Prólogo #3
No, aquello no era humor, era… cualquier cosa menos eso. ¡La «sintonía» definitivamente no era el problema aquí! Aun así, mantuvo la sonrisa en el rostro. Profesional, tenía que mantenerse profesional.
Respiró profundo y lo miró.
—¿Sabes qué, Dax? Simplemente, voy a empezar. —Solo las personas que eran educadas merecían educación, así que desistió—. No tardaremos mucho. Solo tenemos que repasar algunos puntos.
Retiró el portapapeles de su pecho, bajó la vista hacia la lista… y un segundo después se puso roja como un tomate.
Solo ahora se daba cuenta que fue un error no estudiar ese portapapeles de antemano. Algunos de los puntos que figuraban… No, aquello era ridículo. Era imposible que al señor Temple se le ocurriera jamás revelar algo así a la prensa.
Cualquiera sabría que decir cosas como esas era una soberana estupidez y que solo daría lugar a un titular igual de escandaloso. Pero estaba en la lista, así que… Mierda .
—Bueno —empezó con cautela, con la voz casi ahogada por las fuertes zancadas de Dax sobre la cinta—. Es obvio que no puedes contarle a la prensa con cuántas mujeres te has acostado, ¿verdad? No creo que haga falta extenderse en ese punto.
—Pero son cincuenta y cinco —dijo él despacio—. Ayer rechacé a algunas justo para que el número se mantenga igual. Es una cifra redonda. Si no lo menciono, me habré perdido unos buenos orgasmos para nada. Me parece un desperdicio.
A ella se le secó la boca y las mejillas le ardieron como una hoguera. No podía ser que acabara de decir eso.
—¿Eres virgen, Luna? —preguntó Dax.
Lucy casi se atragantó con su propia saliva.
—¿Perdón?
—Bueno, solo una virgen se sonrojaría tanto al pensar en sexo. Aunque, ahora que lo pienso, quizá sea mejor que aún no hayas estrenado el melón. Tener sexo a los doce años es un delito. —Levantó las cejas con intención, sacó una botella de agua del soporte y la abrió.
Lucy lo miró con un nudo formándosele en el pecho. Era un nudo de ira y desprecio al rojo vivo.
¿Quién demonios se creía que era este idiota?
Ella había sido amable, cortés, profesional y, sin embargo, él estaba allí con ese aire de superioridad, ¿incluso burlándose de ella?
Estaba claro que no la tomaba en serio, y mucho menos la consideraba digna de respeto. Y si había algo que ella odiaba de verdad, era que alguien la hiciera sentir que estaba haciendo pésimo su trabajo.
Clavó las uñas en el recubrimiento brillante del portapapeles.
Si tienen la sensación de que les tienes miedo o, peor aún, de que te gustan, ya puedes ir poniendo las patitas en la calle . La voz de Leslie Forth resonó en su cabeza.
Oh, no le tenía miedo a Dax Temple. Y no tenía ningún problema en demostrárselo.
—Mi número personal es once, señor Temple, pero no siento la necesidad de contárselo a ningún periodista —le espetó con frialdad.
Dax se atragantó con el trago de agua y la escupió sobre la pantalla de la cinta.
Lucy sonrió con amabilidad. Su reacción era más satisfactoria que su número once ficticio.
—¿Once? —Atónito, tosió.
—¿Esa es la reacción del señor Cincuenta y Cinco? —inquirió con calma—. ¿Está seguro de que ese número no está inflado y en realidad no se queda en menos dos parejas?
—¿Menos dos? —Entornó los ojos—. ¿A qué te refieres con eso?
—Bueno, si alguien no me satisface en la cama, yo siempre descuento unos cuantos puntos.
Parece que ese podría ser el caso aquí. Un fanfarrón solo puede estar intentando compensar algo.
—Se encogió de hombros—. Yo no revelaría eso a voluntad.
Así que, convengamos en que ninguno de los dos le dará su lista de parejas sexuales a nadie más, ¿de acuerdo?
Eso sería estupendo. —Asintió de forma alegre y tachó el primer elemento de la lista.
El tipo soltó una risa seca.
—¿Acabas de insinuar que soy malo en la cama?
—No insinué nada. En todo caso, lo afirmé a rajatabla —respondió sin rodeos—.
Pasemos al punto dos: no usará bajo ningún concepto la palabra coño, flor o cualquier otro concepto que se le venga a la cabeza, aunque un miembro del equipo contrario se comporte como una vaca.
Y no va a presentarse en la rueda de prensa medio desnudo solo para ligarse a cualquiera de las periodistas que se enamoren de sus músculos.
