Rivales y mentirosas Capítulo 26
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Capítulo 26

—¿Lista? —pregunta Isaac cuando salen del ascensor y empiezan a avanzar por el pasillo.

Leire lo mira de soslayo y asiente, aunque es incapaz de ocultar su nerviosismo e incomodidad y la delata la expresión tensa con la que lo mira. El hombre se detiene en un mostrador, da el nombre de Leire, que parece desconectada de la realidad, y la chica lo introduce en el ordenador.

—La señora Solano ya les espera, les acompaño.

—No es necesario —dice Isaac con amabilidad—, si me dice la puerta.

La chica duda, pero al final asiente y mira hacia el otro pasillo.

—Segunda puerta de la izquierda.

—Gracias.

Isaac pone una mano en la espalda de Leire y la anima a caminar, pero ella se detiene antes de entrar al despacho de la abogada.

—Si necesitas más tiempo para pensarlo, le puedo decir que cambiamos el día, no pasa nada si estás agobiada. No le deseo a nadie tener que hacer lo que vas a hacer, pero es lo correcto, Leire.

—Lo sé, y estoy bien, solo un poco nerviosa.

—Vale, entramos, ¿entonces?

Tras su asentimiento, Isaac golpea la puerta un par de veces con los nudillos y se asoma.

Patricia Solano es una mujer alta y esbelta, de pelo castaño como el de Leire y rasgos afilados. Tiene cuarenta y cinco años y una larga trayectoria batallando casos de acoso contra figuras públicas.

—Es un placer, señorita Cobos —dice la mujer, extendiendo un brazo firme hacia ella.

—Solo Leire —responde ella, fijándose en la palidez de su piel.

—De acuerdo, solo Leire —la abogada se gira hacia el agente y le estrecha la mano—. Hola de nuevo, señor Melero. ¿Nos sentamos?

Los tres se sientan alrededor de una mesa redonda situada en un rincón del amplio despacho y la abogada abre su portátil y se pone las gafas de lectura.

—Bueno, el señor Melero ya me ha puesto al corriente, Leire, así que nos saltaremos la parte que te obliga a contarme los detalles incómodos y nos centramos en lo que sé. ¿Te parece bien o quieres comentarme algo?

—Así está bien —Leire, que lleva un polo y unos vaqueros, se desabrocha el primer botón porque siente que le falta el aire.

—Según lo que me ha descrito —empieza Patricia, mirando un momento hacia Isaac y después hacia ella—, los hechos se pueden atribuir a al menos tres delitos.

El primero y el más claro es el descubrimiento y revelación de secretos del artículo 197 del Código Penal.

La instalación de dispositivos de grabación en un espacio privado sin consentimiento es delito, independientemente de si las imágenes llegaron o no a difundirse —Patricia se sube las gafas con el dedo y Leire llega a la conclusión de que la mujer es elegante y sofisticada sin pretenderlo—.

El segundo es la difusión de imágenes íntimas sin consentimiento, incluido en la sección 197.

7, que en este caso sería tentativa porque la periodista no llegó a publicarlas.

Y la tercera, dependiendo de cómo construyamos los hechos, podría ser coacción, siempre que podamos acreditar que el propósito era presionarte para que modificaras tu conducta.

Leire ha puesto las manos planas sobre la mesa en algún momento y se está mirando los dedos mientras absorbe toda la información.

—¿Estás bien? —pregunta la abogada—. ¿Quieres que te traiga agua?

La tenista levanta la mirada y parpadea.

—No, lo siento. Estoy bien. ¿Todo eso es suficiente para denunciar?

—Por supuesto, pero tienes que entender cómo funciona esto en la práctica —la mujer abre una libreta y anota una palabra que subraya con el bolígrafo.

Es una costumbre, detallar los puntos clave en una hoja que después le entrega a su cliente como una especie de mapa mental para que no olvide ningún detalle.

