Rivalidad, Amor y Hockey (Amor y Hockey 1)
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Prólogo
L ucy James deseaba tres cosas en la vida: respeto, éxito… Y, en aquel preciso momento, una papelera vacía en la cual vomitar.
¡Dios, qué nervios tenía! Estaba tan nerviosa que el estómago le daba unos retortijones horribles, como si fuera una principiante en una clase de yoga de nivel avanzado.
Cerró los puños para que no le temblaran las manos mientras respiraba hondo y con toda la concentración del mundo, exhaló el aire de la forma más silenciosa posible, manteniendo la boca forzada en una sonrisa impecable .
No quería que la mujer de aspecto severo, cabello corto canoso y gafas de montura roja notara que estaba al borde de un ataque de pánico.
Leslie Forth era todo lo que Lucy aspiraba a ser algún día.
¡Era un icono de las relaciones públicas!
Treinta años atrás, se convirtió en la primera mujer de Estados Unidos en dirigir el departamento de relaciones públicas y marketing de un equipo deportivo de élite; y no un equipo de hockey cualquiera, sino los L.A.
Hawks, que aparecían en las cajas de cereales de todo el país y que habían ganado tres veces la Stanley Cup.
Sí, Leslie Forth era una pionera en un mundo de hombres, y Lucy deseaba ser como ella.
Eso sí, después de vomitar. Y de cepillarse. Lo de hacerse con el control del marketing deportivo quizá tendría que esperar hasta el día siguiente. Pero no pasaba nada. Era joven, tenía tiempo… ¡y necesitaba relajarse! Había conseguido el trabajo de sus sueños y no la iban a despedir el primer día.
¿O sí?
Cielo santo, si seguía distrayéndose de esta manera, no se enteraría ni que la estaban poniendo de patitas en la calle, sino hasta que ya estuviese en la acera.
—…¡Bajo ningún concepto debes perder tu tarjeta de identificación! Sin ella, no podrás entrar en el aparcamiento ni en la oficina.
Lucy se obligó a volver al presente y se aclaró la garganta.
—Por supuesto que no —respondió con naturalidad, frotándose las palmas húmedas contra su falda de tubo—. Lo tendré muy en cuenta. Y no se preocupe, no soy nada olvidadiza.
—Muchos de los empleados nuevos dicen lo mismo, pero luego, puf, sus tarjetas se desaparecen como por arte de magia para poder hacerse una nueva con una foto mejor.
Una en la que salgan con los ojos abiertos, por ejemplo.
—Los labios apretados de Leslie delataban que no comprendía semejantes superficialidades.
—No me importa cómo salga en la foto —se apresuró a asegurarle Lucy.
—Maravilloso. —Al parecer, eso era lo que su jefa quería oír, porque mostró los dientes de una forma que alguien con mala vista podría confundir con una sonrisa—. De todos modos, la foto será el menor de tus problemas. Lo más difícil será lidiar con los jugadores.
Lucy asintió. Ya había llegado a esa misma conclusión por su cuenta.
—Hablando claro: a la mayoría no les hace ninguna gracia que los manden, y menos una mujer. Pero es bastante importante que no te dejes influenciar por ellos, porque si perciben que les tienes miedo o, peor aún, que te gustan, ya puedes ir poniendo las patitas en la calle. ¿Entendido?
—Eso no será ningún problema —respondió Lucy con firmeza—. Soy siempre muy profesional y no pienso dejarme intimidar por unos cuantos gigantes del hockey sobre hielo.
Leslie entornó la mirada. Bajo las frías luces fluorescentes, destellaba con escepticismo, como si intentara leer en el rostro de Lucy si le estaba tomando el pelo.
Sí, esta última conocía muy bien esa mirada.
Medía apenas un metro cincuenta y aparentaba menos edad de la que tenía.
La mayoría de la gente no la tomaba en serio al principio; porque muchos al verla, sentían el impulso de llamarla «encanto» o «chiquilla», antes de darle palmaditas en la cabeza.
Era increíblemente desesperante, y eso significaba que siempre tenía que trabajar el doble que sus colegas.
Tenía que ser más lista, más profesional, más divertida y más asertiva que sus compañeros o sus arrogantes y chovinistas camaradas de profesión.
Era demasiado bajita y tenía las caderas y el pecho un poco grandes, así que siempre llevaba tacones para ganar altura y blusas recatadas, porque de lo contrario nadie la respetaba.
No era justo, pero así eran las cosas. Era tan parte del trabajo como el tener que ser profesional y no dejarse intimidar ni manipular.
Sí, le encantaba el hockey, y el poder trabajar estrechamente con los jugadores era parte de la razón por la que sentía mariposas en el estómago.
Pero no porque los adorara y quisiera acostarse con ellos.
¡Si alguna vez se liaba con un deportista, ya podía ir despidiéndose de su carrera!
No, le hacía ilusión formar parte del equipo porque respetaba el duro esfuerzo físico y la disciplina de los jugadores.
Entendía los sacrificios necesarios para alcanzar las metas.
—Muy bien —dijo Leslie pensativa, echando un breve vistazo al portapapeles que sostenía y tamborileando con los dedos sobre él—. Bueno, tu currículum es impresionante; solo me preguntaba…
—¿Sí? —preguntó Lucy con cautela.
