Capítulo 1
Capítulo Uno
Un año después…
D ax Temple es un regalo del cielo.
Eso fue lo que publicaron los periódicos tras su segunda semana con los L.A. Hawks. Dax Temple: una bendición caída del cielo, justo lo que les faltaba a los Hawks. El hombre que los conduciría a una nueva gloria.
Dax Temple: un demonio sobre el hielo .
…Publicaron eso tras su cuarta semana porque Dax era demasiado agresivo en la pista. Se había quitado los guantes y fue directo a la yugular de un oponente con demasiada frecuencia como para que se le mencionara en la misma frase que a Dios.
Entonces Dax se enfrentó a Jack «el Santo» West en el hielo por segunda vez —unos meses después de aquel primer encuentro catastrófico que aún hoy lo perseguía en sus sueños— y la analogía de «el demonio» se descartó rápidamente para ser sustituida por «el diablo».
Dax el Diablo . El nombre se extendió más rápido que una infección de transmisión sexual durante las vacaciones de primavera y la prensa no podía estar más contenta. Ganaron millones con los titulares de el Diablo contra el Santo .
A Dax nunca le hizo gracia ese apodo. Sabía cómo era el infierno y no tenía ningún deseo de volver, ni siquiera de nombre, a ese lugar.
Pero no merecía la pena pelear por ello, porque a los fans les encantaba esa mierda.
A las noticias deportivas les encantaba esa mierda.
Y a internet le encantaba esa misma mierda.
A nadie le importaba que a Dax esa mierda le molestara hasta los cojones.
Los aficionados se deleitaban con la rivalidad entre los dos jugadores y algunos incluso estaban convencidos de que Dax solo estaba resentido y que nunca había superado que su orgullo resultara herido en aquel primer partido.
Sin embargo, la mayoría sospechaba que la rivalidad continuaba porque los dos por fin encontraron un igual en el otro, recordándose entre sí que no eran invencibles.
Nadie quería oír eso, sobre todo un jugador de hockey profesional que se acercaba a los treinta.
El equipo de relaciones públicas de los Hawks, por otro lado, decía que Dax no odiaba al jugador rival en realidad. Que no era más que una rivalidad inofensiva que los espoleaba a dar lo mejor de sí en el hielo.
Pero el equipo de relaciones públicas mentía.
Porque Dax odiaba a Jack con un fervor que habría hecho que el mismo diablo se sintiera orgulloso de aquel sentimiento.
Y la razón no tenía nada que ver con el hockey.
Pero nadie lo sabía, y él no iría por la vida contándolo como manzanitas en dulce.
Ni tampoco Jack. Quizá porque tenía claro que su contrincante lo mataría si abría la boca.
O porque lo único que tenían en común era el deseo de no ver su pasado impreso en la portada de un tabloide.
A Dax no le importaba. No le importaba nada que concerniera a Jack West mientras tuviera la oportunidad ocasional de darle una paliza en el hielo.
Al menos, así había sido durante diez años.
Hasta ahora.
—¡Nos complace anunciar la bienvenida a Jack West a nuestro equipo a partir de la semana que viene! Estoy seguro de que será una buena incorporación para nuestra escuadra. Todos en la organización de los Hawks estamos felices por ello.
—Oh, mierda —dijo Matt Payne en voz alta, dejando caer el casco que acababa de quitarse de la cabeza.
—¡¿Qué?! —gritó León Álvarez, su mejor defensa, secándose el cabello con una toalla y mirando estupefacto a su entrenador, Parker Gray, que acababa de dar la buena noticia—. ¡No puede estar hablando en serio, jefe!
—Bueno, cálmense —intervino Austin Fox. El capitán del equipo consideraba que su trabajo consistía en mantener la paz, ya fuera en la pista, en el vestuario o en la mesa de póquer.
Ante las palabras «cálmense», todos sus compañeros en el vestuario se giraron hacia Dax. No le sorprendió. Todos allí sabían lo que pensaba de Jack West, igual que todos sabían que no destacaba por mantener la calma.
Hoy, sin embargo, hizo una excepción. Hoy no dijo nada.
Hoy se limitó a mirar al frente, con los labios apretados y las manos sobre las rodillas.
Oh, en circunstancias normales habría perdido los nervios.
Si quisiera, podría ser el mayor idiota de toda la organización —como una pelirroja con curvas de lo más irritante señaló no hacía mucho—.
Es solo que la «noticia» del entrenador Gray no era ninguna novedad para él.
Hacía tres meses que sabía que se estaba negociando un traspaso.
Y había aprovechado el tiempo a conciencia para sofocar su ira con entrenamientos brutales en el gimnasio, para ahogar su frustración en whisky escocés caro y para olvidar sus preocupaciones en las camas de mujeres extrañas.
No es que estuviera orgulloso de los últimos meses, pero hizo falta todo eso para prepararse para este preciso momento.
Necesitaba mantener la compostura sin dejar traslucir lo que aquella información le estaba haciendo de verdad.