—Una vez interpuesta la denuncia, la instrucción puede durar entre uno y tres años, no es un proceso rápido —Leire no se sorprende, siempre ha tenido muy claro lo lenta que es la justicia en España—.

Lo que sí ocurre con relativa rapidez es la orden de preservación de pruebas, que solicitaremos desde el primer día: que los dispositivos y las imágenes queden bajo custodia judicial.

Eso es importante porque le quita a él la capacidad de usarlas.

—¿Y si lo ha borrado? Estoy segura de que lo ha hecho —aporta Leire.

—Eso ya se verá, siempre se podrán recuperar datos, pero si no fuera así y no se pudiera sacar nada de su teléfono, en el hipotético caso de que se haya deshecho de él, nos queda el de la periodista —Patricia busca su nombre en el portátil—, Candela Valle, aunque esto complicará el caso, porque habrá que demostrar que el número del que recibió las imágenes era de tu padre.

En cualquier caso, esto ya lo iremos viendo.

—Vale —dice Leire, que se siente como una niña de seis años a la que le están explicando la lección.

—Por otro lado, necesito saber si la otra parte, Kate Brogan, también quiere denunciar o si lo harás tú sola.

—Ella también —responde la tenista, y la abogada anota algo en la hoja—, pero no está en el país ahora, no vuelve hasta dentro de un par de semanas.

—No pasa nada, lo que haremos será preparar su parte de la denuncia y dejarlo listo para que lo firme cuando regrese.

No es algo que podamos presentar por correo, necesita ratificarlo en el juzgado, pero el trabajo previo lo podemos hacer ya —Patricia cierra el portátil y anota algo más en la libreta—.

Mi recomendación es que presentemos las denuncias de forma conjunta, tiene más peso y simplifica la instrucción, pero esto es decisión vuestra.

—Está hablado, lo haremos juntas —aclara Leire.

—Bien —Patricia vuelve a escribir—. Una cosa más: este proceso va a requerir que en algún momento habléis de vuestra relación, de las circunstancias en que se produjeron las grabaciones. ¿Estáis preparadas para eso?

—Sí, no hay problema —contesta con determinación.

—Estupendo, pues entonces lo voy preparando todo y cuando Brogan regrese me contactáis y nos ponemos de acuerdo para presentar la denuncia. ¿Tienes alguna duda?

Leire se toma unos segundos para pensar, pero la mujer se ha explicado perfectamente.

—No, todo claro.

Patricia se levanta y los acompaña a la puerta.

—Estamos en contacto, Leire.

Cinco minutos después, Isaac y ella salen a la calle y se detienen en la acera. Leire mira hacia el cielo y aspira con fuerza mientras el sol de última hora de la tarde le calienta las mejillas.

—¿Todo bien? —se interesa Isaac.

Ella asiente, le dedica una sonrisa y se despiden cuando la tenista rechaza que la lleve hasta su casa. Ha decidido que le apetece pasear para despejar la cabeza y, cuando se canse, cogerá un taxi para volver.

Pasea con el móvil en la mano porque ayer, cuando habló con Kate —como cada tarde—, acordaron que la australiana la llamaría en cuanto saliera de fisioterapia para saber cómo había ido.

Cuando el teléfono comienza a sonar, la tenista está pasando por delante de un parque y decide sentarse en un banco vacío para hablar con ella.

—Hola, nena —saluda en un susurro mientras se acomoda.

—Hola. Entiendo que has salido ya, ¿cómo ha ido? —pregunta Kate con tono suave.

—Bien, creo que Isaac ha elegido bien. La abogada parece muy competente. Ha dicho que presentar las dos denuncias juntas tiene más fuerza, así que lo preparará todo y cuando vuelvas lo firmaremos.

—De acuerdo. ¿Tú cómo estás? Siento no haber estado ahí para acompañarte.

Leire sonríe para sí, pero es una sonrisa amarga porque, por mucho que hayan hablado de ello, no puede evitar pensar en todas las veces que Kate necesitó tenerla a su lado y ella no estuvo, y es una culpa con la que sabe que cargará siempre.