—¿Sabes qué? Te voy a lanzar directo a los lobos. Veremos si sales airosa o si fracasas. —Satisfecha con la decisión, Leslie asintió—. ¿Qué te parece?
Lucy tragó saliva mientras asentía a su vez.
—Claro. —La sorprendió lo convincente que sonó ahora que las mariposas de su estómago se volvieron algo más agresivas. Pero estaba deseando demostrar lo que valía, ¿no? Bueno, pues este momento era tan bueno como cualquier otro—. ¿Qué significa exactamente «lanzarme a los lobos», si se puede saber?
Se esperaba lo peor: que le pidieran dirigir una rueda de prensa de forma improvisada, idear una campaña publicitaria o conseguir un batido —¡que no fuera verde!— en algún sitio en media hora, y para colmo con el tráfico de la tarde de Los Ángeles. ¡Cosas imposibles!
Pero de la boca de Leslie solo salió un nombre: Dax Temple.
Lucy frunció el ceño, confundida.
—¿El jugador? ¿El extremo de los Hawks? —Gimió para sus adentros por su estúpida pregunta. ¡Era obvio que Leslie se refería al extremo con más éxito de la NHL en la actualidad y no a algún nuevo retiro espiritual!
Esta última asintió con severidad y le tendió el portapapeles.
—Sí. Quiero que prepares a Dax Temple para su rueda de prensa de dentro de una hora. Aquí tienes los temas de los que puede hablar y estos son los que debe guardarse para sí mismo. —Señaló los puntos en cuestión.
—De acuerdo —respondió Lucy con tranquilidad. Darle las instrucciones a un jugador para una rueda de prensa no sonaba tan mal—. No hay problema.
A la mujer mayor le temblaron las comisuras de los labios como si la chica hubiera dicho algo gracioso.
—Esa es la actitud. Sin embargo, para ser franca, Dax es un poco…
complicado. —Se aclaró la garganta—. No le gusta que le digan lo que tiene o no que hacer.
Además, hoy es su cumpleaños y siempre es un día…
difícil. Así que, si logras lidiar con él, no tendré ninguna duda de que encajarás a la perfección en la organización.
Lucy miró a su jefa con los ojos entrecerrados.
¿Dax Temple era «complicado»? ¿Qué se suponía que significaba eso? No obstante, antes de que pudiera abrir la boca para preguntar, Leslie dio un paso atrás.
—Debería estar arriba, en la sala de reuniones C. Será mejor que vayas para no hacerle esperar.
Lucy no tuvo más remedio que sonreír y asentir de nuevo. Esto era una prueba. Eso lo tenía claro. Era su oportunidad de brillar, de consolidar su puesto en el equipo de relaciones públicas e impresionar a su jefa. ¡Y por Dios que lo haría!
—Sin problema —repitió con ligereza, dirigiéndose a las escaleras.
Se le calmó el estómago y las náuseas desparecieron.
Lo que la volvía loca era la incertidumbre; ahora que tenía instrucciones claras, se sentía mejor.
Le habían encomendado una tarea que pensaba cumplir a plena satisfacción de su jefa. Fin de la historia.
Pero cuando llegó a la sala de reuniones C, estaba vacía.
No había ni rastro del fornido jugador de hockey.
Frunciendo el ceño, salió al pasillo, miró a ambos lados y vio a un hombre alto y rubio, con pantalones cortos de gimnasio y una camiseta de los L.A.
Hawks, que caminaba hacia ella. Se apresuró a su encuentro.
—Perdona, quizá puedas ayudarme. Busco a Dax Temple.
Cuando el jugador se detuvo, lo reconoció como Matthew Payne, también extremo y, según los medios, el mejor amigo de Dax. ¡Genial!
El hombre la examinó de arriba abajo —lo cual no le llevó mucho dada su estatura— y soltó un bufido.
—Créeme cuando te digo que es mejor que no sigas buscando.
Lucy parpadeó confundida.
—Eh, pero tengo que encontrarlo.
—Bueno, puede que lo estés buscando, pero te aseguro que no quieres encontrarlo.
—Sí, sí que quiero —insistió.
El chico entrecerró los ojos.
—Eres nueva por aquí, ¿cierto?
Se aclaró la garganta y, nerviosa, se colocó un mechón de cabello pelirrojo tras la oreja.
—Sí, acabo de empezar en el departamento de relaciones públicas. Hoy es mi primer día, pero…
—Mira, deja que te dé un consejo —la interrumpió el chico, inclinándose hacia ella con mirada intensa—. Como una especie de regalo de bienvenida al equipo: si quieres tener una vida larga y feliz, no hables con Dax el día de su cumpleaños.
—Bueno, para mí, una vida feliz significa conservar este trabajo, y para eso tengo que prepararlo para una rueda de prensa —respondió ella, desconcertada—. Es mi primer encargo. No puedo arruinarlo.
Payne hizo una mueca y se rascó la nuca.
—Mierda. Menuda bienvenida. ¿Fue idea de Leslie? Debe tener mucha confianza en ti, si sí fue así.
Lucy no supo qué responder, así que se limitó a decir:
—¿Podrías decirme dónde está?
El jugador soltó un suspiro, pero asintió.
—Está bien. Encontrarás a ese imbécil en el gimnasio. —Señaló hacia el final del pasillo—. Tercera puerta a la izquierda. Mucha suerte.