Rivales y mentirosas Capítulo 27
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Capítulo 27

—Gracias por venir —dice Leire, haciéndose a un lado para dejar pasar a Candela Valle.

—Gracias a ti por llamarme —responde la mujer.

Leire cierra la puerta y se queda quieta unos segundos, sin saber muy bien cómo continuar.

—¿Estás nerviosa? —pregunta la periodista.

—Un poco, en realidad, bastante —admite la jugadora.

—¿Por qué no empiezas contándome cómo te va con Brogan? Así te relajas, y si me das un vaso de agua te lo agradezco, tengo la garganta un poco irritada.

—Sí, claro.

La expresión de Leire cambia por completo al escuchar el nombre de Kate. Le pide a Candela que la sigua hacia la cocina y le sirve un vaso que llena con la jarra.

—Nos va bien —responde, apretándose la goma de la coleta—. Kate ha pasado unas semanas con su familia, pero regresa esta noche.

—Pareces feliz —observa Candela—, nada que ver con el día que hablamos. Me alegro mucho.

—Gracias. También quiero agradecerte lo que hiciste, venir a avisarme y sobre todo no publicar las imágenes, eso fue… Creo que nunca podré agradecértelo del todo.

—No has de darme las gracias, era lo correcto y punto. Y me alegro de que hayas decidido tomar acciones legales, estos actos jamás deberían quedar impunes. Se lo dije a tu agente, pero te lo repito a ti: cuenta conmigo para lo que necesites.

—Probablemente tu teléfono —Leire se rasca el pelo un poco abochornada—. Cuando firmemos la denuncia, lo más probable es que te lo pidan.

—No hay problema, pero está bien que me lo digas con tiempo. Iré comprando otro —sonríe Candela—. ¿Empezamos? He quedado con mi hermana para cenar y no me gustaría llegar tarde.

—Sí, claro. ¿Te parece bien aquí mismo? —propone la jugadora.

—Claro.

Ambas toman asiento una frente a la otra y Leire la observa sacar la grabadora junto a una libreta y un bolígrafo.

—¿Te importa si grabo la entrevista? Así iremos más rápido y la repasaré con tiempo en casa.

—Adelante.

—Bien, ¿cuándo supiste que eras lesbiana?

Leire tose y se da un golpe en el pecho ante la impresión.

—Perdona, ¿he sido muy brusca? —Candela coge la grabadora para apagarla, pero Leire le hace un gesto con la mano para detenerla.

—Tranquila, es una pregunta que esperaba, aunque no sé si en primer lugar —sonríe sonrojada.

—Puedo invertir el orden, no necesito seguir ninguno aquí, esto lo editaré con tiempo y puedo…

—En serio, no pasa nada —Leire bebe un par de sorbos de agua e inspira antes de responder—.

Vale, creo que lo supe pronto, aunque quizá demasiado pronto para saber qué hacer con ello.

A los dieciséis ya lo tenía bastante claro, aunque no lo llamara así todavía.

En mi mente, solo era confusión, intentaba convencerme de que solo era una fase, de que era normal a mi edad no tener claras las cosas; en definitiva, lo llamaba de cualquier manera menos por lo que era.

Supongo que era mi manera de no enfrentarme a algo que me daba mucho miedo.

—¿Y en el tenis? ¿Cómo es ese segundo mundo para alguien que está pasando por eso?

La tenista se toma unos segundos para buscar la palabra más adecuada para describir cómo lo vivió.

—Silencioso —dice al fin, sin un atisbo de duda—.

No es que haya hostilidad abierta en ese sentido, pero al menos en mi entorno, era algo de lo que nadie hablaba, aunque ahora que lo pienso, quizá era yo la que evitaba ese tipo de conversación.

Y cuando llevas años en un circuito sin escuchar a nadie hablar de esto con normalidad, el silencio se vuelve algo parecido a una ley.

Aprendes que hay cosas que incomodan a otros y simplemente no las dices.

—¿Cuándo comenzó a pesarte más? Han sido muchos años de silencio —sigue Candela, que toma alguna nota de vez en cuando para prestar especial atención a ciertos detalles de la entrevista, pero sobre todo la escucha con atención y procura no interrumpirla porque sabe de sobra lo difícil que es.

