Capítulo 28
Dos meses después.
—No cierres los ojos, nena, por favor —suplica Leire, con una mano en la nuca de Kate y la otra entre las piernas de la australiana, que está sobre ella a horcajadas con dos dedos en su interior.
Kate parpadea y jadea al mismo tiempo, cabalgando sobre su mano con una cadencia lenta y suave que tiene a la española hipnotizada.
—¿Te he dicho ya cuánto me gusta verte así?
La pelirroja intenta sonreír mientras se mueve, pero solo logra que los hoyuelos se le marquen en las comisuras antes de soltar un resoplido.
—Voy a correrme… Me corro, cariño —jadea antes de que su cuerpo se tense, la espalda se le arquee y su cuerpo se doble hacia delante segundos después.
Leire la abraza y reparte besos por su hombro y su cuello mientras recupera la respiración.
—Vamos a llegar tarde —susurra Kate, todavía con la flojera en el cuerpo.
—Tenemos tiempo, tranquila.
Kate se incorpora para mirarla. Tiene las mejillas muy rojas, la cara pálida y los ojos verdes brillando como dos esmeraldas.
—Llevas media hora diciendo que tenemos tiempo.
—Eres preciosa, joder —suelta Leire, atrapando sus labios antes de intensificar un beso que deja a Kate jadeando de nuevo—. Vale, ahora ya podemos ir a la ducha.
Se duchan juntas, turnándose bajo el chorro con unos movimientos que llevan casi dos meses realizando como si formaran parte de una danza que solo conocen ellas. Se visten rápido y en menos de quince minutos están subiendo en el coche.
Leire es la que va al volante mientras Kate abre su bolsa de deporte y se asegura —por quinta vez desde anoche cuando la preparó— de que tiene todo lo que necesita.
—Parece que mi plan de sexo matutino ha sido un fracaso —bromea Leire, y Kate levanta la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—Quería que estuvieras tranquila y relajada, pero por lo visto no ha servido —le pone una mano en el muslo—. Relájate, cariño, lo vas a hacer bien.
Kate se gira para dejar la bolsa en el asiento trasero y sus ojos se convierten en dos rendijas cuando mira a la española.
—¿Estás diciendo que el sexo de esta mañana era solo una tarea programada?
La carcajada estalla en la boca de Leire y pone el intermitente para girar a la izquierda.
—Hacer el amor contigo nunca es una tarea programada, podría hacerlo a todas horas sin cansarme —asegura con un brillo de deseo en la mirada que seca la garganta de Kate—, es solo que no quiero que estés tan nerviosa. Eres profesional, Kate, no dejas de serlo solo porque te hayas retirado.
—Lo sé.
Leire estira la mano y busca la suya, entrelazando los dedos antes de llevárselos a los labios y besarle los nudillos, haciendo que Kate exhale una sonrisa.
—Esos padres tienen suerte de que hayas aceptado.
La pelirroja sonríe y se acomoda en el asiento.
Desde que se retiró, le han ido llegando ofertas de trabajo, algunas de comentarista, otras de clubes de alto nivel como entrenadora y una como copresentadora en un programa deportivo.
Kate las valoró todas junto a Leire, pero las iba descartando porque ninguna le despertaba lo que ella empezó a llamar esa chispa, la que le provocaba cada partido cuando ponía los pies en la pista.
Hasta que hace una semana un vecino de la urbanización llamó a su timbre.
Es un empresario que vive en la isla, con dos hijas gemelas de diez años que entrenan en un club de tenis de la zona desde los seis.
Le suplicó que fuera su entrenadora personal y Kate sintió ese burbujeo por el cuerpo ante la posibilidad de dar forma a dos pequeñas estrellas igual que se la dieron a ella.
Acabó aceptando y tras esa petición le vino otra de una mujer viuda que quería que le diera clases a su hijo de dieciocho, un joven que estudia por las tardes y entrena por las mañanas.
Y hoy es el primer día: pasará dos horas con él esta mañana y otras dos con las niñas después de comer.
—Gracias —dice, mirando a Leire de reojo.
—De nada. ¿Sabes? Quizá más adelante podríamos montar nuestro propio club —comenta Leire, haciendo que los ojos de Kate la miren con atención—. Algo pequeño, unos pocos críos a los que podamos moldear desde la base, enseñarles lo que sabemos como harás ahora, pero en nuestra propia pista.
