Prólogo #2
—Sí, bueno… —respondió Lucy, ahora un poco preocupada—. Gracias.
—No me las des —dijo él negando con la cabeza—. En realidad, soy yo quien te debe una copa por decirte dónde encontrar al idiota ese, y justo hoy. —Levantó las manos y se alejó a toda prisa en dirección opuesta.
Lucy frunció el entrecejo mientras lo veía marcharse. Aquello era raro, ¿no?
¿Por qué iba Payne a llamar de aquella forma a su mejor amigo?
Tal vez el departamento de relaciones públicas solo vendía lo de su amistad a la prensa porque se vendían más entradas y camisetas si los jugadores parecían colegas.
¿Qué sabía ella? Pero era irrelevante. Tenía una labor que cumplir y Dax Temple no podía ser tan malo.
En todas las entrevistas que había visto, parecía simpático y divertido.
Claro, tenía fama de ser un mujeriego y un completo idiota en lo que respectaba a su estúpida rivalidad con Jack West, pero ¿qué jugador de la NHL no tenía sus rarezas?
No, ella no conocía de nada al extremo, así que lo afrontaría sin prejuicios.
Todo el mundo merecía respeto básico y el beneficio de la duda.
Sintiéndose de nuevo satisfecha, levantó la barbilla, recorrió el pasillo y se detuvo ante la puerta del gimnasio. Estaba cerrada, así que llamó.
Nadie respondió.
Llamó otra vez, más fuerte. Era claro que se escuchaba un golpeteo rítmico tras la puerta. ¿Será que llevaba auriculares y por eso no contestaba? Decidió que era una buena suposición y se atrevió a abrir.
Ante sus ojos apareció una hilera de cintas de correr, bancos de pesas, prensas de piernas y demás equipamiento.
Madre mía. Gimnasio se quedaba corto. Palacio del Fitness sería mucho más apropiado.
A través de un gran ventanal se veía el cielo estival de California.
Sin duda había sitio para toda la plantilla de los L.A.
Hawks en las máquinas. Sin embargo, todas estaban vacías, excepto una a su derecha, de donde procedía el constante golpeteo.
Lucy se puso de puntillas para mirar por encima de las otras máquinas. El corazón se le subió a la garganta al vislumbrar al hombre que castigaba sin piedad la cinta de correr.
Sí, aquel era Dax Temple. Un metro ochenta y cinco, musculoso, con el cabello oscuro rizándosele sobre las orejas y una barba de cinco días a la que le faltaban pocas horas para hacer que las ancianitas se cambiaran de banqueta por precaución.
Se veía incluso mejor que en la televisión.
Tal vez fuera porque no llevaba camiseta. Por supuesto. ¡Porque, vaya tela!
¡Sus abdominales de acero se veían incluso mucho más impresionantes en persona que en la tele!
Lucy siempre había sospechado que usaban Photoshop, pero vaya si no, aquellos músculos eran reales.
El pulso se le disparó. Aparte de profesional, era una mujer con ojos en la cara, así que levantó la barbilla un poco más.
Se alegró de llevar tacones de aguja de doce centímetros en lugar de los habituales de ocho en su primer día de trabajo.
Los zapatos siempre le daban un extra de confianza.
Pero ver a hombres musculosos medio desnudos en vivo y en directo…
Aquello le iba a costar un poco acostumbrarse.
Rodeó la última cinta vacía y se detuvo justo delante de Dax Temple, dándose cuenta de que no llevaba auriculares. Ni audífonos. Así que no tenía excusa para no saludarla.
Se aclaró la garganta.
Él no reaccionó.
—Hola —dijo con amabilidad—. Soy Lucy James. Nueva en el departamento de relaciones públicas. —Le tendió la mano y esperó a que apagara la cinta o al menos levantara la mano para saludar.
No hizo nada de eso. De hecho, ni siquiera la miró. En lugar de eso, clavó la mirada de forma obstinada en la pantalla de la cinta y siguió trotando.
Irritada, frunció el entrecejo, preguntándose qué táctica seguía ahora. No pensaba marcharse solo porque él la ignoraba.
Entretanto, el silencio entre ambos se prolongó, haciendo que el dedo meñique de Lucy temblara de puro nerviosismo. Se aclaró la garganta de nuevo y dijo:
—Ah, por cierto, feliz…
—Si se le ocurre felicitarme por mi cumpleaños, le lanzaré un disco directo a la cabeza en el próximo partido —la interrumpió él con voz grave y ronca—. Parecerá un accidente. Pero usted y yo sabremos que no fue así.
Perpleja, sintió que se le abrían los ojos de par en par.
—Yo… Espere, ¿qué? —Tenía que haberle oído mal.
Pero Temple no respondió; en vez de eso volvió a apartar la mirada, subió un nivel la cinta y aceleró el ritmo. Según la pantalla, mantenía un ritmo de cinco minutos por kilómetro sin que se le alterara la respiración lo más mínimo.
¡Cielo santo! Cuando Lucy iba más rápido de lo normal, los demás se detenían para preguntarle si necesitaba una ambulancia o algo por el estilo.
¡Pero eso no venía al caso!; ¿de verdad acababa de amenazarla con hacerle daño?
No, tenía que ser una broma. Un tipo de humor que…
para ser sinceros, no conocía. Pero bueno.
Estas cosas pasaban. Con algunas personas simplemente no estaba en la misma sintonía. Sin dramas. Sin nada más.