Y bajo ninguna circunstancia tiene permitido decir el nombre de Jack West en combinación con su dedo medio o las palabras «hijo de puta» o «cabrón». ¿Entendió?
—¿O sea, que tengo prohibido decir la verdad? —concluyó Dax, ladeando la cabeza pensativo—. ¿Entonces todo lo que me enseñó mi madre es una estupidez?
—Espero que no. Pero todo lo que usted ha dicho en los últimos diez minutos sí que lo es —respondió cortante.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Gracias. Me temía que no se me entendiera.
Lucy resopló con fuerza e inclinó la cabeza hacia atrás.
—Cielo santo, ¿es que no se toma nada en serio?
—espetó—. Yo sí me tomo las cosas en serio, así que déjeme darle un consejo: supere su problema con Jack West. Sé que tienen una rivalidad estúpida.
—¡Cualquiera que se interesara por el hockey lo sabía!
Desde que Dax Temple entró en la NHL hacía varios años atrás como un novato arrogante y anunció a bombo y platillo que Jack West era «un trol del hielo sobrepagado con una cara a juego», y desde que Jack lo dejó en evidencia ante todo el estadio durante su primer partido, los dos ya no se contenían en la pista—.
Pero Jack West es extremadamente popular y el hecho de que no le guste perjudica su imagen.
Vale, en su primerísimo partido le demostró al mundo entero que no estaba preparado para competir con un grande consagrado como él.
Pero eso fue hace años y no tiene sentido guardar rencor.
Al fin y al cabo, fue usted quien empezó la pelea en aquel entonces.
Jack West es un buen tipo y ¡nadie entiende por qué lo sigue odiando!
En cambio, por qué él a usted sí… —Se encogió de hombros—.
Se me ocurren una o dos razones aquí mismo.
La sonrisa desapareció del rostro del extremo.
—No sabes nada sobre Jack West y de mí —espetó, con una voz que de repente se volvió peligrosamente suave—.
Así que deja de hablar de cosas que no entiendes.
Y sí, me tomo algunas cosas en serio. Por eso no voy a dejar que tú, una lacaya de relaciones públicas en miniatura que acaba de empezar, me impida hablar.
Dile a Leslie que, si quiere que dé una rueda de prensa el puto día de mi cumpleaños, diré lo que quiera y como quiera.
Y no importa lo altos que sean tus tacones, cuánto levantes la barbilla o con qué suficiencia me hables; los dos sabemos que no pintas nada aquí.
Si quieres alternar con jugadores de hockey, te recomiendo el Ice Lounge: es el bar al que van todas las demás groupies.
A Lucy le dio un vuelco el estómago, pero puso una sonrisa dulce y dio un paso atrás.
—Como tú mismo acabas de dar a entender, no sabes nada de mí ni en dónde pinto nada. Así que creo que por hoy ya es suficiente. Estoy deseando que llegue nuestra próxima reunión, Dax. Eres tan encantador como dice la prensa.
Dicho esto, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.
—¡Muchas gracias, Luna! —le gritó de vuelta—. Te doy dos semanas antes de que renuncies.
Lucy se detuvo en seco y se giró.
—Oh, se me olvidó darte la enhorabuena —dijo con solemnidad, volviendo a acercarse a la cinta donde sus pies seguían trabajando.
—¿No te prohibí felicitarme? —gruñó en respuesta.
—Ah, es que no pienso felicitarte por tu cumpleaños —aclaró, deteniéndose frente a él—.
Me refería a que te doy la enhorabuena por ser el mayor idiota de toda la organización.
Eso es lo que querías demostrarme, ¿no es así?
Pues felicidades. Puede que nunca hayas ganado una Stanley Cup, a diferencia de Jack West, pero al menos ahora tienes un título…
Ah, sí, una cosa más… —Levantó la mano y golpeó con la palma el botón rojo de stop de la cinta.
Esta se detuvo en seco. Dax Temple, no.
Con un sonoro «¡Carajo!», chocó contra el panel de control y tropezó hacia atrás por el impacto repentino, acabando en el suelo con un golpe seco.
Ella lo miró desde arriba, sonriendo.
—Es de mala educación presentarse en una reunión de negocios medio desnudo y sin prestar atención. Quizá no lo sabías antes por ser nuevo en el puesto, pero ahora ya lo sabes.
Sin decir nada más, giró sobre sus tacones y salió de la sala a grandes zancadas.
Este era su maldito trabajo soñado. Se quedaría. Tendría éxito. Demostraría a todo el mundo que era digna de respeto. Y no iba a dejar que un arrogante idiota como ese se lo arruinara.
Abrió la puerta de un empujón y volvió a cerrarla de un portazo. ¿Dónde demonios estaba Matthew Payne? ¡Le debía una puta copa!