—Suena genial, cariño.
—Sí. Si todo va bien, estoy pensando en retirarme el año que viene, hacer una temporada más y dejarlo.
—Leire…
La española la mira y le sonríe.
—Tendré treinta y dos, no me parece un mal momento.
Ya sabes que tengo un poco de molestia en la rodilla últimamente, y le estoy dando muchas vueltas a eso.
Creo que prefiero ser sensata como tú y parar a tiempo antes que terminar en el quirófano.
No sé —murmura y la mira—, solo es algo en lo que pienso.
Kate se inclina hacia el lado y le besa la mejilla.
—Me parece genial siempre que sea lo que quieres, Leire. Tómate tu tiempo para pensarlo.
La española le guiña un ojo justo antes de aparcar delante del club.
—Bueno, ya estamos aquí —dice, levantando las cejas.
La australiana suelta un suspiro profundo y se mira las palmas de las manos.
—Joder, no debería estar nerviosa, pero me está sudando la espalda.
—Tranquila —sonríe Leire, poniéndole una mano sobre el hombro.
—No tenías que haber aplazado tu vuelo para esto, Leire, pero te agradezco que estés aquí.
—Es un día importante para ti. Tu nuevo trabajo, quería traerte y recogerte después, quiero estar aquí para saber cómo te ha ido.
Kate asiente, sintiendo que se le aflojan las rodillas junto a esta mujer. Leire nunca estuvo cuando la necesitaba mientras estaban escondidas, pero desde que lo suyo se hizo público, la española le ha demostrado que es la mujer que ella sabía que era. Atenta, cariñosa y paciente.
El móvil le vibra sacándola de su sopor, con dos mensajes que llegan prácticamente a la vez. Kate sonríe al ver los nombres: uno de Diane y otro de Rachel, y cuando los lee, ambos son muy parecidos.
—Me desean suerte en mi primer día —dice con una amplia sonrisa, girando el móvil hacia Leire.
La española ve el nombre de Rachel y no consigue detener la leve punzada de celos que la recorre.
Sabe que ella y Kate son amigas, que suelen hablar una vez a la semana y que quedarán cuando la exnadadora venga por la zona.
No le molesta, se alegra de que su chica encontrara apoyo en esa mujer, pero no puede evitar sentirse un poco celosa de ella.
—No necesitas suerte, pero me alegra que estén ahí.
—Echo de menos a Diane —dice Kate de pronto, cuando termina de responder a su antigua entrenadora.
La mujer, que había decidido retirarse, tampoco lo ha hecho del todo porque no pudo resistirse cuando le ofrecieron ser entrenadora en un club de Melbourne, donde da clases de lunes a viernes.
—Podemos ir a verla en Navidad —propone Leire, y sus mejillas comienzan a arder cuando Kate la mira con los ojos muy abiertos.
—¿Quieres ir a Australia?
—Contigo, sí —afirma sofocada—. Sé que no soy muy popular entre los Brogan todavía, pero me gustaría conocerlos, ver la casa donde te has criado, el colegio al que fuiste y los rincones donde seguro que besaste a muchas chicas —bromea, y Kate se olvida de sus nervios—. Y de paso vamos a ver a Diane.
—Me encantaría —Kate se inclina hacia ella—, lo hablamos después en casa, ahora voy a salir. No quiero llegar tarde el primer día.
—Claro, nena. Te quiero —dice cuando la besa.
—Y yo a ti.
Kate sale del coche, coge la bolsa de deporte y se aleja corriendo hacia la entrada mientras Leire la mira desde el interior, viendo cómo su coleta pelirroja danza de un lado a otro con el movimiento de su cuerpo.
Para su sorpresa, la australiana llega cinco minutos antes de la hora y cuando sale a la pista que tienen reservada, está completamente vacío.
En cuanto pisa la hierba sintética con la raqueta en la mano, algo se le destensa en el pecho de golpe, como si su cuerpo reconociera el lugar antes que su mente y de pronto todo estuviera en orden.
Sonríe y se mete dos pelotas en el bolsillo, manteniendo otra en la mano mientras se coloca en el fondo.
Se pone en posición, bota la bola tres veces y la golpea, y el sonido le provoca una corriente por el cuerpo que la hace sonreír con más fuerza.