—Ejem, señor Temple, ¿nadie le ha dicho que alguien de relaciones públicas lo estaría esperando en la sala de reuniones C? —se aventuró a preguntar.
—Sí —respondió él mientas se rascaba el pecho.
—Ah. Es que pensaba, como la sala estaba vacía… ¿Se le fue el tiempo? —Había oído que eso les pasaba a algunas personas cuando estaban entrenando o compitiendo. Por sí misma tampoco podía confirmarlo; no era como si el deporte y ella estuviera en la misma sintonía.
—No.
—Ah —repitió, odiando lo estúpida que sonaba. Pero, ¡por Dios!, ¿cómo se suponía que debía reaccionar si no? Al fin y al cabo, parecía que decidió faltar a la reunión a propósito.
—Señor Temple —empezó de nuevo, intentando filtrar la impaciencia de su voz—. No importa si faltó a la cita o si la olvidó. Lo bueno es que lo encontré y que podremos hablar sobre de la rueda de prensa.
—«Lo bueno es que lo encontré» —repitió él sin emoción, mirando ausente un punto en el suelo—. Estoy casi seguro de que debería ser un «Gracias a Matt lo encontré» , pero bueno. No voy a cuestionar su fe.
Lucy se le quedó mirando y luego siguió su mirada y…
se quedó petrificada. Delante de la cinta de correr había una tarta de frutas.
Una tarta que parecía haberse metido en un callejón oscuro en la peor zona de la ciudad, porque por lo visto fue víctima de una banda de rateros. O, al menos, de un buen puñetazo.
Con la boca abierta, la chica miró primero el amasijo de nata aplastada y luego a Temple.
—¿Le dio un puñetazo a la tarta? —preguntó, confusa.
—No, claro que no. Eso sería de locos. Y salta a la vista que yo no estoy loco —respondió el jugador sin pestañear.
—Entonces, ¿por qué hay un…?
—Dios santo, mujer —la interrumpió él, molesto—. ¿Por qué sigue aquí?
La chica tragó saliva y se apretó el portapapeles contra el pecho.
—Como ya le dije, estoy aquí para repasar la rueda de prensa, que es dentro de una hora…
—¡Sí, tengo oídos, ya sé por qué está aquí! Mi pregunta es ¡por qué no te largas!
—Por la rueda de prensa —insistió ella, esta vez más alto, ya que era obvio que este sujeto tenía problemas de oído o algo así—. Tenemos que repasar qué temas debe evitar y cuáles debe tratar con más detalle. Y, por cierto, no me llamo «mujer». Soy Lucy James, asistente de relaciones públicas.
Él suspiró profundo y, por lo que pareció ser la primera vez, la miró de forma directa.
Tenía los ojos azules; de un azul tan gélido y su mirada era tan intensa y sombría que casi dio un paso atrás por inercia.
No obstante, no llevaba zapatos para andar tropezando, a menos que quisiera romperse un tobillo, así que se mantuvo firme.
—Lucy James —repitió él, alargando las sílabas como si dejara que el nombre se le fundiera en la lengua antes de decidir si tragárselo entero—. Está bien, Lucy James. Déjame hacerte una pregunta: ¿qué tengo que hacer para que me dejes en paz?
—Bueno, tal como decía —comentó ella sorprendida, parpadeando un par de veces—, se supone que tengo que preparar con usted la próxima rueda de prensa. Quería informarle sobre lo que puede y no puede decir.
—¿Puedo decir que eres un incordio?
Ella soltó una risa nerviosa.
—No. Aquí tengo una lista que dice exactamente lo que…
—Lo que puedo y no puedo decir, ya lo sé —terció él antes de escudriñar su figura con los ojos entrecerrados—. Pareces disco rayado. Llevas cinco minutos diciendo lo mismo. ¿Debería llamar a uno de los médicos? Tal vez te está dando un ataque.
Ella apretó los labios. «Dax Temple es complicado» , le había dicho Leslie Forth. No podía estar menos de acuerdo con su jefa. Llamarlo «complicado» era un insulto para la palabra.
—Estoy bien —dijo tensa—. Gracias por preguntar.
—No hay de qué. Personalmente, siempre me preocupan las habilidades lingüísticas de nuestros empleados. Hay tantas palabras bonitas que sería una pena que siguieras usando siempre las mismas, ¿no crees?
Oh, Lucy sabía muy bien qué palabras quería usar, pero entonces se cuestionaría su profesionalidad.
—Señor Temple —dijo con énfasis—, ¿podemos empezar de una vez?
Él hizo una mueca y negó con la cabeza.
—No lo sé. Para ser sincero, no me siento cómodo discutiendo todo este rollo personal con una becaria.
—¿Todo ese rollo personal que va a compartir con veinte periodistas? —espetó ella.
—Sí, ese mismo.
—Bueno, entonces es una suerte que no sea una becaria.
Él enarcó las cejas con escepticismo.
—¿Estás segura? Pareces muy joven.
—Tengo veinticinco.
—Creo que tus padres te mintieron, Luna —dijo con arrogancia—. A lo mucho no has de tener más de doce.
—Lucy. Me llamo Lucy —respondió ella con un tono monótono.
—Entonces, ¿por qué te presentaste como Luna? —preguntó en respuesta, irritado.
—Yo no… —Se interrumpió y parpadeó.