—Cuando deja de ser solo algo tuyo —Leire hace una pausa, pensativa—.

Mientras era algo que solo me afectaba a mí, podía con ello.

Estaba centrada en el tenis y todo lo demás me parecía secundario, pero cuando hay alguien más, una persona que te quiere y a la que te das cuenta de que tú también quieres, y aun así le pides que se esconda…

—deja la frase a medias y se toma unos segundos—.

Ahí es cuando de verdad empieza a ser más complicado.

—¿Qué sentías cuando terminabas un partido y no podías mirar a esa persona en la grada como la mirarías si las cosas fueran distintas?

—Que estaba haciendo trampa, que no era sincera, no con el público ni conmigo, sino con ella.

Cada vez que salía a la pista y actuaba como si no existiera, o solo le dedicaba una mirada como la que le podía dedicar a cualquier otra persona, lo único que le estaba diciendo era que no valía lo suficiente como para que yo me enfrentara a mi miedo por ella.

Y no era eso, era lo contrario: tenía tanto miedo que me paralizaba.

—¿Puedes definir ese miedo? ¿A qué era exactamente?

—A todo —Leire se mira las manos un momento, sintiendo por un segundo la misma angustia que experimentaba en esos momentos—.

A los patrocinadores, a la prensa, a mi padre o a cualquier cosa que la gente pudiera pensar de mí desde que tenía dieciséis años —la tenista sonríe con amargura—.

Tenía miedo de decepcionar a gente a la que ni siquiera conocía, a la que yo no le importaba, y mientras tenía miedo de todo eso, ella me esperaba.

Seguía ahí, queriéndome, y yo seguía pidiéndole que se mantuviera a oscuras un poco más.

Siempre tenía una excusa, la temporada, el contrato con la marca, cualquier cosa servía para no tener que enfrentarme a mí misma.

Candela escribe algo en la libreta y toma un sorbo de agua.

—Todo el mundo sabe que esa persona que esperaba tiene nombre, ¿lo podemos decir?

Leire sonríe.

—Sí, claro. Kate Brogan —la nombra con orgullo y algo parecido a la adoración.

—¿Cuánto tiempo mantuvisteis la relación escondida?

—Alrededor de tres años. Cuando la conocí —Leire vuelve atrás en el tiempo, sonriendo al recordar—, era como mi antítesis.

No ocultaba su sexualidad y tampoco le importaba si la veían con alguna chica.

Vivía su vida sin esconderse y sin preocuparse por nada que no fuera ser feliz, y yo no entendía cómo podía hacerlo.

Empezamos a vernos en secreto, al principio como algo sin compromiso, solo para divertirnos, pero con el paso de los meses se convirtió en otra cosa y, cuando me quise dar cuenta, me había enamorado de ella.

—En la final del US Open decidiste dar el salto, ¿fue premeditado?

—Para nada. Cuando me levanté aquella mañana tenía muchas cosas en la cabeza, pero hacer públicos mis sentimientos por Kate no estaba en mis planes —asegura la tenista.

—¿Y qué pasó para que te lanzaras de aquel modo?

—Que entendí que le había pedido que esperara demasiado, y que Kate ya no podía seguir a mi lado conformándose con las migajas que le daba.

Eso sí que me dio pánico de verdad —Leire sonríe, sintiendo una burbuja de nervios aletearle en el estómago—.

Me dio igual todo en aquel momento, salté y resultó que tenía un paracaídas enorme atado al cuerpo, tan grande que ni siquiera sentí vértigo.

Tras varias preguntas más que ayudan a Leire a contar toda su verdad, llegan al final de la entrevista.

—Una última pregunta y acabamos: ¿te arrepientes de haber saltado? —Candela la mira fijamente.

—En absoluto, me arrepiento de no haberlo hecho antes.

La periodista apaga la grabadora y las dos se quedan un momento en silencio.

—¿Qué tal? Al final parecías relajada, ¿estás bien? —pregunta la periodista.

—Sí, genial, gracias por permitirme hacer esto.

—Gracias a ti, me permites cerrar esta etapa de mi carrera con una de las mejores entrevistas que he hecho —comenta Candela.

—¿Lo dejas? —Leire se sorprende—. ¿Dejas el periodismo?

