarse, así como así.

Sí, lo sabía, pero hoy estaba agotada. Agotada de su vida, de pensar en Dax Temple…

—Está el Skype. El teléfono. Hay un mar de posibilidades.

Su hermana mayor dirigía una exitosa consulta de psicoterapia y era la persona más inteligente que conocía. Si a alguien se le podía ocurrir una forma de ayudar a su padre a tres mil kilómetros de distancia, era a ella.

Maddie soltó un gran suspiro.

—Ya sabes que a él no le gusta nada de eso de la tecnología. Además, se le olvidó el PIN del móvil, puso el incorrecto tres veces y… ¿Por favor, Lucy?

Lucy se detuvo y se frotó los ojos con los dedos pulgar y medio.

Quería a su padre, pero odiaba ir a verlo, odiaba tener que consolarlo, odiaba obligarle a comer, a salir y a seguir adelante con su vida.

Él le recordaba constantemente, y de forma dolorosa, por qué nunca compartiría su vida con nadie.

—Sé que es cansado, Lucy —continuó Maddie en voz baja—.

Créeme. En unas semanas estarás de viaje otra vez, siguiendo a los Hawks, y entonces la mayor parte del peso recaerá sobre mis hombros y…

necesito ayuda hasta entonces. No puedo hacerlo sola.

No puedo llevar la agencia y al mismo tiempo asegurarme de que papá no se hunda en su propia miseria cada noche.

Lucy tragó saliva y asintió. Su hermana tenía razón. Ella se encargaba de casi todo el trabajo relacionado con él, ¡y aun así se las apañaba para dirigir una agencia de citas muy exitosa! Lo único que Lucy tenía que hacer era cuidar de un adulto y, con suerte, ¡conseguir un ascenso!

—Está bien —murmuró—, yo me encargaré de él.

Su hermana respiró aliviada.

—Gracias. No pasa nada si no puedes ir hasta mañana, pero no creo que esté bebiendo suficiente agua. Tuve que obligarlo. Y salir de casa le vendría bien. Por desgracia, ayer no tuve tiempo de dar un paseo, así que…

—No te preocupes, Maddie. Es mi responsabilidad esta semana.

—Madre mía, gracias. Y, de verdad, siento encasquetarte esto, suenas agotada.

Lucy asintió y bajó el resto de las escaleras.

—Estoy agotada y me acaban de asignar la tarea más degradante de toda mi carrera.

—Vaya. ¿Qué tienes que hacer?

—Bueno, tienes el increíble honor de hablar con la nueva asistente personal del hombre más insufrible de los Estados Unidos. Aunque «asistente personal» es solo un término elegante para decir «oficial de detención personal» o «niñera».

Durante unos segundos, hubo un silencio absoluto al otro lado de la línea. Entonces Maddie dijo con naturalidad:

—No tengo ni la más remota idea de qué estás hablando. Pensaba que eras consultora de relaciones públicas, no asistente personal.

—¡Yo pensaba lo mismo! Pero el señor Dax Temple es incapaz de centrarse: va de flor en flor, toma demasiado y, por lo general, se comporta como un idiota. Así que ahora necesita un mantenimiento de imagen personal. Por mi parte.

Maddie soltó una carcajada.

—Dios mío. ¿Se trata de Dax Temple? ¿Tu némesis cañón?

Lucy puso los ojos en blanco.

—Ni está cañón ni es mi némesis.

—Ah, yo tendría cuidado con lo que dices, Lucy. ¡Dios ve cada uno de nuestros pecadillos, y describir a Temple como algo que no sea más caliente que un horno de pizza sería un pecado mortal!

—Sí, sí, puede que sea atractivo, pero no es mi archienemigo —capituló ella, levantando la mano—. Es… solo un hombre que no me gusta. Hay muchos de esos.

—No —replicó Maddie de inmediato—, él es algo especial.

—No lo es —gruñó ella—. Ya le gustaría serlo.