Eso se debía a que, aunque odiaba que West siguiera teniendo tanto poder sobre él, odiaría aún más que otros supieran el alcance de su reacción; sobre todo su equipo, al que consideraba su familia desde hacía años.
—Chicos —exclamó Parker Gray en voz alta, y todos volvieron a prestarle atención a regañadientes—.
Sé que esto es una sorpresa, pero nos vendrá bien otro central fantástico.
Sin ánimo de ofender, Fox —añadió, asintiendo hacia el capitán—.
Y todos saben que West es la puta mejor elección para esto; después de todo, han perdido contra él bastantes veces.
Así que contrólense. Estoy seguro de que West será una gran incorporación para el equipo.
Y tenemos que aprovechar bien las próximas semanas, antes del primer partido.
De nuevo, todos los ojos aterrizaron en Dax, como si esperaran su permiso para que les cayera bien aquel hijo de perra.
Matt incluso le puso una mano en el brazo con cautela, como si intuyera que su mejor amigo necesitaba apoyo emocional.
Este último por su parte siguió ignorándolos a todos.
Tenía suficiente con intentar reprimir el calor que le subía por el pecho y que le dificultaba la respiración.
Era ridículo. ¡Absolutamente ridículo! Él era superior a esto. Superior a sus malditas emociones y a su ira. El hielo siempre había sido el único lugar de su vida donde podía encontrar paz y tranquilidad, y ni de broma iba a dejar que West arruinara eso.
—El equipo de relaciones públicas está ocupado preparando la rueda de prensa para cuando se anuncie el traspaso —continuó Gray, pero Dax ya no escuchaba.
Dios, era un asco. Una auténtica mierda. Ya no podría evitar a West. Se vería obligado a interactuar con él, a sentarse con él en el mismo avión, en el autobús, en el vestuario…
— Bro , ¿por qué no te estás volviendo loco? —le murmuró Matt, dándole un empujoncito con el hombro.
—Ya lo sabía —respondió sin emoción.
—¿Cómo? ¿Por quién? ¡Nadie sabe esas cosas hasta que Gray nos lo cuenta!
Él se limitó a encogerse de hombros y se abstuvo de responder.
Matt era su mejor amigo desde hacía siete años, cuando se unieron a los Hawks en la misma temporada y pasaron juntos por los mismos rituales de novatos.
Ambos se apoyaron el uno al otro tras sesiones de entrenamientos brutales y derrotas desgarradoras.
Compartieron juntos sus inseguridades y derrotas; Dax estuvo ahí para Matt cuando su abuelo, quien le enseñó a patinar sobre hielo, murió de forma inesperada hacía algunos años y Matt no le contó a nadie que la verdadera razón de su torcedura de muñeca, no fue a causa de un entrenamiento sobre la pista, sino que se tropezó con su propio umbral.
Y estando sobrio, además; lo cual era más vergonzoso todavía.
Aun así, ni con todo aquello, Matt sabía por qué Dax odiaba tanto a West.
—Bueno, para terminar, se les informará en los próximos días lo que pueden publicar sobre el traspaso de West o qué decir en las entrevistas —dijo Gray, llamando de nuevo la atención. Dax lo miró a regañadientes.
—¿Quién nos va a informar? —quiso saber Fox.
Matt hizo una mueca.
—Por favor, que no sea la dragona. Te lo juro, cada vez que hablo con Forth, me recorren escalofríos por la espalda.
Esa vieja está compinchada con el mismísimo Satanás.
Es tan capaz, que no me extrañaría que haya puesto cámaras en los baños por sí misma para asegurarse de que nos lavamos las manos después de orinar, solo para que ningún periodista pueda afirmar lo contrario.
—Leslie da miedo —coincidió Fox estremeciéndose.
Gray resopló en voz alta.
—Es incomprensible que este grupo de hombres de cien kilos pueda ser puesto de rodillas por una dulce ancianita.
—Venga ya. Incluso una vez Dax miró al entrenador esconderse detrás de su coche mientras la jefa de relaciones públicas salía del edificio de administración con el portapapeles listo—.
Pero pueden relajarse. Lucy James supervisará la rueda de prensa.
Un suspiro de alivio general recorrió la sala… pero a Dax se le erizaron los vellos de la nuca.
Lucy James.
Solo oír el nombre hizo que todo su cuerpo se tensara. Recordaba haberle dado dos semanas antes de verla renunciar; de eso hacía ya once meses. A todo el mundo le caía bien. Todos pensaban que era una criatura inteligente, guapa y amable que les hacía la vida más fácil.
Pero Dax lo sabía mejor. Sí, era inteligente y, joder, que sí era guapa, demasiado guapa para su propio gusto, pero no era amable, y por supuesto que no le hacía la vida más fácil.
Al contrario. En lo que a él respectaba, él no era el diablo por estos lares, dijera lo que dijese la prensa: ella lo era.
—Así que, en resumen —continuó Gray—, mantengan la boca cerrada hasta que Lucy les diga lo contrario. ¿Está claro?