La mujer asiente, cerrando su libreta.

—Dejo este tipo de periodismo. Llevo tiempo dándole vueltas y he llegado a la conclusión de que el periodismo deportivo tiene una lógica que ya no encaja conmigo. La velocidad, el titular, el siguiente partido… Me apetece probar algo más calmado.

—¿Y ya sabes qué es? —indaga Leire.

—Quiero escribir biografías de deportistas que han tenido que elegir entre lo que hacen y quienes son. Hay muchas historias que nadie ha contado porque ninguna persona se ha sentado a escucharlas de verdad, sin un micrófono y una fecha de cierre de por medio.

Leire la escucha con atención.

—¿Tú lo harías? —pregunta Candela de repente—. ¿Contar tu historia entera, no como entrevista, sino como un libro?

La tenista silba.

—Suena importante —sonríe—. Probablemente sí lo haría, pero cuando me retire.

—Tomo nota entonces —Candela se levanta y le tiende la mano—. Gracias de nuevo, supongo que nos veremos. Dale recuerdos a Brogan de mi parte.

—Claro —Leire le estrecha la mano y la acompaña hasta la puerta.

Cuando Candela se va, ella vuelve al interior, comprueba la hora y ve que tiene tiempo de llegar al aeropuerto para recoger a la australiana, así que coge las llaves del coche, su teléfono y una chaqueta fina, y corre hasta el garaje con el pulso acelerado.

Kate está agotada cuando baja del avión, apenas ha podido descansar y en parte sabe que no solo ha sido por despedirse de su familia y de Diane, sino porque empieza una etapa completamente nueva para ella y le inquieta no saber cómo le irá.

Pasa por la cinta de recogida de equipaje y coge su maleta para salir.

A pesar de llevar una gorra y mantiene la mirada baja, alguien la reconoce mientras camina y lo que iba a ser una sola fotografía se convierte en un montón de sonrisas que esboza al lado de personas a las que no conoce sin mostrar ni rastro del cansancio que arrastra.

Cuando logra seguir avanzando, otro tipo de sonrisa aparece en su expresión cuando ve que Leire está a unos metros de ella.

También lleva una gorra, pero cuando se acerca a ella y ambas se abrazan y se besan, más personas las reconocen y de pronto se ven envueltas en otra ronda de flashes en la que las dos jugadoras posan junto a una persona tras otra.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Kate, sujetando el asa de la maleta con una mano y entrelazando los dedos de la otra con Leire, que camina orgullosa a su lado—. Te dije que cogería un taxi, no tenías que venir.

—La entrevista ha sido rápida, y tenía muchas ganas de verte.

Se detienen junto al coche y la española coge la maleta y la mete en el maletero y, cuando cierra el portón, se gira y pasa los brazos por detrás del cuello de la australiana, acercando sus labios hasta que la besa primero y le sonríe después.

—Demasiadas ganas, en realidad —confiesa en un susurro, volviendo a besarla una vez más—. ¿Qué tal el vuelo? —pregunta cuando se suben al coche.

—Largo y aburrido, ya sabes. ¿Y la entrevista? —Kate la observa fijamente, porque no estaba muy segura de que Leire estuviera lista para enfrentarse a algo así, pero la ve mejor que nunca.

—Ha sido increíble, liberadora —la española se gira hacia ella antes de poner el motor en marcha—. Al principio estaba nerviosa, pero después se me ha pasado y cuando Candela se ha marchado, me he sentido eufórica, como si fuera más fuerte, ¿sabes? Creo que te gustará, nena.

Kate la corta con un beso.

—Por supuesto que sí, aunque me gustas más tú, eso seguro. Vámonos, por favor, necesito una ducha y cenar, tengo mucha hambre.

Leire quiere preguntarle si no le han dado de comer en el avión, pero en lugar de eso sonríe y pone el coche en marcha, porque una de las cosas que ha aprendido de la pelirroja desde que están juntas sin esconderse y dedicándose todo el tiempo que pueden es que Kate siempre tiene ansiedad de comida cuando está nerviosa, aunque después apenas come porque se le cierra el estómago.

La española sabe que esta nueva etapa será complicada para Kate, pero piensa estar ahí y convertirse en su roca siempre que la necesite.