Maddie se rio entre dientes.

—Ay, ojalá te hubieras oído. Como un perro con su hueso. Es especial, Lucy. Te guste o no.

—Me alegra que al menos una de las dos pueda reírse de que las próximas semanas vayan a ser un infierno para mí.

La risa de su hermana aumentó.

—Lo siento. De verdad que lo siento por eso. Pero, oye, piensa que es una oportunidad para, por fin… bueno, hacer las paces con él. O al menos negociar un alto el fuego.

Con gesto hosco, Lucy frunció los labios. Cruzó el vestíbulo a grandes zancadas y le sonrió a Jeff, el guardia de seguridad.

—Sí, quizá ese sea el enfoque sensato y maduro de la situación.

—Pero no te sientes sensata ni madura cuando estás cerca de él, ¿verdad? —concluyó Maddie.

—Así es.

—Bueno, entonces supongo que lo único que puedo hacer es desearte suerte.

Pero oye, si te supera, pásate por Santa Mónica.

Te invitaré a un cóctel y podrás despotricar todo lo que quieras sobre tu apuesto dios del hockey.

Pero esta vez no invitemos a Matt. Nos arruinaría el ánimo diciendo que Dax es en realidad una buena persona y que solo necesitamos conocerlo mejor.

Era una idea maravillosa.

—Gracias, eso ayuda de verdad.

—Bien. ¡Y tráete a ese Max con el que sales ahora! Así puedo conocerlo.

Lucy hizo una mueca. Nunca le presentaba sus ligues a su hermana, y con razón. Todo resultaría demasiado… íntimo. Significaría que era algo serio. Y Lucy no iba en serio.

—Sí, tal vez —dijo vagamente, sabiendo que Maddie no aprobaba su vida de citas esporádicas—. Te aviso y te llamo si hay novedades con papá, ¿ okay ?

—Genial. Anímate, ¿de acuerdo? Eres fuerte, independiente y todo ese rollo.

Lucy sonrió.

—Deberías escribir un libro de autoayuda. Nadie tiene tanta elocuencia como tú.

—Gracias, se intenta —respondió Maddie con modestia—. Hasta luego.

—Sí —dijo y colgó.

Su hermana tenía toda la razón. Era fuerte e independiente y todo lo demás. Le explicaría a Dax cómo serían las próximas semanas. Establecería límites y no dejaría que la afectara.

Con energías renovadas, abrió de par en par la puerta que daba al aparcamiento… y se quedó clavada en el sitio.

A menos de diez metros, apoyado en su coche, estaba Dax.

Sus largas piernas, enfundadas en unos vaqueros, estaban estiradas ante él, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y las mangas de su camisa de cuadros estaban remangadas hasta los codos, dejando al descubierto sus antebrazos fibrosos y bronceados.

No llevaba puestos los patines ni estaba erguido en toda su estatura, pero aun así seguía pareciendo imponente.

La camiseta bajo la camisa abierta se pegaba a su pecho y caía holgada sobre su abdomen, dejando demasiado a la imaginación… aunque ella no necesitaba imaginación alguna porque, gracias a sus tendencias exhibicionistas, sabía muy bien lo que se escondía debajo.

Se le secó la boca y un escalofrío le recorrió la columna. Todas sus terminaciones nerviosas se encendieron. La lengua se le trabó y sus dedos se volvieron sudorosos mientras su corazón daba un vuelco… por la anticipación, por el miedo, o quizá por ambas cosas.

Mierda. Él era especial. Y odiaba ese hecho.

Odiaba el efecto que tenía sobre ella; que su ritmo cardíaco se acelerara y que una extraña mezcla de anticipación, miedo y tensión bombeara por sus venas.

Del mismo modo que odiaba que levantara la vista en el preciso instante en que ella dejó que la puerta se cerrara tras de sí, como si supiera que había estado allí de pie mirándolo con fijeza.