—Estoy bien, Isaac ha venido conmigo. Se está portando genial.

—Me alegro, cariño. Te echo de menos.

—Y yo a ti. ¿Qué tal la espalda?

—Bien, Thomas me ha cambiado algunos ejercicios y vamos ajustando sobre la marcha. Cuando nos instalemos, tendré que buscar a alguien de allí, pero él me ha dicho que no me preocupe, que se encargará de explicarle bien mi situación.

—Irá bien, Kate, puedo decirle a Isaac que tire de sus contactos y nos haga un listado de los mejores disponibles. Si es necesario, podemos pasar una temporada en Madrid antes de mudarnos a la isla, al menos hasta que dejes de necesitar tantas sesiones.

Kate no lo había pensado, pero Leire tiene razón, porque será mucho más fácil encontrar profesionales en la capital que en un pueblo pequeño y alejado como el suyo.

—Buena idea.

Leire sonríe.

—¿Qué tal tu familia? Deben odiarme ahora que saben toda la historia.

—Están bien. Puede que te odien un poco —bromea Kate—, sobre todo mi hermano Conor, pero se les pasará cuando te conozcan, no te preocupes.

La española nota que el estómago se le encoge, pero asiente, dispuesta a enfrentarse a cualquier cosa.

—Leire… —susurra Kate—. Venga, háblame, te noto apagada y conmigo no tienes que hacerte la fuerte.

La garganta se le cierra un segundo, después traga y asiente esbozando una sonrisa.

—Me siento rara después de esto, como si no dejase de hacer cosas que he estado posponiendo durante demasiado tiempo y ahora no supiera que hacer con las manos, no sé cómo explicarlo mejor.

—Te explicas muy bien, cariño. Es duro, son muchos cambios de golpe y asumir que denuncias a tu padre es complicado.

—Sí, pero estoy decidida y no me arrepiento. Si lo hizo conmigo, ¿qué podría hacer con otra persona que no le importe?

—Exacto.

—Tengo muchas ganas de verte, nena —murmura de repente, y Kate, que está sentada en su coche aparcado, siente que el vientre le burbujea de deseo.

—Y yo a ti, pero son dos semanas, pasarán rápido.

—Lo sé. Escucha, quería comentarte algo.

—Dime.

—¿Qué pensarías si le concedo una entrevista en exclusiva a Candela Valle?

—¿Para? —Kate no entiende nada.

—Hablar de mí, y de nosotras, quiero contarlo todo desde el principio —explica Leire, que se levanta y reanuda su paseo.

—¿Por qué?

—Necesito que antes me digas si te molestaría que lo contase.

—Mientras no expliques los detalles de lo que hacíamos en tu habitación, a mí no me importa —bromea la pelirroja, tratando de aligerar la tensión que percibe en su chica.

La española suelta una risita.

—Sabes que no lo haría, pero ¿lo demás? ¿Estarías cómoda con ello?

—Yo no tengo problema con eso, cariño, pero necesito comprender por qué quieres hacerlo. Siempre has sido muy reservada con esas cosas, Leire, y si lo haces por mí...

—Lo quiero hacer por mí, Kate, lo necesito, pero no haré nada si a ti te incomoda.

—Entonces adelante —responde la australiana.

—Gracias. Te quiero —dice Leire antes de despedirse.

Continúa caminando durante una hora más antes de dirigirse hacia una parada de taxi, utilizando ese tiempo para pensar en lo que Kate le ha dicho, que han sido muchos cambios en su vida de repente, y tiene razón.

Todo ha llegado de golpe, pero no se arrepiente de ninguna de las decisiones que ha tomado porque, desde que hizo público que estaba enamorada de Kate, se va a la cama todas las noches sin sentir ese destello de culpa atravesado en su pecho que la asfixiaba cada día.

Se siente libre y feliz, y solo quiere que la australiana regrese para demostrarle cada día que no se equivocó al darle una oportunidad.